La presencia soviética durante la guerra civil en el frente norte (Euskadi, Santander y Astucias). El informe Brusiloff –  Mikel Aizpuru

LA PRESENCIA SOVIÉTICA DURANTE

LA GUERRA CIVIL EN EL FRENTE NORTE (EUSKADI, SANTANDER Y ASTURIAS). EL INFORME BRUSILOFF

Por Mikel Aizpuru

Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea

En memoria de Marta Bizcarrondo, por la confianza depositada en el inicio de mi tarea como historiador.

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Introducción

La intervención de la Unión Soviética en la Guerra Civil española se ha convertido en uno de los temas estrellas de la historiografía contemporánea española. La intermitente apertura de los archivos del desaparecido sistema comunista ha permitido y permitirá en un futuro un conocimiento mucho más exhaustivo de la actitud de dicho país y de la Internacional Comunista hacia España, tanto en relación con la creación y desarrollo del Partido Comunista de España, como con la ayuda prestada a la República española entre 1936 y 1939. Si durante muchos años las únicas fuentes a nuestra disposición han sido los libros de memorias de algunos de los consejeros militares participantes en la guerra y los textos escritos por los historiadores soviéticos[2], la desaparición de la URSS y una apertura momentánea de sus archivos ha permitido a algunos historiadores adentrarse en sus inmensos fondos[3]. Fuera de incursiones esporádicas y del documental que la Televisión Pública Catalana, en un meritorio esfuerzo, realizó sobre el secuestro y asesinato del líder del POUM, Andreu Nin[4], los primeros investigadores españoles en aprovechar la ocasión fueron Antonio Elorza y la recién fallecida Marta Bizcarrondo[5]. Un año antes se había publicado el libro de Broué sobre Stalin; en el año 2000 se publicó el libro de Gerald Howson sobre el armamento republicano[6] y dos años después Spain Betrayed[7] El año 2003, por su parte, se publicaron los trabajos de Daniel Kowalsky, basados básicamente en fuentes de archivo soviéticas y el de su director de tesis, Stanley Payne, Unión Soviética: comunismo y revolución en España (1931-1939).

Los nuevos tiempos en Rusia también han posibilitado nuevas investigaciones de autores de dicha nacionalidad sobre el conflicto de 1936. Uno de sus frutos más importantes, la tesis de Yuri Rybalkin (2000), acaba de ser traducida al castellano[8]. El también español Ángel Viñas ha sido el último en aprovechar dichos fondos, habiendo publicado ya dos tomos de la trilogía que anunció sobre el tema de la Guerra Civil[9]. Como bien observa y practica el propio Viñas, la aparición de todos estos trabajos no ha producido el final de las polémicas sobre el papel de la Unión Soviética en el conflicto español. Las publicaciones se han visto correspondidas en algunos casos con fuertes críticas que, sin entrar en el fondo de la cuestión, se limitan a desecharlos, atribuyendo a sus autores manipular los documentos, realizar interpretaciones sesgadas, estar al servicio de los intereses del imperialismo yanqui o a no haber digerido adecuadamente su supuesto pasado estalinista10.

Todos estos trabajos, con sus diversas matizaciones, han subrayado la importancia de la influencia y del control de la Internacional Comunista sobre el PCE. Elorza y Bizcarrondo llegan a afi rmar que este partido era la Sección Española de dicha organización. Una vez iniciada la guerra civil, la URSS no quiso implicarse directamente en el conflicto. Tampoco el Gobierno republicano buscaba la ayuda en concreto de un país con el que acababa de restablecer relaciones diplomáticas. De hecho, a finales de julio se hizo un llamamiento a todos los países democráticos para que apoyasen a la República española. La intervención directa de Italia y de Alemania, que resultó decisiva para el desarrollo de la guerra y que fue superior en estos primeros meses a la conseguida por la República en el mercado internacional, provocó un cambio de actitud, buscando un equilibrio entre sus diferentes intereses.

Por una parte, la Unión Soviética buscaba aproximarse a las potencias occidentales, cerrando el paso a las potencias del Eje, pero sin provocar un enfrentamiento abierto con estas últimas, ya que Stalin consideraba que la URSS no estaba preparada para la guerra. Por otra parte, el régimen soviético encontró en el apoyo a la República una causa, con la que simpatizaba ideológicamente y que podía ofrecer como elemento de cohesión y de movilización de una sociedad sobresaltada por las sucesivas olas represivas que sacudieron a la URSS en los años 30. Stalin, por último, tenía que supeditar esa ayuda a la seguridad del régimen soviético, de sus fronteras y de su economía. La principal prioridad de la URSS era la construcción del socialismo en su propio territorio, tarea a la que se debían subordinar todas las actividades de los obreros rusos y del resto del mundo[10]. De hecho, mientras Alemania e Italia continuaron mandando hombres y equipo de forma regular, la Unión Soviética, tras el primer gran esfuerzo, ni quiso ni pudo mantener el ritmo, tanto por la capacidad limitada de su industria armamentística y los problemas de logística, como por su temor a la posibilidad de un ataque combinado nipón-alemán[11].

La Unión Soviética realizó una colecta los primeros días de agosto para recaudar fondos con el objeto de ayudar a los combatientes españoles y el 18 de septiembre partió el primer barco con víveres. Dos días antes se decidió impulsar la creación de las Brigadas Internacionales[12]. Las primeras armas llegaron el 4 de octubre en el vapor Campeche, a pesar de la adhesión de la Unión Soviética al Comité de No Intervención. La entrada de la URSS en dicho comité obedecía al doble propósito de contener la intervención ítalo-alemana y de estrechar sus relaciones con las democracias occidentales[13]. La intervención en España buscaba, más que un resurgir del internacionalismo revolucionario, consolidar el acercamiento de Moscú a las potencias occidentales, para hacer frente al fascismo, enemigo común. Pero la actitud franco-británica, defendiendo un neutralismo a ultranza y el apaciguamiento del fascismo y viendo en la posición soviética una posible amenaza, provocó finalmente que a partir del verano de 1937 (momento en que se inició la guerra chino-japonesa) la URSS redujese considerablemente la ayuda a la República española e iniciase un proceso que le condujo, de forma sorpresiva, a fi rmar, en agosto de 1939, poco después de terminar la guerra española, un pacto de no-agresión con la Alemania nazi.

La ayuda soviética, material y humana, aunque fuese casi en su totalidad sufragada con los fondos del Banco de España en un precio superior a su costo real, resultó decisiva para la supervivencia de la República en el otoño de 1936. Los sublevados tenían un interés especial en subrayar ese hecho: «Las fuerzas del marxismo internacional constituyen en España el nervio vital, la base de toda la resistencia roja a la acción victoriosa de Franco», aunque reconociendo que la ayuda masiva sólo llegó en los primeros días de noviembre15. No existe todavía un consenso generalizado sobre las cantidades y calidades de esa ayuda, pero las cifras finales se aproximarán a las sugeridas por Howson: 806 aviones, 362 tanques, 988 cañones, 15.000 ametralladoras y 379.645 fusiles, además de munición, víveres, medicinas y demás equipamiento16. Rybalkin reduce el número de aviones, pero aumenta el resto de los apartados básicos17.

Algo más de 2000 especialistas militares, 772 aviadores y 351 tanquistas entre ellos, llegaron a España, a petición del Gobierno, con el objetivo de ayudar a la República. Entre sus funciones, Rybalkin destaca la prestación de ayuda técnico-militar como asesores a la hora de construir el nuevo Ejército Popular, el papel de instructores de especialistas de las fuerzas armadas republicanas y la elaboración de planes militares. Salvo en el caso de pilotos y tanquistas, no estaba pensado que interviniesen de forma activa en el campo de batalla, aunque muchos de ellos sí lo hicieron. Relevados en tandas de seis a ocho meses, los últimos que participaron en combates directos abandonaron la península en el otoño de 1938. Unos 30 especialistas, entre militares profesionales, intérpretes y personal auxiliar, sin embargo, permanecieron en España hasta poco antes del fi nal de la Guerra[14].

Según Kowalsky, su influencia fue limitada por la conjunción de una serie de factores: su escaso número y el hecho de que muchas veces tuviesen que combatir en lugar de instruir a mandos y a soldados; la política de rotación que los sustituía cuando se habían familiarizado con su trabajo; la falta de traductores que impedía la comunicación entre asesores y el personal español y, por último, el escaso impacto de los asesores soviéticos en las escuelas de formación de mandos del Ejército Popular, imbuidas de conceptos netamente de la Gran Guerra, mandadas generalmente por oficiales poco flexibles, bastante incapaces de entender lo que militarmente suponía el Ejercito Popular y mucho menos dispuestos a dejarse influir por asesores rusos.

El contingente de los servicios secretos que acompañó a los asesores buscaba vigilar a los asesores con el objetivo de que no fuesen contaminados por las ideologías occidentales o, peor aún, por el trotskismo y penetrar profundamente en las estructuras militares y políticas españolas, para debilitar o eliminar a los adversarios de los comunistas y de la Unión Soviética (POUM y CNT especialmente)[15]. Uno de los temas poco estudiados en relación con los asesores soviéticos es precisamente el de las relaciones entre los técnicos militares y los servicios de espionaje. Según Krivitsky, en marzo de 1937 el jefe de la misión militar Berzin solicitó el cese de Orlov (OGPU) por las resistencias generadas debido a su intervención y espionaje en los centros del Gobierno local. La OGPU actuaba en España como en una colonia[16]. Muchos de los consejeros militares soviéticos, a su vuelta a la URSS, fueron detenidos, juzgados y ejecutados. En cualquier caso, la ayuda soviética fue determinante para que el Gobierno republicano pudiese hacer frente durante casi tres años a la sublevación militar, en especial hasta fi nales de 1937.

Ahora bien, los estudios mencionados en las páginas anteriores abordan generalmente una visión global de la cuestión que analizan, sin descender a los detalles, ni valorar el efecto concreto de la presencia soviética en un territorio determinado. El objetivo del presente artículo, tras haber ofrecido esta visión sincrética de la colaboración de la URSS con la República española, es precisamente mostrar las características que dicha colaboración ofreció en un escenario muy determinado: el que se conoce como Frente Norte, la zona republicana compuesta por la recién creada autonomía vasca (limitada básicamente en la práctica a Vizcaya y a los valles septentrionales alaveses) y las provincias de Santander y Asturias. Este territorio se hallaba aislado desde el comienzo de la sublevación militar del resto de la España republicana y contaba con una relación de fuerzas políticas y sindicales sensiblemente diferente a la de aquél.

La atención renovada a dicha cuestión está también relacionada con el  intento de explicar el importante incremento que el Partido Comunista experimentó durante la Guerra Civil. Un crecimiento vinculado al acierto de este partido en realizar un diagnóstico ajustado de lo que suponía la sublevación militar y cuál era la mejor forma de hacerle frente, pero que estuvo acompañado «con no poco sectarismo y con un afán proselitista apenas encubierto»[17], lo que produjo el enfrentamiento, en momentos diferentes, con la mayor parte del resto de las fuerzas políticas republicanas. Entre los reproches lanzados por estos últimos, se encuentra la utilización partidista de los suministros y de los técnicos llegados desde la Unión Soviética.

Tenemos varias fuentes para el estudio de la participación soviética en esta región: fuentes literarias, hemerográfi cas o archivísticas. Ninguna de ellas es particularmente abundante en datos,. En el caso de los archivos rusos la situación ha experimentado cambios sustanciales en los últimos años: tras la transparencia primera, se produjo un cierre de los fondos y, por último, una apertura controlada, de tal forma que series documentales consultadas por los autores citados con anterioridad no se pueden consultar hoy en día[18]. El Ministerio de Cultura español ha comprado numerosos fondos, entre los que deben de hallarse los informes que los asesores soviéticos enviaron desde distintas poblaciones norteñas. Alguno de estos textos ha sido reproducido en España traicionada. Aunque el Ministerio de Cultura anunció en julio del año 2006 que dichos fondos se pondrían a disposición de los investigadores españoles en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca[19], a fecha de hoy (noviembre de 2007) tal hecho todavía no se ha producido.

El Frente Norte

Si la actividad concreta de los asesores soviéticos en España no ha gozado de excesiva atención, salvo en el caso de Kowalsky y de Rybalkin[20], su actuación en el Frente Norte tampoco ha merecido la investigación detallada de los investigadores. La presencia soviética en el Frente Norte fue, según los trabajos realizados hasta ahora, relativamente testimonial. Así lo acreditan, por ejemplo, las escasas referencias que a dicha zona existen en los libros y artículos que en los años posteriores publicaron periodistas y militares soviéticos y también los comunistas españoles. De hecho, a la hora de reunir documentación para analizar las causas de la pérdida de la guerra civil, el Archivo del PCE no incluye ningún dato relacionado con la caída de Bilbao[21]. Tampoco le conceden mayor importancia los propios historiadores[22] o los testimonios de militantes de otros partidos. Así, el comandante nacionalista vasco Pablo Beldarrain afi rma que sólo vio en una ocasión al general Gorev; el diputado socialista Miguel de Amilibia señala que los dos únicos consejeros rusos que conoció durante la guerra en Euskadi lo fueron en Castro Urdiales, una vez abandonado Bilbao[23].

Muchos de los trabajos se limitan a señalar la presencia de un cónsul soviético en Bilbao, la llegada de armas y municiones de desigual calidad y la actuación de diversos técnicos militares, tanquistas y pilotos de aviación especialmente. Para explicar la escasez de referencias, además de los problemas documentales, hay que tener en cuenta, los problemas de comunicación por las difi cultades idiomáticas, el relativamente escaso número de consejeros presentes en el Frente Norte y su actitud reservada, salvo excepciones. Aunque sorprende la rotundidad de la frase, tras haber afi rmado que los había visto sólo una vez, la visión actual de la historiografía podría resumirse en lo dicho por Miguel de Amilibia sobre la mayor parte de los asesores:

Callados, discretos, siempre de civil, prudentes, sin pérdida de la dignidad bajo los bombardeos ocasionales. Apenas cambiaron palabras con nosotros.

Además, frecuentemente sólo los asesores jefes tenían relación con los mandos republicanos, mientras que sus ayudantes quedaban en un segundo lugar y casi todos ellos, salvo los que tenían un cargo diplomático, usaban seudónimos. Todo ello difi culta su identificación. Abundan igualmente los errores de transliteración y la confusión de identidades. Las aportaciones más concretas en la zona vasca corresponden a Vicente Talón, que tampoco escapa a dichos fallos (confunde a Gorev con Berzin)[24]. En el caso santanderino no existen apenas referencias sobre esta presencia, disminuida, tal vez, por la posición subordinada que hasta la primavera de 1937 mantuvieron los comunistas cántabros respecto a la Federación Socialista Montañesa. En el caso asturiano, donde también el papel de los comunistas era más reducido, tras la presión de los anarquistas en diciembre de 1936, para despojar al comunista Juan Ambou de la cabecera de la Delegación de Guerra, contamos en especial con el capítulo que Juan Antonio de Blas dedica a la cuestión en la Historia General de Asturias[25].

En este trabajo vamos a defender que esa presencia fue más importante que lo que demuestran las evidencias existentes hasta ahora, ya que, además, de mostrar un número de asesores sensiblemente más alto que el indicado hasta ahora, pensamos que hay que tener en cuenta que la colaboración soviética también abarcó otras modalidades. Para circunscribirnos al caso vasco, es muy conocida la compra de armas realizada por los nacionalistas vascos a finales de septiembre de 1936 a un fabricante checo y que fue trasladado hasta la recién creada autonomía de Euskadi desde el puerto alemán de Hamburgo. La llegada de las armas permitió a los republicanos resistir el avance franquista y supuso la implicación decidida de los nacionalistas en la guerra, tras una fase titubeante. Pues bien, el desertor soviético G. Krivitsky dio cuenta de la existencia de una red creada por los servicios secretos soviéticos. Dicha red, con oficinas comerciales en varias ciudades europeas, se encargó de contratar barcos que transportasen los avituallamientos, se procuró documentos, preferentemente de ciertos consulados latino-americanos, para certificar un falso destino final de sus adquisiciones:

Hicimos grandes compras en las fábricas Skoda, de Checoeslovaquia, en varias casas francesas, en otras de Polonia y Holanda. Tal es la índole del comercio de municiones que llegamos incluso a comprar armas en Alemania nazi. Envié un agente, representante de una casa nuestra en Holanda, a Hamburgo donde, se nos había asegurado, había en venta grandes cantidades de viejos fusiles y ametralladoras. El director de la casa alemana no se preocupaba más que del precio, de las referencias bancarias y de los papeles legales de consignación.

Muy probablemente, y sin saberlo, los nacionalistas católicos consiguieron sus primeras armas en la Alemania nazi, gracias a la intervención de los agentes soviéticos. Según la versión de Iñaki Egaña, que sigue la otra obra de Krivitsky[26], la Delegación vasca en Londres colaboró con los soviéticos para conseguir la adquisición de todo tipo de productos necesarios para la Euskadi autónoma[27].

Asesores e instructores soviéticos en el Frente Norte

Únicamente el asturiano José Fernández Sánchez, un «niño de la guerra» que vivió largos años en la Unión Soviética, ha dedicado varios trabajos a la cuestión de los consejeros basándose generalmente en literatura secundaria y no en fuentes[28]. Vamos a ofrecer aquí su versión, a la que añadiremos aportaciones de algunos historiadores, para completar la panorámica más adelante con nuestras propias fuentes. Según Fernández, los asesores soviéticos no superaron la treintena en el Frente Norte. Se dividían en varios grupos. El primero estaba constituido por una quincena de aviadores (entre ellos P. A. Antonets, K.A. Baranchuk y P.A. Goncharov) comandados por Boris Turzhanski, que llegaron en noviembre de 1936, y otros ocho pilotos (Nestor Demídov, Iván Evséviev, Nikolái Kózyrev, Aleksandr Záitsev, Vladímir Zhunda, Sergeu Kuznetsov y Vasili Nikoláev, comandados por Valentín Ujov) que llegaron en junio de 1937 volando directamente desde Alcalá de Henares a Santander. Además, había varios asesores del arma aérea, Víctor Ivánovich Adriashenko, sustituido en agosto de 1937 por Fiodor Arzhanujin, y una última escuadrilla compuesta por pilotos españoles bajo el mando de Boris Smirnov, que llegó ese mismo mes. Es muy conocida la afi rmación del presidente Aguirre de que en la ayuda soviética sólo los pilotos representaron una contribución efi caz[29]. Fernández no menciona, por lo demás, que el primer grupo de pilotos regresó a la URSS tras un servicio de unos tres meses, siendo sustituidos por una nueva remesa de aviadores soviéticos y varios españoles y que varios rusos, al menos siete, cayeron prisioneros en el frente de Vizcaya, siendo canjeados por la frontera de  Irún[30].

El segundo grupo de soviéticos, según Fernández, estaba compuesto por varios marinos (Aleksandr Petróvich Aleksandrov, Arkadi Kruchónyj), que actuaron como asesores y comandantes de la pequeña fl ota del Cantábrico. También existía un submarino, tripulado por españoles y mandado por un soviético (primero Iván Burmístrov y luego Nikoláli Yeguipkó), cuya única actuación relevante fue la evacuación de los asesores soviéticos y las autoridades españolas ante la caída de Santander en agosto de 1937[31]. En lo que respecta al ejército de Tierra, los datos son aún más escuetos, ya que sólo menciona varios mandos que asesoraban a los jefes españoles (Vladímir Davydov-Luchitski y el general Dobrovsky[32]) o dirigían escuelas militares en Asturias (Alex) y un grupo de seis artilleros antiaéreos. Varios traductores y traductoras (Paulina Abramson, Emma Wolf y Elena Constantinovskaia, entre otros) desempeñaron un papel clave, ya que sin su presencia la colaboración de los asesores quedaba reducida a la nada.

Resulta sorprendente que la versión de Fernández, un asturiano al fi n y al cabo, no tenga en cuenta en modo alguno el capítulo que Juan Antonio de Blas dedica a esta cuestión en la Historia General de Asturias. De Blas tras subrayar la discreción de los asesores, la ausencia en la documentación de referencias a su actuación y la eficacia de sus consejos, gracias a que su papel era «estrictamente militar», cifra su número en unos 100, lo que multiplica por tres el número apuntado por Fernández, aunque reconoce que se trataba de un número imposible de precisar en ese momento. Según su relato, además de los pilotos, que habían llegado con pasaportes polacos en su mayoría, hubo varios oficiales tanquistas, oficiales de infantería, que participaban en los combates, profesores en las escuelas militares, algunos asesores en operaciones de demolición y, el grupo más numeroso tras los pilotos, los especialistas de Estado Mayor que apoyaban al general Dobrovsk. De Blas, por último, admite que hubo dos militares rusos dando clases en la academia de infantería de Gijón, pero que existen contradicciones sobre su presencia en otros centros. La dirección, en cualquier caso, recayó siempre sobre oficiales profesionales españoles.

Fernández, por otra parte, se limita a citar al cónsul general que la Unión Soviética instaló en Bilbao a finales de octubre de 1936[33]. Se trataba del único consulado, junto con Barcelona, que se creó en España. Según Egaña, (op. cit., p. 167), la presencia soviética en Bilbao fue fruto de diversos contactos, en los que estuvieron mezclados Manuel de Irujo y Juan Astigarrabia. El equipo consular estaba liderado por Josef Tumanov, un moscovita (armenio según otras fuentes), nacido en 1895 y nombrado para dicho cargo el 30 de octubre. Aunque la prensa vasca de la época lo cita como embajador, se trataba de un consejero de la embajada soviética en Madrid, Delegado Plenipotenciario en el Norte. El nombramiento suponía, según el embajador francés en Madrid, Jean Herbette, una forma de reconocimiento de la URSS hacia la recién creada autonomía vasca[34]. El Gobierno Vasco le ofreció todo su apoyo y las mejores instalaciones, incluidas viviendas, automóviles y escoltas. Mientras los representantes soviéticos en Madrid y en Barcelona se mostraron en público repetidas veces, Tumanov se comportó más discretamente, bien por razones personales («No es hombre Tumanoff que exteriorice ruidosamente grandes entusiasmos», señalaba la entrevista que le hicieron en Euzkadi Roja) o, según Viñas, siguiendo instrucciones. Tumanov compaginó aparentemente sus tareas como diplomático profesional, con su actividad como agente del GRU (el servicio de inteligencia militar). Según la versión difundida a su llegada, había ejercido diversos cargos en Turquía, Grecia, Persia y Checoslovaquia. El equipo civil del consulado, no mencionado por Fernández, estaría completado, según Viñas, por un secretario, Struganov (Strigunov en otros textos), del que poco se sabía, y un agente comercial, I. Winzer (Vinces o Vintser en otros textos). Este último había sido agregado comercial en Madrid, donde había participado en el traslado del oro español a la URSS. El 23 de noviembre el Politburó le nombró representante plenipotenciario del Comisariado del Pueblo para el Comercio Exterior en el País Vasco. Ambos pertenecían igualmente a la GRU. La dirección del equipo soviético descansó en manos de los civiles, si hemos de creer al ex comunista Enrique Castro que cita en un momento de sus memorias que el general Gorev miraba a Tumanov, «se le notaba terriblemente preocupado, pero era evidente que el cónsul era el “jefe político”»[35].

Igual de escueta es la mención que realiza Fernández a la presencia del general de brigada Kirill Ivanovich Janson (Jansons Karlis), jefe de los consejeros militares entre octubre de 1936 y mayo de 1937. Hemos podido averiguar que Janson, nacido en Letonia en 1894, tenía una amplia experiencia política y militar desde su ingreso en el partido bolchevique en 1917[36]. Entre 1925 y 1928 fue agregado militar de la URSS en Italia. Entre 1928 y 1936 desempeñó diversos puestos, tanto en el Estado Mayor como en diferentes unidades. Una vez vuelto a la URSS, recibió el mando de una división de fusileros en Bielorrusia, pero el 2 de diciembre de 1937 fue arrestado y, ocho meses más tarde, el 22 de agosto de 1938, fusilado. Como sucedió con otros muchos, fue rehabilitado el año 1956. Las relaciones de Janson con el Gobierno Vasco y, en particular, con su presidente, fueron aparentemente correctas. Así las describe el propio Aguirre[37]:

Venían mandados por el general Jansen (sic), de origen letón, con quien me unió una sincera amistad por su bondad y corrección. No era comunista, y comprendió bien todo el alcance de la tragedia del pueblo vasco. Un día fue llamado por sus superiores y se despidió de mí con las siguientes palabras:

Yo no sé hacer política. Es mejor que me retiren de aquí.

Fernández insiste en el papel clave del general Vladimir Gorev. Este militar bielorruso, ante la gravedad de la situación, llegó al Frente Norte en la primavera de 1937 con la misión principal de ayudar a cimentar un ejército con mando único, sustituyendo a Kirill Janson. Gorev era un general de brigada que había llegado a Madrid como agregado militar, tan pronto como se establecieron las relaciones diplomáticas entre España y la URSS. Combatiente en la guerra civil rusa, miembro de la Inteligencia Militar, había trabajado en la Checa en 1922 y como consejero militar en China. Su actividad en la defensa de Madrid fue profusamente elogiada por el jefe del Estado Mayor del ejército republicano, Vicente Rojo[38] y también por el jefe de Estado Mayor del Ejército del Norte, el comunista Francisco Ciutat, que coincide con Rojo en que nunca intentó imponer su criterio[39]. Con el militar soviético a Bilbao llegó su interprete y compañera la periodista Emma Wolf y, según Ehrenburg, 26 militares soviéticos[40], aunque no queda claro si este grupo se encontraba allá o llegaron con Gorev. Éste y el equipo soviético permanecieron en la zona cantábrica hasta la desaparición del Frente Norte.

La opinión de los nacionalistas sobre Gorev no era tan positiva. El periodista George Steer no manifestó una visión favorable sobre la valía de Gorev. Subrayó su fracaso en la primera contraofensiva realizada en Madrid y, utilizando un «nosotros» que parecía indicar la posición oficial del Gobierno Vasco, afirmó[41]:

No nos dio la sensación de ser precisamente un genio y los vascos, de forma resuelta, rehusaron aceptar sus servicios excepto en calidad de consejero, y sus sugerencias fueron casi siempre rechazadas.

Resultó, para mí, una persona agradable, pero, como yo había pensado, inexperto en el arte de la guerra.

El informe del presidente Aguirre al Gobierno de la República recoge un documento de los comisarios de Estado Mayor nacionalistas (doc. n.º 30, pp. 519-532) redactado tras la caída de Santander, en el que acusan a Gorev (Coriew [sic]) de haber promovido la campaña que se desarrolló en la provincia cántabra contra los mandos de los batallones vascos, sacando a la luz todas las faltas cometidas por estos últimos.

La descripción del oficial soviético era muy crítica:

De sus dotes militares no creemos haya nadie en el Norte que pueda hacer juicio. Por lo que respecta a las visitas que continuamente hacía a las divisiones vascas, se limitaba a sacar el plano del bolsillo, preguntar dónde estaban las Brigadas y señalar con una «banderita» el sitio o lugar que se le informaba. Después encendía su pipa, saludaba, y en esto puede resumirse su labor en las visitas a los frentes. De instrucciones militares y consejos para la organización del frente, vulgaridades al alcance de cualquier miliciano y siempre la frase «fortificar».

Las acusaciones continuaban, era conocida su fi liación «comunista» y su enemiga al ejército vasco. Tras la caída de Bilbao, fue el máximo responsable, indirectamente, de que la mayor parte de los jefes y oficiales de División y de Brigada, del ejército vasco, recayesen en mandos comunistas, de una forma desproporcionada. En resumen:

Nuestra calificación al General Goriew es que, más que militar, era el Director del Agi-Pro Comunista y de la siembra de las ideas políticas de dicho Partido en el ejército, contra toda legislación que sobre el particular se había dictado en Valencia.

La presencia de Gorev estaba contrarrestada, por otra parte, por los informes del militar francés Robert Monnier, asesor personal del lehendakari Aguirre y estrechamente vinculado a los servicios de inteligencia franceses. Ciutat lo llamaba «su sombra negra» y asegura que se oponía constantemente a sus planes y a los del general Gorev[42].

Talón cita a otros oficiales, los militares Baume, Lapin y Lavedan, de los que apenas aporta datos y cuyos nombres son seguramente seudónimos. Lavedan actuó en Asturias, donde según Gorev «ejerce una autoridad absoluta. Conoce la situación, le conocen en el frente y se dirigen a él como una persona imparcial para resolver hasta diferencias políticas internas (…) Tiene muy buenas relaciones con su grupo»[43]. Gorev, en el mismo informe en que alaba a Lavedan, cita a un consejero residente en Santander, Frapio y a otro que actuaba en Vizcaya, Pavlovich. El historiador norteamericano Daniel Kowalsky, por su parte, menciona al teniente Chernov, ayudante del general Janson en el frente vasco, al asesor en el frente asturiano Malyshev y a su ayudante, el comandante Bershin48.

El informe Brusiloff

A falta de la posible consulta de los dossiers enviados por los propios asesores, contamos afortunadamente con una fuente excepcional para conocer su actuación en el año largo que la zona cantábrica permaneció en manos leales a la República. Se trata de un largo informe escrito por el que fuera uno de sus intérpretes, Constant Brusiloff, y que se encuentra en el Archivo del Nacionalismo Vasco, entre los fondos del Gobierno Vasco49. El texto, Los republicanos en el Norte de España, redactado en 1938 realiza un análisis de lo sucedido en las provincias norteñas bajo el prisma de la información que llegaba al consulado soviético de Bilbao y la propia experiencia militar y vital del traductor y se escribió con la idea de publicarlo como libro de historia.

Brusiloff se trata, paradójicamente, de un ruso blanco50, de un exiliado que vivía en Madrid desde inicios de los años treinta y que se hallaba circunstancialmente en Asturias[44]. Fue forzado a colaborar con sus antiguos enemigos como traductor de Tumanov desde el 21 de noviembre de 1936 hasta septiembre de 1937. La escasez de intérpretes hizo abandonar a los soviéticos una regla que practicaron casi sin excepción en otras regiones de España, que era no utilizar a rusos blancos y recurrir a traductores que ya estaban en España, bien porque residían en el Estado (españoles o extranjeros que conocían el idioma eslavo o el francés) o llegaron voluntariamente para luchar a favor de la República. Fernández Sánchez sólo cita para el Frente Norte a las traductoras llegadas directamente desde la URSS, Emma Wolf y Elena Konstantinóvskaia, pero Brusiloff menciona que, además de a él mismo, los soviéticos reclutaron a otros dos exiliados, a varios comunistas vascos y a una docena de europeos del Este procedentes de las Brigadas Internacionales que, mal que bien, conocían algo de ruso y de español. Sabemos que, al menos, un voluntario francés, André Thily, y otro español, el asturiano Pablo Fernández, también desempeñaron dicha función[45]. Thily era un médico francés comunista que participó en la guerra civil desde agosto de 1936 y que actuó como traductor desde febrero de 1937 hasta agosto del mismo año, momento en que volvió a las tareas sanitarias. Según su declaración, una vez prisionero de los franquistas, que buscaban pruebas de la participación rusa en el conflicto, actuó como traductor de consejeros técnicos, entre ellos el general Dobrovsky, y no del Estado Mayor. Además, se organizaron cursillos de lengua rusa a los que acudieron 20 milicianos. Los traductores, al menos Brusiloff, tenían prohibido recibir a nadie en su casa o mantener contacto con personas ajenas a la delegación.

El texto de Brusiloff, 92 páginas escritas a máquina, se divide en dos partes: la primera trata los asuntos militares y la segunda, la retaguardia. Esta última dedica su último capítulo, el noveno, a «La representación soviética en el Norte de España». Nos vamos a centrar en ese apartado, para no alargar en exceso nuestro trabajo, ya que, además, pensamos dedicarle más adelante una atención específica al conjunto de la obra de Brusiloff. Sí queremos destacar, no obstante, para entender mejor el capítulo 9, que la mirada que ofrece sobre los 15 meses que duró el conflicto bélico en la zona cantábrica es sumamente crítica con la actuación de los republicanos, incluido el Gobierno Vasco. Veremos así repetidas muchas de las críticas realizadas por comunistas y asesores soviéticos sobre la falta de preparación para la guerra de las nuevas autoridades. Según Brusiloff, el «Norte republicano (era) un todo sin conexión y sin unidad, donde no hubo ni una sola mano fuerte, ni un caudillo audaz, ni un organizador extraordinario»; la falta de disciplina caracterizó la actuación de soldados y de oficiales, incapaces de resistir los contraataques enemigos; la despreocupación hasta el inicio de la ofensiva de 1937 era la tónica general; la industria de guerra no se coordinó entre si, la intendencia no funcionó adecuadamente, etcétera. El tono de las críticas (califi có al nacionalismo vasco de epidemia), el hecho de que la guerra civil no hubiese aún terminado y la coyuntura internacional provocaron que el manuscrito fuese archivado y sus aportaciones desconocidas para los investigadores de ese periodo

La imagen que ofrece Brusiloff sobre los consejeros soviéticos difiere sustancialmente de la mostrada por aquellos que insisten en el carácter de asesoría consultiva, respetuosa de la autonomía española, en la dirección de la guerra. La intervención soviética era sobre todo evidente a la hora de intentar recopilar el máximo de información posible sobre cualquier tema. El manuscrito había llegado a manos del Gobierno Vasco a través del capuchino Miguel Alzo, que, como el ruso, estaba exiliado en los alrededores de Burdeos[46]. Brusiloff aprovechó la ocasión para contarle al capuchino el modus operandi de los asesores soviéticos en Bilbao, que, según su versión, se dedicaban a la caza de documentos en las Consejerías del Gobierno utilizando para ello desde el propio consejero Juan Astigarrabia hasta los militantes comunistas, y algún socialista, que trabajaban en las ofi cinas del Gobierno Vasco o se habían infi ltrado en las propias fi las del nacionalismo vasco, pasando por algunos telegrafistas. Otros textos fueron proporcionados a los soviéticos por el Estado Mayor del Ejército del Norte (que celebró algunas de sus reuniones en la sede de la delegación militar soviética en la población vizcaína de Getxo), el general Llano de la Encomienda, el capitán Ciutat o el Buró del Norte del Partido Comunista. Las entrevistas con delegaciones de otras organizaciones, como los socialistas o los anarquistas, eran utilizadas asimismo para acopiar información. Los documentos así conseguidos se llevaban a la «Embajada» soviética de Bilbao, donde se traducían y se enviaban a la URSS, además de utilizarse para realizar informes personalizados de los líderes vascos. Tumanov, en cualquier caso, se quejaba de que el sistema de espionaje soviético no estaba tan bien organizado como en Valencia, sede del Gobierno republicano.

El número de asesores presentes en el Frente Norte era sensiblemente superior al indicado por Fernández. El primer equipo soviético estaba compuesto por unas 40 personas, 18 de ellas en Bilbao: el personal diplomático, liderado por Tumanov, y el militar, bajo las órdenes del general Janson, que incluía unos 10 especialistas en tanques y artillería y 5 ó 6 aviadores. Todo el personal mantenía un contacto continuo y, como sucedió en el resto de España, era sustituido tras un periodo de tiempo más o menos breve, aumentando o disminuyendo su número según las circunstancias. Para enero de 1937 había en Asturias y Santander unos 50 técnicos rusos, dirigidos por el general Dobrosky y 2 ó 3 coroneles. En Bilbao residían 14 aviadores y de 25 a 30 técnicos de diferentes materias. En septiembre de 1937, cuando parte del personal ya había sido evacuado, más de 70 soviéticos se hallaban todavía en Asturias. El intérprete cita en varias ocasiones la presencia de agentes de los servicios secretos soviéticos, pero no detalla ni su número, ni su identidad. Tampoco parece incluir en la lista a chóferes, ayudantes, operadores de radio, etcétera, ya que sólo menciona en sus páginas a un par de ellos. El Gobierno Vasco y el Partido Comunista proporcionaron una escolta de 30 milicianos a la Delegación Soviética, además de 10 automóviles de lujo[47].

La opinión de Brusiloff sobre el general Janson difi ere de la imagen pública positiva ofrecida por el presidente Aguirre. Se trataba de una «persona inmoral y poco culta» (p. 80), que tuvo que marcharse por tratar de inmiscuirse en asuntos que no eran de su incumbencia, ocasionando un disgusto con el presidente Aguirre (p. 9)[48]. El general Gorev, en cambio, se caracterizó por su cultura e instrucción, capacidad estratégica y el gran tacto mostrado en las relaciones con los españoles (p. 14). El asesor comercial, Vinces (Winzer en el texto de Viñas), era un judío maduro, educado y serio, que se limitaba a realizar sus tareas y que se enfrentó, por razones desconocidas, con el cónsul Tumanov y su ayudante Strigunov (Struganov en el texto de Viñas). Esta circunstancia está confirmada por Gorev, en el que fue probablemente su primer informe tras su llegada al Frente Norte, y que nos ha sido posible consultar gracias a su inclusión en España traicionada[49]:

No sé por qué razón, pero en nuestro grupo militar en Bilbao se ha desarrollado una atmósfera muy insana y poco amistosa. La gente muestra todo tipo de actitudes, y se dice que no hay modo de escapar, que aquí todos estamos condenados a perecer, etcétera. La situación en el grupo militar se agravó aún más por la trifulca que tuvo lugar entre Orsini (Strigunov), Tumanov y Vintser. Cuál de ellos tiene razón y cuál está equivocado es algo que no quiero descifrar, y ni siquiera lo intentaré. Cada uno culpa a otro de miles de pecados mortales; han ido acumulando rencillas por las razones más nimias y se acusan entre sí de interferir en los asuntos ajenos y de no intentar siquiera un trabajo amigable. Estoy convencido, sin embargo, de que los tres son culpables y de que la razón básica de esa pugna está en su incapacidad para distribuirse el trabajo, para superar las dificultades, y en el deseo de descargar los malos resultados sobre el vecino.

Vintser se trasladó a Santander en la primavera de 1937 y en julio, imposibilitado de desarrollar sus tareas, abandonó la zona, dejando en su residencia diversos bienes adquiridos para decorar su residencia. Según Brusiloff, fue el «único caso de un representante soviético que saliera perdiendo en el Norte de la península».

Tumanov se trataba de una persona con «un temperamento cínico, cierta educación y el tacto preciso para un diplomático». Procuró conservar el máximo secreto sobre los actividades de los soviéticos, al mismo tiempo que empleaba todos los medios en saber qué hacían los demás (p. 82) y trataba de aumentar la presencia comunista mediante el impulso a una propaganda efi caz que incluía películas y folletos, incluido uno titulado «El Proceso de los trotskistas en la URSS». Tumanov se distinguió por su habilidad a la hora de establecer relaciones con los dirigentes de los tres territorios sobre los que ejercía su jurisdicción, modulando su discurso, según fuese su interlocutor. Las relaciones con Aguirre eran correctas, pese al abismo ideológico que les separaba; más francas con el gobernador de Santander, Ruiz Olazarán, y más tensas en Asturias, donde ni anarquistas ni socialistas profesaban excesivo afecto a los representantes soviéticos.

La bestia parda de Brusiloff era el secretario de Tumanov, Ignacio Strigunoff. Se trataba de un búlgaro de unos 30 años, «poco instruido y sin educación alguna». Una hermana suya estaba casada con Tumanov y sabía algo de español, únicos motivos por los que había sido nombrado para el cargo, según nuestro intérprete. Su trato con el personal a su servicio era despótico y contribuyó a desprestigiar la labor de la delegación soviética. Si hemos de creer a Brusiloff, su máxima preocupación era conseguir compañía femenina.

Brusiloff concedió más importancia al desenvolvimiento cotidiano de los asesores que a las cuestiones políticas. De hecho, estaba escandalizado por la «falta de moral, de delicadeza y de seriedad» de los rusos soviéticos. En lugar de ofrecer una imagen de rectitud y abnegación, se aprovecharon de su situación privilegiada para conseguir el máximo de beneficios personales posible de su participación en la guerra civil española. No se trato sólo del caso del Frente Norte, como atestiguan otros informes recogidos por Kowalsky[50]. Muchas de sus compras y requisas se enviaban a sus familiares en la URSS. Las sedes soviéticas se encontraban en áreas residenciales, fueron acondicionadas con muebles y objetos de alta calidad y se puso a su disposición los mejores alimentos y numerosa servidumbre, que incluía muchachas elegidas entre familias comunistas, «las más jóvenes, más guapas y… más tontas» (p. 86). Si hemos de creer a Brusiloff, y su esposa María Ugarte que aún vive lo confirma, la relación del personal soviético con las mujeres era «algo realmente repugnante y vergonzoso». La mayor parte de los asesores, empezando por Tumanov y Janson, se aprovecharon de las muchachas destinadas a su servicio. Strigunov llegó a solicitar un médico para efectuar un aborto a una muchacha que había quedado embarazada[51]. Dos guardias comunistas solicitaron el traslado ante el ambiente que se vivía en la Delegación, pero la protesta que elevaron ante el Partido Comunista de Euzkadi no tuvo ningún eco.

La capacidad de influencia de los asesores soviéticos

Tres son las cuestiones fundamentales relacionadas con el apoyo soviético: la ayuda material, la ascendencia sobre los comunistas vascos y la capacidad de infl uencia sobre el Gobierno Vasco. La ayuda material es conocida a grandes rasgos. El 2 de noviembre atracó en Santander el mercante Turkip transportando básicamente alimentos, algunos aviones y carros de combate y un número indeterminado de técnicos militares, que se establecieron en Asturias y en Santander. El día 3, y tras un accidentado viaje, fondeó en el puerto de Bilbao el mercante Andreev, procedente de Leningrado[52]. Transportaba 39 asesores (pilotos, técnicos y mecánicos) y unos 300 vagones con material bélico, suministros y algunos recambios: 15 aviones de caza, 30 blindados, 5 cañones, 200 ametralladoras, 15.000 fusiles, munición y gasolina. Tripulación y equipo ataviados con boinas regaladas por el Gobierno Vasco pudieron desembarcar sin problemas. La descarga del buque se realizó en dos días, en medio de la expectación popular y la desesperación del responsable de seguridad soviético, que advirtió que cualquier fascista podía arrojar una bomba a las bodegas y hacer estallar la nave. Parte del material se envió a Santander y a Asturias. Su calidad era desigual. En palabras de Aguirre:

Los aviones eran buenos para entonces, cazas Curtís fabricados en Rusia; los tanques eran viejos y achacosos, renqueando sobre ruedas de goma; los cañones eran aceptables, aunque solamente servirían mientras durase la escasa munición que traían; muchas ametralladoras funcionaban mal y más de la mitad hubimos de desecharlas por inservibles; y los fusiles.. bueno, los fusiles eran los que sobraron de la guerra de Crimea, con cerca de un siglo de existencia, de un solo tiro, y con unas balas que hubiesen parecido anticuadas a nuestros abuelos[53].

No llegó más armamento de la Unión Soviética, aunque, según Brusiloff, un barco ruso fue detenido por los franquistas y conducido a Pasajes. En cualquier caso, el presidente Aguirre reconocía que era una ayuda prestada a una causa justa y, por lo tanto, digna de agradecer. Sin nombrarlos, también criticó duramente a aquellos (Francia e Inglaterra) que, además de no haber ayudado, pusieron todo tipo de obstáculos para que llegase el material. La mayor parte de los aviones fueron enviados a Santander, donde se estableció la base fundamental de la Fuerza Aérea republicana por razones topográfi cas y estratégicas, ya que se pensaba que la ofensiva franquista se dirigiría contra ese territorio para aislar a Asturias y a Vizcaya. En el caso vasco, su base estaba en el aeródromo de Lamiaco. La utilización de los aviones soviéticos estuvo severamente controlada por sus propios mandos[54]. La ayuda soviética tuvo otra vertiente en la primavera de 1937, cuando unos 3.000 niños fueron enviados a Rusia para protegerlos de los estragos de la guerra.

La capacidad de influencia de los asesores soviéticos sobre los dirigentes comunistas es otra de las cuestiones sujetas a debate. Los mensajes enviados desde Moscú, y recogidos por Ángel Viñas, insisten en el carácter subordinado de la ayuda soviética, recriminando la actitud de aquellos enviados de la URSS que trataban de imponer sus opiniones sobre las autoridades españolas[55]. La visión ofrecida por Brusiloff, por lo menos en lo que concierne a la relación con los militantes comunistas, es radicalmente distinta: «Toda la actividad del Partido Comunista de Euzkadi se hallaba discretamente dirigida por la representación diplomática soviética en el Norte de España» (p. 56) y «Los comunistas españoles, supeditados por completo a la representación soviética…» (p. 82). Buena parte de las iniciativas del PCE serían consecuencia de los consejos recibidos en la representación diplomática soviética. Un ejemplo de los mismos eran las Comisiones Político-Militares creadas por los comunistas para intentar controlar todas las órdenes emanadas en la Zona Norte. La creación de las comisiones fue iniciativa de Tumanov, quien redactó su reglamento, ligeramente modificado por el Buró del Norte del Partido Comunista. Según Brusiloff,

Si algo no era del agrado de los comunistas, de los técnicos rusos o de la representación diplomático militar soviética, se provocaban complicaciones y divergencias y enseguida los comunistas presentaban las soluciones que más les agradaban y exigían su implantación y cumplimiento, porque, según ellos, eran siempre las ÚNICAS, VERDADERAS y EFICACES para salvar la difícil situación del Norte. La opinión de los demás grupos políticos poco les importaba.

La capacidad de influencia de los camaradas soviéticos queda demostrada en una reunión que se celebró en Bilbao en los últimos días de la ofensiva de Mola. Fue convocada a petición de los comunistas asturianos, que solicitaron que estuviesen presentes, si fuera posible, Tumanov y Gorev, para elaborar una política común. En la reunión Gorev subrayó la importancia que supondría la pérdida de la capital vizcaína e insistió en la necesidad de un mando único. El comunista vizcaíno Ramón Ormazabal y el navarro Jesús Monzón coincidieron con Ambou[56]: se había producido un diluimiento del representante comunista en el gobierno, y como consecuencia no existía ni mando único en el ejército, ni comisariado, ni coordinación de la industria de guerra[57]. El resultado de esta reunión fue el inicio del proceso, en el que no nos vamos a detener en este momento, que condujo al cese de Astigarrabia inmediatamente después de la caída de Bilbao. De los testimonios existentes de esa reunión no puede hacerse recaer la responsabilidad de esa decisión en los asesores soviéticos, pero parece evidente que su ascendiente era lo suficientemente alto como para que se considerase conveniente su presencia a la hora de realizar una acusación tan rotunda. La autocrítica realizada por Astigarrabia con ocasión de su purga, un modelo paradigmático de práctica estalinista, incluye un párrafo revelador sobre la actuación de los asesores soviéticos, aunque también revela cierta autonomía del PC de Euzkadi que podía hacer, momentáneamente, oídos sordos a las indicaciones rusas:

Las reiteradas advertencias y los repetidos y sabios consejos de los camaradas soviéticos, únicos que en aquellas condiciones podían dármelos, eran acogidos por mi de una manera fría y claramente despectiva, muy propia de persona (…) que no reconocía en estos excelentes camaradas (particularmente en el camarada Tumanow) tan cargados de experiencia, otra representación que la de otro país capitalista cualquiera y sin querer comprender que ellos representaban la impresión de solidaridad más positiva e incondicional con nuestra lucha antifascista y la más acabada demostración del contenido internacionalista de la revolución socialista. Y cuando en virtud de una inaudita agravación de la situación política y militar estos consejos y advertencias eran hechos en tonos terminantes que la misma situación exigía (la cursiva es nuestra), lejos de escucharlas me sirvieron de pretexto para desprestigiar y poner en evidencia a dichos camaradas ante la dirección de nuestro Partido, sugiriendo y alentando la redacción de una carta que por su intención más que por su contenido constituye un documento merecedor de haber sido confeccionado por los fascistas[58].

En lo que se refiere a su influencia en las autoridades de los diferentes territorios cantábricos, carecemos de información directa sobre cuál era la opinión sobre los soviéticos del segundo partido en importancia del Gobierno Vasco, el Partido Socialista Obrero Español. Tenemos únicamente referencias de que representantes del Partido Socialista y de la UGT de Vizcaya y Guipúzcoa visitaron el día 2 de diciembre de 1936 al «embajador de Rusia en Euzkadi, camarada Tumanov». Lo más sorprendente del documento que se conserva de dicha junta es que aparentemente se les exigió un currículo detallado de los 12 militantes (4 en nombre del PSOE y 8 en representación de la UGT; entre ellos, tres consejeros del Gobierno Vasco: Gracia, De los Toyos y Aznar), incluidos los cargos y tiempos de afiliación de cada uno de ellos antes de la reunión[59]. El líder socialista vasco Indalecio Prieto, ministro en diferentes gabinetes republicanos, arremetió duramente contra los soviéticos en algunas de las obras que escribió en el exilio[60].

Los consejeros soviéticos se incorporaron rápidamente a las tareas de asesoramiento a los mandos del ejército vasco. Nos encontramos, por ejemplo, con la participación de Tumanov y Janson en la reunión que decidió iniciar la ofensiva de Villarreal de Álava, operación que se inició el 29 de noviembre de 1936. El buen clima existente se fue deteriorando por dos razones fundamentales. Por parte del Gobierno Vasco, a medida que la ofensiva franquista avanzaba, las peticiones de aviación al Gobierno republicano eran cada vez más insistentes y, dada la falta de una respuesta positiva, empezó a acusar a los asesores soviéticos de impedir ese envío para debilitar al Gobierno autónomo y fortalecer así a los comunistas locales[61]. Los asesores lamentaban, por su parte, «el separatismo provinciano (de los nacionalistas vascos y catalanes) que es dañino para la causa común y están saboteando las decisiones del gobierno central sobre la ayuda a otros frentes»[62]. Además, detallaron una lista de las deficiencias que observaban en la forma de conducirse la guerra en el Frente Norte. La principal de ellas era la ausencia de un mando unificado, pero no era la única. Los asesores insistían, por ejemplo, en la necesidad de la disciplina, hasta el punto de que recriminaban duramente las acciones espontáneas de algunos oficiales, incluso aunque tuviesen éxito. La insistencia en la necesidad de mando único fue tal, que pese al progresivo distanciamiento entre el Gobierno Vasco y la delegación soviética, hasta el propio Tumanov animó al lehendakari Aguirre para que tomase el mando del ejército vasco con el fi n de evitar una situación que estimaba desastrosa[63]. De esta forma, el 5 de mayo de 1937 Aguirre comunicó al presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero, que, por acuerdo unánime del Gobierno Vasco, había decidido tomar el mando militar absoluto del frente vasco.

Casi tres semanas más tarde, el 23 de mayo, Gorev envió a Moscú uno de los numerosos informes que redactó a lo largo de su estancia en España. Su valoración sobre la actuación soviética en el Frente Norte era en general positiva, teniendo en cuenta las circunstancias. La incapacidad del consejero «Frapio» para desarrollar la labor dirigente encomendada había producido una situación deficiente en Santander, mientras que en Asturias, donde sólo se actuaba «por medio de la influencia y la autoridad», se había desarrollado una labor excepcional. El contexto era particularmente complejo en Bilbao, dada la rivalidad ya citada entre el alto personal soviético, aunque la mención asturiana da a entender que en el caso vasco los asesores contaban con algo más que influencia y autoridad. De hecho, «nuestra participación en la construcción del ejército vasco ha tenido muy buenos resultados» y era necesario reforzar esa labor, sustituyendo a consejeros agotados e ineficaces, asignando un consejero principal (coronel o comandante) a cada uno de los cinco cuerpos de ejército del Frente Norte y otra veintena de técnicos en armamento (especialistas en ametralladoras y artilleros, en particular), así como un especialista para organizar el esfuerzo militar de la industria, cuya potencialidad era calificada como excepcional. Gorev terminaba su informe afirmando que, si llegaban esos asesores y sus intérpretes, el Ejército del Norte podía organizarse con éxito y llevar a cabo cualquier misión operativa. Ignoramos si el personal solicitado llegó, pero nos inclinamos a pensar que no.

El escrito no abordaba, sin embargo, lo que Gorev consideraba la cuestión esencial: la ausencia de unidad de mando y el cantonalismo71. Pero dicho problema constituye el eje de la carta que, por esas mismas fechas, el militar ruso escribió al coronel Vicente Rojo, felicitándole por su nombramiento como jefe del Estado Mayor Central, lo que sucedió el 21 de mayo[64].

El escrito, redactado en forma de sugerencias, «como un deseo ferviente de ayudar aunque modestamente en cuanto pueda y sepa», se centraba en el problema de la política militar de unidad. Las características del País Vasco habían impedido ejercer su mando al general Llano de la Encomienda y el nombramiento del general Gámir Ulibarri, aunque había mejorado la situación, no lo solucionaba. Por ello, había que insistir en la unidad de mando, independientemente de las personas que lo ejerciesen. La fórmula podía ser nombrar un Alto Comisario o incluso la creación de un Consejo Supremo Militar. Gorev insistía, además, en cuestiones ya apuntadas en el informe citado en el párrafo anterior: transformación y racionalización de la industria de guerra, nuevos mandos militares (en este caso españoles) e impulso a las obras de fortificación como forma de hacer frente a los ataques de la aviación. Pese a sus esfuerzos, el objetivo del unificar el mando de las tropas del Norte no se produjo hasta la caída de Bilbao. En un trabajo recogido por Yuri Rybalkin, aunque realizado en 1980, se llega a afirmar que la política sectaria del Gobierno Vasco (al parecer ni santanderinos, ni asturianos practicaron esa política), «hizo el juego a los franquistas»[65].

El periodista británico Steer, muy próximo a las tesis nacionalistas vascas, menciona varias veces la presencia de Gorev en el Cuartel General, «inflexible y disciplinado». El consejero soviético participó en una importante reunión el 13 de junio con Aguirre, cuatro consejeros del Gobierno, el general Gámir y varios asesores extranjeros para decidir qué hacer con la defensa de Bilbao[66]. Gorev afi rmó que se podía defender Bilbao, incluso hasta durante dos meses y que, al mismo tiempo, había que preparar urgente y efectivamente toda la evacuación. Esta fue la opinión mayoritaria[67]. Con estos informes, el Gobierno Vasco hizo público su decisión de defender Bilbao, aunque tres días más tarde, en una nueva reunión, a la que no asistió Gorev, se vio que era imposible la resistencia y se organizó la evacuación. La ciudad cayó en manos de los franquistas el 19 de junio.

Los nacionalistas hicieron un balance negativo de la ayuda soviética: apenas se habían recibido armamento y municiones porque el Gobierno Vasco era la antítesis de lo que representaba Stalin y los asesores rusos, muy influyentes en el cuartel general del Ejército del Norte. El sacerdote Usobiaga (Juan de Iturralde), que escribió su trabajo en plena Guerra Fría, era más tajante:

La parte de los rusos en la defensa del País Vasco puede conceptuarse nula. Nunca hubo fuerzas rusas ni nada parecido, sino como decía antes sólo unos comisarios que intervenían respaldados en el cuartel general del ejército del norte y se llamaron Jansen, Gorieff, Dambrorki, Pavlovich, Tumanoff. No sé si olvido alguno. Si lo hubieran querido los emisarios del Kremlin, en Euzkadi no hubiera faltado aviación y la lucha hubiera corrido otra suerte[68].

La retirada de Bilbao agudizó las tensiones entre nacionalistas vascos y comunistas. Buena parte de los dirigentes del PNV daban la guerra por perdida y reanudaron los contactos con los representantes italianos para evacuar al ejército vasco a Francia. Los comunistas, aunque desconocían estas conversaciones, observaban el tono derrotista de las tropas vascas, nacionalistas o no, y exigían una actitud más decidida a favor de la continuación de la guerra, acrecentándose las críticas a la supuesta sumisión de Astigarrabia al PNV[69]. La desconfi anza de los primeros se acrecentó por los masivos nombramientos de comunistas para los cargos del reorganizado Ejército del Norte y el asesinato de algunos milicianos y civiles vascos en diferentes puntos de Santander. La presencia de los mandos soviéticos debió ser más intensa. La memoria de los comisarios nacionalistas afi rma que la ofensiva sobre el monte Kolitza, en los alrededores de Balmaseda y dirigida por el comunista Manuel Cristóbal Errandonea, cuya actuación elogian, fue ordenada por los mandos rusos[70]. El mismo Aguirre acusó a Gorev de ser el responsable de haberse ordenado el 22 de agosto la retirada hacia Asturias de todo el ejército republicano, en lugar de mantener una bolsa de resistencia a lo largo de la costa, como defendían los nacionalistas (p. 226). Tres días más tarde, los nacionalistas se rendían en Laredo-Santoña y el 26 caía Santander.

El final del Frente Norte y de los asesores soviéticos

La evacuación escalonada del personal soviético se inició a comienzos de mayo de 1937. Mientras algunos rusos marchaban a Francia en aviones y barcos, otros abandonaron Bilbao para dirigirse a Santander y a Asturias. El día 17 de junio Tumanov cerró la sede de la capital vizcaína. Este tipo de medidas se aceleraron a finales de agosto, momento en que se recibió la orden de la evacuación total e inmediata. Varios aviones franceses fueron comprados con el objeto de ayudar a esa labor, pero la escasez de medios y las circunstancias bélicas impidieron una acción rápida. La sede militar soviética se encontraba en Ribadesella y dados los problemas con los aviones se acordó, en los primeros días de septiembre con el Gobierno asturiano, utilizar además barcos para sacar a unos 70 rusos y a diversos dirigentes comunistas españoles, alarmados todos ellos por la actitud hostil que encontraban entre los anarquistas asturianos y por la presencia cercana de las tropas franquistas. Gorev, por su parte, continuó la retirada de las tropas republicanas hasta la caída total del Frente Norte, a finales de octubre de 1937. En medio del caos al que se vio sometida la retaguardia republicana[71], con miles de personas que pugnaban por hacerse un hueco en las embarcaciones que se dirigían a la costa francesa, los soviéticos prepararon la evacuación de los últimos asesores que permanecían en territorio republicano. Afortunadamente para ellos, su obsesión por las comunicaciones que les hizo priorizar la custodia de sus propias emisoras radiofónicas, les permitió mantener el contacto con la embajada de la URSS en Francia[72]. Un piloto galo llamado Abel Guidès, que había combatido en la escuadrilla de André Malraux y que se encargaba de asegurar la comunicación de los asesores rusos con Francia, voló hasta Gijón, realizando tres viajes y rescatando a la mayor parte de los asesores. Murió en el cuarto viaje, el 9 de octubre, al ser ametrallado su avión por los cazas franquistas[73]. Hay varias versiones sobre la salida de los últimos asesores. Según Ehrenburg, Gorev y los últimos militares huyeron a las montañas, de donde fueron rescatados por un avión soviético[74]. Fernández Sánchez opina, de forma más verosímil, que Gorev pudo salir en otro avión pilotado por Fiódor Polushko el 19 de octubre, dos días antes de la caída de Gijón[75]. Brusiloff, por su parte, afirma que Gorev y otros dos especialistas llegaron en avión a Biarritz el 24 de octubre[76]. La suerte de los traductores fue diversa: mientras los soviéticos volvieron a la zona republicana, Brusiloff y uno de sus compañeros permanecieron en Francia, a la espera de una oferta soviética que nunca llegó. Thilly que se había negado a evacuar, fue apresado en Mieres por los franquistas, sometido a consejo de guerra y fusilado el 15 de febrero de 1938[77].

Conclusión

La ayuda material proporcionada por la URSS, la eficiencia y determinación mostrada por buena parte de las unidades organizadas por los comunistas y su insistencia en que primero había que ganar la guerra contribuyeron a una gran expansión del PCE en la España republicana. En el caso del Frente Norte, no parece tan claro que dicho efecto se produjese, ya que estuvo limitada por la pequeña magnitud de la ayuda rusa, el relativamente poco peso específico del comunismo y la desconfianza, pese a mensajes y acciones amistosas ocasionales, de las fuerzas políticas mayoritarias, socialistas, nacionalistas vascos y anarquistas, hacia el comunismo soviético. Tampoco el PCE estaba en disposición de orientar el apoyo soviético, como hizo en otras zonas, para debilitar a los anarquistas.

El Gobierno Vasco, controlado por los nacionalistas, planteó la guerra como una cuestión técnica y no como la oportunidad de realizar la revolución. El único consejero comunista, el secretario general del PCE de Euzkadi, Juan Astigarrabia, coincidía con dicho propósito. La inicial sintonía existente entre Aguirre y los comunistas fue deteriorándose progresivamente, pero para cuando las tesis comunistas (mando único, comisariado, coordinación de la industria de guerra) fueron imponiéndose era demasiado tarde, ya que la ofensiva franquista se encontraba a las puertas de Bilbao.

A diferencia del caso madrileño, donde la aportación de la URSS fue fundamental para salvar a la capital en el otoño de 1936, en el caso del Frente Norte la ayuda fue excesivamente limitada, reduciendo la capacidad de asesoramiento de los consejeros. De esta forma, a los problemas derivados de la superioridad militar franquista y a los obstáculos generados por la propia presencia soviética (desconfianza de los mandos militares republicanos hacia los soviéticos, sentimiento de superioridad de los segundos sobre los primeros, problemas de comunicación, mala calidad de algunos consejeros, rotatividad, etcétera) se unieron la escasez de equipamiento militar y un entorno sociopolítico poco favorable para los técnicos soviéticos y, especialmente, para las pretensiones de sus socios locales. El resultado fue que apenas influyeron en la capacidad defensiva y ofensiva de las fuerzas republicanas del Norte, viéndose obligados a participar a partir de marzo de 1937 en una larga y penosa retirada que terminaría con la total derrota del bando republicano.

la intervención soviética: J. L. Alcofar Nassaes, Los asesores soviéticos en la guerra civil española: los mejicanos, Barcelona, Dopesa, 1971, y J. García Durán, «La intervención soviética en la guerra Civil», Historia 16, 1984, n.º 103, pp. 11-22. Una amplia bibliografía, aunque centrada básicamente en las Brigadas Internacionales en F. Rodríguez De La Torre, Bibliografía de las Brigadas Internacionales y de la participación de extranjeros a favor de la República (1936-1939), Instituto de Estudios Albacetenses, Albacete, 2006.

AA.VV., Intervención del marxismo internacional en la guerra de España: testimonios de combatientes rojos, Editora Nacional, Bilbao, 1939, pp. 8 y 45-46.

  1. Howson, Armas para España, Península, Barcelona, 2000.

El monto total de la ayuda, importante, pero no excesivo para un país del tamaño de la URSS llevó a Bolloten a afi rmar que Stalin y su buró político, tras advertir que su deseo que la República triunfase rápidamente era irrealizable en el contexto internacional antes descrito, decidieron, en el verano de 1937, que sería mas ventajoso para la Unión Soviética que ninguno de los contendientes adquiriese una fuerza preponderante y que la guerra en España se alargara todo lo posible para atar a Franco más tiempo. (La Guerra Civil Española, Alianza, Madrid, 1989 [1961], p. 206). Bolloten se basa, probablemente, en el testimonio de dos desertores de los servicios secretos rusos, Orlov y Krivistky. El testimonio de Orlov en A. Orlov, Historia secreta de los crímenes de Stalin, Destino, Barcelona, 1955, p. 255. W. Krivitsky, por su parte, afi rmó que a partir de marzo de 1937 la ayuda soviética se distribuía en cantidades justamente sufi cientes para ser decisivas en el campo de batalla y que se recibieron órdenes para ir liquidando poco a poco la labor de compra y abastecimiento de material de guerra. W. G. Krivistky «Stalin´s Hand in Spain», The Saturday Evening Post, 15-4-1939.

Existe disparidad de opiniones sobre la validez del testimonio de Krivitsky. Kowalsky,

apoyándose en la documentación por el utilizada, tiende a ofrecérsela; Viñas, por el contrario, también recurriendo a las fuentes archivísticas, tiende a negársela.

  1. Rybalkin, Stalin y España, cit., pp. 68-75.

  1. Kowalsky, La Unión Soviética y la Guerra Civil española: una revisión crítica,

cit., pp. 258-259.

El manuscrito de Brusiloff se conservan en dicho archivo en la referencia GE-19-5.

Brusiloff no se trató del único caso de ruso blanco que luchó en el bando republicano. Entre 50 y 300 exiliados que deseaban ganarse el perdón y el derecho a volver a su patria, la mayoría procedentes de Francia, ingresaron en las Brigadas Internacionales. La cifra de 50 en M. Zavrelová, Participación de la Unión Soviética en la Guerra Civil española, Masarykova Univerzita V Brne, Brno, 2006. La de 300 en J. L. Alcofar Nassaes, «Vladimir Konstantinovich Glinoiedski. Un ruso blanco muerto luchando por la república», Historia 16, 1989, n.º 158, pp. 117-122, y A. Eisner, La 12.ª Brigada Internacional, Prometeo, Valencia, 1972, p. 188. Véase igualmente B. Bolloten, La Guerra Civil Española, cit., p. 203, y AA.VV., Bajo la bandera de la España republicana, 1975, pp. 15-16. Casi todos los emigrados rusos que combatieron en España como voluntarios y que, gracias a la autorización ofi cial, volvieron a la URSS perecieron en los Gulag. P. y A. Abramson, Mosaico roto, Compañía Literaria, Madrid, 1994, p. 56. Una versión truculenta y fi cticia del itinerario de un ruso blanco en España escrita por un partidario del bando franquista, en J. Cirre Jiménez, Memorias de un combatiente de la Brigada Internacional, Prieto, Granada, 1938.

Las tropas franquistas también contaron con la ayuda, escasa igualmente, de exiliados

rusos. J. Keene, Luchando por Franco. Voluntarios europeos al servicio de la España fascista, Salvat, Barcelona, 2002, y R. Othen, Las brigadas internacionales de Franco, Destino, Barcelona, 2007.

Una visión de la participación rusa en ambos bandos en S. Karpenko (ed.), Mezdhu Ros-

siei I Stalinym: Rossiiskaia emigratsiia I Vtoraia Mirovaia Voina, RGGU, Moscu, 2004, pp. 110-136. Agradezco al profesor de la Universidad del País Vasco, Iker Sancho, la síntesis del apartado dedicado a España que realizó para mí.

[1] Mikel Aizpuru, Departamento de Historia Contemporánea. Facultad de Ciencias So-

ciales y de la Comunicación,Universidad del País Vasco, Campus de Lejona, 48940 Lejona (Vizcaya). Teléfono: 946012309. E-mail: mikel.aizpuru@ehu.es. El presente trabajo se ha realizado en el marco del Grupo de Investigación del Sistema Universitario Vasco IT-28607, dirigido por el Catedrático de Universidad Luis Castells.

[2] Sobre la historiografía soviética en torno al confl icto español, S. P. Pozharskaya, «La historiografía soviética sobre la guerra civil en España», en J. Aróstegui, Historia y memoria de la guerra civil: encuentro en Castilla y León: Salamanca, 24-27 de septiembre de 1986, Junta de Castilla y León, Salamanca, 1988, pp. 57-69. Algunos títulos sobre

Historia Contemporánea 35, 2007, 709-739

[3] Un primer aviso de la oportunidad que se abría en A. Martín Nájera y A. L. Encinas Moral, «Documentación española contemporánea depositada en los archivos de la Federación Rusa», Historia Contemporánea, 1993, n.º 9, pp. 257-289. Véase igualmente S. Payne, «La apertura de los archivos soviéticos y la guerra civil española», http://fundanin.org (consultado 5 de marzo de 2006), y el apéndice de D. Kowalsky, La Unión Soviética y la Guerra Civil española: una revisión crítica, Crítica, Barcelona, 2003.

[4] D. Genovés, Operació Nikolai, 1992.

[5] A. Elorza y M. Bizcarrondo, Queridos Camaradas. La Internacional Comunista y España 1919-1939, Planeta, Barcelona, 1999.

[6] G. Howson, Armas para España, Península, Barcelona, 2000.

[7] R. Radosh, M. Habeck y G. Sevostianov, Spain Betrayed. The Soviet Union in the Spanish Civil War, Yale University Press, 2001. Se ha utilizado la edición española: España traicionada, Planeta, Barcelona, 2002.

[8] La tesis original, Operatsia «X». Sovetskaya Voennaya Pomoshtsh Respublikanskoi Ispanii, Airo-XX, Moscu, 2000, ha sido traducida como Y. Rybalkin, Stalin y España. La ayuda militar soviética a la República, Marcial Pons, Madrid, 2007. La aparición de esta obra se ha producido tras la primera redacción de este artículo y la hemos utilizado para hacer algunas modifi caciones, aunque la mayor parte de sus aportaciones ya estaban recogidas en las obras de Kowalsky, Viñas u otros autores, como M. Zavrelová, Participación de la Unión Soviética en la Guerra Civil española, Masarykova Univerzita V Brne, Brno, 2006.

[9] A. Viñas, La soledad de la República: el abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Crítica, Barcelona, 2006, y El escudo de la República: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Crítica, Barcelona, 2007. 10 G. Furr, «Anatomía de la mentira en la historiografía americana de la Guerra Civil Española», http://www.rebelion.org, 2004 (consultado el 25 de octubre de 2007), y P. Broué, «Acerca de «Queridos camaradas»», http://www.fundanin.org/elorza.htm (consultado el 25 de octubre de 2007).

[10] D. Smyth, ««Estamos con vosotros»: Solidaridad y egoísmo en la política soviética

hacia la España republicana, 1936-1939», en P. Preston (ed.), La República asediada, Península, Barcelona, 1999, p. 107.

[11] E. Moradiellos, «La intervención extranjera en la guerra civil: un ejercicio de crítica

historiográfi ca», Ayer, 2003, n.º 50, pp. 199-232.

[12] Las Brigadas Internacionales nacieron de iniciativas dispersas que el Presidium de la Internacional Comunista asumió el 18 de septiembre. Un envío masivo de soldados soviéticos era incompatible con la política exterior neutralista de la URSS. Las brigadas estaban compuestas básicamente por comunistas y bajo la dirección de la Komintern, aunque sus características, composición internacional, militancia política, relativa improvisación, etcétera, hacían que dicho control no fuese siempre efectivo y que no pudiesen ser utilizados directamente como un instrumento de la Komintern. R. Skoutelski, Novedad en el Frente. Las Brigadas Internacionales, Temas de Hoy, Madrid, 2006.

[13] G. Jackson, «La no intervención y la ayuda soviética», en S. Juliá (coord.), Socialismo

y guerra civil, Pablo Iglesias, Madrid, 1987, p. 99.

[14] J. Fernández Sánchez, «Los últimos consejeros rusos en España», Historia 16, 1984, n.º 96, pp. 25-27.

[15] I. Martínez De Pisón, Enterrar a los muertos, Seix-Barral, Barcelona, 2005, pp. 84-85.

[16] W. G.Krivistky, «The Stalin´s handle in Spain», The Saturday Evening Post, 15-4-1939.

[17] C. García, «El Partido Comunista en la Guerra Civil y la Guerrilla», en F. Erice, Los

comunistas en Asturias 1920-1982, Trea, Gijón, 1996, p. 87.

[18] Es lo que nos ha sucedido a nosotros en el Archivo Estatal Militar Ruso (RGVA), ya

que el cambio de política informativa de las autoridades rusas ha provocado la imposibilidad de consultar las series relacionadas con la Guerra Civil. La posibilidad de consulta está determinada en ocasiones por la capacidad fi nanciera del investigador y sus contactos en los medios académicos rusos. Agradecemos, en todo caso, a la profesora Amaia Egilegor, lectora de euskera en la Universidad de Moscú, la ayuda prestada.

[19] El País, 2-7-2006

[20] La información más actualizada en castellano hasta el momento en Kowalski, pp. 245-341.

[21] Archivo Histórico del PCE. Documentos PCE, carp. 21.

[22] Una visión general sobre la Guerra Civil en el País Vasco en C. Garitaonandia y J. L. de la Granja (eds), La Guerra Civil en el País Vasco. 50 años después, Servicio Editorial de la UPV, Bilbao, 1987. Para Santander, M. A. Solla Gutiérrez, La Guerra Civil en Cantabria (julio 1936-agosto 1937), Tesis doctoral, Universidad de Cantabria, Santander, 2006, y D. Solar, La caída de Santander. La Guerra civil mes a mes, Biblioteca El Mundo, Madrid, 2005. Sobre Asturias, AA.VV., «La Guerra civil en Asturias», en Historia General de Asturias, Silverio Cañada, Gijón, 1978. C. García, «El Partido Comunista en la Guerra Civil y la Guerrilla», en F. Erice, Los comunistas en Asturias 1920-1982, cit., pp. 85-145; M. Iraeta, La guerra civil mes a mes. Con Asturias se hunde el Frente Norte, Biblioteca El Mundo, Madrid, 2005, y J. A. Cabezas, Asturias, catorce meses de guerra civil, G. del Toro, Madrid, 1975.

[23] P. Beldarrain Olalde, Historia crítica de la guerra en Euskadi (1936-37), Edición del

autor, Bilbao, 1991, p. 207 y M. de Amilibia, Los batallones de Euskadi, Txertoa, San Sebastián, 1978, p. 166.

[24] V. Talón, Memoria de la Guerra de Euzkadi, Plaza & Janés, Barcelona, 1988. El apar-

tado dedicado de forma específi ca a los asesores se halla entre las páginas 510 y 515.

[25] J. A. de Blas, «La Guerra Civil en Asturias. Los nacionales en Peña Ubiña. Rusos en Asturias», en AA.VV., Historia General de Asturias, Silverio Cañada, Gijón, 1978, pp. 289-297.

[26] G. G. Krivistky, Yo, jefe del servicio secreto militar soviético, sucesor de Hipólito de Pablo, Guadalajara, 1945.

[27] I. Egaña, (ed), 1936. Guerra Civil en Euskal Herria, Aralar Liburuak, Andoain, 1998,

tomo V, p. 169.

[28] J. Fernández Sánchez, Los voluntarios de Vladimir Gorev, El Museo Universal, Ma-

drid, 1990. La obra conoció una segunda edición en 1996, bajo el título Rusos en el frente del Norte (Ateneo Obrero de Gijón), pero sin que exista más cambios que la eliminación de algunas fotografías existentes en la primera edición.

[29] J. A. de Aguirre y Lecube, De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, Editorial Axular, Saint Jean de Luz, 1976, p. 23.

[30] Hay una fotografía de un grupo de siete pilotos prisioneros en la nueva edición del libro del periodista británico George Steer, El árbol de Gernika. Un ensayo de la guerra moderna, Txalaparta, Tafalla, 2004. La mención al canje en J. Alcofar Nassaes, Los asesores soviéticos en la guerra civil española: los mejicanos, Dopesa, Barcelona, 1971, p. 85.

[31] Yequipko publicó algunos recuerdos de su actuación en el periódico del ejército ruso Estrella Roja de 27 de julio de 1992. Según la síntesis que recoge Rybalkin, la reducida efi ciencia de los submarinos republicanos estaba motivada sobre todo por el escaso armamento, a lo que se añadía la falta de profesionalidad de los marinos españoles y su escaso ardor combativo. Según Yequipko, en un comentario que nos parece exagerado, los dos intentos de atacar el crucero Almirante Cervera fracasaron por la negativa de la marinería de hundir un buque español. Y. E. Rybalkin, Stalin y España, cit., pp. 110-111.

[32] No hemos encontrado referencias más amplias sobre este general. Sabemos que ya en febrero de 1937 se encontraba en Asturias y que permaneció en esta provincia hasta el otoño de ese año. Pensamos que, como en otros muchos casos, se trata de un seudónimo. Además de un general que luchó en las tropas napoleónicas, el Dombrowski más conocido, y la razón más probable de que se utilizase dicho alias era Jaroslaw Dombrowski o Dambroski (1836-1871). Se trataba de un militar polaco muy conocido por su participación en el alzamiento contra Rusia de 1863. Hecho preso, fue desterrado a Siberia, desde donde pudo escapar a Francia. En este último país, comandó las tropas de la Comuna de París, muriendo en los combates contra los soldados del nuevo Gobierno republicano. Uno de los batallones polacos de las Brigadas Internacionales eligió ese nombre para denominarse. A. Eisner, La 12.ª Brigada Internacional, Prometeo, Valencia, 1972, p. 62.

[33] El periódico Euzkadi Roja del 31 de octubre incluía una entrevista con Tumanov, en la misma se indicaba que en el número del 28 de octubre, que no hemos podido localizar, habían anunciado el nombramiento del representante de la URSS.

[34] A. Viñas, La soledad de la República, cit., pp. 162-163. Viñas no pudo localizar la

documentación que generó la delegación soviética en los archivos de Moscú.

[35] E. Castro Delgado, Hombres made in Moscú, Luis de Caralt, Barcelona, 1963, p. 465.

[36] Información proporcionada por la profesora Amaia Egilegor

[37] J. A. de Aguirre y Lecube, De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, cit., p. 23.

Aguirre olvida el incidente que tuvo con Janson y que trataremos más adelante.

[38] V. Rojo, Así fue la defensa de Madrid, Ediciones Era, México D. F., 1967, pp. 214 y ss.

[39] F. Ciutat, Relatos y refl exiones sobre la guerra de España, Forma, Madrid, 1978. También hay referencias suyas en A. Barea, La forja de un rebelde, Turner, Madrid, 1977, p. 284. Citado por P. I. Taibo II, «La Guerra civil en Asturias. Goriev, una sombra mítica», en AA.VV., Historia General de Asturias, cit., p. 298.

Resulta revelador de la supeditación del PCE a la URSS, que no haya menciones a Gorev (purgado por Stalin) en la historia ofi cial que el PCE dedicó a la Guerra Civil: D. Ibarruri, Guerra y revolución en España, Progreso, Moscú, 1966.

[40] La cita de Ehrenburg en J. L. Alcofar Nassaes, Los asesores soviéticos en la guerra

civil española: los mejicanos, cit., pp. 139-140, quien añade «y eso que la misión era secundaria».

[41] G. Steer, El árbol de Gernika, cit., p. 126.

[42] F. Ciutat, Relatos y refl exiones sobre la guerra de España, cit.

[43] R. Radosh, M. Habeck y G. Sevostianov, España traicionada, cit., p. 336.

[44] Sobre Brusiloff, véase M. Aizpuru y A. Fernández Blanco, «Los estudios de Filología Moderna. Ruso», en S. López Rios y J. A. González Cárceles, La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la Segunda República. Arquitectura y Universidad durante los años 30. Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2008 (en prensa).

[45] AGGCE, PS Gijón, caja 72, exp. 3. La referencia a Fernández en A. Masip, «Acta de la última reunión del consejo Soberano de Asturias y León», El Basilisco, 1978, n.º 2, pp. 70-74.

Varios asturianos se habían refugiado en la URSS, tras el fracaso de la revolución de

octubre de 1934. Los comunistas se integraron rápidamente en la sociedad soviética, aprendiendo la lengua y acudiendo incluso a academias militares o a la universidad. P. I. Taibo II, Octubre de 1934, Silverio Cañada, Gijón, 1978, p. 195.

[46] Archivo del Nacionalismo, GE, K.00378, C.2. Agradezco al archivero del mismo, Iña-

ki Goiogana, la ayuda prestada para localizar el material relacionado con Brusiloff.

[47] En febrero de 1937 se produjo la protesta de la delegación, porque el coche que con-

ducía a Tumanov y el de su escolta fueron detenidos y registrados por la Intendencia Militar. Archivo del Nacionalismo, GE/403, subcarpeta 1.

[48] En la página 83 aclara la cuestión. Janson interceptó algunas comunicaciones del Gobierno Vasco y las hizo llegar al Gobierno republicano de Valencia. El ministro Irujo, a su vez, informó de dicho hecho a Aguirre.

[49] R. Radosh, M. Habeck y G. Sevostianov, España traicionada, cit., pp. 336-338. Es un

informe sin fecha.

[50] Kowalsky menciona que algunos soviéticos se aprovecharon de la relativa indepen-

dencia de la que gozaban para lanzarse a una desenfrenada carrera de excesos materiales y sexuales, tomando mujeres como concubinas e incautándose de grandes mansiones. D. Kowalsky, La Unión Soviética y la Guerra Civil española: una revisión crítica, cit., p. 328.

[51] Brusiloff recuerda críticamente que en la URSS se acababan de prohibir los abortos y

se anunciaba que el hombre era responsable ante la ley de su paternidad.

[52] Sobre las vicisitudes del viaje, véase el informe del teniente de la Seguridad del Estado Maléiev, reproducido en Y. Rybalkin, Stalin y España, cit., pp. 189-197.

[53] J. A. de Aguirre y Lecube, De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, cit., p. 22. Steer no manifi esta una opinión tan negativa, en especial sobre los carros blindados.

Rybalkin, aunque reconoce que parte del material enviado a España estaba formado por modelos anticuados, sostiene que la proporción de armamento anticuado era mínimo y que la antigüedad del mismo se retrotraía como mucho a la Primera Guerra Mundial, siendo parte del mismo de origen extranjero. Y. E. Rybalkin, Stalin y España, cit., p. 60.

[54] V. Talón, Memoria de la Guerra de Euzkadi, cit., p. 511.

[55] A. Viñas, La soledad de la República, cit., pp. 433 y 435.

[56] Sobre Ormazabal, N. Ibañez Ortega y J. A. Pérez Pérez, Ormazabal. Biografía de un comunista vasco (1910-1982), Latorre Literaria, Madrid, 2005. Sobre Monzón, M. Martorell Pérez, Jesús Monzón, el líder comunista olvidado por la historia, Pamiela, Pamplona, 2000.

[57] J. Ambou, Los comunistas en la resistencia nacional republicana: la guerra en Astu-

rias, el País Vasco y Santander, Hispamerca, Madrid, 1978, p. 60.

[58] Archivo Histórico del PCE. Documentos PCE, Film XVI ap. 200. Al Buró Político del Partido Comunista.

[59] AGGCE, PS Santander, caja 482, exp. 21.

[60] I. Prieto, Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional. (Intrigas de los rusos en España), París y México, 1940, y Entresijos de la guerra de España: colección de artículos sobre intrigas de alemanes, italianos y rusos, Planeta, Barcelona, 1989.

[61] V. Talón, Memoria de la Guerra de Euzkadi, cit., p. 513.

[62] Archivo Estatal Militar Ruso (RGVA), c. 33987, i. 3, d. 960, pp. 251-277, recogido en R. Radosh, M. Habeck y G. Sevostianov, España traicionada, cit., p. 178.

[63] J. A. de Aguirre y Lecube, El informe del presidente Aguirre al Gobierno de la República. Prólogo y notas de Sancho de Beurko, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1978, p. 105. 71 Sobre el cantonalismo Ángel Viñas recoge apartados de un informe del agregado co-

mercial Winzer. En el mismo, Winzer subrayaba las defi ciencias en el suministro debido a la competencia y a las barreras existentes entre las tres provincias, lo que producía la desarticulación de los intercambios comerciales y problemas de abastecimientos tanto de productos alimenticios, como de materias industriales. A. Viñas, El escudo de la República, cit., pp. 195-197.

[64] La misiva se halla en el Archivo Histórico Nacional, fondo General Rojo. Está recogi-

da en A. Viñas, El escudo de la República, cit., pp. 662-664.

[65] La afi rmación procede de la tesis de V. N. Kirsanov, citada en Y. Rybalkin, Stalin y España, cit. p. 156.

[66] G. Steer, El árbol de Gernika, cit., p. 399.

[67] Archivo General Militar de Ávila. C. 684, Cp. 7, D.2/2.

[68] J. Iturralde, La Guerra de Franco, los vascos y la Iglesia. Tomo II. Cómo pudo seguir

y triunfar la guerra, Gráfi cas Izarra, San Sebastián, 1978, p. 228.

[69] AGGCE, PS Gijón, caja 24, exp. 3.

[70] J. A. de Aguirre y Lecube, El informe del presidente Aguirre, cit., p. 524.

[71] Una descripción literaria de la situación en Gijón durante esos días, aunque su autora

se encontraba en aquel momento en Valencia, en M. de la Torre, Mares en la sombra. Estampas de Asturias. Edición, introducción y notas de J. R. Saiz Viadero, Edicios do Castro, Santiago, 2007, pp. 223-247.

[72] Según Masip, que recoge el testimonio de otro de los traductores, Pablo Fernández, la

comunicación también se mantuvo gracias a dos submarinos, cuya presencia era desconocida para los españoles. Los soviéticos prepararon cuatro formas de evacuación, aunque al fi nal lo hicieron en avión desde Carreño. A. Masip, «Acta de la última reunión del consejo Soberano de Asturias y León», El Basilisco, 1978, n.º 2, pp. 70-74.

[73] Hay discrepancias según las fuentes, ya que algunos señalan que el fallecimiento se

produjo en septiembre, pero la fecha más lógica es la de octubre.

[74] I. Ehrenburg, Gentes, años, vida: memorias 1921-1941, Planeta, Barcelona, 1986, p. 213.

[75] J. Fernández Sánchez, Los voluntarios de Vladimir Gorev, El Museo Universal, Ma-

drid, 1990, pp. 65-66.

[76] Tras la desaparición del frente asturiano, Gorev volvió a la Zona Centro, donde, según Fernández, fue mal recibido por sus compañeros. A fi nales de año, tras su regreso a la URSS, Gorev fue distinguido con la Orden de Lenin y a los dos días detenido y, como muchos más, ejecutado. J. Fernández, Los voluntarios…, cit., p. 37.

[77] http://www.asturiasrepublicana.com/libertad19.html (consultado el 13 de octubre de 2007) y AGGCE, PS Gijón, caja 72, exp. 3.

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4 comentarios en “La presencia soviética durante la guerra civil en el frente norte (Euskadi, Santander y Astucias). El informe Brusiloff –  Mikel Aizpuru

  1. Pingback: Limpieza de primavera | Contra la ley "antitabaco"

  2. La imagen del inicio corresponde a Ordoki, capitán de ANV-EAE durante la guerra contra el golpe militar fascista y comandante del Batallón Hernia en la segunda guerra mundial. ANV-EAE es un partido nacionalista y de izquierdas q forma parte del Gobierno Vasco. Ninguno de los presentes en la foto ni son comunistas ni rusos.

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