Los refugiados deberían quedarse en sus hábitats culturales – Daniel Pipes

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Para instalar a los sirios en los ‘países más capacitados para albergarlos’, como delicadamente expone Guterres, uno no tiene más que trasladar su atención del Occidente de mayoría cristiana a las vastas y vacías extensiones del fabulosamente rico reino de Arabia Saudí, así como a los Estados -más pequeños, pero en algunos casos incluso más ricos- de Kuwait, Baréin, Qatar y Emiratos Árabes UnidosA los refugiados se les debería permitir que permanecieran en su propia zona cultural, y se les habría de animar a ello; allí pueden encajar de forma más inmediata y conservar sus tradiciones, alteran menos a la sociedad de acogida y desde ella pueden regresar con mayor facilidad a su país de origenHay excepciones a estas zonas culturales. Los cristianos de Oriente Medio, por ejemplo, encajan mejor en Occidente que en Arabia. Y los individuos excepcionales merecen siempre una consideración especial

La pausa en la crisis de las armas químicas nos brinda una oportunidad para que dirijamos nuestra atención al enorme flujo de refugiados que está abandonando Siria y para reconsiderar algunas suposiciones erróneas respecto a su futuro.

Cerca de una décima parte de los 22 millones de habitantes de Siria ha huido a través de una frontera internacional, la mayor parte a los vecinos Líbano, Jordania y Turquía. Los Gobiernos de estos últimos, incapaces de hacer frente a la situación, están restringiendo la entrada de refugiados, lo que ha despertado la preocupación internacional. El alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, António Guterres, sugiere que su agencia (según refiere The Guardian) “trata de reubicar a decenas de miles de refugiados sirios en los países más capacitados para albergarlos”, lo que recuerda al programa de reubicación iraquí posterior al 2003, en el que 100.000 iraquíes fueron asentados en países occidentales. Otros miran, instintivamente, a Occidente en busca de una solución; la Conferencia Episcopal Católica de Estados Unidos, por ejemplo, ha instado a las naciones occidentales a “hacer más” por los refugiados.

El llamamiento ha sido escuchado: Canadá se ha ofrecido a albergar a 1.300 y Estados Unidos a 2.000. Italia ha recibido a 4.600, llegados por mar. Alemania se ha brindado a admitir (y ha comenzado a recibir) a 5.000. Suecia ha ofrecido asilo a los 15.000 sirios que ya se encuentran en el país. Grupos locales se preparan para una entrada considerable en todo Occidente.

Pero estas cifras palidecen comparadas con una población siria de millones de personas, lo que implica que Occidente, por sí solo, no puede resolver el problema de los refugiados. Además, muchos habitantes de países occidentales (sobre todo europeos, como los Países Bajos y Suiza) han vacilado en admitir a musulmanes que no se integran, sino que tratan de reemplazar las costumbres europeas por la ley islámica, la sharia. Tanto la canciller alemana, Angela Merkel, como el primer ministro británico, David Cameron, han considerado que el multiculturalismo, con su énfasis en que todas las civilizaciones poseen el mismo valor, es un fracaso. Lo peor es que están creciendo movimientos fascistas, como Amanecer Dorado en Grecia.

Y seguramente muchos más musulmanes estén de camino. Además de sirios, bangladeshíes, paquistaníes, afganos, iraníes, iraquíes, libaneses, palestinos, egipcios, somalíes y argelinos. Puede que pronto se una a la corriente gente procedente del Yemen y de Túnez, por ejemplo.

Por suerte, hay una solución a nuestro alcance.

Para instalar a los sirios en los “países más capacitados para albergarlos”, como delicadamente expone Guterres, uno no tiene más que trasladar su atención del Occidente de mayoría cristiana a las vastas y vacías extensiones del fabulosamente rico reino de Arabia Saudí, así como a los Estados –más pequeños, pero en algunos casos incluso más ricos– de Kuwait, Bahréin, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Para empezar, esos países (a los que denominaré colectivamente Arabia) son mucho más adecuados para una posterior repatriación que, digamos, Nueva Zelanda. Vivir allí implica también no tener que soportar climas gélidos (como en Suecia) o aprender idiomas difíciles con pocos hablantes, como el danés.

Y, lo que es más importante, los musulmanes de Arabia comparten profundos vínculos religiososcon sus hermanos sirios, así que establecerse allí evita las tensiones de la vida en Occidente. Consideremos algunos de los elementos haram (prohibidos) que los refugiados musulmanes se evitan si viven en Arabia:

  • Los perros como mascotas (61 millones sólo en Estados Unidos).
  • Una cocina plagada de cerdo y una vida social bañada en alcohol.
  • Loterías de patrocinio estatal y emporios del juego tipo Las Vegas.
  • Mujeres vestidas de forma inmodesta; ballet; certámenes de belleza en traje de baño; mujeres solteras que viven solas; baños mixtos; citas; prostitución legal.
  • Bares de lesbianas; desfiles del Orgullo Gay; matrimonio homosexual.
  • Actitud laxa respecto a los alucinógenos, y algunas drogas que son legales en determinadas jurisdicciones.
  • Novelas blasfemas; políticos contrarios al Corán; organizaciones de apóstatas musulmanes, y un pastor protestante que quema coranes de forma pública y reiterada.

En cambio, los musulmanes que vivan en Arabia podrán disfrutar de un código legal que (a diferencia del de Irlanda) permite la poligamia y que (a diferencia del del Reino Unido) consiente el matrimonio infantil. Al contrario que Francia, Arabia permite que se defienda pegar a las esposas y es tolerante con la mutilación genital femenina. Tener esclavos no implica ser encarcelado y los hombres pueden matar por honor a sus parientes femeninas sin temor a la pena de muerte, no como en Estados Unidos.

El ejemplo de los sirios y Arabia sugiere un tema bastante más amplio: independientemente de la riqueza, a los refugiados se les debería permitir que permanecieran en su propia zona cultural, y se les debería animar a ello; allí pueden encajar de forma más inmediata y conservar sus tradiciones, alteran menos a la sociedad de acogida y desde ella pueden regresar con mayor facilidad a su país de origen. Así, los asiáticos orientales deberían reubicarse, en general, en Asia Oriental; la gente de Oriente Medio… en Oriente Medio; los africanos, en África, y los occidentales, en Occidente.

Naciones Unidas, tomen nota: céntrense menos en Occidente y más en el resto. En cuanto a los saudíes: es hora de recibir con los brazos abiertos a correligionarios musulmanes en apuros.

Post scriptum

1. Soy consciente de que los saudíes, entre otros, no tienen intención de admitir a los sirios ni a otros refugiados; ésa es la premisa implícita de mi análisis: ¿por qué deberían ser recompensados por portarse mal? También soy consciente de que los refugiados sirios han sido maltratados en países de Oriente Medio: por ejemplo, se han convertido en un chivo expiatoriomuy conveniente en Egipto.

2. Estas amplias zonas culturales son provisionales; habría que elaborar sus límites.

3. Hay excepciones a estas zonas culturales. Los cristianos de Oriente Medio, por ejemplo, encajan mejor en Occidente que en Arabia. Y los individuos excepcionales merecen siempre una consideración especial.

4. Algunos refugiados económicos de Oriente Medio han descubierto China y van allí en un número cada vez mayor, con permisos de residencia renovables por entre uno y cinco años.

Daniel Pipes

Origen: Los refugiados deberían quedarse en sus hábitats culturales – Revista El Medio

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