El crimen que no ejecuté – Pio Moa

PREPUBLICACION / LOS CRIMENES DE LA GUERRA CIVIL

El crimen que no ejecuté

SU ANTERIOR libro, «Los mitos de la guerra civil», revolucionó la división simple entre buenos y malos. Pero Pío Moa tenía una deuda pendiente que contar: su participación en el asesinato de un policía, en 1975, por los «grapos». Se dijo que él lo remató con un martillo


PIO MOA

 POLÉMICO Y SUPERVENTAS. Luis Pío Moa, nacido en Vigo en 1948, fue dirigente del GRAPO antes de convertirse en historiador y escritor superventas. Ha querido posar en el Ateneo de Madrid «escoltado» por insignes escritores.CARLOS MIRALLES

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No sé si sabes que están haciendo circular por ahí, con el peor afán de perjudicarte, que en tus viejos tiempos le pegaste un martillazo en la cabeza a un policía muerto o moribundo -me comentó José Luis Gutiérrez, ex director de Diario 16-.

-Sí, algo de eso he leído de un tipejo (…) Creo que la cosa viene de un informe policial sobre la acción del 1 de octubre de 1975 cuando, como quizá recuerdes, el PCE(r) mató a cuatro policías en Madrid. Ésa es la acción de la que más tarde tomó nombre el GRAPO: «Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre». Según el informe, algunos testigos habían dicho que me habían visto golpear con un martillo a un policía a quien acababa de balear Fernando Cerdán, entonces el jefe de la sección técnica, es decir, la sección armada del PCE(r). A esa gente le importan un bledo las víctimas, sino sólo cómo pueden utilizarlas.En este caso las utilizan para replicar a Los mitos de la guerra civil (…).

Lo esencial está ya escrito en De un tiempo y de un país, sin citar nombres. Ahora lo contaré con detalle. Se trataba de replicar a las últimas cinco ejecuciones del franquismo, tres militantes del FRAP y dos de ETA (…).

La víspera del atentado, por la mañana, Cerdán y yo habíamos estado buscando una sucursal bancaria adecuada. La presencia de policías en esos establecimientos databa de poco tiempo atrás.Tradicionalmente estaban desprotegidos, pero el aumento de los atracos, no pocos de ellos realizados por grupos políticos, hizo que el Gobierno pusiera un policía armado de vigilancia en muchos establecimientos de Madrid. Descubrimos uno en la sucursal de Banesto de la Avenida del Mediterráneo. El local era alargado, con el servicio al público al fondo, en el lado contrario a la puerta. Cerca de ésta vimos al policía. La calle era ancha y de mucho tráfico, pero inmediatamente la cruzaba otra calle más estrecha que daba a otra cercana más o menos paralela a la avenida, por la que sería fácil huir. Un problema sería la hora, porque si la acción coincidía con el relevo, podría ocurrir que ninguno de nosotros saliera con vida. Por eso decidimos actuar todos los grupos poco después de que abrieran los bancos, hacia las 9.30. Cada grupo había localizado una sucursal distinta. Por la tarde robamos el coche, propiedad de alguna señora adinerada de Córdoba (¡qué le diría al pobre chófer!), y después nos fuimos a dormir, creo que a casa de Brotons.

La mañana siguiente, temprano, fuimos adonde estaba aparcado el coche, por el paseo de Extremadura, si no me falla la memoria.Ir a una acción así, por mucho que uno la crea necesaria, es algo inmensamente distinto de considerarla desde fuera o meramente ordenarla a otros. Hay una vaga sensación de miedo (¿Y si el policía reacciona con rapidez y los cazadores resultábamos cazados? ¿Y si había otro policía o militar en el local, por motivos particulares? ¿Y si coincidiese un vehículo policial por las cercanías? ), y además algo físico se revuelve dentro de uno ante la idea de quitar la vida a una persona deliberadamente. Claro que evitaba pensar mucho en todo ello.

EL POLICIA

La decisión estaba tomada y no había vuelta atrás. Pero seguía con esa sensación angustiosa, que tendrían también los otros, aunque ninguno hablara de ella. Dije: «Esperad un momento, que voy a mear». Y me metí en un bar, y de paso tomé un coñac de dos tragos. No me hizo el menor efecto.

Fuimos hasta el lugar designado y paramos en la calle estrecha más o menos paralela a la avenida del Mediterráneo. Yo llevaba un jersey muy grande y ancho, y, oculto en la manga, un martillo de soldador que me había traído de los astilleros de Bilbao.Cerdán llevaba una pistola pequeña, que casi parecía de juguete.Brotons quedó esperando al volante.

Por la cristalera del banco vimos al policía, que estaba sentado leyendo un periódico. «Ahí está, vamos, rápido», dije. Entramos.Al fondo del local, algunos clientes esperaban ante los mostradores.Cerdán se puso frente al policía, y yo del lado donde éste tenía el arma. En caso de que la pistola de Cerdán fallase y él quisiera sacar la suya, pensaba destrozarle la mano de un martillazo.Era un hombre joven, de facciones agradables, que al notar nuestra proximidad se levantó en actitud amable, creyendo, según indicaba su expresión, que íbamos a preguntarle algo. En ese momento Cerdán le disparó, no recuerdo si una o más veces. Los estampidos sonaron poco fuertes, y una bala debió de acertarle en el corazón. La sangre, saltando a chorros, le empapó inmediatamente la camisa y llegó a la guerrera. La expresión de su cara apenas tuvo tiempo de cambiarse en mueca de horror. El hombre cayó, despacio al principio, derrumbándose sobre su costado derecho. La escena era espantosa. Cerdán dijo: «Venga, vámonos», y salió.

NO HUBO MARTILLAZO

El cuerpo del policía, quizá ya cadáver, tapaba la funda de su pistola. Me incliné sobre él, lo volteé ligeramente para poner la funda al descubierto, y, procurando emplear los nudillos y no las yemas de los dedos, para no dejar huellas dactilares, la abrí y extraje el arma. Era una Star corta, de bellas líneas.Por el rabillo del ojo percibí a gente moviéndose hacia mí, y me incorporé rápidamente, apuntándoles con la pistola. No me molesté en montarla, porque vi al instante que no había peligro.La expresión de sus caras era de miedo, y simplemente trataban de acercarse a la salida. Les hice gestos con la pistola para que retrocedieran, y salí a mi vez. Subían por la acera dos obreros con mono de trabajo y se me quedaron mirando. Entonces me di cuenta de que seguía con la pistola en la mano, y la oculté inmediatamente en el jersey. Di la vuelta por la calle lateral y subí al automóvil que esperaba con el motor en marcha(…).

No hubo, por tanto, martillazo, aunque algunos testigos, viendo desde atrás que me inclinaba sobre el cuerpo con un martillo en la mano, pudieron imaginar otra cosa (también dijeron que habíamos salido corriendo y al mismo tiempo Cerdán y yo). Años después, cuando me juzgaron en relación con el secuestro de Villaescusa (pues al de Oriol le incluyó la amnistía), un jefe de la policía se me acercó y me dijo que había visto la gorra ensangrentada de uno de los guardias muertos en aquella ocasión. Le contesté: «Hombre, golpear a un moribundo es asqueroso, pero no ocurrió.Como tenéis que saber con seguridad, el de los golpes en la cabeza fue Collazo». Éste había golpeado al policía con la culata, no por ensañarse, sino porque se le encasquilló la pistola. Collazo era extraordinariamente fuerte, y su víctima, malherida, moriría días después. No era un hombre insensible, sino todo lo contrario, de los más humanos entre nosotros. Comentando el caso me dijo: «¡Qué medo lle teñen á morte!» No habló con jactancia, menos aún con burla, sino con una expresión sombría y algo enigmática.Según instruía Mao, citando un antiguo dicho: «Quien no teme la muerte puede matar al emperador», pero ¡quién no teme la muerte!

La cuestión, en todo caso, es secundaria, y un poco hipócrita darle vueltas. ¿Qué habría pasado si el arma de Cerdán hubiese fallado? No es difícil imaginarlo. Por otra parte, quienes estábamos en la dirección de un partido así éramos responsables de todos sus actos.

Después de la acción seguimos hacia el Retiro y yo me bajé no recuerdo dónde. Me quité el jersey, envolví en él la pistola y el martillo y me fui hasta casa de una amiga, a quien dejé el paquete por unas horas, sin decirle su contenido (ella lo averiguaría por su cuenta, de todas formas). A continuación fui a la plaza de Oriente, donde los fascistas celebraban su triunfo (…).

Yo prefería atacar a un alto cargo que a un simple sicario, como llamábamos a los policías. Y, de manera algo absurda, me dolía que nuestra víctima hubiera sufrido una sorpresa tan total, y no hubiera podido hacer nada por defenderse, quizá porque de otro modo habría disminuido mi sentimiento de culpa. Pensar en la vida segada y en el sufrimiento de sus familiares me producía gran tensión. Años después, en un programa de radio de Luis del Olmo, me preguntaron si pediría perdón a las víctimas. Creo que se lo hubiera pedido también en 1975. Pero esa culpa no impedía otros sentimientos paralelos más fuertes. Pues también me sentía especialmente orgulloso de una respuesta tan contundente a las ejecuciones del día 27, y en momento tan oportuno.

La lucha traía inevitablemente acciones como aquella, en las que caían personas individualmente inocentes, pero cuya función práctica apuntalaba al régimen e imponía el temor a las masas.Nuestra tarea consistía en despertar a éstas y llevarlas a la victoria, así fuera a largo plazo. Por ello, pese al espanto de tales golpes, estábamos persuadidos de su necesidad.

Así, considerándonos en guerra, creíamos haber cumplido nuestro deber. Pues nuestra doctrina implicaba que la vieja guerra civil continuaba. ¿Cómo podía hablarse de paz cuando el régimen antipopular no sólo se había impuesto por las armas, sino que, en la posguerra, había fusilado a 200.000 luchadores antifascistas, en cifras de diversos historiadores creídas por nosotros, en parte por nuestra juventud y en parte porque deseábamos creer todo el mal que nos contaran del enemigo, acreciendo nuestra decisión de aniquilarlo? La guerra sólo podría cesar con la completa derrota de los enemigos del pueblo.

Pero, ¿habíamos cumplido realmente un deber? La vida tiene muchas ironías, y quienes más debieran estar de acuerdo en que sí, son precisamente quienes fingen escandalizarse del supuesto martillazo o de acciones como aquélla. Pues ellos son quienes, tantos años después de muerto Franco, vienen reanimando hasta el frenesí la vieja propaganda impulsora de nuestra furia: libros, investigaciones subvencionadas, películas, artículos de prensa, documentos televisivos, exposiciones, condenas parlamentarias, novelas, cuentos Si nos paramos a pensarlo, ¡resulta asombroso! El franquismo no hizo tal esfuerzo de propaganda contra sus enemigos, posiblemente ni en los años cuarenta. A esa gente no le indigna -ni por lo más remoto- el atentado o las víctimas, sino el hecho de que yo haya analizado sus ideas y actos, y llegado a conclusiones tan opuestas a las suyas.

Y no vale aquí gran cosa el argumento de que, en todo caso, la mayoría de la oposición a Franco, con la que mis acusadores se identifican, no cayó en el terrorismo. Es cierto. Pero cayó en una tendencia de especial bellaquería, tradicional en la izquierda desde la época de los atentados anarquistas que terminaron por arruinar la Restauración y traer la dictadura de Primo de Rivera: la tendencia a sacar rentas políticas a los asesinatos, la connivencia abierta o implícita con los terroristas.

La simpatía por el terrorismo se trasluce, todavía bien entrada la democracia, en, por ejemplo, el profesor Aranguren, mentor de tantos jóvenes izquierdistas y progresistas, cuando escribe en Terrorismo y sociedad democrática: «Pienso que la oposición al franquismo fue demasiado poco violenta.» Aun recientemente Carrillo justificaba el antiguo apoyo a la ETA, aduciendo que ésta luchaba contra la represión oficial. ¿De veras? La ETA buscaba abiertamente aumentar esa represión mediante la célebre espiral de «acción- represión-más acción»: asesinar y esconderse para provocar la represión más indiscriminada posible, y ganar por ese medio un apoyo popular creciente. Sin olvidar otro ingrediente muy fundamental en el guiso: la organización terrorista era radicalmente antiespañola, resuelta a imponer la separación de las Vascongadas y Navarra. Pero eso tampoco importaba gran cosa a la mayoría de la izquierda, que ensalzaba a los autores de los asesinatos como «luchadores» y «patriotas vascos».

El apego izquierdista por el terror etarra siguió en vigor bastantes años, ya en plena democracia. Después de todo, la consecuencia lógica de la propaganda de la oposición, que pintaba al franquismo con tan negros colores, era actuar como la ETA, el FRAP o el PCE(r). ¿Por qué esa oposición no lo hizo? Sospecho que, o porque no acababa de creerse su propia propaganda, o porque se veía demasiado débil: si eludía la violencia no era por principios, basta observar la conducta de sus afines en Europa con motivo de los fusilamientos. También porque, creyéndose muy inteligente, especulaba con ser ella quien aprovechara políticamente el sacrificio y la sangre vertida por otros, a quienes de un modo u otro estimulaba y a quienes consideraba gente decidida, pero ingenua. De ahí su pena, su sorpresa y su indignación al comprobar cómo los luchadores y patriotas seguían asesinando en la democracia, y con mucha más saña que con Franco. La oposición no violenta parece haber sido menos inteligente de lo que ella creía: sólo un partido, el PNV, ha logrado extraer, año tras año, altas rentas políticas de la sangre.

Nuestra acción de entonces tuvo ciertamente muchos rasgos del heroísmo. Fue un golpe tremendo de un grupo insignificante, como éramos nosotros, a un gigante como era el régimen, y cuando el resto de la oposición se reconcomía entre el temor y la rabia impotente. Un golpe asestado con medios mínimos, y en el que hubo de volcarse toda la dirección del partido corriendo un riesgo muy elevado, pues había muchísimas probabilidades, dada nuestra impreparación e inexperiencia, de que al menos parte de la operación fracasase, con fatales consecuencias para cuantos participábamos en ella.

ACCION INJUSTIFICADA

Sin embargo, para ser un acto realmente heroico le faltaba un elemento esencial: la justificación. Algunos afirman que la violencia es injustificable en cualquier caso, pero eso me parece una majadería.La violencia puede ser el único recurso ante una opresión insoportable y sin salida visible. Aunque la orientación general del franquismo tendía a una creciente libertad política, su salida no estaba entonces clara, y la reafirmación del régimen con las penas de muerte la hacía todavía más incierta. Pero su opresión distaba muy largo trecho de ser tan insoportable como ahora quieren pintarla muchos, o como la de los regímenes socialistas a que aspiraba o con que simpatizaba una gran parte de la oposición. Además, los fusilamientos provenían de las acciones previas de los terroristas.

Ciertamente frustramos un peligroso triunfo represivo del régimen, pero no es menos cierto que aquella represión la provocábamos innecesariamente nosotros, la ETA y el FRAP. E incluso los más radicales enemigos de la pena de muerte deben admitir que la reacción internacional fue totalmente excesiva, pudo haber causado nuevas muertes en Europa y olvidaba por completo a las otras víctimas del terrorismo en España.

No, el golpe del 1 de octubre carecía de esa justificación, y aun teniendo en cuenta la desproporción de fuerzas, el riesgo y otros atenuantes, tuvo bastante más de asesinato que de acto heroico.

Esto no es nada fácil de decir para quien tomó parte en la decisión y en los actos mismos, pero es la conclusión que impone el respeto a la verdad, sin el cual no habrá reconciliacion posible.

Fuente: el mundo

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