“Piedras, templo” – Gabriel Albiac / ABC


El martes 18 de octubre el Consejo Ejecutivo de la Unesco votaba en París la existencia o no de vínculo entre el pueblo de Israel y los sillares y ruinas del Templo de Jerusalén. Lo mismo podía haber sometido a votación popular el vínculo entre el 3 y la serie de los números naturales. Votó que no. Lo cual es tan irrelevante como lo hubiera sido haber votado sí. El voto dirime preferencias subjetivas. La realidad no es votable. Y si un sinsentido así llega a consumarse es que, de modo apenas oculto, se está votando otra cosa. ¿Qué votó aquel día 18 el Consejo Ejecutivo de la Unesco? Votó el elogio del antisemitismo. Seis decenios después de Auschwitz. 23 votos a favor. Y 25 abstenciones, que fueron las verdaderas responsables de lo sucedido. España se abstuvo.

Todo en el Viejo Testamento «sucede a través de figuras», escribe san Pablo en la Primera a los Corintios 10, 11. O bien, si a la Vulgata preferimos la versión más literal de Cantera-Iglesias, «sucede con valor de símbolo». Y, si fue escrito todo eso que forma la tradición antigua, lo fue, sigue san Pablo, «para avisarnos a nosotros, a quienes ha salido al paso el fin de los tiempos». El término griego que utiliza el apóstol es el plural typoi, que originalmente ha tenido el sentido de «golpe, cicatriz, impresión, acuñación, escultura, copia, imagen, figura, forma, modelo, tipo». Su uso especulativo viene de Platón y es intercambiable con «arquetipo». Sin figuras y arquetipos, no hay modo de hacer fluir continuidad entre presente y pasado. La memoria es simbólica. Y todo cuanto en la cabeza de los humanos liga estados afectivos procede por figuras.

Todo lo que el Antiguo Testamento narra es, para Pablo, «figura» de la verdad del Nuevo. Todo. También Jerusalén. Y el Templo, que, en el rigor figurativo de la Escritura, es Jerusalén misma; y es Israel, pueblo del Señor que, para el apóstol, tiene rango de prefiguración del pueblo cristiano. En la sutil teleología histórica de san Pablo, Templo, Jerusalén, Israel son lo mismo en lo simbólico. Y, al serlo, lo mismo que ellos es el cristianismo, de un modo sublimatorio, puesto que en el relato evangélico la metáfora se ha vuelto realidad histórica. Pascal llamará por eso a los cristianos «judíos verdaderos». Y sabrá que el Templo es la entidad metafísica que da símbolo y realidad a lo universal de una fe en Cristo en la que él ve la consagración de ambos Testamentos en uno que consuma el tiempo.


¿No saben leer los hombres de la Unesco? Es bastante verosímil. La lectura ha quedado en una inútil arqueología, que sólo practicamos los que estamos ya fuera de juego. La Unesco, en todo caso, es lo que es: un enjuague entre Estados de muy contantes intereses. Y la propuesta estaba patrocinada por países que ponen sobre el mostrador mercancías caras: Egipto, Marruecos, Líbano, Omán, Qatar y Sudán. Veinticuatro votaron a favor de borrar la filiación entre Israel y Templo. Sólo seis (Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Lituania, Estonia y Países Bajos), en defensa de la evidencia histórica de que Israel es el Templo. Hubo veintiséis abstenciones. España se abstuvo. El petróleo tiene muchísimo más peso que la verdad o la historia.

«Junto a los ríos, en Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión. / De los sauces que dentro de ella existen suspendimos nuestras cítaras, / aunque nuestros cautivadores pedíannos cantares y nuestros capataces alegría: ¡Cantadnos algún canto de Sión! / ¿Cómo hemos de cantar el canto de Yahveh sobre suelo extranjero? / Si un día te olvidare, Jerusalén, olvídese de obedecerme mi diestra. / Pégueseme la lengua al paladar si no te recordare, / si a Jerusalén no alzara por cima de mi alegría». Salmo 137. Que, por cierto, es tan parte del canon cristiano como del judío.

«Figura» –dirá Pascal en paráfrasis estricta de san Pablo– «trae ausencia y presencia, placer y displacer». Porque la figura es un retrato de lo real, no lo real. Lo que es lo mismo: el Antiguo Testamento es el profético retrato del Testamento Nuevo: un código cifrado a resolver. Y sólo desde el Nuevo puede entenderse esa cifra. El éxodo y la destrucción del Templo, sobre los cuales se construyen veinte siglos de identidad salvaguardada, son la prefiguración exacta del Cristo derrotado y humillantemente muerto. Y al escándalo del Templo reducido a cenizas se corresponde el «escándalo de la Cruz», sobre el cual se alza la prodigiosa –y tan paradójica– teología paulina, cuya tan bella exégesis debemos a Joseph Ratzinger.

No hay vínculo entre Israel y el Templo, dictaminaron los votos de la Uesco. Con la obscena abstención europea. Yo leo a Paul Celan, quizá el más grande de los poetas europeos del siglo XX. Y, sin duda, el de mayor hondura metafísica. Hijo del Auschwitz que exterminó a su familia y lo condenó al trágico destino que cierra un salto desde el puente Mirabeau hacia el Sena y hacia el infinito. Portador absoluto del «fulgor, el dolor y el nombre» de ser judío. «Así que hay Templo todavía. Una / estrella / tiene todavía luz. / Nada, / nada / está perdido»: la lengua, que es libro, y las piedras ruinosas, esa «boya de oro, desde / los fondos del Templo», eso es sólo la memoria. Es Israel. Y es nosotros. Creyentes y no creyentes. Los que saben arraigar su luz sobre lo oscuro. Los que saben que «sólo dice verdad aquel que sombra dice».

«La muerte es un Maestro de Alemania», daba como una letanía el más aterrador de los poemas de Celan. Pero esa muerte, que hace del ser judío humo de hombres cuya tumba es una fosa en el aire, la muerte, esa muerte en cuyo empeño se juega la batalla de la Unesco por envilecer palabras, esa muerte se erigió, este 18 de octubre, en el Maestro de Europa. El que sopesa petróleo y memoria. Y dice adiós a los Salmos.

Gabriel Albiac, filósofo.

Originalmente publicado en ABC

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