Alfred Rosenberg: Diarios 1934-1944

DIARIOS

Alfred Rosenberg: Diarios 1934-1944

Domingo 17 de enero de 2016, 17:00h

Edición a cargo de Jürgen Matthäus y Frank Bajohr. Traducción de Lara Cortés Fernández, Teófilo de Lozoya Elzdurdía, Isabel Romero Reche y Alicia Valero Martín. Crítica. Barcelona, 2015. 769 páginas. 29’90 €. Por Jordi Canal 

Los diarios de los mandatarios y políticos constituyen unos materiales de enorme utilidad para reconstruir y comprender el pasado. La perspectiva subjetiva contribuye poderosamente al avance indispensable hacia una imposible objetividad. Para la época del nazismo, en concreto, si bien es cierto que contamos con numerosos diarios de personas que entonces vivieron -o padecieron-, los dirigentes del Tercer Reich, en particular, no se prodigaron en este género. Las armas no dejaban demasiado espacio a las plumas. Contamos únicamente con los textos de Joseph Goebbels, el histriónico ministro de Propaganda; del ideólogo y ministro para los Territorios ocupados del Este, Alfred Rosenberg; del gobernador Hans Frank, o, asimismo, de Heinrich Himmler, pese a que en este caso se trate más de calendarios anotados que de auténticos diarios. 

Del segundo de ellos acaba de aparecer precisamente en España una edición completa y primorosamente anotada de sus diarios -completada con algunos otros interesantes documentos del propio autor- entre los años 1934 y 1944.
Alfred Rosenberg, de familia germano-báltica, nació en 1893 en la actual capital de Estonia y se instaló en Alemania en 1918. Pronto destacó como autor de textos antisemitas y anticomunistas -en 1920 vio la luz La huella del judío a lo largo de la historia- y miembro del NSDAP. 

Algunos de sus escritos inspiraron pasajes del famoso Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler, con el que colaboró estrechamente desde el principio. En cualquier caso, el libro más famoso de Rosenberg se publicó en 1930 y, en algo más de dos lustros, se vendieron un millón de ejemplares: El mito del siglo XX. Fue uno de los textos de referencia del nazismo, en el que se formulaba una frontal oposición entre alemanes y judíos a partir de las categorías de “raza” y “anti-raza”. 

Diputado en el Reichstag desde 1930 y experto en política exterior, estuvo al frente en 1940 de la oficina que organizó el saqueo sistemático de las colecciones de arte, bibliotecas y otros bienes judíos y, al año siguiente, del Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía. Su activa participación en la planificación del ataque a la URSS le propulsó, en 1941, en la carrera hacia las altas instancias del poder nazi. Hitler le nombró ministro para los Territorios ocupados del Este, un cargo desde el que participó desde la primera línea en la denominada “guerra de exterminio” nazi. Guardó fidelidad a Hitler hasta el final y fue juzgado en Núremberg en 1946 y ejecutado.
Los diarios muestran a un Alfred Rosenberg de asentados fuertes principios ideológicos, pero que combina con notables dosis de pragmatismo político. El antijudaísmo y el anti-bolchevismo están permanentemente presentes en sus reflexiones -a mediados de 1936 apuntaba que “sigo enfureciéndome cada vez que pienso en lo que ese pueblo parásito judío le ha hecho a Alemania”-, así como el anticristianismo y una actitud crítica hacia la Iglesia y el Vaticano. Los comentarios sobre política exterior merecen ser especialmente destacados. No son nada infrecuentes en las páginas de los diarios los ataques a otros dirigentes nazis, en especial, al “foco de pus” Goebbels y al “idiota” Ribbentrop, que se combinan con la reverencia y lealtad a Hitler, incluso cuando algunas decisiones no eran de su agrado -el pacto con Stalin de 1939, por ejemplo-. Las tensiones en la cúpula nazi estaban a la orden del día y inexorablemente compleja era la estructura del Reich, lo que conducía a frecuentes conflictos competenciales. 

Rosenberg tuvo un papel fundamental en las políticas de exterminio en el este de Europa y en el Holocausto, tanto desde un punto de vista ideológico como en la más pura de las prácticas. Como se ha escrito sobre el personaje, fue un auténtico “criminal por convicción”.

En los diarios de Rosenberg hallamos algunos interesantes comentarios sobre la España de la época. Las anotaciones de agosto y septiembre de 1936 responden bien a la simpatía hacia los alzados, pero combinada con la mirada crítica del personaje sobre la Iglesia y el catolicismo vaticanista. En sus apuntes del 23 de agosto, con alusiones a Francisco Franco y a José Antonio Primo de Rivera, podemos leer: 

“En España, el general Franco no quiere saber nada de antisemitismo. No está claro si por respeto a los judíos marroquíes, que tienen que pagar diligentemente, o porque todavía no ha comprendido que hoy en día el judaísmo se está vengando de Isabel y Fernando. Hace un año, el joven Primo de Rivera vino a visitarme. Un tipo inteligente y claro: católico (pero no clerical), nacionalista (pero no dinástico). Tampoco él se pronunció sobre la cuestión judía. Ojalá el delirio asesino de los judíos no se salga con la suya. Es comprensible que los españoles sientan rabia hacia la iglesia, que ha embrutecido y explotado a su pueblo y lo ha consolado con la promesa del cielo. Ahora, el bolchevismo judío está azuzando esta lógica rabia para sus propios intereses. Si los generales ganan, ¿sabrán distanciarse de la iglesia?”.

 Seis días después, anotaba Rosenberg: 

“La iglesia de Roma es la principal culpable del desamparo de España. Por eso, asisto a la tragedia española con sentimientos contradictorios. Si el clericalismo acaba venciendo, se vengará de un modo infame. Si los generales vencen, espero que sean capaces de comprender las necesidades de nuestra época y mantengan el catolicismo de su pueblo -porque el catolicismo es la religión nacional de los españoles y los italianos- pero aparten para siempre a los sacerdotes del estado y del gobierno popular.”

Un mes después, el 26 de septiembre, tras consignar los esfuerzos de Franco por evitar una guerra de trincheras y antes de reconocer la necesidad de una reforma agraria en España -los principales propietarios deberían ceder la mitad de sus tierras en aras de anular una de las causas principales que habían conducido a la “revolución”-, el dirigente nacional-socialista dedicaba los comentarios siguientes a las tensiones que se vivían en el interior del campo sublevado: 

“Los carlistas están obligados a asistir diariamente a misa y se pasean por ahí con un montón de amuletos colgados; ¡hasta los burros llevan imágenes de Cristo alrededor del cuello! En cambio, los falangistas atraen cada vez a más personas y Franco los ayuda considerablemente. Por tanto, hay que dar por descontado que después de la victoria se desencadenará una lucha, lo que supone que será necesario apoyar a Franco con todos los medios posibles si queremos evitar que España viva otros treinta años de dominio eclesiástico y se repita la situación actual o el país acabe pudriéndose.”

Estamos, en definitiva, ante unos diarios que, a pesar de no constituir un portento por lo que a la escritura se refiere -como bien escriben los editores, Rosenberg los llevaba para sí mismo, no pensando en que sus textos pudieran ser leídos por otros-, ni presentar una clara regularidad en las anotaciones, resultan de gran interés para entender mejor acontecimientos y procesos, ideas y proyectos, y, sobre todo, el funcionamiento y tensiones en la cúpula rectora del régimen nacional-socialista.
Fuente: el imparcial

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