Ideologos de Podemos; el vomito de bilis marxista (Alba Rico, Fdez Liria y Montserrat Galcerán) cuando pasas a disidente.

Traigo aquí un rancio y conocido texto de abril de 2002 publicado por los que mas tarde serian los ideologías de los movimientos marxistas leninistas de los campus universitarios de somosaguas, inicialmente “izquierda anti-capitalista” y después también Podemos, en el famoso proceso de acoso y linchamiento al filosofo, escritor y catedrático, D. Gabriel Albiac.

Al igual que el periodista y ensayista Hermann Tertsch, el filosofo Gustavo Bueno o el periodista Gimenez Losantos (tiroteado por sicarios terroristas de ERC), Gabriel Albiac ejerció y milito entre las filas del comunismo ideológico en los años finales de la dictadura, cuando la única oposición al régimen del general era el PCE. La transición, la evolución y la esencia totalitaria del comunismo junto el devenir político de la dictadura a la democracia muy pronto les alejaron de dichos postulados políticos.

En el caso de Albiac,  el articulo que traigo aquí representa quizás el mayor vomito de ira inquisitorial leninista al ya considerado disidente, en el momento mas álgido del acoso a que fue sometido tras sus artículos contra el golpista venezolano Chavez, y entre cuyos mas distinguidos savonarolas (en aquel entonces no era nadie) fue Alegria, uno de los leninistas fundadores de Podemos, y cabeza instrumental mas visible del ensañamiento y persecución del catedrático.

Su maestro ideológico escribía esta obra maestra del la zafiedad y el mas rastrero odio marxista sobre el discrepante, Albiac, a que la historia le ha dado toda la razón.

Preparen sus estómagos:

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Albiac: la pataleta de un golpista

Santiago Alba Rico

La primera derrota, tras el 11 de septiembre, del proyecto de reorganización planetaria del capitalismo en crisis sólo ha sido posible contra los grandes medios de prensa, que se han alineado unánimamente al lado de los militares y los empresarios de Venezuela confesando así su condición de puras herramientas (a igual título que las bombas de racimo y los B-52 usados en Afganistán) de los intereses coloniales de los EEUU. Pero a la alegría de esta victoria, tan esperanzadora como provisional, hay que sumar otra, privada y mezquina si se quiere: la que nos han proporcionado los redactores dieciochojulistas retrasando, enmarañando, camuflando o afirmando a pecho desnudo sus posiciones. Venezuela nos ha deparado también este placer; a periodistas que hasta hoy podían fingir que escribían desde debajo de la frente – porque su “pandilla” ganaba siempre- Venezuela les ha obligado a escribir con el hígado. Les ha obligado a pancrear su disgusto, a tripear en voz alta hasta dónde están dispuestos a llegar si los ciudadanos les viran las espaldas y se vuelven hacia la democracia.

Hace unos días Amnistía Internacional denunciaba la presencia en EEUU, protegidos por las autoridades, de 150 torturadores reclamados por la justicia internacional. Los periódicos dan también impunemente asilo a pateadores de la palabra, como los mafiosos “honorables” a sus ex- boxeadores pistoleros, y a veces hay que permitirles un desahogo, aunque luego sus jefes se avergüencen de ellos y los espectadores tengamos que imponernos un mínimo de piedad para poder contener la risa. El ambidiestro, rojigualda, empampirolado y siempre veraniego diario de P.J. Ramírez ha tenido que conformarse con paniaguados de saldo, que destrozan y aporrean muy por debajo de los controles de calidad más indulgentes. El pasado lunes 15 de abril, en efecto, uno de ellos, de nombre Albiac, mientras Chávez restablecía el orden constitucional en Venezuela, dejaba escapar en público la pataleta de un golpista con el título muy elocuente de Vuelve el chimpancé. Creo que los lectores de estas páginas han podido leerlo ya completo, pero no está de más que recordemos algunos de sus pasajes más brillantes y razonados:

“Chávez es el gorila que mima el rostro de Dios (o de Fidel castro) ante el espejo”. “No salió de la nada. Todo se conjugó para dar a luz a ese estafermo. Para hacer que el chimpancé con uniforme soñara un rostro humano o más que humano. Para que un cacho de carne sudorosa y ruido de bolero se trocara en profeta de humildes”. “No salió de la nada. Chávez. Gorila, infragorila balbuciente, complacido asesino, histrión que vocifera un muy forzado monólogo dadaísta. Hasta el Ubú de Jarry se quedaría atónito: tal, la dimensión más o menos que humana, nunca humana (chimpancé tal vez, o dios menor según sus más piadosos secuaces, bestia mítica para la cual no rige el lenguaje que acota la mente), esa dimensión enorme del simio de las maracas que reparte dones desde la plenitud televisiva, cadena propia, Aló, presidente, aló, gorila, aló, lo que sea, matarife sonriente, camiseta de beisbol, gorra, bate, somatenes, lúmpenes angélicos para rematar a aquel que en el homínido no viera al enviado del Destino y de Bolívar.

En el nombre del Padre, Chávez, Dios, Bolívar, Castro”. “Hace sólo dos días, Llamazares (y Castro, of course) sollozaban la cruel desaparición del matarife. Ahí lo tenéis de nuevo. Vuelve el chimpancé. ¡Recocijaos!”. Chimpancé (3 veces), gorila o infragorila (3), bestia, homínido, cacho de carne sudorosa, infrahumano (2), simio, matarife (2), asesino: si a esto añadimos algunos expletivos redundantes, algunas preposiciones y algunos nombres propios, en una columna de veinticinco líneas queda poco espacio para explicar al lector qué ha ocurrido en Venezuela. Pero explica, en cambio, algo del autor: demuestra que al menos esta vez tampoco él se ha regido por “el lenguaje que acota la mente” y que así, desmelenado, descamisado, en molinete los puños y con una mueca fanática y salvaje arrugando su humanísimo rostro, viene a querer decir (este hombre que firma sus columnas con el modesto título de “filósofo”) lo que también diría si se tomase un valium y la emoción no le trabase la lengua; es decir, que no le gusta o, más exactamente, que odia la sola idea -y esto independientemente de cómo hayan obtenido su cargo- de que hombres sin certificado de sangre, negros, mestizos, indígenas o moros, pretendan gobernar una nación.

No sé quién es Gabriel Albiac. No lo conozco. Pero después de leer este diamante del pensamiento político me he tomado el trabajo de rastrear, en el ambidiestro y rojigualda diario que le paga, algunas de sus colaboraciones de los últimos años. Y debo decir rápidamente que me han producido un enorme disgusto; no indignación ni desprecio ni rechazo (sentimientos todos los cuales podría despertar muy justamente en un lector que se tomase en serio lo que escribe). Digo a propósito disgusto porque tiene que ver, en efecto, con el “gusto”, concepto muy dieciochesco y muy ilustrado, central en las obras de Montesquieu y de Kant y que permite inscribir un juicio al mismo tiempo en el paladar y en el universo.

Leer a Gabriel Albiac es como hacer rechinar una tiza en un pizarrón.

Que mienta, que atropelle, que llame al odio racial, que aplauda a delincuentes, que desprecie a todo el mundo, es secundario (porque es su efecto) en relación al hecho de que escriba tan mal.

Uno no puede asomarse a uno de sus textos sin sentir el malestar de haber cometido una indiscreción; como cuando se sorprende en un cajón el primer poema de un compañero de colegio o se explora clandestinamente el diario secreto del hermanito grande, que de mayor quiere ser escritor.

Este Albiac, en efecto, escribe como uno que de mayor quiere ser escritor. ¿Pero es que no es todavía mayor? Como les ocurre a todos los que empiezan (salvo a Goethe, Leopardi y Flaubert), como les sucede a todos los que en su adolescencia, antes de pasar a cosas serias, subliman un instante su acné en los grandes tópicos de la Melancolía Humana (creyendo haberlos inventado ellos), así todas las páginas de Albiac, no importa sobre qué escriba, la Navidad o el derrumbe del Comunismo, están marcadas por la voluntad infantil de ostentar un estilo propio. ¡A su edad un estilo propio! ¡Un filósofo un estilo propio! Las cosas tienen peso, color, contornos, textura -y tenemos que engancharlas con nuestros precarios instrumentos- pero carecen de estilo; y por eso el estilo, como nos recuerda Barrett, es siempre un “egoismo”. Pertenece al espacio privado, a ese atadillo de gestos personales, siempre un poco obscenos, que las convenciones, la buena educación y el respeto de uno mismo nos imponen ocultar. Uno tiene un estilo como tiene un lobanillo -y una forma de rascárselo. Tenemos siempre un estilo propio para lavarnos los dientes, para quitarnos la ropa, para comernos el pescado, para hacer de vientre, para enjabonarnos, para meternos en la cama. Albiac ha descubierto el placer de todo eso, lo que no es pecado, aunque sí un bagaje muy pequeño para un filósofo; y tan grandes le parecen el descubrimiento y el placer que no sólo quiere enseñarnos su lobanillo y que admiremos su forma de rascárselo; quiere, además, imponérselo a todo el mundo. Lo que distingue al genio es que deja pasar y que sólo se le reconoce cuando ya hemos pasado; el escritor mediocre, en cambio, se delata en cada línea. Todo ahí es tan privado, tan particular, tan propio, que te quedas atrapado en cada una de las frases, atontado por un tufo íntimo e inconfundible. Si lo que Albiac quiere es que se le reconozca en cada línea -las cuales marca como los gatos su territorio-, que se sepa siempre que es él quien las ha escrito, que no haya otra presencia en su escritura que la suya, lo consigue plenamente. Por eso resulta tan fatigoso, tan empalagoso, leerlo. Exhibe su estilo como si fuera un chancro o unas varices, igual que las viejecitas en las salas de espera de los hospitales. Por eso es también, en el sentido estricto del término, un Estilita: porque tiene un estilo, sí, con el que se dice siempre a sí mismo; y porque, encaramado en su columna del ambidiestro y gualdirrojo periódico de P.J. Ramírez, clama en el desierto de la ignorancia y la incompetencia ajenas.

En los últimos años de su vida Kafka reprochaba a un poeta de diecisiete años: “Usted se limita a acariciar las cosas cuando de lo que se trata es de agarrarlas”. Albiac el Estilita no hace ni una cosa ni otra: las aparta asqueado con el pie para que no le tapen y todo el mundo pueda verlo aupado en su taburete. ¡Qué solemnemente banal, Dios mío, es este hombre! Oigámosle, por ejemplo, en una columnita de título Crepusculares dioses (bien es verdad que podría haber dicho “dioses crepusculares”, pero sin este hipérbaton nadie lo hubiese reconocido): “Sólo entonces, mucha más conmoción de la que hubiera en el estruendo unísono de mil Hiroshimas estelares, más, mucho más amargo que un océano de lágrimas y su ulular de aullidos. Sólo entonces. En el desierto infinito de los inmortales”. Entonces, ¿cuando? Incluso para las experiencias más altas o más duras (el amor, la guerra, la muerte) estas metáforas tienen las mismas alas que una gallina. “El estruendo unísono de mil Hiroshimas estelares” es demasiado ruido para que lo oigamos; “el océano de lágrimas” recuerda sobre todo a una advocación mariana. ¿Y qué decir de “su ulular de aullidos”? Si hubiese sido ulular de viento o de lobos, al menos habría sido descriptivo. Pero “ulular de aullidos”… Ulular y aullar -se puede consultar un diccionario- son estrictamente sinónimos y decir “ulular de aullidos” es como decir “chillar de berridos” o -pongamos por caso- “explotar de estallidos”, un cacofónico pleonasmo que raya el oído. Pero entonces, “entonces”, ¿cuándo? ¿De qué nos habla con tanto aparato? ¿Quiénes son estos “crepusculares dioses”? Sigamos un poco más allá su camino: “Sé que ha llegado la hora de ser viejo. De otros será el mundo que viene. Yo ya sólo hablaré de lo sin vida: ‘reinar, danzar en un laberinto/vivir mil años en un parpadeo’. El mal que viene ahora no es el mío”. Tanto desasosiego, tanto fúnebre rebato, todo este mal que se avecina, ¿dónde encuentra su fuente? Entonces, ¿cuando? ¿Por qué hablar sólo de “lo sin vida”? Ya sé que es díficil de creer, pero Albiac el Estilita está refiriéndose, con todos estos tropos apocalípticos, al… cambio de moneda en España; está cantando, en registro de cisne moribundo, su “abominación del euro”. Mientras una gran parte de los ciudadanos se siente sencillamente ilusionada o incómoda y otros analizan las consecuencias económicas de la moneda común en el marco de la economía mundial y convocan protestas contra la Europa de los mercaderes, Gabriel Albiac (“porque lo obvio siempre es mentira”) es el único en columbrar la verdad oculta en el acontecimiento: ¡Dios mío, se hace viejo! Su dulce mundo antiguo de majestuosas, intensas, rubias pesetas, ¡ya no es más que ceniza y polvo, polvo y ceniza! Todo el estilo de Albiac pivota sobre el hipérbaton, que le enseñaron de niño que es un recurso importante para un rimador; sobre una puntuación sumarísima (cuyo taconazo se oye retumbar entre mandato y mandato) y sobre la terrible desproporción que su ojo percibe siempre entre la importancia de las cosas y la importancia de sí mismo. El Estilita no puntúa las frases; las apuntilla, las ejecuta, las etiqueta.

Nunca toma las cosas como son; las eleva una y otra vez, con lastimeras imágenes y pedantes citas fuera de contexto, hasta la cima de su narcisismo. Cuando a una frase se le hace eso, inevitablemente tiene que llorar. ¿Por qué el ambidiestro y rojigualda diario de P.J. publica dos veces por semana el testamento de Albiac? “Todo fue pesadilla. Todo. Incluso lo que un día pareció tan bello: la revolución, el comunismo, la voladura de la horrenda grisura cotidiana.

Hemos sido una generación de mierda.

Nuestra única belleza es la de saberlo. Y no arrepentirnos de nada. Lo único grandioso ha sido nuestro modo abismal de equivocarnos”. No equivocarse, en efecto, hubiese sido mucho menos abismal, mucho menos grandioso, mucho menos bello; y es por eso que su “generación de mierda” es inconmensurablemente superior a todas las anteriores y a todas las venideras, que nunca podrán equivocarse tanto.

“Los años van borrando lo accesorio. Queda, al fin, en la memoria poca cosa. Lo que importa.

Casi nada”. ¿Qué queda? Reflectores, redoble de tambores, silencio. ¿Qué queda? “Quedan los Beatles”. Y todo en este estilo; Albiac ha inventado el telégrafo metafísico, la frase enferma de la próstata que orina a trompicones su melancolía, la marcha militar de las gacelas. Tantas bengalas para iluminar tan sólo un lobanillo.

Mientras escribo estas líneas, entra en la habitación mi hija Lucía, de nueve años, en cuyo criterio literario tengo una gran confianza. Le leo los “estruendos unísonos”, los “océanos de lágrimas”, el “ulular de aullidos” y “el desierto infinito de los inmortales”; su veredicto es inmediato y tajante: “¡Qué cursi!”. Me pregunta quién lo ha escrito y de qué trata y, cuando se entera de que es un epicedio para el Entierro de la Peseta, entonces la pobre no entiende nada.

“Ah, es un chiste”. No, no es un chiste. De uno de sus personajes decía Chesterton que “era lo contrario de un poeta; es decir, un esteta”. Nuestro Estilita es un esteta y los estetas, como los provincianos de Pessoa, carecen de sentido del humor. Las dos palabras que más se repiten en las columnas de Albiac son “todo” (“todo es pesadilla. Todo”) y “nada” (“nada es la muerte”, “un hombre sólo es libre cuando… pasa a no ser. Nada”, “No queda nada”, “Nunca pensé que la escritura sirva para nada”). Todos somos un poco estetas al salir de la infancia, cuando flotamos sin hacer pie entre las cosas y los hombres; pero algo muy grave tiene que ocurrir para que uno se quede colgado en su propio autismo, porque es muy banal, muy felizmente vulgar, lo que habitualmente nos saca de ahí. Albiac identifica, como Hegel, Nada y Todo; y la Unidad de la Nada y el Todo es el propio Albiac, la autorrealización publicitada de sus ciclos menstruales y sus manías, la absolutización literaria de sus humores, sus veleidades y sus jaquecas. ¿Cómo va a reírse el Estilita de nada si todo lo real es Albiac y sólo Albiac es real? Pero esta es precisamente, como sabemos, la estructura de la neurosis. En una ocasión, Rosa Chacel recibió en su casa del Paseo de la Habana de Madrid a un joven de diecisiete años que acudía a la maestra en busca de comprensión espiritual en un mundo de almas groseras y sensibilidad embotada. El joven habló durante dos horas, en tono atormentado, de cuestiones muy aéreas, citó a Spinoza, a Borges y a Pascal, demostró la vanidad de la existencia y la exactitud de los insomnios; y entre tanto la anciana Chacel le contemplaba en silencio, con la mano bajo el mentón y una sonrisita de caballo sarcástico apenas apuntada en los labios. Cuando terminó de hablar, el joven la miró satisfecho de las fórmulas que había encontrado para expresar su malestar metafísico, esperando compasión o admiración o, por lo menos, alguna frase que conservar en su memoria. Y en cambio la anciana Chacel lo que le dio fue una solución: “Dime”, dijo con brutal naturalidad, “¿Has tenido ya relaciones sexuales?”. Las neurosis tienen ese límite:

sucumben al primer contacto con un objeto realmente exterior e independiente. Cuando uno se ha acostado con alguien, con algo, la grieta entre la Nada y el Todo se llena de cosas; y entonces uno se puede dedicar a estudiar o a divertirse (o a estudiar y divertirse), lo que sólo es posible allí donde hemos accedido a reconocer -como se dice de la ONU con un nuevo país- la existencia del mundo. Albiac no se ha acostado con nada; jamás ha estado ni encima ni debajo de nada real; nunca ha “agarrado” -como quería Kafka- una cosa, ni con las Manos ni con la Lengua. Sus maullantes, lloronas y grandilocuentes frases demuestran que lo más erótico que ha penetrado en su jaula es esa versión onanista, nefasta, hegeliana y autocomplaciente de lo que Marx llamaba -para nombrar otra cosa- “subsunción real” (pero uno siente entre náuseas la delicuescencia que Albiac experimenta dejándose blandamente “subsumir”). Nada que estudiar, nada que tocar, nada que contar: sólo Todo. Allí donde no hay cosas, hay desierto; y en ese desierto, la figura del Estilita se yergue sobre su columna corintia, proclamando bajo el cielo, como Qohelet, la vana vanidad de todas las cosas.

¿Cuántos adolescentes que de mayores querían ser escritores vienen escribiendo mejor que él, desde hace un millón de años, esta misma declaración patéticamente presuntuosa? “Nunca pensé -no pensaré nunca, creo, salvo acabar más tonto de lo que he previsto- que la escritura sirva para nada. Por eso escribo. Para dejar constancia de lo incurable. Una cierta vergüenza se me entrevera siempre con ese acto, que sé el de un privilegiado. Y que sé vacío. La vanidad de algo en lo que no hay más que angustia me ha sido siempre misteriosa. Y ajena”.

Nada nada nada, yo yo yo. Imposible confesar más claramente cuánta vanidad -y sólo vanidad- admite este desierto. Nada sirve para nada y todo sirve para lo mismo: el privilegio de que el diario ambidiestro y rojigualda le pague para exhibir su ropa interior en el tendedero público.

Eso es algo, todo, suficiente al menos para seguir siendo la garrapata que se aferra -con todas sus mandíbulas- a la posibilidad de seguir negando, mientras chupa, el sentido (!mamma mia, qué infantil!) de la vida.

Las consecuencias políticas de este estilo -esta neurosis- vienen de suyo. De este esteticismo estéril y narcisita se desprenden al menos dos rasgos ideológicamente muy familiares para todos los que han sido castigados, en este siglo y en el pasado, por pretender un mundo menos injusto.

El primero de ellos cristaliza en la fascinación por la muerte, el culto a la violencia y la legitimación de la fuerza. Esta escuela tiene nombres más grandes que el suyo (de Nietzsche a Sharon, de Sorel a Hitler, de Cleón a Jose Antonio), pero a pequeña escala reproduce los mismos síntomas. En Chiapas o en Palestina, los vencidos se lo merecen por su “incompetencia militar”; porque “no supieron vencer”. Lo que quiere decir Albiac lo expusieron muy claramente ya los atenienses, durante la guerra del Peloponeso, en el famoso y terrible diálogo de Melos, la víspera de una matanza: “Porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan”. Y si no lo aceptan, entonces el dolor, la muerte, la ruina son sólo culpa suya.

“Haber sido más fuerte”, reprocha el Estilita al caído inerme; “haber sido más fuerte”, golpea con el pie calzado Albiac el cuerpo de la víctima. No importa la causa de la desproporción de fuerzas ni si oculta una desproporción inversa de razón y de justicia. Hay que inclinarse, respetar, admirar, legitimar al vencedor. Contra Sócrates, Albiac toma el partido de Calicles y defiende la “naturaleza”, a la que las leyes de “los más débiles y los más feos” intentan poner límites. Así, nadie en nuestro país ha ido tan lejos como él en la defensa de los crímenes de Israel, en la justificación de la agresión salvaje contra Irak o en la llamada, en nombre del mititarismo más primitivo, a bombardear Afganistán (ver, por ejemplo, su columnita Almas tan delicadas).

Quizás alguien pueda pensar que lo que ocurre es que, en virtud de una banal contra- proyección freudiana, Albiac no perdona a los que no se rinden, a los que no se han rendido, como se ha rendido él. De esta rendición ha querido hacer un monumento, un privilegio, una marca de clase, e incluso para eso le ha sobrado estilo. Pero no creo que haya que sondear tan abajo: Albiac se siente cómodo, satisfecho, agradecido de pertenecer -aunque sólo sea de refilón y como mucama- a la “pandilla”; y dispuesto a todo para defender su paga (en capital simbólico y dinerario). Al Estilita nada le gusta. No es verdad. Una cosa sí le gusta: violar muertos. Un día a Marx, otras a Sartre, casi siempre a Spinoza. ¿La diferencia entre “poder” y “potencia”? Este amante de la guillotina y de Armstrong, de los helicópteros Apache y de Sunion, la utiliza para ser abstractamente un rebelde y concretamente un mercenario. Es la “coartada de la garrapata”: llamar “poder” a la “potencia” de los que se le oponen o no se rinden y “potencia” a su propio “poder” o al que comparte con los ambidiestros y rojigualdas a los que sirve.

La segunda consecuencia política de su estilo, indisociable de la primera, tiene que ver con su aristocratismo. El esteta, al contrario que el poeta, sólo se acerca a las cosas -y siempre a la distancia del espejo- en las que puede reflejarse o reconocerse. Esta distancia es siempre, al mismo tiempo, una distinción y un desprecio; y sedimenta en ciertos objetos de alta cultura concebidos como un marchamo de raza. Que “la única Casablanca que existe” sea “la Casablanca de Bogart” significa desdeñar olímpicamente la suerte de los ahogados de las pateras y de los torturados y desaparecidos de Hassan II; que “lo único que se puede hacer en la India” sea “encerrarse en el Sheraton a leer a Kipling”, significa renunciar a investigar las miserias sociales y las maravillas antropológicas de la India (y renunciar, de paso, a llegar algún día a escribir como Kipling, quien nunca hubiese escrito Kim de haber seguido los consejos del Estilita y haberse metido en un bungalow, protegido por la armada, a leerse a sí mismo). Albiac desprecia a todo el mundo: a los que cantan en la calle, a los que luchan en las selvas, a los que celebran la Navidad, a los que hacen regalos el día de Reyes, a los padres biológicos, a los que no nacieron a tiempo de luchar contra el franquismo, a los que nunca han estado en París, a los que no han leído a Epicuro, a los amantes de la ópera, a los que viajan, a las marujas, a los estudiantes… Despreciar es siempre complacerse en algo aleatorio como si fuese un destino; afirmar una identidad. Despreciar, como Albiac, en nombre de “la épica y la estética” es además muy peligroso (para los otros). Ese camino se ha recorrido también muchas veces en el pasado siglo y todos conocemos sus consecuencias, medidas en horror humano y abyección moral. Albiac se desliza cada vez más deprisa por ese carril. La admiración de la fuerza y el militarismo, asociada a la defensa de un estilo, se manifiesta siempre en las formas más bajas de empirismo, como alofobia y racismo (y como exterminio virtual de toda diferencia). No es extraño tampoco, pues, que ningún otro intelectual haya llegado en este país tan lejos como Albiac (aparte Blas Piñar) en la descalificación racista de todo lo que no le gusta o amenaza sus intereses. Ya hemos visto su pataleta golpista del lunes contra Chávez. Pero no es la primera vez ni será la última: tampoco le gustaba el rostro “agitanado y simiesco” de Daniel Ortega ni el “aceitoso tercermundismo” de los zapatistas ni, naturalmente, la irracionalidad pre- humana de los musulmanes (ver Racionalistas o monos).

A lo largo de mi fatigoso, disgustado recorrido por las columnas de Gabriel Albiac, muchas veces me he preguntado quién se ocultaría detrás de ese nombre (que me parecía, a todas luces, un pseudónimo). ¿Un hijo adolescente de P.J. Ramírez? ¿Un muñeco de guante de Interior? ¿Un agente a sueldo de la Mosad? Excluidas por diferentes motivos estas tres posibilidades, he acabado por concluir que en realidad Albiac no existe.

Puede existir un hombre malo e inteligente, como Sharon; un hombre malo y tonto, como Bush; un hombre bueno y tonto, como casi todos nosotros; puede existir también un hombre tonto y que razone hasta el límite, como Kant; o un hombre inteligente y que, en cambio, no razone, como Savater; un hombre malo y que escriba bien, como Cela; un hombre bueno y que escriba mal, como Gala. Las combinaciones son tan ricas como los tipos humanos. Pero un hombre al mismo tiempo malo, tonto, que no razone y escriba tan mal es una combinación que no puede cuajar; es biológica, ontológicamente imposible.

A Albiac le conviene no existir. Porque si pudiese demostrar su existencia y el Tribunal Internacional se pusiera finalmente en marcha, quizás acabase sentado en el banquillo por negacionismo, colaboracionismo, exaltación de la violencia, xenofobia y racismo.

Nos conviene que no exista. Porque si se demuestra su existencia y los malos tiempos que se avecinan le dan un mínimo de cancha, puede que sea él el que acabe encarcelando o gaseando a todos los tontos, los buenos, los negros, los moros, los indígenas y, en definitiva, a todos los que no son rubios, altos y arios como él. Firmado también por: Carlos Fernández Liria y Montserrat Galcerán

Origen: Albiac: la pataleta de un golpista

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