Franco tenía que morir en Tenerife – Sol Rincón Borobia

Arriba, Antoñé (bajo una X) posa con varios compañeros y niños.

Arriba, Antoñé (bajo una X) posa con varios compañeros y niños.  foto de un libro de ricardo garcía luis

 

SOL RINCÓN BOROBIA
SANTA CRUZ DE TENERIFE

“Socorro, auxilio, pistoleros”, gritó Franco al ver que intentaban entrar por la fuerza en su habitación de la Comandancia Militar de Canarias, hoy Capitanía General. Llevaba pocos meses en la capital tinerfeña, pero ya sabía que un día de esos iba a ser el objetivo de un atentado, así que tomaba sus precauciones. Entre ellas, dormir con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto.

La decisión de matarlo fue tomada en una reunión entre varios miembros del Comité Confederal de Canarias y la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Sin embargo, este plan nació abocado al fracaso; uno de los allí reunidos traicionaría a sus compañeros e informaría de sus intenciones a altos mandos militares.

El libro Crónica de Vencidos, del investigador Ricardo García Luis, recoge varios testimonios sobre ese intento de atentado a Franco la noche del 14 de julio de 1936 en Santa Cruz de Tenerife. Una de esas testificaciones es de Antonio Tejera Alonso, conocido como Antoñé. Según afirma el autor, este santacrucero, nacido en una casa de la avenida San Sebastián, fue uno de los tres anarquistas que quisieron matar a Franco aquella calurosa noche, hoy hace 74 años.

No estaban solos. Tenían ayuda dentro y fuera de la organización. Una de las colaboradoras imprescindibles para que su plan saliera bien era María Culi Palou, una catalana de 42 años y residente en Santa Cruz de Tenerife. Era la propietaria del restaurante Odeón, ubicado en la Rambla Pulido, pero también regentaba la cantina de soldados que había en la misma calle y que hoy en día es un pequeño garaje empotrado en uno de los laterales de Capitanía General.

Esta mujer, conocida como Maruca, pasó muchos años en prisión acusada de ayudar a la resistencia que luchaba contra la dictadura. En su ficha consta como agente de enlace de elementos extremistas, informa Ricardo García Luis, y fue juzgada y condenada el 11 de enero de 1937 junto a 60 personas más.

Diecinueve meses antes de eso, Maruca estaba libre. Y, como cada día, el 14 de julio del 36 abrió la cantina para atender a los clientes. Además de los habituales soldados y algún que otro civil, se encontraban tres personas con la cabeza en otra parte. No habían acudido para pasar un buen rato sino para asesinar a Franco.

Aunque el investigador desconoce la identidad de uno de los tres anarquistas, sí está seguro que los otros dos eran Antoñé y Martín Serarols Treserras, conocido como El Catalán y fusilado el 9 de enero de 1937 por pertenecer al Comité de Defensa Confederal de Canarias.

Ninguno de los tres fue nunca relacionado con el atentado contra Franco, pero eso no podían adivinarlo aquel día en la cantina de Maruca.
García Luis no sabe exactamente cómo ocurrió, si esperaron a que se fueran los clientes del bar o lo hicieron cuando no miraba nadie, pero el caso es que en algún momento de la tarde-noche, se colaron por una trampilla de la cantina y subieron hasta el corredor que conducía a la habitación del dictador.

La información de que Franco planeaba un golpe de Estado no se quedó entre las cuatro paredes de su despacho ni fue un secreto especialmente bien guardado, por lo que llegó hasta los oídos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), de la Defensa Confederal de Canarias y de la Federación Anarquista Ibérica.

Estas organizaciones contaban entonces con la ayuda de Antonio Vidal Arabi, un intelectual catalán que vivió en el número 66 de la avenida San Sebastián de Santa Cruz de Tenerife. “Para mí, este hombre fue el cerebro de la conspiración”, afirma García Luis.

Antoñé siempre lo describió como una persona muy inteligente y en 1936 fue uno de los que acudió a ver a Manuel Vázquez Moro, gobernador civil de la República en la provincia tinerfeña, para pedirle armas con las que acabar con los que planeaban el golpe de Estado. Ante la negativa de Vázquez, continúa el investigador, decidieron actuar por su cuenta.

Pero en la reunión donde se decidió asesinar a Franco, había un traidor. Tal vez no se planteó la deslealtad entonces, pero no tuvo dudas cuando un militar -retirado a la fuerza al entrar en vigor la Ley Azaña- le advirtió de que una vez Francisco Franco se hiciera con el poder él iba a ser detenido y fusilado.

El investigador asegura que el militar conocía muy bien a esa persona e incluso eran de la misma isla. Aunque no quiere decir el nombre de quien más tarde pasaría información a los militares, tiene datos que desvelan el “tremendo” historial del sujeto como miembro de la FAI. “Hizo barbaridades” y era uno de los activistas más radicales.

“Tú no escapas. Vas a morir si no colaboras”, le dijo el militar. Así es que lo hizo.

Pero, ajenos a este hecho, la tarde-noche del 14 de julio de 1936, los tres anarquistas comenzaron a subir por la trampilla que conectaba la cantina de Maruca con las dependencias que ocupaba el general.

Cuando llegaron a la azotea de la cantina se dirigieron al corredor que había encima del jardín de la Comandancia Militar y lo recorrieron hacia la puerta que daba a la habitación de Franco. Pero, una vez frente a ella, la encontraron cerrada por dentro. Aún así intentaron varias veces abrirla a la fuerza. No hubo forma. Franco, alertado por el ruido, comenzó a pedir auxilio. Al menos, esa es la versión de Antoñe.
“Un sargento decía que la puerta estaba abierta siempre y, claro, era entrar allí, pum, pum, pum, y liquidarlo”, informó Antoñé a García Luis. “Resulta que estábamos allí y la puerta estaba con una tranca por dentro, cerrada, pin pun, pin pun, pin pun, y aquello no cedía; era de tea ¡toda de tea! Entonces Franco se tiró a la parte de la plaza Weyler, p´allá: ¡Socorro, auxilio, pistoleros!”, añadió Antoñé.

Según el anarquista, si Franco hubiera sido “un hombre valiente y sereno” habría acabado con la vida de los tres “como perros”, ya que él podía ver lo que ocurría afuera, mientras que los que intentaban matarle no veían la habitación por la forma en la que estaba puesta la persiana.

Ricardo García Luis explica en su libro que este intento de atentado también fue recogido por Joaquín Arrarás, biógrafo del dictador, en su libro Franco, 1939. No obstante, difiere del testimonio de Antoñé. Según Arrarás, “pretendían los sicarios escalar la tapia del jardín y llegar por él al pabellón central, donde se hallaban las habitaciones de Franco. Los asaltantes eran tres. Cuando se encaramaron en la tapia, uno de los centinelas del jardín les echó el alto y, como no respondiesen, hizo fuego poniéndoles en fuga”.

El Teniente General Francisco Franco Salgado-Araujo, en su libro Mi vida junto a Franco, también escribe sobre este hecho. “Entrado el mes de julio, ante la insistencia de la información anónima que recibía, en la que se decía que los planes para asesinar a Franco seguían preparándose, decidí reforzar la guardia de Capitanía y aumentar la escolta personal de oficiales”.

Salgado-Araujo continúa el relato: “En el indicado centro milita había una escalera que comunicaba el jardín con las habitaciones particulares del comandante general y señora. Un atardecer, varios soldados que estaban de servicio notaron que alguien se movía y resguardaba por los árboles que estaban junto a la tapia del edificio. Dispararon rápidamente haciendo huir a varios individuos. Eran tres y se internaron por calles recién abiertas que había en aquel sector”.Este Teniente General, al contrario que Antoñé, no describe a un Franco asustado: “Franco, que estaba acostado, se enteró de lo sucedido, pero no le dio importancia y siguió descansando”, asegura en su libro.
Las tres versiones difieren sobre cómo ocurrieron los hechos, pero no en que ocurrieron. Mientras el biógrafo de Franco informa que el intento de atentado fue el 13 de julio, el anarquista lo fecha el 14. Aunque Antoñé no desveló a García Luis su participación en lo sucedido (durante su relato sí se le escapó un “estábamos”), su hijo Antonio, ya fallecido, aseguró al investigador que su padre le contó muchas veces cómo intentó matar a Franco.

Días después del frustado plan para matarle, el 18 de julio de 1936, Franco dio el golpe de Estado que dio inicio a la Guerra Civil española.

Origen: Franco tenía que morir en Tenerife – La Opinión de Tenerife

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