“Mito y mitos de la Guerra Civil”

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Gran vía – Madrid, cambio de nombre bajo el gobierno de la II República

La guerra civil española ha sido uno de los grandes mitos del siglo XX. Empleo aquí la palabra “mito” en un sentido negativo, en el sentido en que podría emplearla Paul Johnson cuando dice que esta guerra ha sido uno de los sucesos sobre los que más se ha mentido. A su vez, el mito general se compone de otros mitos parciales. Quizá los más difundidos hayan sido la batalla de Madrid, la matanza de Badajoz y el bombardeo de Guernica. Comentaré brevemente los tres, por su significación especial.

A los ojos de millones de personas, la batalla de Madrid en noviembre de 1936 se convirtió en una epopeya de las izquierdas y los demócratas, que habrían conseguido detener a los fascistas e infligirles una derrota decisiva por vez primera en Europa. Hasta Mao Tse-tung pide imitar el caso de la capital española en su libro Sobre la guerra prolongada. Según él, la revolución china necesitaba unos cuantos Madrid.

Hoy conocemos con bastante precisión lo ocurrido. Las tropas de Franco fueron, efectivamente, detenidas ante la ciudad, pero tal hecho no puede considerarse una hazaña épica. Los atacantes eran muy pocos, en torno a 20.000, y sin apenas armamento pesado. Los defensores, mucho más numerosos, disfrutaban de ventaja táctica y estaban mejor armados, pues ya habían llegado los tanques, los aviones y la artillería soviéticos, de calidad superior a la de sus enemigos. Llegaron asimismo las primeras brigadas internacionales, reclutadas por la Comintern, y asesores militares soviéticos de primera clase, como acreditarían luego en la II Guerra Mundial frente a los alemanes. En tres ocasiones los defensores de Madrid intentaron valerse de su gran superioridad para envolver y destruir a las tropas atacantes, y en ninguna tuvieron éxito. Tampoco Franco logró tomar la ciudad, y el resultado final para él fue un fracaso, pero no una derrota, pues retuvo la iniciativa militar.

El relativo éxito izquierdista de la batalla de Madrid se debió fundamentalmente a la intervención soviética, y tiene una profunda marca comunista en todos sus aspectos. Fueron las armas y las brigadas internacionales mandadas por Stalin las que dieron su mayor ventaja a las izquierdas y, sobre todo, las que elevaron su moral de lucha, pues sin una moral alta la superioridad material sirve de poco. Y fueron las nuevas unidades militares, exigidas por los stalinistas para sustituir a las irregulares columnas milicianas, las que contuvieron a las columnas de Franco, cuando ya el Gobierno había huido a Valencia. También la intensísima agitación y propaganda entre la población durante las tres semanas de la batalla tuvieron un carácter marcadamente soviético, y lo mismo el terror de retaguardia: se produjo, por ejemplo, la mayor matanza de prisioneros ocurrida en la guerra, la de Paracuellos del Jarama.

La creación del mito de la batalla de Madrid fue a su vez una obra maestra de la propaganda comunista, apoyada en todo el mundo por el aparato de la Comintern dirigido por Willi Münzenberg. Siguiendo la táctica de los frentes populares aprobada en el VII Congreso de la III Internacional, esa propaganda resaltaba el papel de los comunistas y de la URSS, pero no de forma abrumadora. Ante todo, atribuía al “pueblo madrileño”, a “la unidad de los antifascistas” o de “las fuerzas de la democracia y el progreso”, el mérito por la trascendental e histórica victoria.

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Varias consecuencias cruciales tuvo la batalla de Madrid. En primer lugar, volvió mucho más masiva la intervención extranjera, ya que, a resultas de la intervención soviética, se creó la Legión Cóndor, y algún tiempo después vinieron las tropas italianas, aumentando el riesgo de conflagración europea. En segundo lugar, la guerra se había hecho hasta entonces sólo con pequeñas columnas, unidades irregulares de unos miles de hombres, pero desde esa batalla se transformó en guerra regular, con movilización general y ejércitos de más de un millón de soldados cada bando. En tercer lugar, la contienda pudo haber terminado en unas pocas semanas, pero iba a prolongarse casi dos años y medio más. Ésta fue la consecuencia más trascendental. Vistas las cosas con esta perspectiva, no sé si hay para felicitarse mucho de aquella defensa de Madrid, no especialmente heroica, por lo demás.

Otra gran leyenda de la guerra fue la matanza de Badajoz por las tropas de Franco que acababan de conquistar la ciudad. Voy a detenerme un poco en ella porque, después de la publicación de mi libro Los mitos de la guerra civil, he podido comprobar cómo políticos e historiadores de izquierda, españoles y extranjeros, se aferran a ese mito con increíble tenacidad, lo tratan como artículo de fe y me acusan, sin ninguna prueba, de falsear los hechos.

Badajoz fue tomada el 14 de agosto de 1936 por fuerzas al mando del teniente coronel Yagüe. Y al día siguiente, según la versión más difundida de la leyenda, sintetizada por un periódico izquierdista de Madrid, “Yagüe hizo concentrar en la Plaza de Toros a todos los prisioneros milicianos y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gente de izquierda. Y organizó una fiesta. Y convidó a esa fiesta a los cavernícolas de la ciudad, cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y la autoridad legítima. Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas, lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kotska, afiliados a Falange y a Renovación, venerables eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de albas tocas y mirada humilde. Y entre tan brillante concurrencia fueron montadas algunas ametralladoras. Dada la señal –suponemos que mediante clarines— se abrieron los chiqueros y salieron a la arena, abrasada por el sol de agosto, los humanos rebaños de los liberales, los republicanos, socialistas, comunistas y sindicalistas de Badajoz. Confundíanse los viejos y los niños. También figuraban mujeres: jóvenes algunas, ancianas otras; gritaban, gemían, maldecían, increpaban, miraban con terror y odio hacia las gradas repletas de espectadores. ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Exhibirlos? ¿Contarlos? ¿Vejarlos? Pero pronto, al ver las máquinas de matar con los servidores al lado, comprendieron. Quisieron retroceder, penetrar nuevamente en los chiqueros. Pero fueron rechazados, a golpes de bayoneta y de gumía, por los legionarios y los cabileños que estaban a su espalda. Y se apelotonaron, lívidos, espantados, esperando la muerte. Yagüe estaba en el palco, acompañado de su segundón, Castejón. Le rodeaban, obsequiosos y rendidos, terratenientes, presidentes de cofradías, religiosos, canónigos, señoras, damiselas vestidas con provinciana elegancia. Levantó un brazo y sacó un pañuelo. Y las ametralladoras comenzaron a disparar”.

Ésta es, básicamente, la leyenda de la matanza de Badajoz, adornada a menudo con detalles como el toreo de los presos y otras torturas. Habrían muerto en aquella “fiesta” entre 1.200 y 5.000 presos, según autores.

La exposición vista, que tanto ha circulado, tiene de entrada un error considerable: los chiqueros son corrales estrechos en los que se retiene a los toros antes de sacarlos al ruedo. En una plaza de segunda categoría, como la de Badajoz, no debía de haber más de cuatro chiqueros, y en ellos cabrían, muy apiñados, no más de un centenar de personas. Pero los lectores suelen pasar por alto estos fallos cuando la prosa empleada logra crear una fuerte emocionalidad. Leer tales relatos, expresados en tono solemne y seguro, moviliza nuestros sentimientos de justicia ultrajada a favor de las víctimas y contra los presuntos verdugos.

Hoy sabemos –y sin duda lo sabían entonces los creadores del mito- que no hubo tal “fiesta” en la plaza de toros, el 15 de agosto ni el día siguiente, y seguramente ninguno. El día 15 el periodista portugués de izquierdas Mario Neves escribe en sus crónicas para el periódico lisboeta O Seculo: “Nos dirigimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. Al lado se ve un carro blindado con la inscripción ‘Frente Popular’. Este lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres. Todavía hay, aquí y allá, algunas bombas sin estallar, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada”.

En esas condiciones, el espectáculo descrito por la leyenda es imposible. Pero corrió el rumor, en la muy próxima frontera portuguesa, de que en la plaza fusilaban gente, y Neves volvió el día 16. Allí vio “algunas decenas de prisioneros que aguardan su destino. Pero la plaza no tiene un aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor es infundado. Los mismos automóviles destruidos y los mismos cadáveres, que ayer tanto me impresionaron y que aún no han sido retirados”.

La creación del mito no se debe en este caso a los comunistas, aunque éstos lo aprovecharían muy a fondo. Su principal autor fue un periodista useño, llamado Jay Allen, muy ligado a la propaganda del Frente Popular, a quien nunca habían impresionado las matanzas de derechistas ocurridas en Madrid. Allen fue a Badajoz (o dice que fue) al día siguiente de una masacre perpetrada por las izquierdas en la Cárcel Modelo madrileña, el 22 de agosto. Esta matanza causó fuerte impresión fuera de España, pues entre las víctimas se contaban intelectuales y ministros republicanos de tendencia centrista. Allen informó al diario Chicago Tribune de una “carnicería de 4.000 personas en Badajoz”, de fusilamientos acompañados de banda de música y de la arena de la plaza de toros empapada de sangre en más de un palmo de profundidad. Desde luego no pudo ver nada de lo que cuenta, pues habría llegado una semana más tarde, pero, sorprendentemente, asegura que le informaron las propias autoridades responsables de los crímenes. Esto suena muy improbable. A decir verdad, cabe dudar de que Allen haya estado a Badajoz. Un mes antes había publicado una entrevista con Franco, expresándose en tonos insultantes hacia el general, y no parece fácil que después de ello se atreviera a volver al territorio franquista. Y menos aún que los jefes franquistas le hicieran confidencias tan perjudiciales para ellos mismos, o le dieran las facilidades de movimiento que asegura haber tenido. Al parecer, aquellas autoridades deseaban confirmar al mundo, y ampliar, lo que decía de ellas la propaganda enemiga. El testimonio de Allen, por indirecto, e improbable en cuanto a las fuentes, resulta por lo menos dudoso, pero de él han derivado las versiones posteriores, más o menos enriquecidas por la fantasía de cada comentarista.

Se me ha acusado de negar que hubiera alguna matanza en Badajoz. La acusación es tan falsa como el espectáculo de la plaza de toros. Como he señalado, muchos presos fueron fusilados en esa ciudad entre agosto y noviembre, igual que en otras muchas poblaciones de los dos bandos. El número total lo ha estudiado el historiador de derechas Martín Rubio, a partir de los registros, estimándolo en medio millar. Autores de izquierda ecuánimes, como el profesor Sánchez Marroyo, elevan la cifra al triple, suponiendo deficiencias en las inscripciones registrales, aunque no aclara bien cómo obtiene el número. Otros autores, más adictos a la propaganda que a la veracidad, suben las cifras a 5.000 y hasta a 9.000.

Cabe concluir, pues, con casi total seguridad, que no tuvo lugar el famoso espectáculo de la plaza de toros que ha dado lugar al gran mito de Badajoz. Sí hubo numerosos fusilamientos de presos o de personas de izquierdas en los meses siguientes, un hecho por desgracia repetido en otras ciudades. Pero el mito necesitaba mucho más, pues quería retratar la inmensa maldad de los llamados fascistas y encubrir los crímenes realizados por las izquierdas, que en comparación parecerían menores y justificados. En fin, la leyenda no dejaba de ser un acicate para asesinar a las derechas y a los católicos, pues ¿qué otra cosa merecerían semejantes sádicos? En tal sentido la siguen utilizando diversos políticos, historiadores y periodistas que, con ayudas económicas oficiales, se dedican en España a la dudosa tarea de desenterrar las mentiras y los rencores del pasado so pretexto de recuperar, dicen, “la memoria histórica”.

El bombardeo de la villa de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, ha tenido todavía más repercusión. Según el mito, fue un ensayo deliberado de arrasamiento de la población civil, llevado a cabo por la aviación alemana con probable instigación o autorización de Franco, sobre una población sin valor militar. Por efecto del ataque habrían muerto entre 800 y 1.650 personas, según los diversos autores, llegando los nacionalistas vascos a hablar de 3.000, para una población total de unos 5.000.

El caso guarda mucha similitud con el de la matanza de Badajoz. Los estudios más detallados y recientes de Jesús Salas Larrazábal, no rebatidos por nadie hasta la fecha, prueban que el bombardeo fue decidido por el jefe alemán Von Richthofen sin autorización de Franco. Éste había prohibido, y volvió a prohibir después, los bombardeos sobre objetivos civiles. En segundo lugar, el ataque a Guernica habría tenido un valor militar de primer orden si las tropas de Franco hubieran avanzado enseguida sobre la población, pues con ello habrían copado a una parte considerable del ejército enemigo. Ese valor se perdió al decidir el general Mola, que se llevaba mal con Richthofen, un avance en dirección contraria, sobre Durango. En tercer lugar, el alemán conocía por anticipado la decisión de Mola, pese a lo cual obró por su cuenta (“Me porté muy maleducadamente”, comenta en sus diarios). El bombardeo constó de varias pasadas sin mucho efecto, entre las 4,30 y las 6 de la tarde, seguidas de otra a las 6,30. Esta última ocasionó grandes incendios, y una hora después el 18 % de la villa estaba en llamas. Durante la noche la destrucción por el fuego se extendió al 71% de los edificios. La causa de la devastación fue el bombardeo, pero su extensión se debió también a la deficiente actuación de los bomberos de Bilbao, que tardaron varias horas en llegar desde una distancia de 30 kilómetros y se volvieron a las tres de la noche, cuando los incendios proseguían. Finalmente, el número máximo de muertos fue de 126, probablemente alguna decena menos. Una cifra muy alta, pero también muy inferior a la necesaria para forjar el mito.

Salas Larrazábal llegó a estas conclusiones tras examinar la documentación hoy conocida, los diarios personales de Richthofen, la prensa y los comentarios de aquellos días en la prensa de Bilbao, los registros de fallecidos y los testimonios disponibles. Sin embargo, hasta ahora prevalecían las versiones elaboradas por varios corresponsales británicos, en especial por C. L. Steer, que escribía para el diario conservador The Times e inventó cientos de muertos y otros detalles. Así, al revés que las anteriores leyendas, ésta procede de la derecha británica, lo que acaso haya contribuido a su éxito. Salas supone, razonablemente, que ello respondió al interés de los conservadores británicos por contrarrestar la propaganda pacifista de los laboristas, advirtiendo a la opinión pública de lo que podría pasar en la propia Inglaterra. La opinión conservadora más despierta consideraba a Alemania el mayor peligro potencial, y sentía poca acritud hacia la Italia fascista, y por eso, probablemente, Steer negó la participación de aviones italianos, que sí intervinieron en Guernica, y atribuyó a los alemanes, mintiendo deliberadamente, el bombardeo de Durango, de autoría italiana y que causó más víctimas.

Otro aspecto del mito, divulgado por los nacionalistas, pretende que el bombardeo se dirigía contra los edificios y símbolos de “las libertades vascas”. Sobre ello deben señalarse tres cosas: que los alemanes ignoraban seguramente esos símbolos y tradiciones; que dichos edificios no fueron afectados por el bombardeo, pese a haber situado el Gobierno nacionalista, imprudentemente, cuarteles en las inmediaciones de ellos; y que las tradiciones sobre Guernica están muy contaminadas por las invenciones separatistas. El mismo Azaña calificó de “cachivaches” muchos de los símbolos que le enseñaron cuando visitó la villa.

La propaganda franquista atribuyó la devastación de Guernica a las izquierdas. Es probable que durante un tiempo esta versión fuera creída por quienes la difundían, porque las ciudades vascas de Irún y Éibar habían sido incendiadas por las tropas enemigas en retirada. Pero en este caso no había sido así, y la propaganda de izquierdas y separatista pudo demostrarlo, añadiendo así a la acusación del bombardeo el desenmascaramiento de la mentira derechista.

Vale la pena señalar algunas consecuencias de Guernica. Desde el punto de vista de la propaganda, el bando franquista salió muy perjudicado. En el terreno militar, el ataque de Richthofen resultó inútil inmediatamente, pues al no haber sido ocupada la villa enseguida las fuerzas adversarias pudieron escapar al cerco. En cambio, las consecuencias políticas beneficiaron grandemente a Franco, con ulteriores efectos militares. Pues el PNV llamó a los vascos a luchar a ultranza, pero bajo cuerda intensificó sus negociaciones con los fascistas italianos, a fin de obtener una rendición separada, traicionando así a sus aliados izquierdistas.

El primer efecto de estas negociaciones se hizo evidente a mediados de junio, cuando Bilbao se rindió. Entonces los separatistas garantizaron la entrega intacta de la industria pesada de la ciudad al ejército de Franco, impidiendo su destrucción prevista por las izquierdas. Esa industria favoreció en alto grado el esfuerzo bélico del bando nacional. Y unas semanas después, hacia mediados de agosto, el PNV sugería al enemigo las mejores vías para atacar a sus aliados, de modo que las tropas separatistas parecieran quedar copadas y no se notase su traición. Fue el famoso Pacto de Santoña, que ayudó a los nacionales a conseguir su primera victoria masiva de la guerra, haciendo 55.000 prisioneros y capturando gran cantidad de material de guerra. Tales fueron las consecuencias del bombardeo de Guernica.

Conviene entender la posición del PNV. Éste era un partido muy de derechas, extremadamente racista y de un catolicismo sui generis, pese a lo cual se alió con unas izquierdas que estaban exterminando a la Iglesia. La paradoja se explica porque el PNV aspiraba ante todo a la secesión del País Vasco, y había aceptado la autonomía ofrecida por el Frente Popular pensando en conculcar los acuerdos desde el primer día y separarse de España en cuanto le fuera posible. A tal efecto formó un ejército propio y otras muchas cosas por encima del estatuto autonómico. Además, al principio de la guerra casi nadie pensaba que Mola y Franco pudieran triunfar, pues la relación de fuerzas favorecía de modo abrumador al Frente Popular: en sus manos habían quedado todos los recursos financieros, casi toda la industria, las principales ciudades y puertos, la mitad del ejército y dos tercios o más de las fuerzas de seguridad, de la aviación y de la marina. En tales condiciones no parecía provechoso aliarse con los seguros perdedores. Pero según pasaban los meses el PNV comprendió que las izquierdas podían perder, y de ahí sus tratos con el enemigo.

El caso de Guernica merecería un estudio especial sobre cómo se fabrica un mito. Durante años diversos autores se han copiado y citado unos a otros como argumento de autoridad, sin examinar los hechos sobre el terreno. Un especialista en esa técnica, el estudioso y polemista useño H. Southworh, publicó en 1975 un libro apoyado en las informaciones y reseñas de la prensa mundial sobre el bombardeo. Salas observa: “Quien tenga probada paciencia puede estudiar los orígenes históricos del mito de Guernica en las 190 páginas del capítulo primero del erudito libro La destrucción de Guernica, del polemista norteamericano Herbert R. Southworth, en las que va exponiendo, una tras otra, las noticias que publicó la prensa mundial en base a los cables enviados desde Bilbao por cinco corresponsales extranjeros (…) Los que afronten esta lectura podrán conocer insignificantes pormenores relacionados con este temario, país por país, pero por mucho que relean las densas páginas no serán capaces de hallar rastros de lo más esencial: los relatos de la prensa de Bilbao, numerosa entonces y, hay que suponerlo, mejor informada. Nadie considere esto como un incomprensible olvido de cronista tan minucioso, pues existe una explicación mucho más lógica: los periodistas de Bilbao (…) no comulgaron con las extravagantes tesis de los contados corresponsales extranjeros que fabricaron la leyenda, y los censores de Bilbao impusieron cortes en los pocos artículos desorbitados que la prensa local reprodujo de los diarios extranjeros (…) y que podían ser refutados fácilmente por los evacuados de Guernica”. Estos párrafos indican la diferencia entre historiografía y propaganda.

Sorprendentemente, la prensa de Bilbao ni siquiera hablaba al principio de muertos, sino sólo de heridos. El número de muertos, relativamente escaso para un ataque que causó tal destrozo, se explica porque a partir de la primera pasada de los aviones la gente estaba alerta y la mayoría se puso a salvo. Además, la mayor parte de la devastación, aunque originada en el bombardeo, se produjo con posterioridad a éste.

Hemos visto someramente tres mitos, uno creado por la propaganda soviética, otro por progresistas useños y el tercero por conservadores británicos, aunque todos ellos explotados intensamente por las izquierdas comunistas o afines. Los tres casos muestran la extraordinaria resistencia de este tipo de construcciones propagandísticas. La realidad, bien conocida en lo esencial, sigue siendo rechazada, a menudo con auténtica pasión, por numerosos políticos, periodistas e historiadores; pero tengo la impresión de que hoy se va imponiendo poco a poco.

¿Por qué han tenido tanto éxito estas propagandas? Creo que porque corroboran otro mito más fundamental: que esta guerra consistió en la lucha entre la democracia y el fascismo, entre el progreso y la reacción, entre la libertad y el oscurantismo. Cuando se cuestionan los mitos parciales parece hundirse el mito general, y eso resulta inaceptable para mucha gente. Sin embargo, es ese mito general el más endeble de todos.

El bando supuestamente demócrata se componía de comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos de izquierda, nacionalistas catalanes y separatistas vascos. ¿Podemos creerlos defensores de la libertad, etcétera? Pocos sostendrán hoy en serio que el anarquismo o el stalinismo tengan algo de demócratas, pero mucha gente tiene la errónea impresión de que los socialistas y los republicanos de izquierda sí lo eran. En cuanto a los republicanos, conviene advertir, de entrada, que apenas tuvieron peso en el Frente Popular de la guerra. Se trataba de partidos pequeños, mal organizados y muy rivales entre sí, y, como indica su líder principal, Azaña, la mayoría de sus jefes procuró salir del país en cuanto empezaron los tiros. Por su poca influencia, no podían dar carácter al Frente Popular. Pero además nunca fueron realmente demócratas. Una causa clave de la Guerra Civil fue que estas izquierdas no admitieron la victoria electoral de la derecha moderada en 1933, respondieron a ella con maniobras golpistas y terminaron aliados con las izquierdas más extremistas y revolucionarias. Para ellas, la democracia consistía en su propio poder, sin admitir alternancia.

Mucho peor fue el caso del PSOE. Este partido había colaborado con la dictadura derechista de Primo de Rivera en los años 20, y por eso había llegado a la república como el partido más numeroso, disciplinado y mejor organizado de la izquierda. Aunque afiliado a la II Internacional, su política desde 1933 se acercó a la de los comunistas, y su jefe, Largo Caballero, recibió el mote elogioso de El Lenin español. Largo y otros líderes, en especial Prieto, marginaron a los socialistas moderados de Besteiro y organizaron la insurrección armada, concibiéndola, textualmente, como una guerra civil, para imponer la dictadura del proletariado. La intentaron en octubre de 1934, causando 1.400 muertos, y fueron derrotados. Ello apenas les hizo cambiar de actitud, y en 1936 volvieron a crear un proceso revolucionario. El PSOE fue el núcleo decisivo de las izquierdas españolas hasta que los comunistas lo desplazaran en el curso de la guerra. Era un partido marxista, no democrático, y el principal causante del hundimiento de la democracia en España.

Quedan como posibles demócratas los nacionalistas catalanes y los separatistas vascos. De los primeros puede decirse lo mismo que de los socialistas: se declararon en pie de guerra contra el Gobierno legítimo de derecha moderada salido de las elecciones de 1933, y utilizaron los medios legales del estatuto autonómico para organizar la rebelión. En octubre de 1934 participaron en el asalto a la legalidad republicana al mismo tiempo que el PSOE, los comunistas y parte de los anarquistas. En 1936 volvieron al poder e impusieron lo que su dirigente Companys llamaba “democracia expeditiva”, y que Azaña tradujo, acertadamente, como “despotismo demagógico”.

Los nacionalistas vascos, más separatistas que los catalanes, se inspiraban en un racismo obsesivo, según el cual la raza superior de los vascos estaba oprimida por la inferior española. Al mismo tiempo consideraban católicos, casi por raza, a los vascos, mientras que los demás españoles nunca habrían asimilado el catolicismo. Debe recordarse que los vascos, como los catalanes, se habían sentido tradicionalmente españoles, y por ello los secesionistas habían desplegado un enorme esfuerzo de propaganda para hacerles creer lo contrario, sin haber convencido nunca a la mayoría. El Partido Nacionalista Vasco obtenía un tercio de los votos emitidos en las tres provincias vascongadas, menos aún en relación con el cuerpo electoral. Y muchos lo votaban no por sus doctrinas, sino por ser el partido que mejor había defendido a los católicos de los ataques izquierdistas. Los nacionalistas, vascos o catalanes, aspiraban a usar los estatutos de autonomía para, desde el poder regional, imponerse radicalmente sobre la masa de población ajena a sus ideas.

Además de poco o nada democráticos, estos partidos conglomerados durante la guerra diferían tanto entre sí que no podían conciliarse. La presión del enemigo común no bastó para impedir los continuos sabotajes y crímenes entre ellos. Hubo intensos odios entre comunistas y los anarquistas, o entre socialistas y comunistas, mientras los nacionalistas vascos y catalanes intrigaban lo mismo en Roma y Berlín que en Londres y París para traicionar a sus aliados. Estas querellas producirían detenciones ilegales, torturas o asesinatos en el frente y en cárceles de partidos, culminando en dos pequeñas guerras civiles entre las izquierdas: la de mayo de 1937, en Barcelona, y la de marzo de 1939, en Madrid. De la primera salieron perdedores los socialistas de Largo Caballero, los anarquistas, los nacionalistas catalanes, y quedó aplastado el pequeño partido marxista POUM. Ganaron los comunistas y también, aunque sólo momentáneamente, los socialistas de Prieto y los republicanos de Azaña. La lucha de Madrid, en marzo del 39, tiene aún más significado. Lucharon los partidarios de rendirse a Franco contra los comunistas y negrinistas, que querían resistir hasta enlazar con la guerra europea, lo cual habría multiplicado el número de víctimas. Ganaron los primeros, después de sangrientos choques y numerosos fusilamientos mutuos. Y de este modo tan revelador terminó la guerra civil española.

Para apreciar el carácter de las izquierdas debemos atender a otro rasgo crucial de ellas: su sumisión a Stalin, el gran defensor de la democracia española, si hubiéramos de creer a la propaganda. Quienes equiparan las intervenciones de Hitler y Mussolini con la de Stalin cometen un grueso error de perspectiva, en dos sentidos. El fascismo de Mussolini había sido poco sanguinario, y Hitler no se había revelado todavía como el genocida de la Guerra Mundial, mientras que nadie podía dudar de la crueldad exterminadora de Stalin, cuyas víctimas sumaban ya millones.

Y, por otra parte, los dos dictadores fascistas nunca dominaron a Franco ni mermaron de modo significativo la soberanía española, mientras que Stalin fue el auténtico jefe del Frente Popular español. La independencia de Franco quedó de relieve en la crisis de Munich de septiembre de 1938, cuando declaró su intención de permanecer neutral si estallaba la guerra entre las democracias y los regímenes fascistas, provocando la indignación de Roma y de Berlín. Por el contrario, la autoridad de Stalin sobre el Frente Popular se aprecia, entre otros muchos datos, en éste: los políticos izquierdistas españoles, por poderosos que parecieran, fueron barridos del Gobierno en cuanto obstaculizaron las directrices emanadas del Kremlin. Así le pasó a Largo Caballero, llamado hasta hacía poco el Lenin español, a los anarquistas, a los nacionalistas catalanes y luego a Prieto. Sólo siguió en el poder el socialista Negrín, ligado indisolublemente a Stalin por el envío de las reservas de oro españolas a Moscú. Un envío que puso el destino del Frente Popular en manos de los soviéticos, convertidos en amos de los suministros para la España izquierdista.

Estas razones destruyen, en mi opinión, las pretensiones de que las izquierdas defendían la democracia. Pretensiones realmente grotescas cuando examinamos de cerca los sucesos. Pero debe reconocerse que la persistencia de esta falsedad durante decenios, su entronización en libros de historia y discursos políticos en medio mundo, constituye uno de los logros propagandísticos más notables del siglo XX. El mérito, si así lo queremos llamar, de ese logro debe acreditarse sobre todo a los comunistas, precisamente la fuerza más antidemocrática de ese siglo.

Por lo tanto, la democracia no estuvo en juego en la Guerra Civil, pues el otro bando se proclamaba abiertamente contrario a la democracia liberal. Aunque el bando nacional distaba muchísimo del hitlerismo, aquí podría justificarse la frase de Drieu la Rochelle: “Los nazis son los cínicos, porque admiten claramente su violencia, su tiranía, y los comunistas los hipócritas, porque niegan descaradamente las suyas”.

En realidad, el problema de la democracia en España se planteó antes de la guerra, durante la república, y fue a lo largo de ella cuando quedó resuelto, en el mismo sentido que en la mayor parte de Europa por entonces, es decir, en contra del liberalismo. La cuestión puede plantearse así: ¿se hundió la república por una amenaza fascista, o bien por una amenaza revolucionaria? Veamos.

Aunque no suele resaltarse, fueron dos políticos conservadores y ex monárquicos, Alcalá-Zamora y Miguel Maura, quienes organizaron y dieron cohesión a las fuerzas republicanas y las empujaron a tomar el poder en abril de 1931, explotando la quiebra moral de los monárquicos tras unas elecciones municipales. Sin embargo, tan pronto llegó el nuevo régimen, los elementos de derecha se vieron violentamente desbordados por unas izquierdas de talante mesiánico y despótico. Antes de un mes esas izquierdas organizaron, en nombre del progreso, la primera gran quema de iglesias, bibliotecas, centros de enseñanza y obras de arte. Luego ganaron las primeras elecciones y, para desesperación de las derechas, rompieron los consensos e impusieron una Constitución no laica, sino anticatólica, que reducía a los religiosos a ciudadanos de segunda, disolvía a los jesuitas y cerraba centros de enseñanza prestigiosos, entre ellos el único de ciencias económicas de España.

Poco después una ley, llamada de “Defensa de la República”, recortó drásticamente las libertades constitucionales, autorizando al Gobierno a detener sin acusación y deportar sin proceso, a cerrar prensa arbitrariamente, etcétera. Cientos de periódicos fueron así cerrados en un momento u otro, y se practicaron oleadas de detenciones contra las derechas o los anarquistas, muchos de los cuales fueron deportados a las colonias africanas. Según una leyenda corriente, la derecha rechazó violentamente la república y conspiró desde el primer momento contra ella, pero eso sólo es cierto de algunos núcleos muy minoritarios, pues la gran mayoría derechista, articulada en la CEDA de Gil-Robles, respondió pacífica y legalmente a las constantes agresiones que sufría.

El desorden de los dos primeros años de predominio izquierdista motivó una reacción popular, que dio amplia victoria al centro derecha en las elecciones de noviembre de 1933. Y entonces el sector mayoritario de la izquierda, no una minoría, se puso en pie de guerra contra la misma legalidad que ella había traído, y contra el Gobierno legítimo. Como ya quedó indicado, los socialistas y los nacionalistas catalanes prepararon entonces la guerra civil, y los republicanos de izquierda intentaron golpes de Estado, hasta estallar todo en la insurrección de octubre de 1934. La insurrección supuso la quiebra definitiva de la convivencia ciudadana en España, porque sus autores no rectificaron luego y porque la democracia se vuelve imposible cuando el grueso de la oposición no acepta la ley y se subleva contra ella. Si la república se mantuvo momentáneamente se debió a la conducta moderada de las derechas, las cuales defendieron una Constitución que no les gustaba, y lo hicieron invocando las libertades, como está perfectamente documentado.

El asalto a la legalidad republicana en 1934 pudo haber quedado como un incidente aislado si las izquierdas hubieran recapacitado y cambiado de política. Pero no ocurrió nada parecido. La parte menos extremista de las izquierdas –pero también extremista-, dirigida por Azaña y Prieto, trató de recobrar el poder mediante una alianza electoral con los revolucionarios, llamada más tarde Frente Popular. Su propósito consistía en transformar el régimen en un sentido parecido al del PRI mejicano, restringiendo o eliminando la separación de poderes y reduciendo la derecha a un papel testimonial, impidiendo en adelante su acceso al poder. En cuanto a los más extremistas, aspiraban a destruir cuanto antes a las derechas, y más tarde a los propios republicanos burgueses. Todo ello está inequívocamente aclarado en la abundante documentación de la época.

Las elecciones de febrero de 1936 transcurrieron en circunstancias anormales y violentas, y fueron ganadas por el Frente Popular, que obtuvo más diputados aunque empató en votos. Las derechas sintieron pavor ante la victoria de las mismas fuerzas que habían organizado la insurrección del 34. Apoyaron entonces al sector menos extremista de las izquierdas, dirigido por Azaña, el cual pasó a gobernar. Esperaban que Azaña frenase a los más extremistas, pero no hubo tal. De inmediato volvió a crearse un proceso revolucionario, acompañado de una descomposición de la ley desde el poder. Por abajo los partidos obreristas impusieron la ley desde la calle, y por arriba Azaña no sólo se negó a aplicar la Constitución, sino que la vulneró a su vez con medidas como la destitución del presidente de la república, Alcalá-Zamora. Así, el Gobierno perdía su ya dudosa legitimidad electoral, porque un Gobierno que no cumple ni hace cumplir la ley es ilegítimo. En sólo cinco meses hubo unas 300 muertes por atentados o choques políticos, ardieron cientos de templos, algunos de extraordinario valor artístico o histórico, y numerosos registros de la propiedad y archivos; fueron destruidas decenas de sedes políticas y periódicos derechistas, mientras las huelgas salvajes se sucedían; empezaban las reyertas entre socialistas y anarquistas, con muertos y heridos, y las milicias izquierdistas desfilaban intimidatoriamente por las ciudades. Hasta el socialista Prieto calificó la situación de insostenible. La policía perseguía sólo a las derechas, oficiales de las fuerzas de seguridad daban instrucción militar a las milicias, y éstas participaban cada vez más en los arrestos de derechistas.

Entre tanto, grupos de militares conspiraban para dar un golpe republicano que restableciera el orden, aunque algunos pensaban en volver a la monarquía. La conspiración no tomó peligrosidad hasta finales de abril, cuando el Gobierno ya había definido su postura de alentar de hecho el proceso revolucionario. El caos culminó cuando una fuerza compuesta de policías y milicianos secuestró y asesinó a Calvo Sotelo e intentó hacer lo mismo con Gil-Robles, los dos dirigentes principales de la derecha. Realmente ya no existía legalidad, y se hundió cualquier esperanza de mantener la paz.

Por lo demás, la república había llevado una vida muy agitada. Desde el principio hubo de soportar las frecuentes insurrecciones anarquistas, más la derechista de Sanjurjo, luego las del resto de las izquierdas… Cuando Mola y Franco se rebelaron a su vez no quedaba ninguna fuerza política significativa que no se hubiera alzado antes contra el régimen.

Tiene interés constatar la evolución política de Franco, porque resume la de la propia derecha. En 1930 su hermano Ramón participó en un golpe militar republicano, y el general le escribió condenando aquellas aventuras por innecesarias y perjudiciales, ya que, decía, la democracia vendría por sus pasos y en orden. Es decir, aceptaba la democracia sin entusiasmo, como algo inevitable, pero la aceptaba. Durante la república nunca faltó a la disciplina ni entró en conspiraciones. En 1934 defendió al régimen contra el asalto izquierdista. Sólo cambió de actitud después de las elecciones de 1936, cuando el peligro revolucionario se hizo inminente, y aun así procuró aplazar el golpe hasta el último momento. Las convulsiones de aquellos años le llevaron a concluir que la democracia liberal era imposible en España, donde sólo podría funcionar, a su juicio, un régimen autoritario, aplicándolo después durante casi cuarenta años. Si bien tomó algunos elementos del fascismo, su dictadura no fue fascista, sino reaccionaria en el sentido más elemental del término: reacción contra la revolución. Pero ese es otro tema.

Aunque aquí sólo puedo resumir mucho aquel proceso, no parece dudoso que la república se vino abajo por la acción de unas izquierdas extremistas que se sublevaron en 1934 contra un Gobierno legítimo y que en 1936 volvieron a crear un inminente peligro revolucionario. Si atendemos a los hechos y dejamos de lado la propaganda, la respuesta a la cuestión planteada antes es clara: no existía amenaza fascista, y sí una violenta y creciente amenaza revolucionaria, y ahí radica la causa de la Guerra Civil. La república, malherida por la insurrección del 34, acabó de hundirse entre febrero y julio de 1936. Durante la guerra el Frente Popular se autodenominó “republicano” por razones de oportunismo político, y así se le sigue denominando por la mayoría de los historiadores, pero casi nada tenía en común con la república instaurada en España cinco años antes. Fue un nuevo régimen con creciente hegemonía comunista, que no llegó a estabilizarse a causa de su derrota bélica, y cuya orientación se vería más tarde en las democracias populares del este de Europa.

Los datos mencionados quizá sorprendan a quienes sólo sepan de la guerra de España por referencias generales, pero son bien conocidos, y todos los historiadores de alguna solvencia los toman en cuenta necesariamente. Las discrepancias no surgen de los hechos, sino de la significación que se les otorga. A mi juicio, los datos manifiestan el problema central que determinó el destino de la república española: el problema de la democracia y las libertades. Pero la mayoría de los historiadores sigue pensando, implícita o explícitamente, que aquellos hechos tienen importancia menor frente a otros llamados “sociales”, como la pobreza del campesinado, el paro, los salarios obreros, etcétera. Quienes así piensan suelen llamar “burguesas” o “formales” a las libertades políticas, y plantean la cuestión más bien de esta manera: la república, dicen, trajo reformas favorables a las clases trabajadoras y perjudiciales para las castas sociales que durante siglos habían dominado el país, es decir, para una oligarquía formada por financieros y terratenientes, alto clero y jefes del ejército. Esa oligarquía, viendo amenazada su posición, trató por todos los medios de derrocar la república, hasta conseguirlo por fin, a costa de una sangrienta guerra civil.

Obviamente, cuando esos historiadores atribuyen a las izquierdas la defensa de la “democracia” no usan el término en el sentido de un régimen de libertades y elecciones, sino en el de un régimen representativo del presunto interés de las clases trabajadoras frente al interés de los supuestos explotadores. Los partidos de izquierda defendían las reformas supuestamente favorables al pueblo, y por ello resultaban los verdaderos demócratas. Así, su política quedaba legitimada por principio, aun en contra de las urnas y de las libertades burguesas. De modo similar, los partidos de derecha representarían a la oligarquía y contrariaban los intereses del pueblo, es decir, eran forzosamente antidemocráticos, aunque respetasen más las libertades y las elecciones. Este enfoque, mejor o peor matizado, tiene el sello de Marx y está extendidísimo, habiendo calado incluso en gran parte de la historiografía de derechas y generado equívocos decisivos.

Se trata, desde luego, de un enfoque antiliberal y por tanto antidemocrático, tal como entendemos hoy la democracia. Esto debe tenerse en cuenta. Y aunque antidemocrático no equivale necesariamente a falso, en este caso sí es falso. Creo que el marxismo es falso en su raíz. No es éste el momento de extenderse al respecto, pero haré un par de observaciones prácticas.

La idea de que unos partidos representaban al proletariado o al pueblo y otros a la oligarquía es arbitraria. Los partidos revolucionarios centraban su propaganda en medios obreros y campesinos, y por eso tenían en ellos mayor apoyo; pero ese apoyo nunca significó que las doctrinas y políticas de los partidos obreristas fueran benéficas para los trabajadores manuales. Denunciar a voz en cuello injusticias reales o imaginarias no equivale a tener soluciones razonables para ellas. En realidad, allí donde se estableció el socialismo real, los trabajadores fueron tan privados de derechos como los burgueses, por seguir empleando esa terminología. Y durante la primera etapa de la república, de carácter izquierdista, las reformas perjudicaron a la economía y aumentaron el desempleo.

Tampoco el apoyo de los trabajadores manuales en un momento o una época dadas basta para proclamar representantes de ellos a los partidos obreristas. Las cifras de afiliación a los sindicatos han sido muy infladas, y probablemente no pasan de la mitad de las que suelen manejarse. Una gran masa de los obreros y los jornaleros del campo permanecieron al margen de los sindicatos izquierdistas, y sectores no despreciables se afiliaron a sindicatos católicos. Otro fenómeno típico durante la guerra fue el muy bajo entusiasmo con que trabajaron los obreros y los campesinos bajo el Frente Popular, a pesar de las continuas campañas de propaganda llamándolos a incrementar la producción en defensa de “su propia causa”. Parece claro que gran parte de los trabajadores no identificaba la causa del Frente Popular como propia. En la zona de Franco no ocurrió nada así. Podría atribuirse esto a la represión, pero ninguna represión habría impedido el sabotaje difuso de una población descontenta e identificada con un bando enemigo que podría triunfar.

Otro hecho contrario a la idea de fuerzas políticas representantes de una capa social es que no menos de cuatro partidos decían representar en exclusiva a la clase obrera, y las rivalidades llevaron a los pretendidos representantes a matarse entre sí, literalmente. En cuanto al partido supuestamente defensor de la explotadora oligarquía, la CEDA, fue más votado que ninguno de izquierda, incluso en 1936. Obviamente, los votos no le venían de un pequeño grupo de oligarcas, sino de un amplio sector del pueblo.

En tercer lugar, la izquierda ganó las primeras elecciones, en 1931, pero las perdió desastrosamente en 1933. ¿Cómo pudo ocurrir, si entre tanto había aplicado aquellas reformas tan beneficiosas para el pueblo? Ocurrió porque la práctica demostró la vaciedad y sinsentido de muchas de tales reformas, aplicadas con una gran dosis de demagogia. En esos dos años murieron unas 200 personas en violencias políticas, casi todas ellas de izquierdas (la “sanjurjada” o golpe derechista del general Sanjurjo causó 10). Es decir, causadas por enfrentamientos entre izquierdistas o de éstos con el Gobierno, también izquierdista. La mayoría de la gente, simplemente, entendió que las recetas aplicadas no beneficiaban a sus intereses y pasó a votar a las derechas.

No voy a extenderme más. Como indiqué antes, la distorsión sobre la guerra de España nace principalmente de la propaganda y de las concepciones soviéticas. A mi juicio se trata de un ejemplo interesante, pero sólo uno entre muchos, de la devastación producida por la influencia del marxismo en el mundo universitario e intelectual de nuestros países. No deja de llamar la atención el hecho de que en los años 60, cuando el fracaso de las promesas y doctrinas comunistas estaba a la vista de todo el mundo, se produjera en las universidades europeas y americanas un resurgimiento del marxismo en diversas versiones, y me parece que hoy sólo estamos empezando a reponernos de él.

Pio Moa

Conferencia pronunciada el 27 de agosto de 2005 en el Encuentro de Rímini.

Origen: Club de Libertad Digital

 

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