Cuarenta años de la ley de reforma política que inició la Transición – Fernando Paz / La Gaceta

Un día como hoy, de 1976, se celebraba en España el referéndum para la Reforma Política convocado por el gobierno de Adolfo Suárez. Suárez había sido nombrado presidente por el rey Juan Carlos en el mes de julio anterior y, junto al monarca, había emprendido la senda de las reformas políticas que conducirían al país a una situación de asimilación política con el resto de Europa.

En realidad, España ya era en todo lo demás un país europeo. De modo que lo que conocemos como “transición” es, en realidad, la adecuación también política de un proceso que se había iniciado en los años cincuenta y que había conducido a la sociedad española a unas cotas de prosperidad y bienestar desconocidas hasta entonces. Aquel desarrollo social, cultural y económico que tuvo lugar durante el régimen de Franco había resultado esencial para que pudiera abordarse dicha reforma política con garantías.

Políticamente, la reforma hubo de ser aprobada por las Cortes (las últimas Cortes de Franco) además de por el Consejo de Ministros y el Consejo Nacional del Movimiento durante el verano y el otoño de 1976. El proyecto era de Torcuato Fernández-Miranda –verdadero muñidor del proceso, quien tenía previsto transformar un régimen autoritario en otro democrático mediante reformas paulatinas, yendo “de la ley a la ley”- y había sido entregado a Suárez a fines de agosto. En junio se había intentado legalizar los partidos políticos, pero la propuesta fue rechazada, por lo que algo más tarde Adolfo Suárez introdujo una cláusula que parecía dirigida a excluir el Partido Comunista de España de toda posibilidad de ser legalizado.

Fue entonces cuando las instituciones del régimen franquista acometieron una reforma generosamente suicida por cuanto representaba nada menos que su renuncia al monopolio del poder. Algo verdaderamente insólito. Con razón se le llamó “el harakiri”.

A los 40 años

Resulta llamativo que, cumpliéndose 40 años del referéndum sobre la Ley de Reforma Política, apenas nadie lo haya recordado en los medios públicos. Llamativo, aunque quizá no tan sorprendente, si consideramos que el episodio que llamamos Transición ha sufrido una notable revisión y reinterpretación en los últimos años.

Hoy, la idea misma de la transición, la valoración y la interpretación de esta, divide profundamente a las fuerzas políticas. Si de un lado PP y Ciudadanos reivindican dicho periodo, de otro los nacionalistas, Podemos y la extrema izquierda lo execran, mientraseste PSOE, pese a partir de una  aceptación de principio, está en una especie de posición intermedia.

Pero no pasemos por alto un hecho incontestable: el rechazo del nacionalismo, de la extrema izquierda y de Podemos a la transición es certero en cuanto a que obedece a una realidad, que es la de la filiación directa entre el franquismo y la transición. Otra cosa es que este hecho durante las décadas en que convenía proponer la Transicióncomo modelo, se soslayase, e incluso se ocultase.

Hoy, por el contrario, cuando el objetivo de esa izquierda es propiciar una segunda transición que rompa con la primera, se prefiere poner de manifiesto dicha filiación como argumento para impugnar el actual sistema. Aunque a estas alturas tampoco es cuestión de hacernos cruces ante el cinismo de la izquierda, supongo.

Aquella izquierda…que es esta

A tal efecto no está de más recordar la oposición de la izquierda a la Reforma Política y su petición de abstención en el referéndum, desde el PSOE hacia la siniestra, incluyendo al PCE.

Durante las semanas anteriores a la celebración del referéndum, destacadas personalidades políticas de la llamada oposición se manifestaron a favor de la “abstención activa”, pero el fracaso de esta postura fue estrepitoso. Por entonces, los españoles veían a los políticos como a marcianos y a sus juegos endogámicos como algo perfectamente ajeno a su realidad, así que nadie les hizo mucho caso.

El resultado de la consulta fue poco dudoso: la gente votó la propuesta del gobierno por una demoledora mayoría del 94% de los votos emitidos sobre el 78% de participación. Unas cifras abrumadoras. De modo que la estrategia de la oposición se había demostrado estéril e irreal: estaba claro que la población no estaba por la labor de emprender aventuras que pusieran en riesgo lo mucho que se había logrado en las décadas anteriores. Fue entonces, y solo entonces, cuando, para evitar el aislamiento del pueblo y de la realidad, la izquierda se sumó al proceso de reformas.

Durante décadas, la izquierda reivindicó la transición por su pretendida ejemplaridad política y su ausencia de violencia; eso de la ausencia de violencia no quiere decir sino que no fuimos a una nueva guerra civil; porque violencia sí hubo, y mucha, salvo que se desestime como tal los centenares de asesinatos perpetrados por ETA. Así que se elaboró un relato progresista en el que la izquierda sostenía haber hecho gala de una generosidad sin precedentes al aceptar las reformas del gobierno. Esto era algo que, por supuesto, no tenía nada que ver con la realidad. Pues, como se ha dicho, no hubo más generosidad que la que tuvo el régimen promoviendo la apertura y aceptando que se sumara a la misma quien, precisamente, había hecho lo posible por sabotear los esfuerzos aperturistas.

Posteriormente, y a modo justificativo, la izquierda sostuvo que su postura abstencionista en el referéndum se debió a que no confiaba en que el régimen estuviera verdaderamente dispuesto a dicha apertura. Pero la realidad es justamente la contraria: lo que la izquierda temía en 1976 no era que el franquismo no fuese a llevar a cabo la reforma política; lo que la izquierda temía era que sí la llevase a cabo.

Hoy resulta muy evidente que esa izquierda -que ha acreditado una capacidad cuasi infinita para el rencor- lamenta profundamente ese hecho. Su programa era el del ajuste de cuentas, el de la revancha, y han tenido que esperar cuatro décadas para abordarlo.

Por eso, desde la perspectiva actual, nos parece casi increíble que fuese ella quien articulase un discurso del olvido y del perdón, pero así fue en 1976. Naturalmente, esto no se debió a un súbito ataque de grandeza moral, algo para lo que parece cromosómicamente impedida, sino por mero cálculo político. La mejor prueba es que impusieron la amnistía como condición para sentarse a hablar. Hoy, con la sartén por el mango, ya sabemos que lo que pretende es la impunidad para sus delitos y la persecución más allá de toda prescripción para los de lo demás.

La izquierda trató de que en 1976 se produjese la ruptura, al precio que fuese, literalmente. Sólo el desprecio del pueblo les hizo entender que lo que procedía era la ocultación de sus intenciones hasta que llegase el momento oportuno; pero en la ruptura era donde estaban en 1976 y en la ruptura es donde están, arrebatados por idéntico odio cainita que entonces, cuarenta años después.

Origen: Cuarenta años de la ley de reforma política que inició la Transición | La Gaceta

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