El gobierno Islámico – Monografias.com

  1. Introducción
  2. Sunnah y ah·âdîz del Más Noble Mensajero
  3. Obligación de dar continuidad a la aplicación de las leyes
  4. Naturaleza y carácter de las leyes islámicas
  5. Su diferencia con el resto de las formas de gobierno
  6. Condiciones que ha de reunir el gobernante
  7. Condiciones del gobernante en la época de la Ocultación
  8. La Regencia del Sabio
  9. Regencia por delegación o tutoría
  10. Regencia natural
  11. El gobierno como instrumento para la realización de elevados objetivos
  12. Los elevados objetivos del gobierno. Cualidades necesarias para la realización de estos objetivos
  13. El programa de acción para el establecimiento de un gobierno islámico
  14. Asambleas al servicio de la difusión y la enseñanza
  15. Cread ?Âshûrâh
  16. Resistencia en un combate prolongado
  17. Limpieza de los centros religiosos
  18. Eliminar los efectos de la ideología colonialista
  19. Purificar las formas sagradas
  20. Purificar los centros de estudios islámicos
  21. Expulsar a los religiosos vendidos a la corte
  22. Derrocar a los gobiernos opresores
  23. Conclusión

Resultado de imagen de gobierno islamico

Introducción

Un cuerpo de leyes exclusivamente, no es suficiente para reformar una sociedad. Para que la ley asegure la reforma y la felicidad del hombre, debe existir un poder ejecutivo, un ejecutor. Por esa razón, Dios Altísimo, además de revelar un cuerpo de leyes ha establecido una forma peculiar de gobierno, así como instituciones ejecutivas y administrativas.

El Más Noble Mensajero presidió las instituciones ejecutivas y administrativas de la sociedad musulmana. Además de transmitir la Revelación y exponer e interpretar los principios de la doctrina, las leyes e instituciones del Islam, emprendió la aplicación de la ley y el establecimiento de las leyes del Islam, creando así el Estado Islámico.

No se dio por satisfecho con la promulgación de la ley; al mismo tiempo la aplicó, cortó manos, administró azotes y lapidaciones; estableció un gobierno. Su sucesor tiene la misma obligación y posición. Cuando el Profeta designó un sucesor, no era sólo con el propósito de que expusiera artículos de fe y las leyes, sino también para que aplicara la ley y ejecutara las reglamentaciones de Dios. Fue esta función -la ejecución de la ley y el establecimiento de las instituciones islámicas- la que hizo de la designación de un sucesor un asunto tan importante que, si el Profeta lo hubiera omitido, habría fracasado en la tarea de completar su misión. Pues tras el Profeta, los musulmanes seguían necesitando de alguien que aplicara las leyes y las instituciones del Islam en la sociedad, para que ellos pudieran alcanzar la felicidad en este mundo y en el otro.

De hecho, por su propia naturaleza, las leyes y las instituciones sociales requieren la existencia de un ejecutor. Siempre y en todas partes ha sucedido que la legislación por sí sola tiene poco beneficio. La legislación por si misma no puede garantizar el bienestar del hombre. Tras el establecimiento de la legislación, ha de crearse un poder ejecutivo. Un poder que aplique las leyes y los veredictos emitidos por los tribunales, permitiendo al pueblo beneficiarse de las leyes y las justas sentencias que dicten éstos. Por ello, el Islam estableció un poder ejecutivo, de la misma forma que estableció las leyes. La persona que ostenta este poder ejecutivo es conocida como Walî ul-Amr.

Sunnah y ah·âdîz del Más Noble Mensajero

La Sunnah y la trayectoria del Profeta constituyen una prueba de la necesidad de establecer un gobierno.

Primero, él mismo estableció un gobierno, como atestigua la historia. Se comprometió en la aplicación de las leyes, el establecimiento de los reglamentos del Islam y la administración de la sociedad. Envió gobernadores a diversas regiones, tomó él mismo parte en juicios y también designó jueces, despachó emisarios a estados extranjeros, a jefes de clan y a reyes, firmó tratados y pactos, y tomó el mando en las batallas. En resumen, cumplió todas las funciones de gobierno.

Segundo, designó un hombre para sucederle en el gobierno, conforme al mandato divino.

Si Dios Altísimo, a través del Profeta, designó un hombre encargado de dirigir la sociedad musulmana tras él, esto es una indicación de que, en sí mismo, el gobierno continúa siendo necesario tras la partida del Profeta. También, implícitamente, estipuló la necesidad de establecer un gobierno.

Obligación de dar continuidad a la aplicación de las leyes

Es evidente que la necesidad de ejecutar la ley, requisito que llevó al Profeta a crear un gobierno, no se limitaba o restringía a su época, sino que continúa existiendo tras su partida de este mundo. Conforme a una de las nobles aleyas del Corán, los mandatos del Islam no están confinados o restringidos temporal o espacialmente: son permanentes y deben aplicarse hasta el fin de los tiempos. No fueron revelados meramente para la época del Profeta, sólo para ser abandonados después, para que la retribución y el código penal del Islam no sean aplicados más, o no sean recaudados los impuestos establecidos por el Islam y se suspenda la defensa de los territorios y de las gentes del Islam.

La polémica sobre si deben aplicarse y obedecerse las leyes del Islam o están restringidas a una época y lugar específicos, está en contradicción con los pilares fundamentales de la creencia islámica. Dado que la aplicación de las leyes es necesaria tras la partida del Profeta de este mundo y, desde luego, permanecerá siéndolo hasta el final de los tiempos, es también necesaria la formación de un gobierno y el establecimiento de órganos administrativos y ejecutivos.

Sin la formación de un gobierno y el establecimiento de tales órganos, para asegurar que, a través del cumplimiento de las leyes, todas las actividades del individuo tengan lugar dentro del marco social de un sistema justo, prevalecerán el caos y la anarquía y surgirá la corrupción social, intelectual y moral. La única forma de evitar la aparición de la anarquía y el desorden y de proteger la sociedad de la corrupción, es formar un gobierno que imponga orden en todos los asuntos del país.

Ambas, razón y Ley Divina, demuestran pues, la necesidad actual de lo que fue necesario durante la vida del Profeta y en la época del Emir de los Creyentes, ‘Alî ibn Abi T·alib, a saber: la formación de un gobierno y el establecimiento de organismos administrativos y ejecutivos.

Para una mayor clarificación, planteémonos la pregunta siguiente: desde la época de la Ocultación Menor (Gaibat ul-S·ugrâ, período de unos 70 años, desde el martirio de su padre H·ad·rat Imam Hasan al-Askarî en el 260 H. hasta el 329 H. (872-939 d.C.), cuando el duodécimo Imam de Ahl ul-Bait Muh·ammad al-Mahdi se ocultó, permaneciendo en comunicación con sus seguidores por medio de cuatro delegados designados sucesivamente (cUzmân ibn Sacîd cAmrí, Muh·ammad ibn cUzmân, Husein ibn Rûh· Noubajtî y ‘Alî ibn Muh·ammad Samarî. A la muerte del cuarto de ellos, no fue designado ningún otro y comenzó el período de la Ocultación Mayor (Gaibat ul-Kubrâ), que continúa hasta nuestros días y durará hasta que Dios Altísimo lo disponga) y hasta el presente, un período que abarca más de mil años y que podrá continuar miles de años, mientras no sea oportuno para el Imam Oculto manifestarse ¿Es adecuado que las leyes del Islam sean dadas de lado y permanezcan sin cumplir, para que cada cual actúe como le plazca y prevalezca la anarquía?

Las leyes que el Profeta expuso y aplicó en práctica tan arduamente durante veintitrés años ¿Fueron válidas sólo para un período limitado de tiempo? ¿Limitó Dios la validez de Sus leyes a un período de doscientos años?. Todo lo que es inherente al Islam ¿Debería abandonarse tras la Ocultación Menor? Cualquiera que crea eso o que proclame tal creencia está en peor situación que la persona que cree y proclama que el Islam ha sido superado o anulado por otra supuesta revelación.

Nadie puede decir que ya no es necesario defender las fronteras y la integridad territorial de la patria islámica; que impuestos como el yizsîah (Impuesto que el Estado Islámico cobra a los ciudadanos no musulmanes, de la gente del Libro, que están libres de los impuestos propios de los musulmanes, como, por ejemplo, el Zakât, y que, como contrapartida reciben protección del Estado Islámico para sus vidas, honor y propiedades), el jarây (Impuesto que el Estado Islámico cobra sobre las tierras liberadas por los musulmanes, llamadas “tierras jarâyîah“), el jums (Uno de los impuestos obligatorios. Jums significa “un quinto” y se aplica, con sus condiciones específicas, sobre siete productos: los minerales; los tesoros desenterrados; los tesoros y cosas valiosas, como las perlas y el coral, extraídos del mar; el dinero halal mezclado con dinero haram; los beneficios netos agrícolas, industriales, alquileres de propiedad; los terrenos comprados por no musulmanes a los musulmanes y los botines obtenidos tras de una guerra legal contra un enemigo no creyente) y el zakât (Impuesto que, con sus condiciones específicas, se cobra sobre nueve productos: los dátiles, las pasas, el trigo, la cebada, los camellos, las cabras y corderos, el ganado mayor (vacas, etc…), el oro y la plata no deben ser recaudados más) que el código penal del Islam, con sus previsiones sobre el pago del precio de la sangre y la exigencia de represalias, deben derogarse.

Cualquier persona que defienda que la formación de un gobierno islámico no es necesaria, niega implícitamente la necesidad de la ley islámica, la universalidad y comprensión de esa ley y la validez eterna de la fe islámica misma.Tras la muerte del Más Noble Mensajero, nadie dudó, entre los musulmanes, de la necesidad de un gobierno. Nadie dijo: “No necesitamos más un gobierno“. A nadie se le oyó decir algo así. Estaban unánimemente de acuerdo en la necesidad de un gobierno. Sólo había desacuerdo respecto a quién debía asumir la responsabilidad de gobernar y encabezar el Estado. Por tanto, tras el Profeta, se estableció un gobierno, tanto en tiempo de los califas como del Emir de los Creyentes, y el aparato de gobierno comenzó a existir, con sus órganos administrativos y ejecutivos.

Naturaleza y carácter de las leyes islámicas

La naturaleza y carácter de las leyes islámicas y de las instituciones divinas de la Shar’îah, aportan una prueba adicional a la necesidad de establecer un gobierno, pues indican que las leyes están concebidas con el propósito de crear un estado y administrar los asuntos políticos, económicos y culturales de la sociedad.

Primero, las leyes de la Shar’îah abarcan diversos cuerpos de leyes y regulaciones, formando un sistema social completo. En este sistema de leyes, se contemplan todas las necesidades humanas; las relaciones con sus vecinos, sus conciudadanos y su clan, así como con sus hijos y sus parientes; lo concerniente a la vida privada y marital, regulaciones para la guerra y la paz y para las relaciones con las demás naciones, leyes penales y comerciales y regulaciones relativas a la industria y la agricultura. La ley islámica contiene disposiciones referentes a los preliminares del matrimonio y la forma en que debe contraerse y otras relativas al desarrollo del embrión en el vientre y sobre la alimentación de los padres en la época de la concepción. También establece los deberes que les corresponden mientras el niño está en período de lactancia y especificaciones de cómo debe criársele y de cómo el marido y la esposa deben relacionarse entre sí y con su hijo.

El Islam prevé leyes e instrucciones para todos esos asuntos, orientadas a crear seres humanos virtuosos e íntegros, que representen la encarnación de la ley o, por decirlo de otra manera, los ejecutores voluntarios e instintivos de la ley. Es obvio pues, el por qué del cuidado que el Islam dedica al gobierno y a las relaciones políticas y económicas de la sociedad, con el fin de fijar condiciones que conduzcan a la creación de seres humanos virtuosos y moralmente íntegros.

El Glorioso Corán y la Sunnah, contienen todas las leyes y reglamentos que el hombre necesita para lograr la felicidad y la perfección de su estado. El libro Al-Kâfî contiene un capítulo titulado: “Todas las necesidades del hombre se contemplan en el Libro y en la Sunnah“. El Libro es el Corán que en sus propias palabras, es

Una exposición de todas las cosas

De acuerdo con ciertos ah·âdîz, el Imam afirma también que el Libro y la Sunnah contienen indudablemente la respuesta a todas las necesidades humanas.

Si examinamos detenidamente la naturaleza y el carácter de las disposiciones de la ley, comprobaremos que su ejecución y aplicación dependen de la formación de un gobierno y que es imposible cumplir el deber de ejecutar las órdenes de Dios sin haber establecido adecuados y amplios organismos administrativos y ejecutivos. Deberemos ahora mencionar cierto tipo de disposiciones que ilustren este punto.

Su diferencia con el resto de las formas de gobierno

El Gobierno Islámico no se corresponde con ninguna otra de las formas de gobierno existentes. Por ejemplo, no es una tiranía, en la cual la cabeza del Estado pueda jugar arbitrariamente con las propiedades y vidas de las personas, usándolas según sus deseos, condenando a muerte a quien quiere y enriqueciendo a quien quiere, mediante la concesión de tierras y la distribución de propiedades y pertenencias del pueblo.

El Más Noble Mensajero, el Emir de los Creyentes y el resto de los otros califas, no tuvieron poderes semejantes, el gobierno islámico no es tiránico ni absoluto, sino “constitucional“. Pero no constitucional en el sentido corriente de la palabra, es decir, basado en la aprobación de las leyes de acuerdo con la opinión de las mayorías. Es constitucional en el sentido de que los gobernantes están sujetos a ciertas condiciones en las tareas de gobierno y la administración de su país, condiciones recogidas en el Noble Corán y en la Sunnah del Más Noble Mensajero.

Estas leyes y reglamentaciones conforman el conjunto de condiciones que han de ser observadas y practicadas. Por lo tanto, puede definirse el gobierno islámico como el gobierno de las leyes divinas sobre los hombres.

La diferencia fundamental entre el gobierno islámico y las monarquías constitucionales y repúblicas es ésta: en el Islam, el poder legislativo y la competencia para el establecimiento de las leyes pertenece en exclusiva a Dios Todopoderoso, mientras que en otras formas de gobierno, son los representantes del pueblo, o el monarca, quienes establecen la legislación. El único poder legislativo en el Islam es su Sagrado Legislador. Ningún otro tiene el derecho a legislar y ninguna otra ley puede ejecutarse, excepto la del Legislador Divino.

Por ello, en un gobierno islámico, un simple cuerpo planificador ocupa el lugar de la Asamblea Legislativa, que es una de las tres ramas del estado. Este cuerpo diseña los programas para los distintos ministerios a la luz de las normas del Islam y determina cómo establecer los servicios públicos para todo el país.

El cuerpo de leyes islámicas existentes en el Corán y en la Sunnah, ha sido aceptado y reconocido como digno de ser obedecido por todos los musulmanes. Consentimiento y aceptación que facilitan la tarea de gobernar y la hacen propiedad real del pueblo.

Por el contrario, en una república o monarquía constitucional, los que manifiestan ser representantes de la mayoría del pueblo, pueden hacer una ley sobre cualquier cosa que deseen e imponérsela a éste.

El gobierno islámico es un gobierno de derecho. En esta forma de gobierno, la soberanía pertenece sólo a Dios y la ley es Su Decreto y Orden. La ley del Islam, o las Órdenes Divinas, tiene autoridad absoluta sobre todos los individuos y sobre el gobierno islámico. Todos, incluido el Más Noble Mensajero y sus sucesores, están sujetos a la ley y así permanecerá por toda la eternidad. Es la ley que ha sido revelada por Dios Todopoderoso y Altísimo y expuesta en el Corán por el Más Noble Mensajero.

Si el Profeta asumió el califato de Dios sobre la tierra, fue de acuerdo con la orden divina. Dios Todopoderoso y Altísimo le designó como su representante, el representante de Dios sobre la tierra; él no estableció un gobierno por su propia iniciativa, para ser el dirigente de los musulmanes. Igualmente, cuando fue evidente que se producirían desacuerdos entre los musulmanes, debido a su reciente y limitada adquisición de la fe, Dios Todopoderoso encargó al Profeta, mediante la Revelación, que clarificase inmediatamente el asunto de la sucesión allí mismo en medio del desierto. Así, el Más Noble Mensajero nombró al Emir de los Creyentes, ?Alî ibn Abi T·âlib su sucesor, en conformidad y obediencia a la Ley; no porque fuera su propio yerno o hubiese desempeñado algunos servicios, sino actuando en consonancia con las leyes de Dios como ejecutor.

El gobierno, en el Islam, significa adhesión a la Ley. La Ley es quién únicamente gobierna la sociedad. Incluso los limitados poderes dados al Más Noble Mensajero y a los gobernantes, les fueron conferidos por Dios. Cuando el Profeta expuso un cierto asunto o promulgó un cierto mandato, lo hizo obedeciendo la Ley Divina; una ley que todos deben obedecer y a la que deben adherirse sin excepción. La Ley Divina alcanza tanto al dirigente como al dirigido; la única ley válida y de aplicación imperativa es la Ley de Dios. La obediencia al Profeta es parte de Decreto Divino, pues dice Dios:

y obedeced al Mensajero

[Corán, 4:59]

La obediencia a aquellos “investidos de autoridad“, está también basada en este Decreto Divino:

y obedeced a los que ostentan autoridad de entre vosotros

[Corán, 4:59].

Las opiniones individuales, incluso las del Profeta mismo, no pueden interferir en asuntos de gobierno o Leyes Divinas; en este asunto todos han de seguir la Voluntad Divina.

El gobierno islámico no es una forma de monarquía imperial. En esta forma de gobierno, los gobernantes tienen poder sobre las propiedades y las personas de aquellos sobre los que gobiernan y pueden disponer de ellos totalmente conforme a sus deseos.

El Islam no guarda la menor conexión con estas formas y métodos de gobernar. Por ello, encontramos que en el gobierno islámico, a diferencia de las monarquías o regímenes imperiales, no existe la menor señal de grandes palacios, edificios opulentos, sirvientes y asistentes, caballerizas privadas, ayudantes de campo y todas las demás pertenencias características de las monarquías, que consumen la mitad o más del presupuesto nacional. Así vivió el Profeta. El mismo modelo de vida fue mantenido hasta el advenimiento del período Omeya. Los dos primeros gobernantes tras el Profeta se sumaron a su ejemplo en la conducta externa de sus vidas personales, a pesar de que en otros asuntos cometieron errores que propiciaron las graves desviaciones que tuvieron lugar en tiempos de ?Uzmân (Tercer califa) las mismas desviaciones que nos han provocado las desgracias de los tiempos presentes.

En tiempos del Emir de los Creyentes el sistema de gobierno fue corregido y se siguió una forma y un método adecuado de gobernar. A pesar de que este hombre excelente gobernó un amplio territorio que incluía Irán, Egipto, Arabia Occidental (H·iyyaz) y el Yemen entre sus provincias, vivía con mayor frugalidad que el más pobre de nuestros estudiantes. De acuerdo con un h·adîz, una vez compró dos camisas y encontrando una de ellas mejor que la otra, dio la mejor a su sirviente Qambar, quedándose él la otra y como las mangas le quedaban demasiado largas, cortó el trozo que sobraba y se la puso. Así se vestía el gobernante de una gran nación, próspera y populosa.

Si esta manera de conducirse se hubiera mantenido y el gobierno hubiera conservado su forma islámica, no habrían existido la monarquía, ni el imperio, ni la usurpación de vidas y propiedades del pueblo, ni opresión, ni saqueo, ni abuso del Tesoro Público, ni vicio, ni abominación. La mayoría de las formas de corrupción tuvieron su origen en la clase dirigente, la tiránica familia gobernante y los libertinos asociados a ella. Son estos gobernantes quienes establecen centros de vicio y corrupción, quienes construyen bases de prostitución y bares para beber vino, y quienes gastan el dinero de los impuestos religiosos en construir cines.

Si no fuese por esas licenciosas ceremonias reales, ese despilfarro, esa constante malversación, el presupuesto nacional nunca hubiera acusado el déficit que nos obliga a someternos ante América y la banca internacional pidiendo ayudas y préstamos. Nuestros países ha devenido necesitado por culpa de este despilfarro y malversación, pero ¿Acaso carecemos de petróleo, de minerales, de recursos naturales? Tenemos de todo, pero este parasitismo, esta malversación, este despilfarro, todo ello a expensas del pueblo y del Tesoro Público, nos ha reducido a esta desdichada situación. Si no fuera así, él (el Shâh) no necesitaría ir tras América e inclinarse ante el despacho de tales rufianes suplicando ayuda.

Además, las burocracias superfluas y los métodos de papeleo y organización que las refuerzan -todo ello extraño al Islam-, suponen gastos adicionales al presupuesto nacional, en cantidad no menor que los gastos ilícitos de la primera categoría arriba mencionados. Este sistema administrativo es ajeno al Islam. Estas formalidades superfluas, que sólo originan a nuestro pueblo gastos, problemas y demoras, no tienen cabida en el Islam. Por ejemplo, el método establecido por el Islam para defender los derechos de la gente, solucionar los pleitos y ejecutar las sentencias es muy sencillo, práctico y expeditivo. Si los métodos jurídicos del Islam fuesen aplicados, el juez de la Shar?îah en cada ciudad, asistido únicamente por un par de alguaciles con solamente una pluma y un cuaderno a su disposición, resolvería rápidamente los conflictos entre las gentes, devolviéndoles a sus ocupaciones. En cambio ahora, la burocrática organización del Ministerio de Justicia ha alcanzado unas proporciones inimaginables y es, además, incapaz de ofrecer resultados.

Condiciones que ha de reunir el gobernante

La calificación básica para los gobernantes deriva directamente de la naturaleza y forma del gobierno islámico. Además de las cualidades usuales, tales como inteligencia y dedicación, hay otras dos cualidades esenciales:

1º Conocimiento de la Ley

2º Justicia.

Tras la muerte del Profeta, aparecieron diferencias sobre quién debería ser la persona que habría de sucederle, pero todos los musulmanes estaban de acuerdo en que su sucesor debería ser una persona virtuosa; el desacuerdo se producía únicamente en torno a la identidad de quién debería sucederle.

1º.- Puesto que el gobierno islámico es el gobierno de la ley, el conocimiento es necesario, no sólo para el gobernante, sino para cualquiera que ejerza un cargo o función gubernamental. El gobernante, de todos modos, debe superar a todos los demás en conocimiento. En las disposiciones sobre el derecho del Imamato, nuestros Imames también argumentan que el gobernante debe ser más conocedor que ningún otro.

Las objeciones establecidas por los sabios shî?i van en el mismo sentido. Cuando le preguntaron al califa un determinado aspecto de la ley, éste no supo responder; él era, por tanto, indigno del califato y del Imamato. Otra vez realizó actos contrarios a las leyes del Islam, por tanto no era digno del Imamato.

El conocimiento de la ley, y la justicia por tanto, constituyen cualidades fundamentales desde el punto de vista de los musulmanes.

Otras materias no tiene la misma importancia o relevancia al respecto. El conocimiento de la naturaleza de los ángeles, por ejemplo, o de los atributos del Creador Altísimo y Todopoderoso, no son relevantes en la cuestión del liderazgo. De la misma forma, alguien que conoce todas las ciencias naturales, descubre los secretos de la naturaleza, o posee un gran conocimiento musical, no está por ello cualificado o posee preferencia para el ejercicio del gobierno, sobre otro que conoce las leyes y es justo. Las únicas materias relevantes para gobernar, aquellas que fueron mencionadas y discutidas en tiempos del Más Noble Mensajero y de nuestros Imames y que fueron además unánimemente aceptadas por los musulmanes, son:

1. La buena formación del gobernante o califa y su conocimiento de las reglas y disposiciones del Islam.

2. Su justicia y excelencia en cuestiones morales y de fe.

La razón dicta también la necesidad de estas cualidades, porque el Gobierno Islámico es el gobierno de la Ley, no de las leyes arbitrarias de un individuo sobre la gente, o de un grupo de individuos sobre el conjunto de la población. Si el gobernante es ignorante del contenido de la ley, no es adecuado para gobernar; pues si sigue los pronunciamientos legales de otros, su poder de gobernar se degradará y si no sigue guía alguna, será incapaz de gobernar correctamente y de aplicar las leyes del Islam.

Es un principio establecido que “el faqîh tiene autoridad sobre el gobernante”. Si el gobernante sigue el Islam debe, necesariamente, someterse a la autoridad del faqîh, preguntándole sobre las leyes y regulaciones del Islam, para aplicarlas. Por tanto, los verdaderos gobernantes son los fuqahâ’ mismos y el gobierno debe ser de ellos oficialmente, para que ellos puedan ejercerlo, y no de aquellos que están obligados a seguir la guía de los fuqahâ’ a causa de su propia ignorancia de la ley.

Desde luego, no es necesario para todos los funcionarios, gobernadores provinciales y administradores, conocer la ley islámica completamente y ser fuqahâ’, es suficiente con que conozcan las leyes relativas a sus funciones y deberes. Así fue en tiempos del Profeta y del Emir de los Creyentes. La mayor autoridad debe poseer las dos cualidades mencionadas -amplio conocimiento y justicia- pero sus ayudantes, funcionarios y delegados enviados a las provincias, solamente necesitan conocer las leyes concernientes a sus propios cargos; en el resto de los temas deberán consultar con el gobernante.

El gobernante debe estar en posesión de una moral y fe excelentes; debe ser justo y estar libre de pecados. Cualquiera que desee aplicar las sanciones previstas en el Islam, supervisar el tesoro público y los impuestos y gastos estatales, y asumir el mandato divino de administrar los asuntos de sus criaturas, no debe ser un pecador.

Dice Dios en el Corán:

Mi Alianza no incluye a los opresores

[Corán, 2:124]

Por tanto, Él no asigna tales tareas a un opresor o pecador. Si el gobernante no garantiza a los musulmanes sus derechos con justicia, no puede dirigirlos con equidad, recoger impuestos y gastarlos adecuadamente o aplicar el código penal correctamente. Se posibilitará entonces que sus asistentes, ayudantes o confidentes, impongan sus deseos sobre la sociedad, gastando el tesoro público en asuntos personales y frívolos.

Por ello, el punto de vista shî?i sobre el gobierno, y la naturaleza de las personas que deben asumir su dirección, fue claro desde el momento de la muerte del Profeta hasta el tiempo de la Ocultación del duodécimo Imam.

Se especifica que el gobernante debe ser virtuoso y sabio en el conocimiento de las leyes y regulaciones del Islam y justo en su aplicación.

Condiciones del gobernante en la época de la Ocultación

Ahora, en tiempos de la Ocultación del Imam, sigue haciéndose necesario que las reglamentaciones sobre el gobierno islámico sean protegidas y mantenidas, y se prevenga así la anarquía. Por tanto, el establecimiento de un gobierno islámico continua siendo una necesidad.

También la razón indica que debemos establecer un gobierno, de cara a posibilitar una defensa ante las agresiones y proteger el honor de los musulmanes en caso de ser atacados. La Shar?îah por su parte, nos enseña a estar permanentemente preparados para defendernos de aquellos que desean agredirnos. El gobierno, con sus órganos judiciales y ejecutivos, es también necesario para proteger a los individuos del abuso de cualquier otro de sus derechos.

Ninguna de estas acciones puede ser ejecutada por si misma; es necesario establecer un gobierno. Para el establecimiento de un gobierno y la necesaria administración de la sociedad se ha de disponer de presupuestos e impuestos, por ello el Sagrado Legislador ha especificado la naturaleza de estos presupuestos y de los impuestos que deben ser recaudados, tales como jarây, jums, zakât y otros.

Ahora, que Dios no ha designado ningún individuo en particular para asumir la tarea del gobierno en el período de la Ocultación ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos abandonar el Islam? ¿Ya no lo necesitamos más? ¿Fue el Islam válido sólo para doscientos años?, ¿O es quizás que el Islam ha aclarado nuestras obligaciones respecto a otros asuntos pero no en relación con el tema del gobierno?.

No tener un gobierno islámico supone dejar nuestras fronteras indefensas ¿Podemos cruzarnos de brazos mientras nuestros enemigos hacen lo que quieren? Incluso sin que aprobásemos lo que hacen, estaríamos fallando, al no dar una respuesta efectiva ¿Es éste el camino adecuado?. O, por el contrario, ¿Todavía es necesario que exista un gobierno y la función de gobernar, que existió desde el principio del Islam hasta el tiempo del Duodécimo Imam, es todavía un mandato de Dios tras la Ocultación, a pesar de que Él no ha designado a ningún individuo en particular para esa tarea?

La Regencia del Sabio

Las dos cualidades, conocimiento de la ley y justicia, están presentes en numerosos fuqahâ’ de la actualidad. Si se uniesen, podrían establecer un gobierno de justicia universal en el mundo entero.

Si un individuo valioso, en posesión de estas dos cualidades, surgiera y estableciera un gobierno, poseería la misma autoridad que el Más Noble Mensajero en la tarea de administrar la sociedad, y sería obligatorio para todos obedecerle.

La idea de que el poder gubernamental del Más Noble Mensajero era mayor que el que poseía el Emir de los Creyentes, o que los poderes de éste eran mayores que los del faqîh, es errónea. Naturalmente que las virtudes del Más Noble Mensajero fueron mayores que las del resto de los seres humanos; y tras él, el Emir de los Creyentes fue la persona más virtuosa del mundo. Pero la superioridad de las virtudes espirituales no confiere un incremento en los poderes gubernamentales.

Dios ha establecido los mismos poderes y autoridad para un gobierno en los tiempos actuales que para el ejercido por el Más Noble Mensajero y los Imames, en relación con el equipamiento y movilización del ejército, nombramiento de gobernadores y funcionarios y recaudación de impuestos o su uso en beneficio de los musulmanes. Ahora bien, en cualquier caso, no es el problema de una persona en particular; el gobierno debe recaer sobre quienes poseen las cualidades de gobierno: conocimiento y justicia.

Regencia por delegación o tutoría

Cuando decimos que, tras la Ocultación, el faqîh justo tiene la misma autoridad que el Más Noble Mensajero y los Imames tenían, no estamos suponiendo que el faqîh posea idéntico rango espiritual que ellos. Aquí no estamos hablando de rango espiritual, sino de obligaciones. Por autoridad entendemos gobierno, la administración del país y la aplicación de las sagradas leyes de la Shar?îah.

Esto constituye una pesada e importante responsabilidad, pero no supone adquirir ningún rango espiritual extraordinario, o eleva al individuo en cuestión por encima del nivel de resto de los mortales. En otras palabras, autoridad aquí significa gobierno, administración y ejecución de la ley; a diferencia de lo que muchos creen, no es un privilegio, sino una grave responsabilidad. La Wilâiat ul-Faqîh (Gobierno Islámico) es una cuestión formal, racional; existe solamente como una clase de elección, como la elección de un tutor para un menor. Respecto al deber y la posición no existe, de hecho, diferencia entre el guardián de una nación o el tutor de un menor. Es como si el Imam hubiera elegido a alguien para la custodia de un menor, para el gobierno de una provincia o para cualquier otro cargo. En casos así, no sería razonable que existieran diferencias entre el Profeta y los Imames por un lado y el faqîh justo por otro.

Por ejemplo, una de las cuestiones que el faqîh debe atender es la aplicación de las leyes penales del Islam ¿Puede existir diferencia entre el Más Noble Mensajero, el Imam y el faqîh al respecto? ¿Puede el faqîh decretar menos latigazos por ser menor su rango?. El castigo para el fornicador es de cien latigazos, pero si es Profeta quien aplica el castigo ¿Podrá infringir ciento cincuenta, el Emir de los Creyentes cien y el faqîh cincuenta? El gobernante supervisa el poder ejecutivo y tiene el deber de aplicar las Leyes de Dios, no hay diferencia si él es el Más Noble Mensajero, el Emir de los Creyentes, el representante o el juez que él haya elegido para Basora o Kufa, o un faqîh de los tiempos actuales.

Otras de las responsabilidades del Más Noble Mensajero y del Emir de los Creyentes, fue la recaudación de impuestos –jums, zakât, yizîah y jarây sobre las tierras imponibles -. Pues bien, cuando el Profeta de Dios recaudaba el zakât ¿Cuánto recaudaba? ¿Un décimo aquí y un veinteavo allá? ¿Cómo procedió el Emir de los Creyentes cuando llegó a ser gobernante? Y si, ahora uno de nosotros llega a ser el mayor faqîh de su tiempo y puede ejercer su autoridad, ¿Qué hará? En estos asuntos ¿Puede haber diferencia alguna entre la autoridad del Más Noble Mensajero, la de ?Alî y la del faqîh?

Dios Todopoderoso eligió al Profeta como autoridad sobre todos los musulmanes. Mientras vivió la ejerció sobre todos, incluido ?Alî. Posteriormente, el Emir fue Imam sobre todos los musulmanes, incluso sobre su propio sucesor; su mandato como gobernante era válido para todos y podía designar y destituir jueces y gobernadores.

La autoridad que el Profeta de Dios y el Imam tenían para establecer un gobierno, ejecutar leyes y administrar asuntos, existe también para el faqîh. Excepto que los fuqahâ’ no tiene en absoluto autoridad para designar o destituir al resto de los fuqahâ’ de su tiempo. No existe rango jerárquico de un faqîh sobre otro, o uno posee más autoridad que otro.

Ahora que esto ha quedado establecido, es necesario que los fuqahâ’ procedan, colectiva o individualmente, a establecer un gobierno que aplique las leyes del Islam y proteja su territorio. Si esta tarea recae sobre una sola persona, le corresponderá la obligación personal de llevarla a cabo; en caso de no existir, tal responsabilidad recae sobre los fuqahâ’en su conjunto. Incluso, si no es posible cumplir con esta obligación, su responsabilidad y autoridad no queda abolida, pues están investidos de ella por Dios. Si pueden, deben recaudar los impuestos, tales como el jums, el zakât, el yizîah y el jarây, usándolos en beneficio de los musulmanes, y deben también aplicar los castigos que prevé la ley.

El hecho de que actualmente no seamos capaces de establecer un gobierno completo, no significa que podamos mantenernos desocupados. En lugar de eso, debemos aplicar, tanto como nos sea posible, las funciones que un gobierno islámico debe asumir.

Regencia natural

Probar que el gobierno y la autoridad pertenecen al Imam, no implica que el Imam carezca de un estatus espiritual. El Imam posee, por supuesto, cierta dimensión espiritual que es algo independiente de su función como gobernante. El estatus espiritual del Imam es el de representante divino en el universo, como algunas veces los Imames mismos han señalado. Es una representación que abarca toda la creación, en virtud de la cual, todos los átomos del universo se someten ante el Walî ul-Amr. Esta es una de las creencias básicas en nuestra escuela, el que nadie puede alcanzar el estatus espiritual de los Imames, ni siquiera los querubines o los Profetas.

En efecto, de acuerdo con los ah·âdîz que nos han llegado, el Más Noble Mensajero y los Imames existían desde antes de la creación del mundo en forma de luces situadas bajo el Trono Divino; eran superiores a los otros hombres, incluso en el esperma con el que fueron engendrados y en su composición física.

Su alto maqam está solamente limitado por la Voluntad Divina, como indica el dicho de Gabriel recogido en los ah·âdîz del Mi?rây:

Si me hubiera acercado algo más, como el ancho de un dedo, seguro hubiera ardido“..

El Profeta mismo dijo:

“Nosotros tenemos un status ante Dios que está por encima de el de los querubines y los Profetas”.

Es parte de nuestra creencia que los Imames disfrutaban también de estados semejantes, incluso antes de que la cuestión del gobierno hubiera surgido. Por ejemplo, Fât·imah también poseía este estado, como narran los ah·âdîz, a pesar de que ella no fue gobernante, dirigente o juez.

Tales estados, son algo diferente de la función de gobernar. Por eso, cuando decimos que Fât·imah, no era juez ni gobernante, no significa que ella sea como tú o yo, o que no tenga superioridad espiritual sobre nosotros. Igualmente, si alguien, de acuerdo con el Corán, dice:

El Profeta posee mayores derechos sobre los creyentes que ellos mismos sobre sus personas. [Corán, 33:6]

Está atribuyéndole algo más elevado que su derecho a gobernar a los creyentes. No examinaremos estas materias aquí, pues pertenecen al área de otra ciencia.

El gobierno como instrumento para la realización de elevados objetivos

Asumir la función de gobierno no lleva implícito ningún mérito o estatus particular; más bien significa la obligación de aplicar la ley y establecer el concepto islámico de justicia. El Emir de los Creyentes dijo a Ibn ?Abbâs, (?Abd ul-lah ibn ?Abbâs ibn ?Abd al-Mut·alib (de 3 años antes de la Hégira al 68 H.) hijo del tío del Mensajero y de ?Alî. Es conocido como Ra’îs al Mufassirîn y como H·ibr al-‘Ummah. Es de los seguidores y comandantes del ejercito de ?Alî en las batallas de Yamal, S·iffîn y Nahrawân) refiriéndose a la naturaleza de gobernar y dirigir: “¿Cuanto vale la tira de esta sandalia?“, Ibn ?Abbâs replicó: “¡Nada!,” entonces el Emir de los Creyentes le dijo:

Gobernar sobre vosotros es todavía de menos valor a mis ojos, excepto por una cosa, que mediante el gobierno y la dirección sobre vosotros puedo establecer lo correcto, es decir, las leyes y el orden islámico, y destruir el error, es decir todas las leyes e instituciones opresivas.

La tarea de gobernar y dirigir es sólo un instrumento y si ese instrumento no se emplea para el bien y para conseguir nobles objetivos, no tiene valor alguno para los hombres de Dios. Por ello, el Emir de los Creyentes dice en su jut·bah (discurso, alocución) recogido en el Nahy ul-Balâgah:

Si no fuese por la obligación que me ha sido impuesta, que me fuerza a asumir las tareas del gobierno, las abandonaría.

Es evidente pues, que asumir las tareas de gobierno es adquirir un instrumento y no una estación espiritual, puesto que si gobernar fuera una estación espiritual nadie sería capaz de usurparla o abandonarla. El gobierno y el ejercicio del mando adquieren valor sólo cuando devienen en instrumento para aplicar la ley islámica y establecer el justo orden del Islam. La persona encargada de gobernar, puede adquirir una posición espiritual más elevada y méritos adicionales en el ejercicio correcto de esas tareas.

Algunas gentes, cuyos ojos han quedado deslumbrados por las cosas de este mundo, imaginan que el liderazgo y el gobierno suponen en sí mismos dignidad y una alta estación para los Imames, de manera que si otras gentes accedieran al ejercicio del poder, el mundo se colapsaría. Pero el Presidente ruso, el Primer Ministro británico, el Presidente americano, todos ellos ejercen el poder y ninguno de ellos es creyente. No son creyentes pero tienen influencia y poder político, que usan para llevar a cabo leyes antihumanas y políticas que favorecen sus propios intereses.

Es deber de los Imames y de los fuqahâ’ justos usar las instituciones gubernamentales para aplicar la Ley Divina, establecer el justo orden islámico y servir a la Humanidad. El gobierno en sí no representa nada excepto problemas y preocupaciones, pero ¿Qué pueden hacer? Ellos han aceptado una responsabilidad, una tarea que llevar a término; el Gobierno del Faqîh no es nada más que el desempeño de una tarea y el desempeño de un deber.

Los elevados objetivos del gobierno

Cuando el Emir de los Creyentes explicaba por qué asumió la tarea de gobernar y dirigir, declaró que lo hacía por amor a ciertos elevados propósitos, tales como el establecimiento de la justicia y la abolición de la injusticia. En efecto, dijo:

“¡Oh Dios! Tú sabes bien que no es mi intención adquirir posición y poder, sino liberar a los oprimidos de las manos de los tiranos. Lo que me impulsa a aceptar las tareas de dirección y gobierno es lo siguiente: Dios, Todopoderoso y Altísimo, ha precisado un compromiso para los maestros de la religión y les ha asignado el deber de no permanecer en silencio ante la glotonería y la auto-indulgencia de los injustos y los opresores, por un lado, y saciar el hambre de los oprimidos, por otro.

También dijo:

¡Oh Dios mío! Tú sabes bien que los problemas que he afrontado no han sido por amor al poder político ni por adquirir bienes mundanos y riqueza abundante.

E inmediatamente aclaró la razón por la cual él y sus compañeros habían luchado y se habían esforzado:

Antes bien, era nuestra meta restablecer y aplicar los principios luminosos de Tu religión y reformar la manera de conducir los asuntos de Tu mundo para que tus siervosoprimidos puedan ganar en seguridad y Tus leyes, que han permanecido inaplicadas y en suspenso, puedan establecerse y desarrollarse.

Cualidades necesarias para la realización de estos objetivos

El gobernante que, mediante los órganos de gobierno y el poder que está en sus manos, desea lograr los elevados objetivos del Islam, los mismos objetivos dados a conocer por el Emir de los Creyentes, debe poseer las cualidades esenciales que hemos mencionado: conocer la ley y ser justo.

El Emir de los Creyentes menciona, tras especificar los objetivos de gobierno, las cualidades esenciales de un gobernante:

¡Oh Dios!, Yo fui el primero en volverme a Ti y en aceptar tu Dîn tan pronto como escuché a tu Mensajero, nadie me precedió en la oración excepto el Mensajero mismo; y tú, ¡Oh pueblo!, sabes bien que no es correcto que alguien vago y codicioso obtenga poder y autoridad sobre el honor, la vida y los bienes de los musulmanes, y sobre las leyes y los reglamentos establecidos por ellos y su liderazgo. Más aún, no debe ser injusto ni desagradable, para que la gente no rompa su relación con él a causa de su opresión. No debe ser temeroso de los otros gobiernos, buscando la amistad de algunos y tratando mal a otros por esa causa. Debe negarse a aceptar sobornos cuando juzgue, para que no sean pisados los derechos de los hombres y el reclamante reciba justicia. No debe dejar la práctica del Profeta y de la Ley en el olvido, permitiendo así que la Comunidad caiga en el extravío y se destruya.

Daos cuenta de cómo este discurso gira en torno a dos conceptos: Conocimiento y Justicia; y cómo el Emir de los Creyentes los señala como cualidades básicas y necesarias del dirigente. En la expresión: “No debe ser ignorante y desconocedor de la ley, para que en su ignorancia no confunda a la gente“, el énfasis va sobre el conocimiento, mientras que en las frases posteriores el énfasis está puesto sobre la justicia, en su verdadero sentido. El verdadero sentido de la justicia es que el gobernante debe conducirse como el Emir de los Creyentes en sus relaciones con otros Estados y en sus relaciones y transacciones con el pueblo, dictando sentencias, emitiendo juicios, y distribuyendo los ingresos públicos. Dicho de otra manera, el dirigente debe adherirse al programa de gobierno que el Emir de los Creyentes entregó a Mâlik Ashtar, ( Mâlik ibn H·âriz Naja?î conocido como Mâlik Ashtar (m. en 38 H.) uno de los comandantes del ejército islámico. Famoso por su valentía. En la batalla del camello y en S·iffîn estuvo junto al Imam ?Alî. Fue designado por éste gobernador de Egipto, siendo envenenado por Mu?âwîah. La carta de Imam ?Alî a Mâlik Ashtar, cuando lo designó gobernador de Egipto, ha pasado a la historia como un modelo de la ética del gobernar. Ver Nahy ul-Balâgah, carta 53. Una traducción completa de la misma se encuentra en Chittick, William, Una Antología Shî?ita, Albany, 1980, pág. 68-82) dirigida en realidad a todos los líderes y gobernadores, pues es una especie de circular dirigida a todos los que ejercen el mando. Si los fuqahâ’ llegan a ser gobernantes, deben también tomar en consideración sus instrucciones.

El programa de acción para el establecimiento de un gobierno islámico

Es nuestro deber trabajar por el establecimiento de un Gobierno Islámico. La primera actividad que debemos desarrollar al respecto es la difusión de nuestra causa. Así es como hemos de comenzar.

Siempre ha sido de esta manera, en todas partes del mundo; un grupo de personas se unen, deliberan, toman decisiones y entonces comienzan a propagar sus objetivos; gradualmente el número de gente simpatizante aumenta, hasta que finalmente, devienen suficientemente fuertes como para influenciar a un gran estado o incluso, para enfrentarse a él y derrocarlo, como sucedió con la destitución de Muh·ammad ?Alî Mîrzâî (Muh·ammad ?Alî Shâh (1289-1343 H.) hijo de Irshad Mud·affar ul-Dîn Shâh Qâyâr y de Tây ul-Mulûq, hija mayor de Mirzâ Taquî Jân Amîr Kabîr. Durante su reinado, el ejercito bombardeó el parlamento, mató a un grupo de parlamentarios, exiló a otros y encarceló al resto. Un año después, el 16 de Julio de 1909, fue derrocado, pasando a vivir en el exilio y muriendo finalmente en Italia (16 años más tarde) y la sustitución de su monarquía absoluta por un gobierno constitucional. Tales movimientos comienzan sin tropas ni poder armado a su disposición, tienen siempre, primero, que recurrir a propagar los objetivos del mismo.

El robo y la tiranía practicados por el régimen serán condenados, y la gente despertada y capacitada para comprender que el robo que se les ocasionaba era incorrecto. Gradualmente se irá expandiendo el panorama de su actividad hasta que llegue a abarcar a todos los grupos sociales y la gente, consciente y activa, obtenga sus objetivos.

Ahora no tenéis ni un país ni un ejército, pero podéis desarrollar una actividad propagandística y el enemigo no podrá privaros de todos los medios necesarios.

Desde luego, debéis enseñar a la gente las materias relativas a la adoración, pero son importantes los aspectos políticos, económicos y legales del Islam. Estos son o pueden ser, los focos de nuestro interés.

Nuestra obligación es comenzar esforzándonos nosotros mismos para establecer un verdadero Gobierno Islámico. Debemos difundir nuestra causa entre la gente, instruirles en ella y convencerles de su validez. Crear una ola de propaganda y pensamiento hasta que surja una corriente social y, poco a poco, las masas sean conscientes de sus obligaciones sociales y religiosas en la creación de un orden islámico independiente, se alcen y organicen un Gobierno Islámico.

Propaganda e instrucción pues, son nuestras dos fundamentales y más importantes actividades. Es obligación de los fuqahâ’ difundir la doctrina islámica e instruir a las gentes en los presupuestos y reglamentaciones del Islam, de cara a preparar el terreno para la aplicación de la ley islámica y el establecimiento de las instituciones islámicas en la sociedad.

En uno de los ah·âdîz que hemos citado, habrán notado que se describe a los sucesores -es decir a los fuqahâ’– del Más Noble Mensajero “enseñando a la gente“, es decir, instruyéndoles en la religión.

Este deber es particularmente importante en las presentes circunstancias, pues los imperialistas, los gobernantes opresores y traidores, los judíos, los cristianos y los materialistas, todos ellos están intentando distorsionar las verdades del Islam y desviar el liderazgo de los musulmanes.

Nuestra responsabilidad en la propagación e instrucción es mayor que nunca. Vemos cómo actualmente los judíos (que Dios los maldiga) se han entrometido en el texto del Corán y han realizado cambios en los ejemplares que ellos mismos han impreso en los territorios ocupados. Es nuestro deber impedir esta traidora manipulación en el texto del Corán. Debemos protestar y hacer que el pueblo sea consciente de que los judíos y sus apoyos extranjeros son enemigos de los verdaderos fundamentos del Islam, y de que desean establecer el dominio judío en todo el mundo.

Como son un grupo insidioso y activo, temo que, Dios lo impida, puedan un día alcanzar sus objetivos y que la apatía manifestada por algunos de nosotros les permita en algún momento poner a un judío gobernándonos. Dios no permita que lleguemos a ver jamás ese día.

Al mismo tiempo, un cierto número de orientalistas, sirviendo como agentes secretos de las instituciones imperialistas, se esfuerza activamente en distorsionar y desnaturalizar las verdades del Islam. Los agentes del imperialismo están ocupados en cada rincón del mundo islámico, arrastrando a nuestra juventud lejos de nosotros con su corrupta propaganda. No los están convirtiendo al Cristianismo o al Judaísmo, los están corrompiendo, haciéndoles irreligiosos e indiferentes, que es suficiente para sus propósitos.

En la ciudad de Teherán existen ahora mismo centros de propaganda maligna, dirigidos por la Iglesia, los sionistas y la fe bahâ’i, con objeto de desviar a nuestra gente y conseguir que abandonen las leyes y enseñanzas del Islam ¿Acaso no tenemos el deber de destruir estos centros que están dañando el Islam? ¿Es suficiente para nosotros con poseer Nayaf únicamente? Actualmente, ni siquiera poseemos Nayaf ¿Debemos contentarnos con quedarnos sentados en Qom, lamentándonos o debemos resucitar y actuar?

Vosotros, joven generación de las instituciones religiosas, debéis incorporaros a la vida y mantener viva la causa de Dios. Desarrollad y afinad vuestro pensamiento y colocad a un lado vuestras preocupaciones por la minuciosidad y sutileza de las ciencias religiosas, porque tal clase de concentración en los pequeños detalles os impedirán, a muchos de vosotros, llevar a cabo vuestras obligaciones más importantes. Venid en auxilio del Islam. Salvad el Islam. Están destruyéndolo. Invocando las leyes del Islam y el nombre del Más Noble Mensajero están destruyendo el Islam. Los agentes, tanto los enviados desde el extranjero por el imperialismo, como los nativos empleados por ellos, se han diseminado por cada pueblo y región de Irán y están desviando a nuestros niños y jóvenes, los cuales podrían de otra manera, estar algún día al servicio del Islam. Ayudad a salvar a nuestra juventud de este peligro. Es vuestro deber difundir entre las gentes el conocimiento religioso que habéis adquirido e instruirlos en los temas que habéis aprendido.

El sabio o faqîh, es siempre bendecido y glorificado en los ah·âdîz, porque es quien enseña a la gente las leyes, doctrinas e instituciones propias del Islam y quien les instruye en la sunnah del Más Noble Profeta. Ahora debéis dedicar vuestras energías a las tareas de difusión e instrucción, con objeto de que la gente conozca mejor el Islam.

Es nuestro deber disipar las dudas que han creado sobre el Islam. Hasta que no hayamos eliminado esas dudas de la mente de la gente no seremos capaces de llevar nada adelante. Debemos inculcar, en nosotros mismos, en la generación siguiente y en la siguiente tras ella, la necesidad de disipar las dudas que sobre el Islam han surgido en las mentes de muchas personas, incluso entre la gente culta de entre nosotros, a consecuencia de siglos de falsa propaganda. Debéis informar a la gente de la visión del mundo, las instituciones sociales y la forma de gobierno que propone el Islam, para que lleguen a saber lo que es el Islam y lo que son sus leyes.

La obligación de las actuales instituciones de enseñanza de Qom, Mashhad y otros sitios, es exponer esta fe y esta escuela de pensamiento. Además del Islam, debéis daros a conocer a la gente de todo el mundo, así como a los auténticos modelos de liderazgo y gobierno islámico. Debéis dirigiros en particular a la gente universitaria, a las capas cultas. Los estudiantes tienen los ojos abiertos. Yo os aseguro que si presentáis el Islam y el Gobierno Islámico a los universitarios con exactitud, los estudiantes le darán la bienvenida y lo aceptarán. Los estudiantes son opuestos a la tiranía, están contra los regímenes títeres impuestos por el imperialismo, están contra el robo y el saqueo del tesoro público, están contra el consumo de lo que está prohibido y de esta engañosa propaganda. Pero ningún estudiante puede estar contra el Islam, cuya forma de gobierno y enseñanzas son beneficiosas para la sociedad. Los estudiantes están mirando hacia Nayaf, pidiendo ayuda ¿Podemos quedarnos sentados, inactivos, esperando que sean ellos quienes nos llamen a hacer el bien y quienes nos exijan cumplir con nuestro deber? Nuestros jóvenes en Europa nos están llamando a hacer el bien, nos están diciendo: “Hemos organizado asociaciones islámicas, ¡Ayudadnos!

Es nuestra obligación llamar la atención de la gente sobre estos asuntos, debemos explicarles cómo es la forma de gobernar en el Islam y cómo se dirigía el gobierno en los primeros tiempos de la historia del Islam. Contarles cómo el centro del mando, y el sillón del poder judicial que de él dependía, se llevaban desde un rincón de la mezquita, en tiempos en que el Estado Islámico abarcaba las riquezas de Irán, Egipto, el H·iyyâz y el Yemen. Desgraciadamente, cuando el gobierno pasó a manos de las siguientes generaciones, se convirtió en una monarquía o en algo peor aún.

El pueblo debe ser instruido en estas materias y ayudado a madurar intelectual y políticamente. Debemos decirle qué clase de gobierno deseamos, qué tipo de personas podrán asumir las responsabilidades de los asuntos, en el gobierno que nosotros proponemos, y qué política y programa seguirán.

El dirigente en una sociedad islámica, es una persona que trata a su hermano ?Aqil de tal manera, que nunca más pedirá dinero extra del tesoro público, para que así, no se produzca discriminación entre los musulmanes y que exige a su hija dar cuenta de los préstamos que ha obtenido del tesoro público, diciendole: “Si no devuelves esos préstamos, serás la primera mujer de los Banu Hashim a quien se le corte la mano.

Esta es la clase de dirigente y gobernante que queremos, un líder capaz de poner en práctica la ley, por encima de sus deseos e inclinaciones personales; que trate a todos los miembros de la comunidad como iguales ante la ley; que rehuse favorecer de cualquier manera, los privilegios o la discriminación; que coloque a su familia en la misma posición que al resto de la gente; que corte la mano de su hijo, si este comete un robo; que ejecute a su propio hermano o hermana si trafica con heroína; y no uno que ejecute a la gente por estar en posesión de diez gramos de heroína, cuando su propia hermana dirige bandas de delincuentes, que introducen la heroína en el país por toneladas.

Asambleas al servicio de la difusión y la enseñanza

Muchas de las ordenanzas del Islam que se refieren a la adoración, tienen también que ver con las funciones políticas y sociales. Las formas de adoración practicadas en el Islam están usualmente ligadas a las políticas y a la gestión de la sociedad. Por ejemplo, la oración colectiva, la reunión con ocasión del Hayy o la oración de los Viernes. Con toda su espiritualidad, ejercen una influencia, tanto política como social y doctrinal. El Islam ha previsto para tales reuniones, tanto el uso religioso que debe hacerse de ellas, como los sentimientos de hermandad y cooperación que se deben reforzar, la madurez intelectual que se debe fomentar o la búsqueda de solución para los problemas políticos y sociales, por lo que de ellas surgen, naturalmente, el yihâd y el esfuerzo colectivo.

En los países no-islámicos, o en los países islámicos dirigidos por gobiernos no-islámicos, cuando quieren reunir a la gente en asambleas como éstas, se ven obligados a gastar millones de los fondos del tesoro nacional o del presupuesto e, incluso así, el resultado es insatisfactorio. Tales encuentros carecen de espontaneidad y espíritu, y no obtienen resultados reales.

En el Islam, por el contrario, cualquiera que desee realizar el Hayy, gasta de su propio dinero para llevarlo a cabo. De la misma manera, la gente acude deseosa de participar en la oración colectiva o en la oración de los Viernes. Debemos aprovechar estas asambleas para difundir y enseñar la religión y para desarrollar el movimiento político e ideológico del Islam.

Algunas personas son completamente inconscientes de todo esto, sólo están preocupados por la correcta pronunciación de wa lad-D·âlin. Cuando van al Hayy, en lugar de intercambiar ideas con sus hermanos musulmanes, difundiendo las creencias y leyes del Islam y buscando soluciones para los problemas mundiales y las aflicciones de los musulmanes; por ejemplo: manifestándose por la liberación de Palestina, la cual es parte del territorio islámico ¡Se dedican a exacerbar las diferencias que existen entre los musulmanes!

En cambio, los primeros musulmanes solían realizar importantes negocios con ocasión del Hayy o de las reuniones para la oración de los Viernes. El jut·ba de los Viernes era algo más que la recitación de una sura del Corán y una oración, una súplica y decir unas breves palabras. Para el jut·ba de los Viernes, solían movilizarse ejércitos enteros y marchar directamente de la mezquita al campo de batalla. Quien se pone en camino desde la mezquita para ir a la batalla, temerá solamente a Dios y no a la muerte, ni a la pobreza, ni al exilio y su ejército resultará victorioso y liberador.

Cuando uno observa los jut·bas de los Viernes dados en esa época y los jut·bas del Emir de los Creyentes (sobre él la Paz), puede ver que su propósito era poner a la gente en movimiento, animarles a la lucha y al sacrificio por el Islam, para así solucionar el sufrimiento de la gente en este mundo.

Si los musulmanes anteriores a nosotros se hubieran reunido cada viernes y se hubieran informado mutuamente de sus problemas comunes y los hubieran solucionado o hubieran decidido cómo solucionarlos, no nos encontraríamos hoy en día en la situación en que nos encontramos.

Hoy mismo debemos comenzar a organizar estas asambleas seriamente y a usarlas para la difusión e instrucción. El movimiento político e ideológico del Islam podrá así desarrollarse y avanzar hacia su culminación.

Cread ?Âshûrâh

Dad a conocer el Islam a la gente, permitiéndole así crear algo parecido a ?Âshûrâh.

Tal y como hemos preservado firmemente la conciencia de ?Âshûrâh y no hemos dejado que se pierda, y así como todavía la gente se reúne durante el mes de Muharram y golpea sus pechos, así nosotros debemos ahora tomar medidas para crear una ola de protesta contra el gobierno; reunir a la gente y que los ruzejon (recitadores) llamen su atención sobre estos temas. Si presentáis el Islam de forma precisa e informáis a la gente de su visión del mundo, doctrinas, principios, leyes y sistema social, lo recibirán ardientemente, Dios sabe que mucha gente lo desea. Yo mismo lo he presenciado. Una simple palabra fue una vez suficiente para provocar una ola de entusiasmo entre la gente, porque entonces, como ahora, todos estaban insatisfechos y descontentos con el estado de los asuntos.

Actualmente, la gente está viviendo a la sombra de las bayonetas y la represión no les permite abrir la boca. Ellos desean que alguien se ponga en pie con valentía y hable alto. ¡Así pues, valientes hijos del Islam, levantaos! ¡Dirigíos a la gente con bravura! Decidle la verdad sobre nuestra situación en un lenguaje sencillo, despertadlos a la actividad entusiasta y transformad a las gentes de la calle y el bazar, obreros y campesinos sencillos y puros de corazón y a nuestros despiertos estudiantes, en esforzados muyahids. Todos los sectores de la sociedad están listos para luchar por la causa de la libertad, la independencia y la felicidad de la nación, y su lucha por la libertad y la felicidad necesita de la religión.

Dad pues a la gente el Islam, porque el Islam es una escuela de yihâd, es una religión de combate; permitidles corregir sus caracteres y creencias de acuerdo con el Islam y transformarse ellos mismos en una poderosa fuerza, para que puedan derrocar el tiránico régimen que los imperialistas nos han impuesto y establecer un Gobierno Islámico.

Solamente aquellos fuqahâ’ que hacen que la gente se familiarice con las creencias e instituciones del Islam y que los protegen y defienden, son verdaderas fortalezas del Islam. Se ajustan a esta definición y a esta función defensiva y protectora, en tanto en cuanto se entregan a ella con entusiasmo capaz de despertar y dirigir a las gentes. Sólo entonces, si ellos viven para alcanzar, digamos, los ciento veinte años, podrá la gente sentir que el Islam ha sufrido una desgracia cuando mueran y que una brecha se ha abierto en la comunidad musulmana o, como dice el h·adîz: “Una grieta aparecerá en la fortaleza del Islam que nada puede cerrar”.

¿Acaso si uno de nosotros muere, después de haber pasado toda su vida leyendo libros en su casa, sufrirá el Islam una terrible pérdida? ¿Qué clase de pérdida puede significar mi desaparición? Pero cuando el Islam perdió al Imam Husein entonces sí que fue una grieta irreparable. Se produce una pérdida cuando quien muere es alguien que ha preservado las doctrinas, leyes e instituciones sociales del Islam, tal como Jâyeh Nas·îr ud-Dîn T·ûsî (Muh·ammad ibn Hasan T·ûsî, conocido como Jâyeh Nas·îr y como Muh·aqqiq T·ûsî (597 a 672 H.). Uno de los sabios más prominentes de la Shî?a. Autor de abundantes obras, no sólo sobre las ciencias del Dîn, sino también sobre filosofía, matemáticas y astronomía) o ?Allâmah H·illî (Ayat ul-lah Sheij Yamâl ul-Dîn Hasan ibn Yusuf ibn ?Alî ibn Mut·ahhar H·illî ( 648 a 726 H.) Jurista, recopilador de hadices, exégeta del Corán, teólogo, cabeza de los Shî1itas en su época, por su gran sabiduría se le dio el título de ?Allâmah) ¿Pero qué habéis hecho vosotros o yo por el Islam que permita a la gente recordar ese h·adîz cuando muramos? ¡Si mil de nosotros muriesen no pasaría nada! La única explicación es que o no somos verdaderos fuqahâ’ o no somos verdaderos creyentes.

Resistencia en un combate prolongado

Ninguna persona razonable esperará que nuestras actividades de difusión e instrucción produzcan de forma inmediata un gobierno islámico. Para obtener la victoria en la tarea de establecer un gobierno islámico deberemos desarrollar una actividad continua en diferentes campos. El nuestro es un objetivo que puede costar tiempo conseguir. La gente sensible de este mundo coloca una piedra en la tierra con la esperanza de que alguien pueda venir doscientos años más tarde a construir un edificio sobre ella, de tal manera que finalmente se pueda alcanzar la meta.

Cierta vez, el califa dijo a un hombre que estaba plantando un nogal: “¡Oh anciano! ¿Por qué estás plantando ese nogal que no dará fruto hasta dentro de cincuenta años, si para entonces tú ya estarás muerto?” El hombre replicó: “Otros plantaron lo que nosotros comemos. Nosotros plantamos para que otros puedan comer“.

Debemos perseverar en nuestros esfuerzos, incluso cuando no puedan ofrecer resultados hasta la próxima generación, porque nuestro servicio es por la causa del Islam y de la felicidad humana. Si fuera por una causa personal podríamos decir: “¿Para qué crearnos problemas nosotros mismos? Nuestros esfuerzos no nos beneficiarán, solamente beneficiarán a los que vengan detrás.”

Si el Señor de los Mártires, que arriesgó y finalmente sacrificó todos sus intereses materiales, hubiera pensado de esta manera, actuando únicamente para sí y su personal beneficio, podría haber llegado a un compromiso con Iazîd desde el primer momento y haber arreglado todo el asunto, ya que los gobernadores Omeyas solamente deseaban conseguir que él los reconociera y aceptara como tales gobernantes ¿Qué más habrían podido desear que tener al hijo del Profeta, el Imam de la Época, llamándoles “Emir de los Creyentes” y reconociendo su gobierno?

Pero su preocupación era el futuro del Islam y de los musulmanes. Para que el Islam pudiera ser propagado entre los hombres en el futuro y su sistema político y social establecido en la sociedad, se opuso a los Omeyas, lucho contra ellos y, finalmente, sacrificó su propia vida.

Examinad cuidadosamente uno de los ah·âdîz que he mencionado anteriormente. Veréis que el Imam as-S·âdiq estuvo sometido a presión bajo el gobernante tiránico y por tanto optó por hacer taquîah. No tenía poder ejecutivo y la mayor parte del tiempo estuvo sometido a vigilancia. A pesar de ello, mantuvo informados a los musulmanes de sus deberes y nombró gobernadores y jueces. ¿Por qué razón lo hizo y qué beneficio había en nombrarlos y destituirlos?

Los grandes hombres, con amplios horizontes de pensamiento, nunca desesperan o prestan atención a las circunstancias en que ellos mismos se encuentran; por ejemplo, presos o cautivos, en una situación que puede prolongarse indefinidamente; en lugar de ello, continúan haciendo planes para el avance de su causa. Llevan adelante su plan ellos mismos o, si no han podido, otros darán continuidad a sus proyectos, incluso si es doscientos o trescientos años después. La fundación de muchos grandes movimientos en la historia se hizo así. Sukarno, el ex- presidente de Indonesia, concibió y diseñó su plan en prisión y más tarde lo puso en práctica.

Imam as-S·âdiq no sólo concibió planes, hizo también precisiones sobre ciertos puntos. Si sus precisiones hubieran estado destinadas a su época, naturalmente que nos parecerían anodinas, pero en realidad, él estaba pensando en el futuro cuando las hizo. Él no era como nosotros, pensando únicamente en nosotros mismos, interesados sólo en nuestros compromisos personales; él estaba interesado en la Ummah, en la humanidad en su conjunto y deseaba reformar a la humanidad para aplicar las leyes de la justicia. Así que, más de mil años antes, él estableció un modelo de gobierno e hizo sus precisiones, para que un día, cuando las naciones se levantaran y los musulmanes entraran en razón, no hubiera confusión y la forma del Gobierno Islámico y su liderazgo pudieran ser conocidos.

Generalmente hablando, el Islam, la escuela de pensamiento Shî?i y, desde luego, todas las religiones y escuelas de pensamiento, han avanzado y progresado de esta forma: todos comenzaron sin nada excepto un plan, plan que llegó a dar fruto posteriormente gracias al esfuerzo y dedicación de sus respectivos líderes y profetas.

Moisés era un simple pastor y durante años persiguió esta llamada. Cuando fue requerido para enfrentarse al Faraón no tenía quien le ayudara pero, gracias a su habilidad innata y a su resolución, destruyó el gobierno del Faraón con un báculo. Imaginad ahora ese báculo en vuestras manos o en las mías ¿Habríamos sido capaces de obtener los mismos resultados? Es necesaria la determinación, seriedad y resolución de Moisés para hacer a un báculo capaz de derrocar a un Faraón, no cualquiera puede realizar tal hazaña.

Cuando el Más Noble Mensajero recibió su misión profética y comenzó a difundir el Islam, un niño de ocho años, el Emir de los Creyentes y una mujer de cuarenta, su esposa Jadîyah, fueron las únicas personas que creyeron en él. No tenía a nadie más. Todo el mundo sabe de las vejaciones que soportó el Profeta, de los obstáculos que le pusieron en el camino, de la oposición que hubo de enfrentar. Pero, a pesar de ello, nunca desesperó o dijo: “Estoy solo“. Persistió y, con su poder espiritual y firme resolución, fue capaz de hacer avanzar su causa hasta el punto en que hoy se encuentra, en el que setecientos millones de personas se encuentran agrupadas bajo su estandarte.

También la escuela de pensamiento Shî?i comenzó de cero. El día en que el Más Noble Mensajero estableció sus fundamentos, fue saludado con burlas. Él invitó a la gente a su casa y dijo: “El hombre que posea tales y tales cualidades será mi ministro“, refiriéndose al Emir de los Creyentes. En ese tiempo, el Emir de los Creyentes no era adulto todavía, aunque siempre poseyó un gran espíritu, el mayor del mundo. Pero ninguno se movió de su sitio, incluso alguno se volvió hacia Abû T·âlib diciéndole con sorna: “¡Ahora deberás marchar bajo la bandera de tu hijo!“.

También el día en que el Profeta anunció a la gente que el Emir de los Creyentes le sucedería y gobernaría, algunos expresaron aparente admiración y satisfacción, pero ese mismo día comenzó la oposición contra él y la misma continuó hasta el fin. Si el Más Noble Mensajero le hubiera designado únicamente como una autoridad para ser consultada en problemas legales, no habría habido oposición a él, pero al designarlo con el rango de sucesor y decir que lo hacía para que gobernara a los musulmanes y se ocupara del destino de la nación islámica, ocasionó la oposición y el descontento hacia él.

De la misma manera, si vosotros en la actualidad permanecéis sentados en vuestra casa y no intervenís en los asuntos del país, nadie os molestará. Ellos solamente os crearán problemas si intentáis intervenir en los destinos de la nación. El Emir de los Creyentes y sus seguidores fueron molestados y perseguidos porque intervinieron en los asuntos del gobierno y del país. Pero ellos no abandonaron su actividad y su esfuerzo, a consecuencia de los cuales hoy existen cerca de doscientos millones de shî?a en el mundo.

Limpieza de los centros religiosos

Para presentar correctamente el Islam a la gente es necesario reformar las instituciones de enseñanza religiosa. Deben mejorarse el lenguaje y los métodos de difusión e instrucción. La apatía, la pereza, la desesperación y la falta de confianza en uno mismo, deben ser reemplazadas por diligencia, esfuerzo, esperanza y auto-confianza. Deben ser eliminados los efectos que han dejado la insinuante propaganda extranjera en las mentes de algunas personas.

Las actitudes de los pseudo-santos, quienes, a pesar de su posición dentro de las instituciones de enseñanza, hacen difícil a la gente obtener una verdadera apreciación del Islam y de la necesidad de las reformas sociales, esto también debe cambiar, y los âjûndho (religiosos) afiliados a la corte, que han vendido su religión por el beneficio mundanal, deben ser despojados de sus hábitos y expulsados de las instituciones de enseñanza religiosa.

Eliminar los efectos de la ideología colonialista

Los agentes del imperialismo, junto con el aparato educacional, propagandístico y político del antinacional gobierno títere que ellos han instalado, han estado difundiendo veneno durante siglos y corrompiendo las mentes y la moral de las gentes. Aquellos que se han introducido en las instituciones religiosas, naturalmente, han traído consigo huellas de su corrupción, porque las instituciones religiosas forman parte de la sociedad y parte de la gente.

Debemos, por tanto, esforzarnos en reformar, intelectual y moralmente, a los miembros de las instituciones religiosas y limpiar los residuos dejados en sus mentes y espíritus por la insinuante propaganda extranjera y por la política de los gobiernos corruptos y traidores.

Uno puede observar fácilmente los efectos de lo que estoy hablando. Por ejemplo, a veces veo gente que se sienta en los centros de las instituciones religiosas diciéndose unos a otros: “Estas materias son demasiado complicadas para nosotros ¿Qué nos importan a nosotros estos asuntos? Nosotros solamente debemos rezar plegarias y dar nuestra opinión en materias relativas a las leyes religiosas“.

Ideas como éstas son el resultado de varios siglos de la maliciosa propaganda de los imperialistas. Han penetrado profundamente en el verdadero corazón de Nayaf, Qom, Mashhad y los otros centros religiosos, causando apatía, depresión y pereza e impidiendo a la gente madurar, de tal manera que siempre ponen excusas para ellos mismos diciendo: “Estos asuntos son demasiado complicados para nosotros“.

Estas ideas están equivocadas ¿Cuál es la cualificación de aquellos que gobiernan actualmente en los países musulmanes? ¿Qué es lo que les da esa habilidad para gobernar que nosotros alegamos carecer? ¿Cuál de ellos está más capacitado que un hombre normal con estudios?

Muchos de ellos no han estudiado jamás ¿Dónde fueron los gobernantes del H·iyyâz (Arabia) a estudiar? ¿Qué estudios han realizado? Lo mismo que Rid·â Jan, que fue totalmente analfabeto, un soldado iletrado, nada más. Siempre ha sido igual a lo largo de la historia, la mayoría de los gobernantes arbitrarios y tiránicos han carecido totalmente de la más mínima capacidad para gobernar la sociedad o administrar la nación y no han poseído formación ni dotes ¿Qué estudió Hârûn al-Rashîd (Hârûn al-Rashîd, quinto califa abbásida, que reino del 180 al 193, contemporáneo de los Imames Musa al-Kâz·im y ?Alî ar-Rid·a) o cualquier otro hombre que haya gobernado Estados tan vastos como los suyos?

El estudio, es decir, la adquisición de conocimientos y experiencia en distintas ciencias, es necesario para realizar la planificación de un país y para el ejercicio de las funciones ejecutivas y administrativas; también nosotros recurriremos a personas que estén en posesión de tales cualificaciones. Pero, la supervisión y la suprema administración del país, la administración de justicia y el establecimiento de relaciones justas entre la gente, éstas son precisamente las materias que el faqîh ha estudiado. Aquello que es necesario para preservar la libertad y la independencia nacional es, de nuevo, precisamente lo que el faqîh puede ofrecer. Por ello, es el faqîh quien rehusa someterse a otros o caer bajo la influencia extranjera, y quien defiende los derechos de la nación y la libertad, independencia e integridad territorial de la patria islámica, incluso a costa de su vida. Es el faqîh quien no se desvía a la derecha o a la izquierda.

Desembarácense de sus depresiones y apatía, perfeccionen sus métodos y programas de propaganda, esfuércense por presentar el Islam con exactitud y decídanse a establecer un Gobierno Islámico. Asuman la dirección y estrechen lazos con las personas militantes y amantes de la libertad.

Finalmente establecerán un gobierno islámico, tengan confianza en ustedes mismos. Ustedes tienen el poder, el coraje y el sentido de la estrategia necesarios para luchar por la libertad e independencia nacionales. Ustedes lograrán despertar a la gente e inspirarles el esfuerzo necesario para la lucha que hará temblar de miedo al imperialismo y a la tiranía. Acumulen más experiencia día a día e incrementen su habilidad en el manejo de los asuntos sociales. Una vez que consigan derrocar al régimen tiránico, serán capaces, sin duda, de administrar el Estado y guiar a las masas.

Todo el sistema de gobierno y administración, junto con las leyes necesarias para ello, permanece listo para ustedes. Si la administración del país necesita impuestos, el Islam ha previsto los necesarios y si lo que se necesitan son leyes, el Islam las tiene todas establecidas. Tras formar el gobierno, ustedes no necesitan sentarse a diseñar leyes o, tal como hacen esos gobernantes occidentalizados que adoran a los extranjeros, correr tras otros para copiar sus leyes.

Todo está listo y esperando. Todo lo que falta es planificar los programas de los ministerios y eso puede realizarse con la ayuda y colaboración de profesionales y consejeros expertos en los diferentes campos, reunidos en una asamblea consultiva.

Afortunadamente, los pueblos musulmanes están listos para seguiros y ser vuestros aliados. Lo único de lo que carecemos es de la resolución necesaria y del poder armado, y estos también los adquiriremos, Dios mediante. Necesitamos el báculo y la resolución de Moisés; necesitamos gente capaz de empuñar el báculo de Moisés y la espada del Emir de los Creyentes. Pero los cobardes que actualmente se sientan en los centros de enseñanza religiosa, ciertamente no son capaces de establecer y mantener un gobierno, pues son tan miedosos que no pueden empuñar ni siquiera una pluma o emprender actividad alguna. Los extranjeros y sus agentes han llenado nuestros oídos con su propaganda, tan a menudo, que hemos comenzado a creernos incapaces de nada: “Vayan a ocuparse de sus asuntos! ¡Atiendan sus escuelas, sus clases, sus estudios! ¿Acaso estos temas son de su incumbencia? ¡Son cosas que están por encima de su capacidad!“.

Yo no puedo disuadir a ciertas personas de estas nociones y hacerles entender que deben llegar a ser líderes de la humanidad; que ellos son, al menos, iguales que los otros y capaces de administrar el país ¿Qué cualificaciones poseen esos otros de las que ellos carecen? Todo lo que se puede decir es que algunos de ellos marcharon al extranjero a divertirse y que quizás estudiaron un poco mientras estaban allí. No decimos que no deban estudiar. Nosotros no somos opuestos al estudio o al aprendizaje. Dejadles llegar a la luna, crear industrias atómicas; no nos cruzaremos en su camino. No obstante, nosotros también tenemos tareas.

Dadles Islam, proclamad al mundo el programa del Gobierno Islámico; quizás los reyes y los presidentes de los musulmanes entienden la verdad de lo que decimos y lo acepten. No deseamos echar a ninguno de ellos; dejaremos en su sitio a cualquiera que honradamente siga al Islam.

Hoy tenemos casi mil millones de musulmanes en el mundo, de los cuales trescientos setenta millones, o más, son shî?a. Todos ellos están listos para seguirnos, pero estamos tan escasos de resolución que somos incapaces de liderarlos. Debemos establecer un gobierno apoyados en la gente, digno de la confianza que la gente deposite en él, para que, protegidos por él y por la ley, la gente pueda continuar su vida con normalidad y realizar sus tareas con tranquilidad.

Estas son las cosas en las cuales debéis creer con devoción. No desesperéis imaginando que esta tarea es imposible. Dios sabe que vuestra capacidad y coraje no son menores que lo suyos, al menos, desde luego, que el sentido de coraje sea oprimir y asesinar al pueblo; ciertamente, nosotros no tenemos de esa clase de coraje.

Una vez vino a mí un individuo mientras me encontraba en prisión. Me dijo: “La política es toda suciedad, mentira y corrupción ¿Por qué no deja usted que nosotros nos ocupemos?“.

Lo que decía era cierto en un sentido. Si la política consistiera en eso solamente, pertenecería exclusivamente a ellos. Pero la política del Islam, de los musulmanes, la guía de los Imames que dirigen a los siervos de Dios por medio de la política, es muy diferente de la política a la que él se refería.

Posteriormente, él dijo a los periódicos: “Hemos llegado a un acuerdo para que los líderes religiosos no intervengan en política.” Tan pronto como fui puesto en libertad negué estas declaraciones desde el mimbar. Dije: “¡Él miente! ¡Si Jomeiní, o cualquier otro, hubiera dado una promesa semejante, lo expulsaríamos de las instituciones religiosas!

Desde el principio, él siembra en vuestras mentes la idea de que la política significa mentiras y otras cosas semejantes, para que perdáis el interés en los asuntos nacionales y ellos puedan hacer sus negocios sin ser molestados, realizando cuanto deseen y dándose a todos los vicios. Mientras vosotros, aquí sentados, pedís por su bienestar en vuestras oraciones: “¡Dios quiera perpetuar su gobierno!” Desde luego, ellos no poseen la inteligencia necesaria para elaborar tales planes por sí mismos (¡Gracias a Dios!), son sus maestros y los expertos quienes les aconsejan tales planes. Los colonialistas británicos penetraron en los países del Este hace más de trescientos años. Conociendo todos los aspectos de estos países, diseñaron elaborados planes para asumir el control de todos ellos.

Entonces llegaron los nuevos imperialistas, los americanos y otros. Ellos se aliaron con los británicos y participaron en la ejecución de sus planes.

Una vez, cuando estaba en Hamadán, un estudiante iniciado en las ciencias religiosas, un hombre que había dejado sus ropas religiosas pero que conservaba la ética islámica, vino a mí y me mostró un mapa en el que cientos de lugares habían sido marcados en rojo. Él me dijo que aquellas marcas rojas indicaban todos los recursos minerales del país localizados por los expertos extranjeros.

Los expertos extranjeros han estudiado nuestro país y descubierto todas sus reservas minerales: oro, cobre, petróleo y demás. También han realizado una valoración del espíritu de nuestro pueblo y llegado a la conclusión de que la única barrera que bloquea su camino es el Islam y el liderazgo de los religiosos.

Tienen conocimiento del poder del Islam, porque una vez gobernó parte de Europa y ellos saben que el verdadero Islam es opuesto a sus actividades. También saben que no pueden someter a su influencia a los verdaderos sabios religiosos, ni afectar su pensamiento.

Desde el mismo principio, por tanto, han buscado apartar este obstáculo de su camino, desacreditando al Islam y calumniando a los líderes religiosos. Han utilizado su maliciosa propaganda de tal manera que, actualmente, pensamos que el Islam consiste simplemente en un manojo de tópicos legales. También han tratado de destruir la reputación de los fuqahâ’ y de los ?ulamâ’, los cuales están a la cabeza de la sociedad islámica, mediante acusaciones calumniosas y otros medios. Por ejemplo, ese desvergonzado agente del imperialismo, escribe en sus libros: “¡Seiscientos ?ulamâ’ de Nayaf e Irán estaban cobrando sueldo de los británicos! ¡El Sheij Murtad·a tomó el dinero sólo dos años, antes de que se diera cuenta de donde provenía el dinero! ¡Las pruebas pueden encontrarse en documentos conservados en los archivos de la Oficina de Indias!”. Los colonialistas les ordenan insultar a los ?ulamâ’ para poder cosechar los beneficios. Los colonialistas desean fervientemente hacer aparecer a los ?ulamâ’ como agentes a su servicio para que pierdan el respeto de la gente y éstas les abandonen. Al mismo tiempo, con su propaganda y sus insinuaciones, han tratado de presentar el Islam como un asunto mínimo, limitado, y de restringir las funciones de los fuqahâ’ y ?ulamâ’ a cuestiones insignificantes. Han tratado de persuadirnos constantemente de que la única función de los fuqahâ’ es dar su opinión sobre los problemas legales.

Algunas personas, carentes de un correcto entendimiento, les han creído y se han extraviado. No han comprendido que todo ello es parte de un plan destinado a destruir nuestra independencia y a establecer el control sobre todos los aspectos de la vida en los países islámicos.

Obtusamente, han ayudado a los órganos de propaganda de los colonialistas a llevar a cabo su política y a lograr sus objetivos. Las instituciones propagandísticas del colonialismo han insistido para persuadirnos de que la religión debe estar separada de la política, de que los dirigentes religiosos no deben interferir en los asuntos sociales y de que los fuqahâ’no tienen el deber de supervisar el destino de las naciones islámicas. Desgraciadamente, algunos les han creído y han caído bajo su influencia, con el resultado que vemos. Esto es lo que el colonialismo siempre ha deseado, desea y deseará en el futuro.

Observad los centros de enseñanza religiosa y podréis ver los efectos de la campaña de persuasión y propaganda de los colonialistas. Veréis gente negligente, perezosa, ociosa y apática, que no hace otra cosa que discutir sobre aspectos puntuales de la ley y rezar, y que son incapaces de nada más. También encontraréis ideas y hábitos que han nacido de la misma propaganda colonialista, por ejemplo, la idea de que hablar es incompatible con la dignidad de los âjûnds (religiosos). Los âjûnds y los muytahidîn no deben ser capaces de hablar y si lo son, no deben decir nada excepto: “La ilaha il.la Allah“, o quizás alguna palabra más; pero esto es un error y contrario a la sunnah del Mensajero de Dios.

Dios ha elogiado el discurso y la expresión, así como la escritura y el uso de la pluma. Por ejemplo, dice en la aleya 4 de la Surah Ar-Rahmân:

Él le dio (al hombre) la capacidad de expresarse

Estimando la capacidad de hablar que El dio al hombre como una gran bendición y una fuente de nobleza. El habla y la expresión son necesarias para difundir las órdenes de Dios y las enseñanzas y doctrinas del Islam; es por medio del habla y la elocuencia que podemos instruir a la gente en Su religión y cumplir el deber señalado en la frase: “Ellos instruyen a la gente“. El Más Noble Mensajero y el Emir de los Creyentes pronunciaron discursos y jut·bas, fueron hombres de elocuencia.

Purificar las formas sagradas

Esas tontas ideas que existen en las mentes de algunas personas, ayudan a los colonialistas y a los gobiernos opresores en sus intentos de mantener a los países musulmanes en su estado actual y de bloquear el progreso del movimiento islámico. Tales ideas son características de aquellos que son conocidos por su santidad, pero que en realidad son pseudo-santos, no santos verdaderos. Debemos cambiar esa forma de pensar y dejar clara nuestra actitud hacia ellos, porque ellos están bloqueando nuestro movimiento y las reformas que tratamos de llevar a cabo, y manteniendo atadas nuestras manos.

El fallecido Burûyerdî, el fallecido Hoyyat, el fallecido Sad·r y el fallecido Jawânsârî, se reunieron en nuestra casa un día, para debatir algunos temas políticos. Yo les dije: “Antes de nada, debéis decidir qué hacer con estos pseudo-santos. Mientras estén ahí, nuestra situación es como la de una persona que está siendo atacada por un enemigo mientras otro le sujeta las manos por la espalda. Estas personas que son conocidas como santos (que tienen fama de santos pero que son pseudo-santos) no son santos reales, son completamente inconscientes del estado de la sociedad, y si tratáis de hacer algo: tomar el gobierno, asumir el control del parlamento (maylîs), frenar el desarrollo de la corrupción, etc…, ellos destruirán vuestra reputación social. Antes de nada debéis decidir qué hacer con ellos“.

El estado actual de la sociedad musulmana es tal que estos falsos santos impiden que el Islam ejerza su influencia propia. Actuando en nombre del Islam, lo que están es dañándolo. Las raíces de estos individuos que existen en nuestra sociedad se encuentran en los centros de las instituciones religiosas. En los centros de Nayaf, Qom, Mashhad y otros, existen individuos en posesión de esta mentalidad pseudo-santa y, desde su base en las instituciones religiosas, infectan al resto de la sociedad con sus malas ideas y actitudes. Son ellos quienes se oponen a cualquiera que le diga a la gente: “¡Venid, despertad! ¡No viváis bajo la bandera de otros! ¡No permitamos las imposiciones de Inglaterra y América! ¡No permitamos que Israel paralice a los musulmanes!“.

Primero debemos aconsejar a estos pseudo-santos y tratar de despertarlos. Debemos decirles: “¿No veis el peligro? ¿No veis que los israelíes están atacando, asesinando y destruyendo y que los ingleses y los americanos les ayudan?. Permanecéis sentados observando, pero debéis levantaros. Debéis tratar de encontrar un remedio a las enfermedades de la gente. La mera discusión no es suficiente. La simple enunciación de opiniones sobre puntos legales no es útil por sí misma. No guardéis silencio en un tiempo en que el Islam está siendo destruido, el Islam está siendo exterminado; como los cristianos, que permanecieron sentados discutiendo sobre el Espíritu Santo y la Trinidad hasta que fueron destruidos. ¡Levantaos, prestad alguna atención a la realidad y a los asuntos cotidianos!.

¡No os permitáis ser tan negligentes! ¿Acaso estáis esperando a que los ángeles vengan a llevaros en sus alas? ¿Es función de los ángeles consentir la pereza? Los ángeles baten sus alas bajo los pies del Emir de los Creyentes, porque él fue benéfico para el Islam, él hizo grande el Islam, aseguró la expansión del Islam en el mundo y promovió sus intereses. Bajo su liderazgo se desarrolló y ganó fama una libre, vital, virtuosa sociedad; todos tuvieron que inclinarse ante su poder, incluso el enemigo ¿Pero, por qué nadie se inclina ante vosotros cuya única actividad es emitir opiniones sobre asuntos legales?“.

Si nuestros pseudo-santos no despiertan y comienzan a asumir sus responsabilidades tras repetirles estos consejos y avisos, será evidente que la causa de su fallo no es la ignorancia, sino algo más. Entonces, desde luego, adoptaremos una actitud diferente con ellos.

Purificar los centros de estudios islámicos

Los centros de las instituciones religiosas son lugares para la enseñanza, instrucción, propaganda y liderazgo. Pertenecen a los fuqahâ’ justos, a los sabios, maestros y alumnos. Pertenecen a aquellos que son los herederos y sucesores de los profetas. Ellos son sujetos de un legado, y un legado divino es obvio que no puede ser puesto en manos de cualquiera. Quien desee asumir tan pesada responsabilidad, administrar los asuntos de los musulmanes y actuar como delegado del Emir de los Creyentes, interviniendo en asuntos relativos al honor, a la propiedad y a las vidas de las gentes, así como al botín tomado en la guerra y a los castigos penales de la ley, debe estar completamente desinteresado del mundo y libre de ambición mundanal.

Cualquiera cuyos esfuerzos estén orientados hacia este mundo, incluso por cosas que sean legítimas en sí mismas, no puede ser delegado de Dios y no es digno de confianza. Cualquier faqîh que participe en el aparato del Estado de los opresores y devenga un cortesano, no es un delegado y no puede ejercer el encargo de Dios. ¡Dios sabe cuántas desgracias ha sufrido el Islam, desde su inicio hasta el presente en manos de estos malos ?ulamâ’! Abu Hurairah ( Abu Hurairah, muerto en el 57 o 58 H., se hizo musulmán en el año 7 H. por lo que no vivió en Medina, cerca del Profeta más de tres años, a pesar de lo cual transmitió 5.674 hadices del Mensajero de Dios, más que ningún otro de los compañeros, hasta el punto que en la época de los califas un grupo numeroso de los compañeros del Profeta lo desautorizaron. En época del segundo califa fue nombrado gobernador de Bahrein, de donde fue depuesto y castigado, por apropiación indebida del erario público, a pagar 10.000 dirham. En tiempos del tercer califa, para conseguir su cercanía, inventó hadices sobre la excelencia del mismo, por lo que fue nombrado juez de Medina.

Durante el califato del Emir de los Creyentes se mantuvo en silencio aparente, y durante la guerra de Siffin mantuvo una actitud equívoca, pasando de un bando a otro. Se cita de él una famosa frase: ” la comida de Mu?âwîah es más suculenta y la oración de ?Alî es mejor “. Muchos de los ?ulamâ’h, tanto sunnitas como Shî?itas han objetado sus hadices. Mu?âwîah lo volvió a nombrar juez de Medina. Ver Sharh· Nahy ul-balâgah de Ibn Abi al-H·adîd, t. IV, pp. 63 a 69 y 78, y Dâirat ul-Mu?ârif Islâmîa, del mismo autor, t. I, pp. 418 y 419) fue uno de los fuqahâ’, pero Dios sabe la de juicios que falsificó para Mu?âwîah y otros como él, y el daño que ocasionó al Islam.

Cuando una persona ordinaria entra al servicio de un gobierno opresor, se le puede considerar un pecador, pero su acto no conlleva mayores perjuicios, pero cuando un ?alim, unfaqîh, como Abu Hurairah o el juez Shuraih·, entra al servicio de un gobierno opresor, aportan dignidad y legitimidad al mismo y deshonran el Islam. Cuando un faqîh entra a servir en el aparato del tirano es como si todos los ?ulamâ’ lo hicieran; deja de ser un asunto particular. Por ello, los Imames prohibieron estrictamente a sus seguidores prestar servicios gubernamentales y les dijeron que la situación en la que ellos mismos se encontraban, se debía a que algunos de ellos lo habían hecho.

Las obligaciones que incumben a los fuqahâ’ no se aplican a los demás. Los fuqahâ’, debido a su posición, deben evitar y renunciar a cosas que de otra manera les serían lícitas. En casos en los que a otros se les permite hacer taqîiah, los fuqahâ’ no pueden.

El propósito de la taqîiah es preservar el Islam y la escuela Shî?i; si la gente no hubiera recurrido a ella, nuestra escuela de pensamiento podría haber sido destruída; la taqîiah es lícita en cuestiones formales, lo que está en relación con las ramas (furu?) de la religión, por ejemplo, realizar la ablución de diferentes maneras. Pero cuando los Principios del Islam y su prestigio están en peligro, no hay lugar para el silencio o la taqîiah ¿Si tratan de forzar a un faqîh a subir al mimbar y hablar en forma contraria a las órdenes de Dios, puede acaso obedecerlos, diciéndose: “La taqîiah es mi religión y la religión de mis antepasados“? La cuestión de la taqîiah no es procedente en este caso. Si un faqîh prevé que prestando servicio a un gobierno opresivo, la opresión será mayor y la reputación del Islam ensuciada, no debe ponerse a su servicio, incluso si a consecuencia de ello es asesinado.

No son aceptables las excusas que pueda ofrecer, a menos que su acción de entrar al servicio del Estado tenga una base racional, como fue el caso de ?Alî ibn Iaqt·în, (?Alî ibn Iaqt·în ( 124 a182 H.). Su padre fue defensor de la causa de los ?Abbâsî durante el gobierno de los Omeyas, por ello cuando finalmente éstos llegaron a gobernar, Hârûn ar-Rashîd nombró a ?Alî ibn Iaqt·în su ministro, aun cuando éste era seguidor de Imâm Kâz·im, sabiendo que estaba obligado a obedecer al Imâm y esforzarse en ejecutar sus ordenes. El Imâm le dijo: ” Oh ?Alî, Dios Altísimo, junto a los tiranos ha puesto colaboradores que son instrumentos para ayudar a Sus amigos, y tú eres uno de ellos.”) cuyos motivos para entrar al servicio del Estado son bien conocidos, y como Jayeh Nas·îr Tûsî cuya acción tuvo consecuencias beneficiosas, igualmente bien sabidas.

Los verdaderos fuqahâ’ del Islam son, desde luego, libres de toda culpa al respecto. Desde el principio del Islam hasta el presente, su ejemplo es claro y brilla como una luz ante nosotros; son inmaculados de culpa. Los âjûndho que en épocas pasadas colaboraron con el gobierno, no pertenecían a nuestra escuela. Nuestros fuqahâ’ no sólo han sido opuestos a los gobernantes, sino que han sufrido prisión y tortura a causa de su desobediencia a ellos.

En inimaginable que los ?ulamâ’ del Islam hayan entrado alguna vez al servicio del Estado o que lo hagan ahora. En alguna ocasión, desde luego, lo han hecho de cara a obtener el control del mismo o a transformarlo; si tal cosa fuera posible hoy, igualmente sería nuestro deber hacerlo. Pero no es de eso de lo que estoy hablando. Nuestro problema es la gente que lleva turbante sobre sus cabezas; han leído unos pocos libros en uno y otro sitio, o puede ser que ni siquiera los hayan leído, y han entrado al servicio del gobierno con la intención de llenar sus estómagos o de incrementar el campo de su autoridad ¿Qué haremos con ellos?

Expulsar a los religiosos vendidos a la corte

Estas personas no son fuqahâ’ islámicos, son gente a la que la Sawâk ha dado un turbante y puesto a rezar. Si la Sawâk no puede obligar a los Imames de la congregación a estar presentes en las bodas del gobierno y en ceremonias similares, echará mano de su propia gente, lista para decir: “Grande es su gloria” cuando se le menciona. Estas personas no son fuqahâ’. La gente sabe lo que realmente son. Hay un h·adîz que nos advierte que protejamos nuestra fe de esa gente o ellos la destruirán. Deben ser denunciados y deshonrados, para que pierdan el prestigio que puedan tener ante la gente. Si su posición social no es destruida, ellos destruirán la posición del Imam de la Época y la posición del Islam mismo.

Nuestros jóvenes deben arrebatarles los turbantes. Los turbantes de esos âjûndho que corrompen la sociedad musulmana, mientras proclaman ser fuqahâ’ y ?ulamâ’, deben serles arrebatados.

No se si nuestra juventud en Irán habrá muerto ¿Dónde están? ¿Por qué no les arrebatan los turbantes a estos individuos? No digo que deban matarlos, no merecen que se les mate. ¡Pero arrebatadles los turbantes! Nuestra gente de Irán, especialmente nuestros celosos jóvenes, tienen el deber de impedir que estos âjûndho, estos recitadores de “Grande es su gloria”, aparezcan en sociedad y se muevan entre la gente, llevando turbante. No necesitan golpearlos mucho, solamente sacarles los turbantes y no permitirles aparecer en público llevándolos.

El turbante es una prenda noble; no cualquiera es digno de llevarla. Como dije, los verdaderos ?ulamâ’ del Islam están libres de culpa al respecto; nunca han estado al servicio del gobierno. Estos que están con el gobierno son parásitos tratando de engordar a costa de la religión y de los ?ulamâ’, pero nada tienen que hacer entre los ?ulamâ’ y la gente sabe qué clase de tipos son.

Nosotros también nos encontramos frente a difíciles tareas. Debemos mejorar nuestra propia espiritualidad y nuestra forma de vivir. Debemos llegar a ser más ascéticos que antes y completamente ajenos a los bienes de este mundo. Todos vosotros debéis equiparos para proteger el legado divino que os ha sido confiado. Llegar a ser delegados dignos y tener este mundo en poca estima. Naturalmente, no podréis ser como el Emir de los Creyentes quien dijo que este mundo era para él de menos valor que la humedad del morro de una cabra, pero apartaos de los deseos de un beneficio mundanal, purificad vuestras almas, volveos hacia Dios Todopoderoso, cultivad la piedad.

Si vuestro propósito al estudiar es, Dios no lo quiera, asegurar vuestro mantenimiento futuro, nunca llegaréis a ser fuqahâ’ o administradores del Islam. Preparaos para ser útiles al Islam, actuad como el ejército del Imam de la Época, para que lleguéis a ser capaces de auxiliarle en su misión de establecer el gobierno de la justicia. La mera existencia de individuos rectos tiene un efecto benéfico para la sociedad, como yo mismo he observado, uno se purifica caminando con ellos y cultivando su compañía.

Actuad de manera que vuestros actos, conducta, carácter y aversión a las ambiciones mundanales, puedan ejercer un efecto revivificador en la gente. Ellos imitarán vuestro ejemplo y vosotros podréis llegar a ser modelos para ellos y soldados de Dios. Solamente así podréis hacer que la gente conozca el Islam y el Gobierno Islámico.

No estoy diciendo que abandonéis vuestros estudios, por supuesto que debéis estudiar, llegar a ser fuqahâ’. Dedicaos al fiqh y no permitáis que el fiqh decline en los centros de las instituciones religiosas. A menos que seáis fuqahâ’, no estaréis capacitados para servir al Islam. Pero mientras estudiáis, preocupaos también por representar al Islam correctamente ante la gente. El Islam es, actualmente, un extraño. Nadie lo conoce con propiedad. Debéis transmitir el Islam y sus leyes de manera que la gente llegue a entender lo que es el Islam, lo que es el Gobierno Islámico, lo que significan la Profecía y el Imamato y en términos generales, por qué fue revelado el Islam y cuáles son sus objetivos. Así, el Islam irá gradualmente conociéndose y, Dios mediante, algún día se establecerá un gobierno islámico.

Derrocar a los gobiernos opresores

Debemos derrocar los gobiernos tiránicos cortando toda relación con las instituciones gubernamentales. Rehusarnos a cooperar con ellos, abstenernos de cualquier acto que pueda traducirse en una ayuda para ellos. Crear nuevas instituciones judiciales, financieras, económicas, culturales y políticas.

Es deber de todos nosotros derrocar a los t·âghût; por ejemplo: los ilegítimos poderes políticos que gobiernan actualmente en todo el mundo islámico.

El aparato gubernamental de los regímenes tiránicos antipopulares, debe ser reemplazado por instituciones al servicio del bien público, y administrado conforme a las leyes islámicas. De esta manera irá apareciendo, gradualmente, un gobierno islámico. En el Corán, Dios Todopoderoso ha prohibido a los hombres obedecer a los t·âghût, a los regímenes ilegítimos, y los anima a levantarse contra los reyes, tal como Él ordenó a Moisés rebelarse.

Existen numerosos ah·âdîz animando a la gente a luchar contra los opresores y contra los que desean pervertir la religión. Los Imames junto con sus seguidores, los shi?itas, siempre lucharon contra los gobiernos tiránicos y los regímenes ilegítimos, como uno puede fácilmente ver si examina sus biografías y su forma de vida. La mayor parte del tiempo vivieron bajo la opresión de los gobernantes tiránicos y se vieron obligados a observar taqîiah, embargados de temor. No temor por ellos mismos, desde luego, pero sí temor por la religión, como se evidencia si se examinan los ah·âdîz más relevantes. Los gobernantes tiránicos, por su parte, permanecieron aterrorizados por los Imames. Estaban seguros de que si daban a los Imames la más leve oportunidad, éstos se rebelarían y los privarían de sus vidas, sinónimo de búsqueda de placeres y licenciosidad. Es por esta razón que vemos a Hârûn arrestando al Imam Musa Ibn Ya?far (sobre él la Paz) y encarcelándole por muchos años, y tras él a Ma?mûn (?Abd ul-lah Ma?mûn (180 a 218 H.) Hijo del Hârûn al-Rachîd y octavo de los califas ?Abbâsî ) llevando a Imam Rid·â a Marv y confinándolo allí muchos años, antes de, finalmente, envenenarle.

Hârûn y Ma?mûn no actuaron así porque los Imames fuesen asiiad (descendientes del Profeta) y ellos fuesen opuestos al Profeta; desde luego, tanto Hârûn como Ma?mûn eran shi?itas. Ellos actuaron así motivados enteramente por razones de Estado. Sabían que los descendientes de ?Alî reclamarían el califato y que su mayor deseo era establecer un gobierno islámico, considerando el hacerlo algo enteramente obligatorio para ellos.

Un día se le sugirió al Imam Mûsâ, que delinease los límites de Fadak para que se lo pudieran devolver. De acuerdo con cierto h·adîz, dibujó un mapa de todo el territorio islámico y dijo: “Todo lo que hay dentro de estos límites es nuestro derecho legítimo. Nosotros somos quienes debemos gobernar sobre él y vosotros sois sólo unos usurpadores“. Los tiranos vieron pues, que si el Imam Mûsâ ibn Ya?far fuese libre, les haría la vida imposible, podría establecer las bases de una rebelión y del derrocamiento de su gobierno. Así que no le dieron la más leve oportunidad. No existe la menor duda de que si el Imam la hubiera tenido, se habría rebelado y habría destronado a los tiranos usurpadores.

Igualmente, Ma?mûn mantuvo a Imam Rid·â bajo vigilancia, dirigiéndose a él, astuta e hipócritamente, llamándole “primo e hijo del Mensajero de Dios”, temeroso de que, algún día, pudiera levantarse y destruir las bases de su reinado. Al ser, ciertamente descendiente y delegado del Profeta no le podía permitir que se moviera con libertad por Medina.

Los tiranos deseaban el poder y estaban dispuestos a sacrificar cualquier cosa por ese deseo; no es que tuvieran una enemistad personal con ninguno de los Imames. Si, Dios no lo permita, el Imam hubiese frecuentado su corte, habrían mostrado hacia él la mayor veneración y respeto, incluso habrían besado su mano. De acuerdo con el h·adîz, cuando el Imam Rid·â fue a ver a Hârûn, éste ordenó que el Imam fuese traído montado a caballo hasta su mismo trono, y que se le mostrase la mayor veneración posible. Pero cuando llegó el momento de repartir las cantidades del tesoro que debían ser distribuidas y llegó el turno de Banu Hâshim para recibir su parte, Hârûn les entregó solamente una pequeña cantidad.

Su hijo Ma?mûn, que estaba presente, quedó sorprendido del contraste entre la veneración de la que acababa de ser testigo y la asignación que ahora veía que se les daba. Hârûn le dijo: “No entiendes. Los Banu Hâshim ( Banu Hâshim, nombre de una de las grandes taifas del clan de los Quraish, descendientes de ?Umair y de Ibn ?Adb Ul-Manâf, conocido como Hâshim, que fue padre de ?Abd al-Mut·alib, abuelo del mensajero (s)) deben permanecer en esta situación. Deben ser siempre pobres, prisioneros, desterrados, afligidos, incluso envenenados o muertos. De otra manera se levantarían contra nosotros en rebeldía y arruinarían nuestras vidas“.

Los Imames no sólo lucharon contra los gobernantes tiránicos, los gobiernos opresivos y las cortes corruptas ellos mismos, llamaron también a los musulmanes a hacer el yihâdcontra estos enemigos.

Existen más de cincuenta ah·âdîz en el Wasa?il ush-Shî?ah ( Tafs·îl Wasâ’il al-Shî?ah ilâ Tah·s·îl Masâ?il ash-Sharî?ah, conocido por Wasâ’il ush-Shî?ah recopilado por ?Allâmah Muh·ammad Hasan al-Hurr al-?Âmulî, la obra más completa de hadices sobre Ah·kâm y que posee la mejor sistematización y ordenamiento en esta materia, que difiere del orden habitual de los libros de fiqh, y que dedica un capítulo final a los beneficios del ?Ilm ar-Riyâl) AlMustadtrak y otros libros, llamando a los musulmanes a evitar los gobernantes y dirigentes tiránicos, y a llenar de tierra la boca de aquellos que les alaban ( Transmitido por Imâm as-Sâdiq de su padre Imâm al-Bâqer de su padre Imâm ?Alî Zsain al-?Abidîn de su padre Imâm Husein de su padre el Emir al-Mu’minîn que lo trasmitió del Profeta (s), Wasâ’il al-Shî?ah t. XII, pág. 132. cap. 42, h·adîz 1. Man lâ iah·d·urûh ul-Faqîh, t. IV, pág. 5, h·adîz 1.) y a amenazar a aquellos que prestan sus plumas para hacerles panegíricos. En resumen, los Imames han ordenado cortar toda relación con tales gobernantes y que nadie colabore con ellos de ninguna manera. En contraste con estos ah·âdîz, existen otros que alaban a los maestros eruditos y al faqîh justo, y enfatizan su superioridad sobre el resto de los hombres.

Tomadas en su conjunto, ambas clases de ah·âdîz forman un programa para el establecimiento de un gobierno islámico. Primero se induce al pueblo a dar la espalda a los gobiernos tiránicos, a los opresores, después las casas de los fuqahâ’ deben abrir sus puertas a las gentes. Los fuqahâ’ que son justos y ascéticos y que luchan en el camino de Dios para aplicar las leyes del Islam y establecer su sistema social

Los musulmanes serán capaces de vivir en seguridad y tranquilidad y preservar su fe y su moral, solamente cuando disfruten de la protección de un gobierno basado en la justicia de la ley. Un gobierno cuya forma, sistema administrativo y leyes, hayan sido establecidos por el Islam. Espero que mediante la presentación del sistema de gobierno y de los principios sociales y políticos del Islam a amplios sectores de la Humanidad, crearemos una fuerte y nueva corriente de pensamiento y un poderoso movimiento popular que establecerá un gobierno islámico.

Conclusión

¡Oh Dios! ¡Corta las manos de los opresores que han aferrado las tierras de los musulmanes y desarraiga a todos los traidores del Islam y de los países islámicos!

¡Despierta las cabezas de los Estados musulmanes de su profundo sueño, para que puedan esforzarse ellos mismos en favor de los intereses populares y renunciar a la división y a la búsqueda del beneficio particular.!

¡Concédenos que la joven generación de estudiantes de los colegios religiosos y las universidades, pueda luchar por la conquista de los sagrados objetivos del Islam y esforzarse juntos, en filas unidas, primero, para liberar los países islámicos de las garras del imperialismo y sus viles agentes, y después, para defenderlos!

¡Concédenos que los fuqahâ’ y los maestros conjuntamente, puedan esforzarse para guiar e iluminar las mentes de las gentes, para llevar los sagrados objetivos del Islam a todos los musulmanes, particularmente a la joven generación y esforzarse por el establecimiento de un gobierno islámico!

Tuyo es el éxito y no hay fuerza, ni poder excepto la que viene de ti.

 

Ismael Agar

ismaelagar[arroba]yahoo.com Licenciado en estudios Islámicos

Origen: El gobierno Islámico – Monografias.com

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s