Azaña y el asesinato de Melquíades Álvarez – José María Zavala.

La muerte del político produjo una fortísima impresión en el presidente de la República, que llegó a pensar incluso en la dimisión.

José María Zavala. 

La cárcel Modelo ardió como una enorme falla el 22 de agosto de 1936, al inicio de la Guerra Civil. Una treintena de políticos fueron conducidos a empellones hasta el sótano para ser ejecutados. Ramón Serrano Suñer escuchó estremecido, durante horas, los disparos de los milicianos. Cuando Juan Simeón Vidarte, vicesecretario general del PSOE y fiscal del Tribunal de Cuentas, bajó al sótano de la prisión antes del amanecer, provisto de una linterna, tropezó con los cadáveres, para poco después identificar a los políticos que habían sido sus compañeros de escaño en las Cortes. Fernando Primo de Rivera llevaba aún el cigarrillo en la mano que pidió antes de morir, Julio Ruiz de Alda yacía también agujereado por las balas, Melquíades Álvarez mantenía los ojos abiertos… Vidarte se los cerró piadosamente.

Investigando en el Archivo Histórico Nacional para componer mi libro «Los expediente secretos de la Guerra Civil» (Espasa Calpe), pude rescatar varios documentos inéditos; entre ellos, la «autopsia», tal y como la calificaron de forma un tanto osada los doctores en su escrito al juez, ya que en realidad se limitaron a reconocer exteriormente el cadáver de Melquíades Álvarez, fundador del Partido Republicano Liberal Demócrata, señalado con el número 932 para su identificación en el cementerio del Este, a donde fue conducido tras su ejecución a sangre fría.

El informe de los forenses José Águila Collantes, que había presenciado la autopsia al cadáver de Calvo Sotelo el mes anterior, y David Querol Pérez decía textualmente: «Presenta las siguientes lesiones: heridas por arma de fuego en la región lateral derecha del cuello, no habiéndose procedido a abrir las cavidades por considerarse suficientes las lesiones observadas en el hábito exterior y poder afirmarse que la muerte ha sido consecuencia de hemorragia».

Por el desconocido Dietario de Manuel Portela Valladares, el jefe del Gobierno nombrado por Niceto Alcalá Zamora que acabó entregando el poder al Frente Popular, antes incluso de proclamarse el resultado electoral y sin esperar a la segunda vuelta, sabemos el gran impacto que produjo en el presidente de la República, Manuel Azaña, el asesinato de Melquíades Álvarez.

El 26 de octubre de 1939, Portela anotó en su cuaderno: «J. J. [Julio Just Gimeno, ministro de Obras Públicas en el Gobierno de Largo Caballero] me confirma el terrible día que pasó Azaña cuando el asesinato de Melquíades Álvarez: lleno de dolor, pensando en la dimisión y en el suicidio…». El propio Azaña evocó el trágico episodio en su diario, el 7 de noviembre de 1937. La fecha era tardía, pero Azaña no anotó en sus cuadernos otros sucesos de 1936 que los acecidos hasta el 20 de febrero de ese año; es decir, la fecha de la celebración del primer Consejo de Ministros, tras la victoria del Frente Popular.

El triste recuerdo se lo suscitó una visita de Mariano Gómez, presidente del Tribunal Supremo, a la cárcel Modelo el 23 de agosto de 1936, acompañado por varios magistrados. Gómez encontró allí «un espectáculo atroz». Y añadía Azaña, sobre el particular: «Cuando los magistrados, con el presidente, se presentaron en la cárcel, todavía sonaban tiros. Consiguieron que todo cesara, al entrar en funciones». Más tarde, Azaña dejó por escrito su estremecida constatación: «A las once y media, conversación telefónica con Bernardo Giner [de los Ríos], ministro de Comunicaciones. Primeras noticias del suceso: mazazo; la noche triste; problema en busca de mi deber: desolación».

El valioso testimonio del cuñado de Azaña, Cipriano Rivas Cherif, quien se hallaba en Madrid desde primeros de agosto, acreditaba la profunda aflicción del presidente ante los crímenes. Rivas encontró a su cuñado «sentado a una mesa de mármoles de colores, en el centro de la estancia». Eran las habitaciones del duque de Génova. Azaña tenía, según su cuñado, «la cabeza apretadamente entre las manos. Levantó el rostro y me miró como nunca yo lo había visto. Estaba desencajado». Y añadía Rivas Cherif, como testigo de excepción: ¡Cómo quieres que esté!», fue la respuesta, más agria que lamentosa, que dio [Azaña] a mi saludo habitual; pero en que se traslucía, no ya un simple enfado, sino cierta desesperada indignación. –¡Han asesinado a Melquíades!, volvía a su ensimismamiento. No me hacía caso. Cuando quise que me contara creyó que yo insistía cruelmente en que repitiera lo que tanto dolor le causaba, y que, a la verdad, no me era conocido sino por lo poco que acababan de decirme. No era sólo Melquíades Álvarez el muerto. También habían perecido Martínez de Velasco y algunos calificados fascistas, como Ruiz de Alda…»

Origen: Azaña y el asesinato de Melquíades Álvarez

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