Manipulación del lenguaje: Sexo, hombre, mujer, familia – Begoña García

 

Sexo, hombre, mujer, familia:

Algunos términos en desuso en la ideología de género

Begoña García Zapata
Doctora en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid.
Profesora de Lengua y Literatura en el Colegio Orvalle.

INTRODUCCIÓN:  LA TRANSMISIÓN DE IDEAS A TRAVÉS DEL LENGUAJE

 

«El que sabe algo», opinaban los griegos «sabe decirlo». A simple vista podría ser sólo una crítica a los malos maestros, pero se trata una afirmación mucho más profunda si tenemos en cuenta la importancia de la palabra como vehículo de comunicación.

Las palabras no son  indiferentes

También es una idea clásica la de identificar el nombre que se da a las cosas con las cosas mismas y, aunque esta noción esté superada, no podemos perder de vista la trascendencia que tiene el elegir una palabra u otra para nombrar algo. Optando por determinada palabra revelamos nuestra interpretación sobre el objeto al que se refiere  Y aunque esa interpretación nuestra sobre él no cambie su esencia, sin embargo sí afecta decisivamente al  mensaje que transmitimos.

Así, no es indiferente el uso de una palabra u otra cuando ambas pretenden referirse a lo mismo, pues o se trata de sinónimos absolutos, como cuando se dice, por ejemplo, que una palabra es «llana» o «aguda», o sus connotaciones serán diversas. Es imprescindible por lo tanto, para entender el mensaje, saber exactamente a qué nos estamos refiriendo, pues el examinar de cuántas maneras se dice algo, es útil para la claridad «en efecto, uno sabrá mejor qué propone el otro, una vez se ha puesto en claro de cuántas maneras se dice» (Aristóteles, Top, 108a18).

Y si la elección de un término u otro acarrea una diferente interpretación del objeto al que pretenden referirse ambos, concluimos que, como advirtió Juan Pablo II en la Carta Apostólica El rápido desarrollo, «la comunicación es un acto moral» (2004, párr. 13) ya que está implicada la verdad, sobre todo cuando de lo que se está hablando afecta a cuestiones relacionadas con la persona y su dignidad y puede tergiversarse.

El poder persuasivo del lenguaje

Se ha podido comprobar, en distintos momentos cruciales de la historia, el poder que el elocuente puede llegar a tener, pues siempre los esclavos, los pobres, etc., son mudos, mientras que el hombre que habla domina la situación, es libre, soberano, legislador (Fries, 1940, p. 43). Por eso es conveniente que ese poder de la elocuencia sea ejercido con rectitud, al modo del antiguo vir bonus dicendi peritus -un hombre bueno experto en el hablar-, tal y como Catón el Viejo aconsejaba a su hijo que debía ser un buen orador, porque, de lo contrario, el receptor del mensaje podría verse perjudicado. Quien emplea la palabra para lograr exclusivamente sus objetivos personales es un orador-manipulador que se vale de su capacidad oratoria, de los medios de comunicación a su alcance, para engañar o sugestionar al que lo escucha. “Cuántos han engañado y engañan a cuántos y en cuántas cosas», dice Gorgias, uno de los fundadores de las primeras escuelas de Retórica en la antigua Grecia, en su Encomio a Helena «con la exposición hábil de un razonamiento erróneo» (párr. 10-11).

De hecho es sobradamente conocido el poder que la palabra ejerce, utilizada eficazmente, sobre los que escuchan, «especialmente en los casos en que está en condiciones de influir de tal modo en la conciencia de los hombres que, no obstante la existencia de verdades contrapuestas y de un sistema de hechos totalmente distintos al utilizado por la manipulación, logre que se comporten de un modo que no se adecua a la situación social objetiva y real» (Klaus, 1979, p. 201). No podemos olvidar los demasiado cercanos ejemplos de la oratoria nazi perfectamente perfilada por el futuro ministro de propaganda del régimen, que lograron llevar al gobierno a Hitler tras unas elecciones y mantenerlo en él a pesar de los crímenes que se cometieron.

Ahora bien, nada tiene de reprochable el usar sagazmente el lenguaje si con ello se logra persuadir de lo verdadero al que escucha, buscando no sólo el beneficio propio, sino también el suyo, y nunca a costa de anular su inteligencia. Es decir, que intentar persuadir de la verdad, dejando libre al otro para adherirse a ella o no, es radicalmente distinto a imponerle «mi» verdad sin darle herramientas para discernir. La cultura sin libertad es propaganda; y la educación sin libertad es manipulación.

Se tratará a continuación de descubrir algunos de los mecanismos de manipulación hoy en vigor en la llamada ideología de género sin dejar de lado sencillas técnicas para refutarlos. Se pretende en primer lugar analizar argumentaciones y a continuación destacar cómo algunas palabras son sistemáticamente utilizadas en detrimento de otras. Sin entrar en consideraciones de carácter filosófico, teológico, etc., que serán abordadas en otros capítulos, se busca dejar al descubierto cómo se emplea el lenguaje. No olvidemos que el feminismo radical no puede fácilmente vender sus ideas a la mayoría de las mujeres, por lo que evitan la confrontación directa prefiriendo cambiar el significado de las palabras, aunque «el envoltorio puede ser diferente, pero los contenidos siguen siendo igual de inaceptables» (O’Leary, 2006, Introducción, párr. 2).

TÉCNICAS ARGUMENTATIVAS DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Aristóteles advertía que, cuando queremos hablar de algo, tenemos a nuestra disposición un «depósito» de argumentos ajenos al asunto central utilizables en cualquier ocasión (Ret, 14 14a3 1). La moralidad de dichos argumentos, tomados aisladamente, resulta indiferente. Todo dependerá por lo tanto de cuál sea el asunto central del que pretendemos persuadir a los demás. Puesto que no es éste el lugar para hacer una enumeración pormenorizada de argumentos clásicos, ni de su uso en distintos tipos de discurso, sólo se citarán aquí los que se observan con más frecuencia en las manifestaciones de los ideólogos de género.

Los contrarios

Sin duda, la exposición argumental basada en la contraposición de ideas responde plenamente a la finalidad del persuadir, puesto que presenta «un esquema binario, propio de una percepción primaria y primitiva de la realidad, con asociaciones positivas y negativas, buenas y malas» (Del Rey Morató, 1989, p. 143): el receptor queda convencido de la bondad y la conveniencia de la propia causa y rechaza la contraria.

Uno de los argumentos más comunes en la técnica de la persuasión es por lo tanto el basado en «la idea de los contrarios» (Aristóteles, Ret, 1397a 20; Cicerón, Top, IX.47; Quintiliano, 10, V.10.77). Es éste un argumento de ida y vuelta, porque se puede defender y refutar una idea y su contraria -cuántas veces se habrá podido objetar al ateo, por ejemplo, que la no existencia de Dios es tan poco demostrable empíricamente como su existencia-, pero sin embargo suele resultar bastante convincente porque se aparenta una gran firmeza. Es precisamente éste uno de los argumentos más utilizados por el marxismo, con el que la ideología de género tiene tanto en común, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta su visión maniquea de la existencia y la sociedad. La historia desde el punto de vista marxista es una lucha de clases: señores contra siervos, patrón contra asalariado, propietario contra desposeído, opresor contra oprimido. La aportación del primer feminismo a esta ideología marxista fue la lucha de hombre contra mujer. Ya Engels, citando a Marx, afirmó que «la familia encierra, in miniature, todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado» (1981 Trad., vol. 3, p. 247). Las feministas de género pretenden ir más allá que los marxistas tradicionales al considerar que más que con la distinción entre clases económicas, hay que acabar con el privilegio masculino sobre el femenino eliminando la distinción de sexos misma (Firestone, 1970, p. 10). Tras la oposición hombre-mujer aparece la oposición entre la realidad y el inmanentismo: sólo existe lo que yo siento, lo demás son imposiciones culturales.

Se usa aquí el argumento de los contrarios en sentido negativo, es decir, intentando eliminarlos: las diferencias entre nombre y mujer se limitan a las exclusivamente biológicas que, además, no distinguen solamente dos sexos, sino muchas orientaciones sexuales. Se niega así la noción de persona como hombre y mujer, de manera que uno nace hombre pero puede sentirse mujer o nace mujer pero puede sentirse hombre, dando esto un número impreciso de posibles combinaciones entre las que están el heterosexual masculino, la heterosexual femenina, el homosexual masculino, la homosexual femenina, el bisexual, el indiferenciado. Las únicas dos opciones existentes desde el punto de vista genético según todas las pruebas científicas, se han convertido en cinco o seis, pero o se es hombre o se es mujer; no hay nada intermedio. De cuántas maneras puede ser algo es un argumento muy usado desde siempre (Aristóteles, Ret, 1398a29).Pero también es muy común, para obligar a alguien a aceptar una idea, «inquirir sobre ella poniéndola al lado de su contraria» (Aristóteles, RF, 174b1).

Pero también es muy común, para obligar a alguien a aceptar una idea, “inquirir sobre ella poniéndola al lado de su contraria” (Aristótels, RF 174 b1) En diferentes momentos se extiende Aristóteles sobre este aspecto, pero siempre partiendo de la base de que «es imposible que la misma cosa sea contraria de sí misma» (Cat, 6a9) y, especialmente, de que «de los contrarios en los que no hay ningún intermedio es necesario que uno u otro se dé siempre en aquellas cosas en las que surge por naturaleza o de las cuales se predica: en efecto, no hay ningún intermedio entre aquellos de los que uno u otro es necesario que se dé en la cosa capaz de admitirlos, como en el caso de la enfermedad y la salud, y lo impar y  lo par» (Cat, 12b28-32).

Este argumento además apoya la idea de que hombre y mujer no son contrarios, sino más bien las dos caras de una misma y única moneda. Por si no lo hubiéramos advertido nosotros mismos, el propio Aristóteles pone como ejemplo el siguiente: «Si tal entidad es hombre, no será más o menos hombre, ni con respecto a sí mismo ni con respecto a otro» (Cat, 3b38). Un argumento para manipular mejor es el de pretender interpretar en clave de igualdad lo que no lo es, como si se dice que «cinco es dos y tres, y por tanto es par e impar y lo mayor es igual: pues es igual de grande y algo más» (Aristóteles, RF, 166a34).

Obligarnos a aceptar una idea, insistiendo sobre ella poniéndole al lado su contraria, es, por lo tanto, una táctica muy estudiada: se ha llegado incluso a propugnar una nueva religión en la que no se adorara a Dios, sino a Sophia, la diosa: una religión en la que desaparece la figura masculina como salvadora. Encontramos sin embargo en la Iglesia Católica defensas de la mujer como la que hace el Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, cuyo aniversario celebramos: «… aquella “plenitud de gracia” concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a ser Theotókos, significa al mismo tiempo la plenitud de la perfección de lo “que es característico de la mujer”, de “lo que es femenino”» (párr. 5).

 

Las divisiones

Se recomienda, cuando hay que hacer una división (Aristóteles, Re!, 1398a30; Cicerón, Top, V.28; De Orat, 11.39; 11.165; Quintiliano, JO, V.10.55), hacerla en tres. Los políticos que abusan de la división estableciendo en sus argumentos cuatro o más partes, se encuentran con que su público, aburrido o perdido, deja de prestarles atención. Las divisiones, antes aludidas, de los distintos tipos de orientación sexual que proponen las feministas de género, llegan a caer en el absurdo, y habría que resaltar que una de las tácticas de las argumentaciones falsas es, precisamente, dividir lo que es compuesto (Aristóteles, Ret, 1401a25).

 

Las causas

Otro argumento falso es presentar como causa lo que no lo es (Aristóteles, Ret, 140 1b20). Que algo suceda después de algo no significa que se produzca a causa de ello. Si se quiere atacar a la Iglesia, por ejemplo, en este contexto de género se suele decir que el cristianismo es uno de los principales causantes de todos los males de las mujeres, enumerando todos los problemas sociales que ellas tienen. Por mucho que dichos problemas sean reales y se hayan dado también en los veintiún siglos de la era cristiana, no significa que se hayan producido a causa del cristianismo, como es fácil de entender. Juan Pablo II, de nuevo en la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, aclara el verdadero sentido de la dignidad de la mujer a partir de Cristo: «Al comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret. Se trata de un signo indicativo de que “en Jesucristo no hay ni hombre ni mujer” (Gálatas, 3, 28). En El la contraposición recíproca entre el hombre y la mujer -como herencia del pecado original- esta esencialmente superada. “Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, escribe el Apóstol» (párr. 11). También explica en esta misma Carta el lenguaje bíblico que atribuye a Dios tanto cualidades masculinas como femeninas.

Lo preferible

Sobre lo que es preferible hay multitud de argumentos para convencer, y todos ellos podrían utilizarse para refutar los postulados de la ideología de género: es preferible lo más duradero y estable; lo que prefiera el hombre prudente y bueno; lo general que afecta a la mayoría; lo que es deseable por sí mismo que lo que lo es por otra cosa; lo bueno sin más que lo bueno para alguien; lo que se da por naturaleza; lo que se da en lo mejor; lo relativo a la finalidad de la vida; lo posible a lo imposible; lo que tiene un fin mejor; lo más bello y loable en sí; lo que tiene consecuencias mejores; lo más útil; lo más próximo al bien; incluso lo más difícil (Aristóteles, Top, 1 16a15).

De todos estos argumentos, el más adecuado para refutar la ideología de género es el de que es preferible lo que se da por naturaleza: las diferencias entre mujer y varón no son malas, sino que les enriquecen mutuamente.

Igualmente, al constatar que la agenda de la nueva perspectiva de género, más que intentar defender los intereses de las mujeres, trata de impulsar las reivindicaciones homosexuales, cabría decir que es preferible lo que afecta a la mayoría que lo que beneficia a unos pocos

Además, estadísticas conocidas y experiencias comunes certifican que el matrimonio -uno con una- es más duradero y estable que cualquier unión de hecho y por lo tanto es preferible.

 

Las definiciones 

Uno de los principales argumentos es el ataque a las definiciones y conceptos establecidos por el contrario (Aristóteles, Top, 111b13; Rhet. Her, 1.12.21; Cicerón, Orat, 33.116-117). Tenemos experiencia de que «la limitación de nuestra inteligencia exige pulir los conceptos, advirtiendo los distintos matices con que deben aplicarse, para que así reflejen adecuadamente los objetos significados» (Sanguineti, 1985, p. 69), por lo que nos resultará útil descubrir algunos de los defectos de las definiciones «de género»:

a) Definir con lo que no siempre acompaña (Aristóteles, Top, 131a26): por ejemplo, los que ven las diferencias de clases y de sexos, como origen de los problemas, consideran que «diferente» es sinónimo de «opresor» (O’Leary, s.f, p. 26).

b) Explicar sin haber definido qué es (Aristóteles, Top, 132a10): en la base de toda ideología de tendencia dialéctica, como se verá más adelante, se encuentra la no conveniencia de explicar con claridad los conceptos que se manejan, porque eso facilita el convencer al receptor de una idea que no llega a entender plenamente pero que se le presenta de algún modo atractiva.

c) Definir con algo opuesto (Aristóteles, Top, 131a14): ya hemos visto el uso de las ideas contrarias a las que se recurre en casi todas las argumentaciones.

d) Definir a partir de cosas suprimibles (Aristóteles, Top, 140a23): en la ideología de género lo suprimible constituye una larga lista de conceptos y realidades que van desde el sexo, el hombre, la mujer, la familia, la maternidad y muchos más. Una de las claves de su argumentación, de hecho, se basa en la supresión, como se verá más adelante.

Y sobre los errores en la definición destaca Aristóteles como uno especialmente grave el de no colocar un objeto en su género (Top, 142b20), aspecto que en la ideología de género se traduce en una negación incluso de la diferencia sexual biológica, que es sustituida por un sentimiento subjetivo. Yendo más allá de la oposición entre hombre y mujer de las primeras feministas, ahora lo que se pretende es que no exista esta dualidad en la persona: los hombres no tendrían privilegios masculinos si no hubiera hombres y las mujeres no serían oprimidas si no existiese la mujer

Ante cualquier estratagema de este tipo en las definiciones, cabe objetar que no se entiende; destapar la ambigüedad de lo esgrimido; reclamar explicaciones coherentes (Aristóteles, Top, 160a22; RF, 172b2 1). También hay que estudiar en cada caso si todas o la mayoría de las cosas en las que se basa la conclusión son falsas o no plausibles (Aristóteles, Top, 161b20), y no hay que mostrarse de acuerdo sin más si lo dicho no está claro (Aristóteles, RF, 176b7), insistiendo en descubrir las diferencias entre los conceptos (Aristóteles, Top, 107b37).

El tiempo

La alusión al tiempo de diversas formas también es un argumento estudiado por los teóricos clásicos (Aristóteles, Ret, 1397b30; Cat, 14a26; Rhet. Her, 11.3150): comparar lo que era antes y lo que es ahora; decir que si antes era así, también ahora debe serlo o, más habitualmente, decir que lo que antes era así, ahora no debe ser así, etc. Este argumento se da cada vez que se comparan situaciones pasadas con la actual.

O también cuando se preludia un futuro mejor: por ejemplo, cuando se dice que «las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la injerencia de la sociedad» (Engels, 1981 vol. 1, p. 96) uno puede llegar a pensar que hoy en día «la sociedad» se mete en los dormitorios aunque nadie se lo hubiera planteado antes. Difícilmente el receptor medio pensará en ningún tipo de control de la natalidad o en los llamados «derechos reproductivos», que son los que realmente se esconden tras esta afirmación de Engels.

En esta línea de los futuribles, cuando las feministas radicales de género hablan de su sociedad sin clases de sexo, aluden a que, por ejemplo, los hombres y las mujeres participarán en número aproximadamente igual en todas las esferas de la vida, tanto las del cuidado de los niños como las de la política o cualquier tipo de trabajo asalariado. Un futuro de cuotas, sin duda.

El consensus de la opinión pública

Otro argumento usual es decir que algo es universalmente aceptado, como si eso, en el caso de que fuera cierto, constituyera una razón indiscutible (Aristóteles, Top, 156b5; Quintiliano, lO, V.3.1). Hoy, de hecho, parece que los más grandes artistas de la humanidad han sido homosexuales; en casi todas las series de televisión aparece una pareja de gays o lesbianas que, además, suelen ser los más simpáticos y tolerantes; los homosexuales suelen ser ricos, famosos, exitosos, incluso rodeados de mujeres -o de hombres, sí son lesbianas.

Esta manera de enfocar la discusión, como si su opción fuera masivamente compartida, es una manera de hacer desaparecer dicha discusión. El receptor, simplemente, se queda sin palabras y, o bien se muestra falto de argumentos propios, o bien renuncia a defenderlos si es que los tiene, esperando «tiempos mejores», que pueden traducirse en cambios posibles en los órganos de gobierno de un país, por ejemplo. Así, lo que sucede es simplemente que nos encontramos ante una verdadera guerra ideológica en la que uno de los dos bandos no lucha.

Lo absoluto

Hay otro argumento falso que consiste en decir algo en términos absolutos, sin dejar lugar para la discusión (Aristóteles, Ret, 1402a3): «La mujer está oprimida»; «mi cuerpo es mío», «nosotras parimos, nosotras decidimos»Y esto no sólo en eslóganes, sino en cualquier otro contexto. Véase, por ejemplo, esta afirmación: «La diversidad de orientaciones sexuales, constatable en la realidad social y reconocida en el ámbito jurídico español, es raramente tratada por el sistema educativo» (Comisión de Educación del Colectivo de gays y lesbianas de Madrid [COGAM 1999, p. 1)

En esta misma línea que trata de dejar sin palabras al adversario está el lugar común de la alusión a los argumentos de autoridad, siempre aconsejados desde los primeros tiempos de la Retórica, y sacados de algún personaje importante, de los antepasados, etc. (Rhet. Her, 11.3 0.48). Las fuentes de las que beben los ideólogos de género son algunas teorías marxistas y estructuralistas -F. Engels fue el primero en relacionar marxismo y feminismo-; los más conocidos representantes de la llamada «revolución sexual» -Wilhelm Reich y Herbert Marcuse-; el existencialismo ateo de Simone de Beauvoir -«¡No naces mujer, te hacen mujer!»- y los estudios socio-culturales de la feminista radical Margaret Mead (Burggraf, 2007, La ideología de gender, párr. 4).

El argumento basado en lo absoluto debe ser reconocido para poder defenderse: «… me niego a creer que todas mis antepasadas y mujeres del mundo habían sido tan estúpidas para dejarse esclavizar y abusar, o que todos los hombres del mundo eran tan inteligentes que habían sido capaces de crear esa colosal conspiración. Conozco a demasiadas mujeres inteligentes» (O’Leary, 2006, Comprender el dolor, párr. 1).

Las intenciones

Una técnica de manipulación entendida como tal por el mismo Aristóteles es la de no dejar claro lo que se pretende conseguir en la discusión (Top, L56b5). ¿Quién habla hoy de la cantidad de dinero que hay detrás del lobby homosexual? ¿Se explica a quiénes interesa la campaña a favor del uso de preservativos? ¿Dónde se pretende llegar eliminando la propiedad privada, legalizando el divorcio, el aborto y la eutanasia, viendo como normal que se tengan hijos fuera del matrimonio, forzando a la mujer a trabajar también fuera de casa dejando a los niños al cuidado de extraños, eliminando del sistema de enseñanza las materias de humanidades y la religión y sustituyéndolas por asignaturas de adoctrinamiento ideológico? Y todo esto se suele hacer aparentando indiferencia, como si no se pretendiese lo que e se pretende (Aristóteles, RE, 174a16). Según los clásicos, do el manipulador hace esto, hay que poner al descubierto las opiniones e intenciones ocultas (Aristóteles, RF, 173a4; Rhet.Her. II.2.3).

Es curioso, por ejemplo, que el negar la posibilidad de que la mujer pueda quedarse en casa cuidando de sus hijos, se deba a que las feministas de género están seguras de que, si esta opción existiese, «demasiadas mujeres se decidirían por ella» (Hoff Sommers, 1994, p. 257). Las mujeres que «sólo» se dedican al cuidado de su familia -que sí las hay y muchas-, son presentadas con un estereotipo negativo, porque lo que interesa no es reconocer la realidad social de la mujer sino llana y simplemente anular lo femenino y lo masculino como condiciones de la naturaleza humana.

Si algo podemos tener claro de esta ideología de género es su poder económico, ya que toda ella ha nacido en los países desarrollados del llamado «Primer Mundo». De hecho, es desde ellos desde donde, en nombre de la supuesta «superpoblación» de la Tierra, se aplica en los países más pobres una política de control de la natalidad, sin plantearse medidas de mayor justicia en el reparto de los bienes entre norte y sur.

La maldad del adversario

Muy utilizado en procesos judiciales, el tópico de las malas acciones del adversario se puede utilizar como contraste de las propias buenas intenciones o la bondad intrínseca del propio argumento (Aristóteles, Ret. 1415a28 Rhet. Al, 1436b10; 1441b17; 1445a49). Las feministas de género acostumbran a «demonizar» sobre todo la religión y la familia. Argumentos contra esta última serán comentados más adelante. La religión es, según dicen, la causa principal de la opresión de la mujer, tachando de «fundamentalistas» a los creyentes de cualquier religión que no esté de acuerdo con el feminismo de género, especialmente el cristianismo. Por supuesto, si ya lo es el sexo, mucho más la religión será un invento humano y, más concretamente, masculino.

Y las buenas intenciones propias no se pueden descuidar a la hora de convencer. De hecho, las feministas de género suelen hacer alarde de su papel de salvadoras de la mujer esclavizada y de los jóvenes homosexuales atemorizados por la sociedad. Por ejemplo, en COGAM (1999, p. 1), una «unidad didáctica» para docentes, con el fin de explicar a los adolescentes la llamada orientación homosexual, se puede leer esta advertencia firmada por el Defensor del Menor: «Este material debe integrarse dentro de otro más amplio referente a otros tipos de sexualidad».

Sobre todo se trata de que nadie piense que uno no es dialogante, aunque no se explique quién va a preparar ese otro material más amplio. Y en la introducción de esa misma publicación se dice lo siguiente: «Para respetar la diversidad no hay nada tan importante como desmontar los prejuicios y conocer en qué consisten las diferencias. Por ello se ha diseñado esta guía docente en 25 preguntas claras y sencillas, con respuestas precisas en un lenguaje coloquial. Con ella se pretende que los educadores se acerquen a una realidad que a menudo ellos mismos desconocen y, así, también puedan transmitirla a su alumnado.

Tal vez si esa cadena ya no vuelve a romperse y el respeto y la tolerancia se universalizan, en un futuro no muy lejano nadie sufrirá por ser distinto». Más adelante se recomienda a los docentes que ayuden a los alumnos homosexuales a reconocer públicamente su orientación: «Hay que procurar que los jóvenes lo lleven a cabo en un ambiente de libertad y confianza que les permita desarrollar su personalidad y autoestima sin que éstas se vean dañadas por experiencias traumáticas» (p. 18)

 

La igualdad y la equidad

El argumento basado en la igualdad es constante en los discursos políticos (Rhet. Al, 1424b21) y el de la equidad y la justicia, en los judiciales (Lanfranchi, 1938, pp. 95-96).

Aquí la igualdad es la del hombre y la mujer, pero sin atender a las diferencias, que sólo son biológicas. De esta manera se tiende a una progresiva masculinización de la mujer, que pretende así lograr sus propósitos con mayor celeridad, aunque para eso tenga que renunciar a sí misma. Toda señal que destaque la feminidad se identifica como un símbolo de esclavitud, tanto en el vestir como en el conversar o cualquier otra actitud externa o interna.

Es paradójico que a la vez existan ciertas modas femeninas que convierten a la mujer en un mero objeto de deseo. De hecho, suelen molestarse las feministas tanto por las muestras de admiración y respeto hacia la mujer como por las actitudes contrarias puesto que lo que se quiere evitar es el diferenciarse (O’ Leary , s.f., p. 16). Sin embargo, «la mujer -en nombre de la liberación del “dominio” del hombre- no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia “originalidad” femenina. Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a “realizarse” y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial» (Juan Pablo II, 1988, párr. 10).

Para concluir, se puede decir que, en general, es más fácil refutar que establecer (Aristóteles, Top, 154a25), por lo que siempre el que ataca, aunque sea en falso, tiende a parecer el más razonable. En este sentido es conocido el refrán español «calumnia, que algo queda», y ya es sabido lo que cuesta restituir la reputación a quien ha sido acusado de un delito que no ha cometido. Las feministas de género acusan a la Iglesia, a la familia, al hombre, de oprimir y maltratar a la mujer. Un receptor poco informado, sorprendido por la insistencia y lo insólito del mensaje, por el poder del canal utilizado -no olvidemos quiénes tienen el monopolio de muchos medios de comunicación- y por la demagogia del emisor, llegará a pensar que, si tanto se dice, algo de verdad habrá. Pero se equivoca, y es papel de quien no se deja engañar explicárselo.

No basta decir solamente la verdad, sino que hay que llegar a mostrar la causa de la falsedad. Acusar en falso, formular a modo de conclusión lo que no ha sido concluido (Aristóteles, Ret, 1401a3), montar argumentaciones dialécticas en el aire sin objeciones reales o aparentes es, de nuevo según Aristóteles, «actuar de mala fe {…] y la mala fe en las argumentaciones es destructora del razonamiento» (Top, 160b1). Aquí, de nuevo, vendría a cuento otro refrán español: «Antes se coge a un mentiroso que a un cojo». O, mejor todavía, la conocida advertencia de la Madre Teresa de que la persona más peligrosa es la mentirosa.

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO A PARTIR DE SU VOCABULARIO:  

TÉRMINOS USUALES Y OMITIDOS

«Los dialécticos han de guardarse bien de algo como discutir en relación al nombre» (Top, 108a35): esta afirmación de Aristóteles tiene una fácil explicación, pues si se pretende manipular, la mejor arma para conseguirlo es la utilización de un lenguaje ambiguo que haga parecer razonables los nuevos presupuestos éticos. En el fondo, los receptores no discuten porque no entienden bien el mensaje. No le interesará por lo tanto al manipulador, jamás, explicar lo que significan los conceptos que utiliza. Si pensamos en las polémicas que están surgiendo en torno al feminismo radical de género, siempre son los contrarios a él los que insisten en clarificar los términos empleados o en no eliminar determinadas palabras.

No olvidemos, por ejemplo, las discusiones sobre si llamar «matrimonio» o no a las uniones de homosexuales. Así pues, es bueno primero recordar a los ideólogos de género que no se debe jugar con los conceptos y segundo y mejor todavía estudiar los que ellos utilizan para no caer en trampas dialécticas; solamente «en las tiranías extra o preclásicas, en la prehistoria o al frente de una horda no ha sido nunca preciso explicar nada» (Fontán, 1974, p. 10).

Es de nuevo Aristóteles el que recomienda que «encontrar las diferencias es útil para los razonamientos acerca de lo idéntico y lo distinto, y para distinguir qué es cada cosa» (Top, 108b1). A continuación es esto precisamente lo que se va a tratar de hacer, dejando a la vista los mecanismos de manipulación a través del vocabulario que con más frecuencia utilizan los ideólogos de género.

Sobre la manera de llamar a las cosas, que es lo que ahora nos ocupa, han estudiado los teóricos clásicos diversas técnicas de confundir. Casi todas ellas giran en torno a eliminar palabras o a utilizar las mismas palabras pero con significado distinto, pues estas dos maneras de tergiversar el lenguaje hacen imposible seguir expresando los mismos conceptos de antes. Se trata, como lo llaman los nuevos estudiosos de la «antilengua», de un «uso babélico de las palabras». Advierten los clásicos sobre los nombres que se dicen de varias maneras (Aristóteles, Top, 129b30) aconsejando examinar con cuidado los términos contradictorios (Aristóteles, Ret, 1400a15; Cicerón, Top, 111.11; IV.21; Quintiliano, 10, V.10.74). Éstos son algunos de los procedimientos que podemos encontrar en los discursos de la ideología de género:

Inventar nuevos nombres para las cosas
(Aristóteles, Top, 157a30)

 

Inventar nuevos nombres para las cosas no es necesariamente agregar neologismos al lenguaje, sino que sobre todo lo que se hace es aplicar a una realidad un nombre que antes estaba reservado para designar otra

 

a) Sexo y género (Burggraf, 2007)

Este es el ejemplo clave, en la ideología de género, de la técnica de reinventar un nombre que antes aludía a otra realidad. Es bueno, ante estas tácticas, acudir a lo opuesto (Aristóteles, RS, 179a15). Es decir, empecemos a hablar de «género» una vez que hayamos dejado claro qué entendemos por sexo.

La palabra «sexo» hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), mientras que el término «género» proviene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Cuando, como hacen las feministas de género, se aplica el término género para distinguir sexos, se pretende que las diferencias entre varón y mujer no correspondan, excepto las obvias diferencias morfológicas, a una naturaleza dada, sino que sean meras construcciones culturales hechas según roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos. En los idiomas en los que no se dispone de dos palabras diferentes (sexo y género), se suele hablar de sexo biológico y sexo psicosocial.

Se ha aducido en alguna ocasión, como excusa, que el uso de la palabra género se introdujo en la IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer en Pekín, en 1995, debido a que en inglés el término sexo no era unívoco, es decir, que sex indica no sólo el sexo, sino que también se refiere a la propia actividad sexual e incluso a los órganos sexuales. Es decir, que el cambio de término se debió ni más ni menos que a un mero asunto de cortesía.

Pero la verdad es que en aquella ocasión la ONU definió «género» como «lo que se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo», definición que quedó aclarada más tarde de la siguiente manera: «El sentido del término “género” ha evolucionado, diferenciándose de la palabra “sexo” para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio». Obviamente, el sexo nunca podría haber estado sujeto a dicho cambio, de ahí la necesidad de reinventar el término. La idea que pretendían transmitir es que si no existe una esencia masculina o femenina se puede llegar a cuestionar si existe una forma natural de sexualidad humana.

La verdadera razón es por lo tanto que si el «género» es una construcción radicalmente distinta del «sexo», se convierte en un artificio libre de ataduras, por lo que la identidad genérica podría adaptarse indefinidamente a distintos propósitos, correspondiendo a cada individuo elegir libremente el tipo de género al que le gustaría pertenecer, en las diversas situaciones y etapas de su vida.

b) Matrimonio y parejas homosexuales

En este mundo de multitud de opciones sexuales, las parejas homosexuales reivindican su derecho a ser reconocidas como matrimonio, lo que resulta una paradoja si se tiene en cuenta el poco aprecio que en la ideología de género se tiene por esta institución. En este contexto se pretende poder adoptar niños, lo que sería una de las opciones reproductivas innovadoras en la nueva sociedad sin sexos. Pero el hijo no es un derecho, y el niño debe «nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño.

Así se prepara también a los más pequeños a abrirse confiadamente a la vida y a la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción», como ya advirtió Juan Pablo II, delante del nuevo embajador de España ante la Santa Sede (2004, párr. 4). Si no fuera por la gravedad del asunto, produciría hilaridad pensar en el «progenitor uno» y el «progenitor dos» que quedan reflejados en los libros de familia de las legalizadas parejas homosexuales cuando adoptan un niño.

c)     Otros ejemplos ya más conocidos, por ser más antiguos, son el del aborto como «interrupción voluntaria del embarazo» o la eutanasia y «el derecho a una muerte digna».

d) Por último, resulta curioso comprobar que hay palabras mil veces repetidas, que han pasado al acervo léxico de cualquier hablante medio, y que, sin embargo, no eran contempladas en el Diccionario de uso del español de María Moliner en su edición de 1997, por lo que las incluimos en este apartado. En este sentido véanse, por ejemplo: «rol», «machismo»,«sexismo» o «fundamentalismo».

Homónimos

Dice Aristóteles que  los  «homónimos son útiles para el sofista pues en ellos basa sus  fraudes» (Ret, 1405a39). La ideología de género es una ideología de homónimos, no porque sean utilizados, sino porque en su empeño por cambiar la terminación genérica a sustantivos que son comunes en cuanto al género, les da categoría de homónimos. Los homónimos son palabras que, siendo iguales, tienen distinto significado si varía su género -por ejemplo, «el/la editorial», «el/la frente», «el/la cólera», «el/la corte», «el/la coma». Sobre ellos han opinado los teóricos clásicos en distintas ocasiones (Aristóteles, Top, 139b24-28; Quintiliano, 10, VII.9.2).

Si las feministas radicales se empeñan en llamar, por ejemplo, «conserja» a una mujer que trabaja como conserje, la palabra «conserje», que servía tanto para el masculino como para el femenino simplemente poniéndole el artículo «el» o «la», es decir, que era común en cuanto al género, se convierte en una palabra interpretada como homónima, esto es, que no significa lo mismo según el artículo que la acompañe y, por lo tanto, para expresar su femenino, uno se ve obligado a cambiar su terminación.

Palabras compuestas

El abuso de los compuestos suele ser unos de los motivos de la esterilidad de la expresión. (Aristóteles, Ret, 1405b35). Estos, entre otros, son los más utilizados:

a) Homofobia u «odio al hombre»: es el nombre que se da a las conductas de condena o rechazo de la homosexualidad. Según los ideólogos de género, es definida por los psicólogos como un miedo irracional y persistente a la homosexualidad, y tiene como consecuencias la violencia física y los chistes en los que se insulta a los homosexuales, que quedan con la autoestima destrozada (COGAM, 1999, p. 15).

b) Heterosexismo o «actitud del que sólo considera la opción heterosexual»: «Se transmite sutilmente en la sociedad, más con lo que se oculta que con lo que se dice. E…] Silencio que se traduce en un fuerte sentimiento de soledad para lesbianas y gays» (COGAM, 1999, p. 16).

c) Polimorfo, referido a «sexualmente polimorfo»: indica que el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera, y no a personas del sexo opuesto por naturaleza.

Palabras inusitadas  (Aristóteles, Ret, 1406a6) o no habituales (Aristóteles, Top, 140a3)

Aparte de los ya citados nuevos nombres, distinguimos aquí expresiones que aún resultan extrañas al oído del receptor:

a) De-construcción: el gradual cambio cultural que pretenden conseguir los promotores de la ideología de género es la llamada «de-construcción» de la sociedad, especialmente en lo que respecta a la familia y la educación de los hijos. El nuevo mundo que surja de esta «de- construcción» incluirá otros géneros junto al masculino y femenino. Se trata de persuadir a la gente de que sus percepciones de la realidad son construcciones sociales.

b) Presunción universal de heterosexualidad: en la ideología de género se llama así a la actitud de quien no tiene en cuenta que puede haber homosexuales delante y cuenta chistes que les pueden ofender o les impone normas heterosexuales.

c) Libre elección de reproducción: lo que realmente esconde esta expresión es la posibilidad del aborto libre.

Repeticiones

                                                                                                                                    Llamar a las cosas como hace la mayoría (Aristóteles, Top, 1 10a15) o repetir la misma palabra muchas veces (Aristóteles, Top, 130a30; Demetrio, De eloc, 5.267) son técnicas que buscan el asentimiento de la masa social. Ambas aluden al hecho de la reiteración de ciertos términos.

Una palabra repetida puede sustituir, en muchos casos, a una larga argumentación, pues «la repetición constante es uno de los recursos principales para la incidencia en la conciencia de las masas populares» (Klaus, 1979, p. 360). Estas son algunas de las palabras que repiten más los ideólogos de género y los conceptos a los que se refieren dichas palabras, que, como se verá, suelen ser «reinterpretaciones» de sus significados (Moliner, 1997):

a) Prejuicio: «Juicio que se tiene formado sobre una cosa antes de conocerla. Generalmente, tiene sentido peyorativo, significando “idea preconcebida” que desvía del juicio exacto”. En la ideología de género son “las ideas de los otros”

b) Frustración: Acción de «no dar el resultado buscado o esperado un trabajo, un esfuerzo, etc. No cumplirse las esperanzas, los deseos, las ilusiones, etc., de alguien». En la ideología de género es, concretando, «el sentimiento que produce no lograr que se reconozcan públicamente las reivindicaciones homosexuales con la naturalidad de considerarlas como una opción más».

c) Pareja: «Par de personas o animales». En la ideología de género es «la persona con la que convives sin que medie el compromiso matrimonial».

d) Tolerancia: Acción de «consentir. No oponerse quien tiene autoridad o poder para ello a cierta cosa. No oponerse, por abandono, a las extralimitaciones de alguien». En la ideología de género la acepción que más se acerca al significado habitual es la segunda, es decir, que si no dejas de lado tus principios morales eres un intolerante.

e) Sectarismo: Actitud del sectario, «el que sigue fanáticamente una doctrina». En la ideología de género los sectarios, siempre, son «los otros». Será fanático o sectario por lo tanto quien defienda algo contrario a los postulados de género.

f) Talante: «Actitud o disposición de ánimo buena o mala en que una persona está para tratar con ella». En la ideología de género se ha convertido en un valor universal, sinónimo de diálogo, comprensión, liberalidad, simpatía, hacia no importa qué.

g) Tabú: «Cualquier prohibición supersticiosa o fundada en prejuicios o en preocupaciones irracionales de alguien». En la ideología de género es «toda cuestión relacionada con las orientaciones homosexuales».

h) Discriminación: Acción de «diferenciar, discernir, distinguir, apreciar dos cosas como distintas o como desiguales. Dar trato de inferioridad en una colectividad a ciertos miembros de ella». En la ideología de género es la «situación de la mujer esposa y madre».

i) Liberación: Acción de «poner en libertad. Dejar a alguien libre de una carga u obligación». En la ideología de género es liberar de la obligación de parir y criar a los hijos.

j) Hegemonía: «Supremacía ejercida por alguien o algo entre otros u otras cosas». En la ideología de género, «ideas aceptadas universalmente como naturales, pero que en realidad son construcciones sociales».

k) Patriarcal: «Se aplica al sistema o procedimientos en que las relaciones entre los que mandan o dirigen y los dirigidos tienen algo de familiar y no son puramente reglamentistas e impersonales». En la ideología de género, se aplica a «la institucionalización del control masculino sobre la mujer, los hijos y la sociedad, que perpetúa la posición subordinada de la mujer».

l) Estereotipo: «Gesto, expresión, actitud, etc., que se adoptan formalmente y no son expresión de un sentimiento efectivo». En la ideología de género, estereotipos son, una vez más, «las ideas y actitudes de los otros».

Sustitución por nombres desconocidos

(Aristóteles, Top, 149a5)

No obedece al azar el hecho de sustituir una palabra por otra. En la ideología de género es éste un mecanismo lingüístico constante, de forma que se pretende que haya términos que lleguen a caer en desuso. Es algo parecido a lo que se ha observado arriba cuando se inventan -se descubren- palabras nuevas para nombrar algo, como sucede con «sexo» y «género». Existían antes ambas, pero sus connotaciones estaban diferenciadas.

De todas formas, es de destacar que la mayoría de las veces este cambio paulatino que se va introduciendo en el lenguaje es una transformación «dulce», realmente bien elaborada, para no despertar sensibilidades dormidas ni sospechas.

Sirvan como ejemplo la cantidad de acciones que pueden esconderse tras los «derechos reproductivos»: abortar, esterilizarse, inseminarse una lesbiana, alquilar una madre un homosexual, congelar embriones…Es recomendable siempre, y sólo esta afirmación podría valer como conclusión, estudiar con detenimiento los nombres que se dan a las cosas (Aristóteles, Ret, 1400b16; Cicerón, Top, VIII.35; Quintiliano, 10, X.30-31).

En esta línea, es curioso observar los conceptos que se tienden a omitir en la ideología de género por responder a realidades que se pretenden eliminar de la sociedad, y por cuáles se suelen sustituir, además de lo ya comentado sobre el «sexo» y el «género». En los casos más significativos se explica la etimología de la palabra, cuyo conocimiento siempre resulta clarificador (Calvet, 1996):
a) Naturaleza sustituida por discriminación

La «naturaleza», como «ser intrínsecamente y por esencia así», es rechazada por la ideología de género: «La humanidad ha comenzado a sobrepasar a la naturaleza; ya no podemos justificar la continuación de un sistema discriminatorio de clases por sexos sobre la base de sus orígenes en la Naturaleza» (Firestone, 1970, 10).

b) Matrimonio sustituido por pareja

El matrimonio es una realidad tan radical, tan «fuerte», de entrega y servicio mutuos, que en esta sociedad de hoy en día, que se aterroriza ante el compromiso -porque no sabe que ejercer la libertad es crear lazos-, no es fácil que encuentre muchos adeptos. Sin embargo, «en la “unidad de los dos” el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que son llamados también a existir recíprocamente, “el uno para el otro”» (Juan Pablo II, 1988, párr. 7). Si se destierra del horizonte personal la idea de la fidelidad, uno 0pta por la «pareja», que demanda menos esfuerzo aunque, a la vez, también te ofrece bastante menos.

«Matrimonio» viene de la raíz indoeuropea *matr («madre»), pasando por el latín mater y matrix («hembra preñada» y «tronco que da brotes», que da obviamente «matriz»).

c) Maternidad sustituida por «rol»

Se diga lo que se diga, la constitución psico-física de la mujer muestra una disposición natural para la maternidad. Todo lo que se sale de este cauce es ciencia ficción. El hecho del embarazo y posterior nacimiento implica para la madre un verdadero don de sí misma: es verdad que el ser padres pertenece a los dos, pero «es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es “la que paga” directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma (… ) Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se .está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre -no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general-, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer (…)

La maternidad de la mujer, en sentido biofísico, manifiesta una aparente pasividad: el proceso de formación de una nueva vida “tiene lugar” en ella, en su organismo, implicándolo profundamente. Al mismo tiempo, la maternidad bajo el aspecto personal-ético expresa una creatividad muy importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad de la nueva criatura» (Juan Pablo II, 1988, párr. 18).

El «rol» se relaciona con el papel que representa un actor en el teatro, por lo que trasmite la sensación de algo artificialmente impuesto a la persona. La mujer que tiene un hijo no estaría representando el papel de madre, sino que sería una madre. La cultura influye en los modos de ser responsable de la maternidad, pero no crea madres (O’Leary, s.f., pp. 20-2 1). La maternidad es por lo tanto en la mujer un «don», nunca un «rol».

d) Heterosexualidad sustituida por «opción heterosexual».

Puesto que la heterosexualidad deja de ser obligatoria, se convierte en uno de los varios casos posibles de práctica sexual. Ni siquiera es necesaria para la procreación, puesto que en una sociedad «más imaginativa» como la que se propugna, se practican otras técnicas para la reproducción biológica (Harmann, 1981, p. 16).

e)  Procreación sustituida por «reproducción biológica».

Para eliminar las clases sexuales hace falta que la mujer se rebele y se haga dueña del control de la reproducción. Volverá a ser así dueña de su cuerpo y controlará la fertilidad humana: nuevas técnicas reproductivas, nacimiento y posterior cuidado de niños. Desaparece por lo tanto la procreación como fruto del amor entre un hombre y una mujer.

f)   Hombre sustituido por «género humano».

Es de esperar que ya no se pueda hablar de «hombre» y «mujer», puesto que eso sería una mentalidad puramente biologicista. Hay que referirse a las distintas orientaciones sexuales del «género humano», porque el ser humano nace sexual- mente neutral y sólo después es socializado en hombre o mujer. Pero la palabra «hombre» es más rechazada que «mujer». De hecho, es considerada como un término pequeño e injusto para denominar al «género humano» cuando se utiliza en sentido general.

La palabra «hombre» tiene un origen diferente en las lenguas románicas y en las germánicas. En las románicas está relacionada con la raíz indoeuropea *khem (tierra). El hombre  era el «terrestre» por oposición a Dios, el «celeste», y por eso está ligado al humus («tierra») y a la «humildad». El término latino horno designaba al conjunto de la especie humana, hombres y mujeres -los «terrestres»-, y más tarde se especializó para designar al sexo masculino. Ha dado en español hombre, en francés hornme, en italiano uorno y en portugués homen.

El latín, además de homo, tenía otro término que significaba «de sexo masculino», que era vir, procedente del indoeuropeo *wir (hombre), y que ha dado «viril», «virtud», «virtuoso» en español. En las lenguas germánicas «hombre» viene de la raíz indoeuropea *men (pensamiento), por lo que el inglés man, el alemán Mann y el danés mand están relacionados con mmd (espíritu). La pareja homo-vir (especie humana-hombre) existe aún en alemán (Mensch-Mann), pero en las lenguas románicas y en inglés ha desaparecido.

 g)   Mujer sustituida por «género humano».

«En el lenguaje bíblico este nombre indica identidad esencial con el hombre: ‘is-issah, cosa que por lo general, las lenguas modernas, desgraciadamente, no logran expresar. “Esta será llamada mujer (‘issah), porque del varón (‘is) ha sido tomada” (Génesis, 2, 25)» (Juan Pablo II, 1988, párr. 6).

Esta sustitución de «hombre» y «mujer» por «género humano» es absurda porque «… el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona toda la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios» (Juan Pablo II, 1988, párr. 6).

Esta es la etimología de mujer en las distintas lenguas de ámbito indoeuropeo:

  • De la raíz indoeuropea *dhé (mamar, chupar) vienen en latín felare (mamar) fémina (mujer y, en su origen, «quien amamanta»). De la misma raíz son fetus (embarazo, cría) y felix (que significaba en latín ni más ni menos que «fértil»). Hoy tenemos como derivada de esta raíz indoeuropea la «mujer» francesa, femme.
  • De la raíz latina mulier se derivan «mujer» en español, moglie en italiano y el préstamo español al francés mouquére.
  • De la raíz indoeuropea *dem-(«casa», «construcción») viene en latín domus (casa) y dominus (amo). Derivadas de éstas hay varias, como «domicilio», «dominio», «doméstico», y también «dama» y «doña» en español, dame en francés, donna en italiano y dona en portugués.
  • Mujer, en inglés, woman, es una alteración de wifeman (la mujer del hombre).
  • De la raíz indoeuropea *per- (adelante), que da en gótico fra- (procedente de), viene, además del from inglés (procedente de), la «mujer» en alemán: Frau (aquella de quien se procede).

h) Familia sustituida por «tipos de familias» o «comunidad».

En su afán por eliminar a la familia como célula de la sociedad, los ataques que ésta sufre por parte de los ideólogos de género son muy variados. Unos van dirigidos a la discriminación que supuestamente sufre la mujer en el entorno familiar, olvidando que el matrimonio tiene como condición para celebrarse el que hombre y mujer consientan en ello libremente, y otros se refieren a la nociva influencia en los hijos:

  • Las responsabilidades que la familia acarrea a la mujer serían las causantes de que ésta vea abortados sus proyectos profesionales.
  • La familia no sólo esclavizaría a la mujer, sino que condicionaría a los hijos desde el principio para que aceptasen como válida por naturaleza la institución familiar fruto del matrimonio y la maternidad.
  • Por ejemplo, se considera que, en la familia, a un adolescente que tuviera dudas sobre su «orientación sexual» no podría ayudársele: «La familia, por el momento, no suele ser terreno idóneo para clarificar esas dudas. Si la comunidad educativa también les cierra sus puertas van a desarrollar su identidad personal desde la frustración, la ignorancia y el miedo» (COGAM, 1999, p. 1).
  • La familia sería también la culpable de la represión que obliga a aceptar unos papeles o roles preestablecidos, especialmente el de que la mujer esté sometida al varón. La familia, según las feministas de género, es la que crea y apoya el sistema de clases de sexo.
  • No hay una sola forma de familia, la llamada «familia tradicional», sino que existen más posibilidades, según la conducta sexual de los miembros de esas «otras clases» de familia. No está de más, por lo tanto, en este contexto de «re-definición» de la familia, aportar una que podría suscribir cualquiera: «En todas las épocas y lugares del mundo, familia se puede definir como un hombre y una mujer unidos mediante un pacto matrimonial socialmente aprobado para regular la sexualidad, engendrar, criar y proteger niños, proporcionar cuidado y protección mutua, crear una pequeña economía doméstica y mantener la continuidad de las generaciones, las que vinieron antes y las que vendrán después» (Carlson, 1994, p. 3).

i) Virginidad sustituida por «soltería».

No se puede entender la virginidad sin comprender el Amor de Dios, por un lado, y el amor esponsal, de «don de sí mismo», por otro. Por eso no es de extrañar que para algunos sea difícil de asimilar. «En la virginidad entendida así se expresa el llamado radicalismo del evangelio: dejarlo todo y seguir a Cristo (cf.Mateo, 19,27), lo cual no puede compararse con el simple quedarse soltera o célibe, pues la virginidad no se limita únicamente al “no”, sino que contiene un profundo “si” en el orden esponsal: el entregarse por amor de un modo total e indiviso”(Juan Pablo II, 1998, párr.20).


Flexiones gramaticales semejantes.

Para finalizar sonriendo, la utilización de flexiones gramaticales semejantes como un argumento era considerada ridícula por Quintiliano (10, V.10.85), y suele ser, de hecho, la parte de las argumentaciones de género sobre la que más se ironiza. Juegan tanto con las palabras las feministas de género que ponen en bandeja esta posibilidad argumental de hacer chiste sobre lo dicho por el adversario (Cicerón, De orat, 11.60.244).

Se entiende por flexiones gramaticales todos aquellos cambios que la palabra puede aceptar. En español, las palabras variables son los sustantivos, pronombres, adjetivos, artículos y verbos. Una flexión gramatical es semejante cuando apenas se diferencia la palabra resultante de la original. Según las feministas de género, estas palabras se hacen necesarias desde el momento en el que la mujer debe ser nombrada reconociendo su papel en la vida privada y la pública: a medida que las mujeres se incorporan a situaciones sociales que antes tenían vedadas, la lengua debe emplear sus recursos de forma adecuada.

Se encuentran todo tipo de consejos para utilizar el lenguaje en este sentido en la ideología de género. Se agrupan a continuación todos los que se refieren a realizar pequeñas transformaciones en palabras y expresiones (Comisión Asesora sobre Lenguaje del Instituto de la Mujer, 2006):

a) La utilización de genéricos: la utilización del masculino para referirse a un grupo de mujeres o mixto es considerada como un hábito que esconde o invisibiiza a las mujeres, un uso que se deriva de un pensamiento androcéntrico que considera a los hombres como sujetos de referencia y a las mujeres seres dependientes o que viven en función de ellos.

Sin embargo, como existen palabras realmente genéricas que incluyen a los dos sexos, habría que tender a utilizarlas siempre: «la población», «el vecindario», «el ser humano», «la infancia», «el profesorado», «el personal médico», «las personas mayores», «el electorado», «la descendencia», etc., son términos que siempre hay que usar en lugar de «los habitantes», «los vecinos», «los hombres», «los niños», «los profesores», «los médicos», «los ancianos», «los electores», «los  descendientes”…

b) La utilización de abstractos: si no se conoce el sexo de las personas de las que se habla, es preferible sustituir por el término abstracto: «la asesoría» por «los asesores», «el funcionariado» por «los funcionarios», «la tutoría» por «los tutores», «la jefatura» por «los jefes». Se olvida el pequeño detalle de que tanto los genéricos como los abstractos también tienen género.

c) Sustituir la palabra hombre, cuando aparece en sentido universal como sujeto de la oración, por:

  • Verbo en primera persona del plural con sujeto omitido en lugar de «en la prehistoria el hombre vivía en cuevas», es mejor decir «en la prehistoria vivíamos en cuevas».
  • Forma impersonal del verbo con se: «en la prehistoria se vivía en cuevas».
  • Pronombres nos, «nuestro/a/os/as»: en lugar de «a los hombres les ha gustado siempre residir cerca de zonas de agua abundante», es mejor decir «a los seres humanos nos ha gustado siempre residir en zonas de agua abundante» o en lugar de «es bueno para el bienestar del hombre», es mejor decir «es bueno para nuestro bienestar».

d) Sustituir el masculino genérico por:

  • Verbo en segunda persona del singular (tú o usted): en lugar de «se recomienda a los usuarios de la tarjeta que la utilicen debidamente» es mejor decir «si usted usa una tarjeta…».
  • Verbo en primera persona del plural con sujeto omitido: «recomendamos que utilice su tarjeta…».
  • Verbo en tercera persona del singular precedido del pronombre «se»: «se recomienda un uso apropiado de la tarjeta».

e) Sustituir el pronombre personal «uno» en sentido general por:

  • Alguien, cualquiera, la persona, el ser humano: en lugar de «cuando uno se despierta por las mañanas…», es mejor decir «cuando alguien (o cualquiera o el ser humano o una persona) se despierta por las mañanas…».
  • Verbo en segunda persona del singular: «cuando te despiertas por las mañanas…».
  • Verbo en primera persona del plural con sujeto omitido: «cuando nos despertamos» o «al despertarnos».

f) Sustituir el, los, aquel, aquellos.., seguidos de pronombre relativo con sentido general por: quien, quienes, las personas que: en lugar de «el que sepa leer entre líneas» es mejor decir «quien (o la persona que) sepa leer entre líneas».

g) No nombrar jamás a las mujeres como dependientes, complementos, subalternas o propiedad del hombre: en lugar de «se organizarán actividades culturales para las esposas de los congresistas» es mejor decir «se organizarán actividades culturales para las personas que acompañan a las y los congresistas».

h) Evitar la «designación asimétrica» de mujeres y hombres: no referirse a una mujer soltera como «señorita», sino solamente como «señora», al igual que a los hombres se les llama «señor» independientemente de su estado civil.

i) Diferenciar el masculino y el femenino en titulaciones académicas o profesiones: ante esto, la Real Academia Española es favorable a la feminización de los títulos pero manteniendo inalterados los que por su terminación sirven tanto para el masculino como para el femenino. Está claro: por ejemplo, «maestro» debería cambiar su terminación en «o», propia del masculino, y decirse «maestra». Ciertamente resultaba extraño que una mujer presentara, por ejemplo, su título de «licenciado».

Sin embargo, hay palabras cuya terminación no es específica de ningún género gramatical y por lo tanto son válidas para hombres y mujeres por igual. No tiene sentido en estos casos convertir la palabra en femenina- o en masculina. En pro de un lenguaje «no sexista» se puede caer en lo ridículo con términos como «jueza», «cancillera», «testiga», etc. que podrían acabar dejando paso en el lenguaje popular a «astronauto», «mujera», «futbolisto», «burócrato», «soprana», «cantanto», «mártira», «bachillera»… y podríamos seguir.

Véase un ejemplo, al parecer real, tomado de una carta al director del diario El País (3-XII-2006): «Uno de sus dirigentes, hace ya algún tiempo, empezó su oratoria, ajeno a cualquier ironía, de la siguiente forma: “Compañeras y compañeros, nuestro mayor patrimonio somos nosotros y nosotras, cuadros y cuadras sindicales…

Ante esta situación, no es de extrañar la moda, cada vez más extendida, de marcar el género gramatical con @.

Es sabido, como recuerda F. Rodríguez Adrados (2004), que el más antiguo indoeuropeo, nuestra lengua madre, no tenía género, pero lo inventó hace aproximadamente cinco mil años, y está en casi todas las lenguas. Apoyado en el contexto, que es la manera habitual en que funcionan las lenguas, es muy raro que el género ofrezca ambigüedad.  Al parecer a Protágoras no le gustaba que hubiera masculinos en «a» y femeninos en «o», pero sus contemporáneos griegos no le hicieron ni caso.

Si nos paramos a pensarlo, todo este asunto de las palabras pretende que no se ignore la realidad femenina nombrándola con términos que aluden a otro sexo. Así las cosas, cabría objetar que, silos hombres y las mujeres son iguales, ¿por qué, entonces, ese empeño en nombrarlos con términos diferentes? Piden al lenguaje que nombre la diferencia sexual porque ésta ya está dada en el mundo y a la vez pretenden convencernos de que no existen las clases de sexos.

CONCLUSIÓN: HACIA UN SIGNIFICADO UNÍVOCO DE «GÉNERO»

Es muy difícil argumentar contra el feminismo de género porque no permite la alusión a la naturaleza, la razón, la experiencia, ios deseos de las propias mujeres, etc., ya que todo está socialmente construido (O’Leary, s.f., p. 37). Difícil pero no imposible.

Un primer paso es estudiar sus presupuestos.  Un segundo paso es gritar con la voz más alta posible los propios. Un tercer paso es no dar la batalla por perdida o desentenderse de ella. Cuando hace años se empezó a hablar del divorcio, el aborto, los métodos anticonceptivos, etc., la mayoría calló y quitó importancia, y hoy estamos donde estamos. Si se repite esa actitud, volveremos a ser vencidos en esta carrera de fondo y nuestra derrota se la encontrarán nuestros hijos.

Durante siglos, es cierto que las diferencias por razón de sexo han sido acentuadas desmesuradamente produciendo situaciones de gran discriminación para muchas mujeres, que eran consideradas como seres inferiores a los hombres y excluidas de la vida pública y de los estudios universitarios. En España, por ejemplo, es del 3 de mayo de 1975 la «ley de mayoría de edad de la mujer», que permitió por primera vez a las mujeres firmar cualquier tipo de documento sin necesitar el permiso de un varón. En el extremo opuesto a los defensores de la ideología de género se encuentran los que sostienen lo contrario, es decir, los que piensan que a cada sexo le corresponden unas funciones fijas e invariables en la historia.

Que pretendan convencernos los ideólogos de género de que quien no piense como ellos pertenece a este otro sector opuesto es pura demagogia, porque este segundo modelo social no es admitido desde el punto de vista teórico y jurídico en el mundo occidental. Sin embargo, sí es cierto que no está totalmente superado en ámbitos como el laboral (Burggraf, 2007, La ideología de gender, párr. 5). Los que creen que hombre y mujer tienen la misma naturaleza humana y en cierto sentido se complementan, no niegan por eso el papel de la cultura y la educación en la configuración de la persona como hombre o mujer.

«Servir» el hombre a la mujer y la mujer al hombre, con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera realeza del ser humano y «es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino» (Juan Pablo II, 1995, párr. 11).

Aunque es cierto que no se puede atribuir a sólo uno de los sexos ningún rasgo psicológico o espiritual, es constatable por cualquiera que hay características que se presentan más pronunciadas y frecuentes en los varones y otras en las mujeres. Es muy difícil establecer científicamente lo que es «típicamente masculino» o «típicamente femenino» porque biología y cultura están estrechamente entrelazadas desde el principio, pero está claro que varón y mujer experimentan, solucionan, sienten, planean y reaccionan de manera diferente, lo que tiene un fundamento sólido en la constitución biológica propia de cada uno.

Las diferencias naturales, lejos de ser algo negativo, enriquecen la vida humana (Castillo, 2003, p. 3). Sin embargo es recomendable no caer en «tópicos» demasiado manidos: hay hombres, por ejemplo, muy intuitivos, y mujeres, por decir algo, con gran capacidad de abstracción. Y se podría continuar con muchos más ejemplos.

«El “género” responde a un afán de autosuficiencia; la “sexualidad” sin embargo es una clara disposición hacia el otro» (Burggraf, 2007, Hacia una comprensión de la diferencia sexual, párr. 5), en una mutua subordinación amorosa en la que uno alcanza la felicidad cuando logra la felicidad del otro.

Lo biológico y lo cultural están unidos en la persona humana. La igualdad entre varón y mujer no anula las diferencias y a pesar de que las cualidades masculinas y femeninas pueden ser variables, la configuración natural de la persona como varón o mujer no puede ser anulada sin más si no es a costa de negar la propia naturaleza: «La ruptura con la biología no libera a la mujer, ni al varón; es más bien un camino que conduce a lo patológico» (Burggraf, 2007, Una relación adecuada entre sex y gender, párr.2).

Por último, la cultura nunca debe obstaculizar el progreso de un grupo de personas. Es preciso erradicar las injusticias contra las mujeres que todavía hoy existen en el mundo. «El término “género” puede aceptarse para describir los aspectos culturales que construyen las funciones del varón y de la mujer en la sociedad, aunque algunas de estas funciones no son fabricadas arbitrariamente, sino que tienen su raíz en la biología» (Burggraf, 2007, Una relación adecuada entre sex y gender, párr. 4).

Mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida pública y privada, y todo lo que se haga para conseguir esa meta se puede abordar bajo el concepto de «igualdad de género» siempre que esta igualdad incluya el derecho a ser diferentes y corresponsales en el trabajo y la familia.

La cuestión, para finalizar, la aclara el Papa Juan Pablo II:

«El texto bíblico proporciona bases suficientes para reconocer la igualdad esencial entre el hombre y la mujer desde el punto de vista de su humanidad. Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de los demás seres vivientes del mundo que los circundan. La mujer es otro “yo” en la humanidad común» (1988, párr. 6).

Hombre y mujer son, por lo tanto, la totalidad del humanum:

«”Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Génesis, 2,24). En esta profecía hay dos aspectos importantes: el eros está como enraizado en la naturaleza misma del hombre; Adán se pone a buscar y “abandona a su padre y a su madre” para unirse a su mujer; sólo ambos conjuntamente representan a la humanidad completa, se convierten en “una sola carne”. No menor importancia reviste el segundo aspecto: en una perspectiva fundada en la creación, el eros orienta al hombre hacia el matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y definitivo; así, y sólo así, se realiza su destino íntimo» (Benedicto XVI, 2005, párr. lib).

 

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Origen: Manipulación del lenguaje: Sexo, hombre, mujer, familia – Begoña García

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