Día de la Iglesia diocesana, en memoria de Cirarda y los gudaris, y en olvido de los cristianos traicionados – Pascual Tamburri

Creíamos olvidado al gudari Cirarda. Creíamos pasados los miedos del cardenal Sebastián. Pero monseñor Pérez González, burgalés que fue arzobispo castrense, ha demostrado una dosis excesiva de incoherencia. Algunos la llamarán falsedad. Otros cobardía. Los malévolos, sin más, cálculo.

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Este domingo, 13 de noviembre, la archidiócesis de Pamplona y diócesis de Tudela celebra el Día de la Iglesia Diocesana 2016 bajo el lema “Somos una gran familia CONTIGO’. ¿Contigo? ¿Conmigo? ¿Con quién? A veces, uno duda si el prelado está mal aconsejado o si, ilusamente, cree tener la habilidad diplomática necesaria para recuperar en las sombras lo que sus antecesores dejaron perderse al sol.

Hace sólo unas semanas, el 10 de octubre, don Francisco Pérez González disolvió la “Euskalerriko Eskatuak Nafarroa”, para fundar, con quienes quisieran, una verdadera Asociación de Scouts Católicos de Navarra. Mientras que muchos medios lo atacaron (incluyendo medios supuestamente católicos e incluso vinculados a la diócesis o a distintas ramas del clero) y otros guardaron un prudente/cobarde silencio, desde aquí se le aplaudió. Y en las redes corrió metafóricamente la sangre. Vista la historia de los exploradores en Navarra, de la Iglesia navarra, y de los abertzales en Navarra -armados o por armar-, era un paso a la vez valiente y correcto, que tenía sólo el defecto de llegar tarde. Décadas tarde, y cientos o miles de víctimas morales tarde. Pero respaldamos y aplaudimos al arzobispo que actuó entonces con valor y hombría de bien.

Hoy estamos en el caso contrario: en un tema extremadamente delicado y, por su simbolismo, destinado a marcar para mal todo su periodo como arzobispo en Pamplona, monseñor Pérez González ha hecho, y además ha hecho torpemente, algo que podría haber hecho en su tiempo el gudari bizcaitarra don José María Cirarda Lachiondo.

Si el hoy arzobispo de Pamplona cree oportuno destacar que “formamos parte de la iglesia todos” y que “con nuestros defectos, imperfecciones y debilidades, formamos esta gran familia”, haría muy bien en medir tanto sus palabras como sus pasos, porque Navarra ha cambiado mucho, no sólo en los últimos 80 años sino también en los últimos 10, y corre el riesgo de tropezar en algunas de las mismas piedras que colocaron a sus predecesores en situaciones más que complicadas.

Que Navarra ha cambiado no es un gran secreto. Hoy hablar de “la labor de los 1.030 misioneros de Navarra” es casi una mirada al pasado, porque hace mucho que esta archidiócesis dejó de producir vocaciones a aquel ritmo. Y casi a ningún ritmo. La politización invertida de monseñor Cirarda, de los párrocos y de las Órdenes de hace unas décadas liquidaron aquella vieja dimensión de Navarra. Es una Iglesia envejecida -sólo menos envejecida que la vasca, y sólo gracias a la tradición por un lado y a ciertos movimientos eclesiales autocentrados por otro-.

Quizá tenga razón el arzobispo diciendo que “Navarra es muy generosa”, hablando en términos económicos. Pero sin duda dejará de serlo si se trata como se está tratando a los que en el pasado mostraron esa o mayor generosidad. Estos días el alcalde batasuno Asirón ha llegado a un acuerdo “discreto” con el Arzobispado para expulsar los restos depositados en la cripta del Monumento a los Caídos, incluyendo los restos de Mola que ya se han exhumado, y los de Sanjurjo, cuya familia resiste. Monseñor Pérez se equivoca en su apuesta, y además se equivoca doblemente porque espera una recompensa que ni él ni su diócesis van a tener. Al revés.

El martes 8 Joseba Asirón dio a conocer el acuerdo firmado con el Arzobispado de Pamplona. Efectivamente, “no habla de si las exhumaciones deben realizarse, porque no es competencia de la Iglesia”, pero el arzobispo da muchas cosas al batasuno: retira sus alegaciones a todo el asunto de los Caídos, y con ello que renuncia a derechos que tenía, y a resistirse a la exhumación en la que ellos mismos dijeron ser una cripta; unas alegaciones más que fundadas y seguramente vencedoras, de modo que podía impedir las exhumaciones para siempre. Amagó, pero se retira. ¿Serán Asirón y Barkos la parte más querida de la “familia” diocesana?

En todo caso, más familia parecen ser los abertzales en el poder que las familias afectadas y el conjunto de navarros moralmente afectados, ya que el responsable de comunicación de la diócesis, José Gabriel Vera, ha señalado que las familias “tienen el derecho de ejercer sus derechos ante los tribunales”. Que es tanto como decir “si quieren defender algo, que lo hagan las familias, porque el arzobispo no va a seguir haciéndolo”.

¿Tenía otra opción el obispo? Sí. Sencillamente seguir donde estaba. Ahora declina recurrir ante los Tribunales la desestimación de sus alegaciones, ¿por qué? Los batasunos no le dan nada… que nosotros sepamos. El Ayuntamiento reconoce el usufructo y disfrute de la cripta de Los Caídos mientras el edificio siga en pie (pero ese derecho ya lo tenía la diócesis, desde que hizo donación del monumento al Ayuntamiento; algo cuando menos moralmente discutible, ya que a su vez el monumento le había sido dado por los navarros; y algo tan volátil como que depende de los planes batasunos para derribar el edificio). El Ayuntamiento se compromete a llevar a cabo las exhumaciones “con cierta discreción” (pero no ha habido discreción ninguna desde el momento en que los batasunos han filtrado su victoria, que es derrota de la Iglesia, a los medios). El Ayuntamiento acepta la presencia de un sacerdote designado por el Arzobispado y el rezo de un responso, en su caso, en las exhumaciones (pero la presencia de un sacerdote en una inhumación o exhumación no es una concesión sino un derecho).

¿Les da todo a cambio de nada? Eso es amor “de familia”. ¿Y el resto de bautizados navarros, ya no son “familia”, monseñor?

Mola ha sido echado de la cripta con el aplauso de la diócesis. La familia de Sanjurjo se resiste, aunque abandonada por su Pastor. No me gustaría tener que pensar que la archidiócesis vaya a recibir a cambio de su rendición otras cosas. No me gustaría ver, en los próximos meses y años, movimientos registrales, urbanísticos, patrimoniales o fiscales inexplicablemente amistosos. No me gustaría ver, en los próximos meses y años, autorizaciones administrativas, para centros educativos de cualquier nivel, por ejemplo, sorprendentemente favorables. No me gustaría ver convenios sanitarios repentinamente cariñosos. No me gustaría ver, desde ahora, una renuncia al impulso a la UPNA. Como no me gusta ya ver, de repente, por casualidad y en la misma semana, una enmienda en la anunciada política de becas universitarias, ya no tan negativa para la Universidad de Navarra como se anunció. Y no me gusta porque no creo mucho en las coincidencias.

“El mensaje de odio a la fe, a la historia, a la nación, a la democracia, al diálogo y al respeto entre españoles no debería ser un discurso aceptable”, ha dicho Enrique Gaza, portavoz de la familia Sanjurjo. Han mostrado sin miedo su “disconformidad” con el acuerdo al que ha llegado el Ayuntamiento de Pamplona con el Arzobispado para la exhumación de los restos enterrados en la cripta del monumento a Los Caídos, un acuerdo que “reprueban”. Como hijo dolido de la Iglesia, Gaza añade que “el Arzobispado y la clase política que busca la paz y la convivencia entendemos que deberían haberse posicionado a favor de la libertad y la verdad, arraigados en la cultura del amor, la reconciliación, la convivencia y, no dar un paso atrás en la defensa de los valores que representa el humanismo cristiano”.

La exhumación, prevista para el día 16 de noviembre, afecta a los restos de Sanjurjo y de otros cinco Caídos, y está dividiendo a los navarros sin que a cambio la Iglesia obtenga ningún beneficio moral por su rendición. Como ha dicho en nombre de muchos miles Enrique Gaza, ya no sabemos si “es peor el odio a la fe que cada día crece más en España, o que los partidos e incluso las instituciones religiosas se escondan antes que luchar por la Verdad”. Sabíamos ya que “la incultura del odio se ha instalado en el Congreso de los Diputados, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos”; ahora entrevemos que ha llegado a las Sacristías, o que ha vuelto a ellas.

Si esta claudicación es resultado del miedo, será un mal. Si es un resultado de la presión, será un mal. Pero si es resultado de un cálculo sobre posibles compensaciones, visibles o no, será una traición en toda regla, que deberá ser conocida en Roma también. Desde luego, si tratan como hijos a los que ayer mataban por las calles y anteayer quemaron los templos, no deben contar con nuestra aportación en el Día de la Iglesia Diocesana 2016. Supongo que, hasta que corrijan su error, les bastará con el amor y la ayuda de sus hijos abertzales y/o cobardes, y con la cercanía -cercanía en el miedo y en la corrección política a cambio de nada- de los partidos de centro. Los demás, modestamente, seguiremos teniendo a los Caídos como parte de nuestra identidad colectiva, y por ende cristiana, navarra y española. Esa es nuestra identidad, esa es nuestra misión, y no son nuestros sus negocios diocesanos o prelaticios. Si nuestros pastores no nos quieren nos dolerá, pero ya nos acostumbraron más que de sobra en los años 70 y 80 del siglo XX. Debería pensarlo en su próxima oración monseñor Pérez.

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Origen: Día de la Iglesia diocesana, en memoria de Cirarda y los gudaris, y en olvido de los cristianos traicionados — La Tribuna del País Vasco

Un comentario en “Día de la Iglesia diocesana, en memoria de Cirarda y los gudaris, y en olvido de los cristianos traicionados – Pascual Tamburri

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