“Más vale menos, pero mejor” – Vladimir Lenin, 2 de marzo de 1923. Právda, nº 49

Este es el último artículo escrito por Lenin. Continuando su batalla contra el burocratismo, a la que dedicó gran parte de sus últimos combates, Lenin descarga implícitamente un furibundo ataque contra Stalin, quien hasta hacía poco tiempo tenía a su cargo la Inspección Obrera y Campesina. Esto explica los extraordinarios esfuerzos para evitar que salga a luz. Fue publicado finalmente en Pravda el 4 de marzo de 1923, alterando la fecha del artículo (2 de marzo), para disimular el retraso.

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Lenin escribió este artículo el 22 de febrero. Días después rompería relaciones personales con Stalin, debido al maltrato recibido por su compañera, Krupskaia, de parte de este último. El 7 de marzo de 1923, Lenin fue víctima de un nuevo ataque del cual no se va a recuperar jamás y que lo excluyó definitivamente de la vida política. Asimismo, conciente de que sus días estaban contados, no pierde la oportunidad de desarrollar sus ideas y vincular las tareas de la Inspección Obrera y Campesina, como expresión del aparato estatal, la política del partido bolchevique, la táctica, la estrategia y la perspectiva del socialismo, frente a las contradicciones que vive el primer estado obrero del mundo.

Extraido de la Obras Completas de Lenin, Editorial Cartago, Bs. As., 1971, Tomo XXXVI. Este artículo, según la traducción, también es conocido como “Más vale menos, pero mejor”.

 

En cuanto al problema de mejorar nuestro aparato estatal, la Inspección Obrera y Campesina no debe, en mi opinión, esforzarse por la cantidad ni apresurarse. Hasta ahora es tan poco lo que hemos podido reflexionar y ocuparnos de la calidad de nuestro aparato estatal, que sería legítimo cuidar de que su preparación fuese especialmente seria, de concentrar en la Inspección Obrera y Campesina un material humano de características realmente modernas, es decir, que no sea inferior a los mejores modelos de Europa occidental. Por cierto, esto es algo demasiado modesto para una república socialista, pero los primeros cinco años nos han llenado la cabeza de no poca desconfianza y escepticismo. Involuntariamente, influyen en nosotros esas cualidades, ante los que peroran demasiado o con demasiada ligereza, por ejemplo, sobre la “cultura proletaria”: para empezar nos conformaríamos con una verdadera cultura burguesa; para empezar, podríamos prescindir de los tipos más tradicionales de la cultura preburguesa, es decir, de la cultura burocrática o feudal, etc. En los problemas de la cultura, lo más perjudicial es apresurarse y querer abarcar demasiado. Muchos de nuestros jóvenes escritores y comunistas deberían metérselo bien en la cabeza.

Pues bien, en cuanto al problema del aparato estatal, ahora debemos sacar de la experiencia anterior la conclusión de que sería mejor ir más despacio.

Nuestro aparato estatal es hasta tal punto deplorable, por no decir detestable, que primero debemos reflexionar profundamente de qué modo luchar contra sus deficiencias, recordando que esas deficiencias provienen del pasado, que, a pesar de haber sido radicalmente cambiado, no ha sido superado, no ha llegado a la etapa de una cultura que ha quedado en un lejano pasado. Planteo aquí precisamente el problema de la cultura, porque en esto debemos considerar como logrado sólo lo que se ha convertido en parte de la cultura, de la vida diaria y de las costumbres. Pero podemos decir que lo que hay de bueno en nuestro régimen social no fue profundamente meditado, comprendido ni sentido; que fue tomado al vuelo, sin haberlo verificado ni ensayado, sin haberlo confirmado mediante la experiencia, sin haberlo consolidado, etc. Es claro que tampoco podía ser de otro modo en una época revolucionaria, y dada la rapidez vertiginosa del desarrollo que en cinco años nos llevó del zarismo al sistema soviético.

Es el momento de que corrijamos esto. Debernos mostrar una saludable desconfianza hacia un avance demasiado rápido, hacia cualquier jactancia, etc. Debernos proponernos comprobar cada uno de los pasos hacia adelante que proclamamos cada hora, que damos cada minuto, y que luego, cada minuto, demostramos que son frágiles, inseguros y confusos. Lo más perjudicial en este caso sería apresurarnos. Lo más perjudicial sería creer que sabemos algo, aunque sea poco; o pensar que disponemos de una cantidad más o menos considerable de elementos para construir un aparato realmente nuevo, que realmente merezca el nombre de socialista, soviético, etc.

No, no tenemos tal aparato, e incluso los elementos del mismo que tenemos son ridículamente escasos, y debemos recordar que para crearlo no debemos escatimar tiempo y que necesitaremos muchos, muchos, muchos años.

¿Qué elementos tenemos para crear este aparato? Sólo dos. Primero, los obreros, entusiasmados por la lucha por el socialismo. Estos elementos no son suficientemente instruidos. Ellos quisieran proporcionarnos un aparato mejor. Pero no saben cómo hacerlo. No pueden hacerlo. No han alcanzado todavía el desarrollo y la cultura que son necesarios para esto. Y precisamente hace falla cultura. En esto nada se puede hacer de golpe, con una embestida con bríos o energía o, en general, con cualquiera de las mejores cualidades humanas. Segundo, tenemos elementos de conocimiento educación e instrucción que son ridículamente escasos, en comparación con todos los otros países.

Y aquí no debemos olvidar que aún somos demasiado propensos a compensar esos conocimientos (o creer que podemos compensarlos) con celo, apresuramiento, etc.

Para renovar nuestro aparato estatal es preciso que nos propongamos a toda costa: primero, estudiar; segundo, estudiar y tercero, estudiar, y después, comprobar que este conocimiento quede reducido a letra muerta o a una frase de moda (y esto no hay por qué ocultarlo, nos ocurre con demasiada frecuencia) sino que se convierta realmente en parte de nuestro propio ser, que llegue a ser plena y verdaderamente un elemento íntegramente de la vida diaria. En una palabra, no debemos plantearnos las exigencias que se plantea la burguesía de Europa occidental, sino las exigencias que son dignas y adecuadas para un país que se ha propuesto convertirse en un país socialista.

Las conclusiones que deben sacarse de lo antedicho son las siguientes: tenernos que convertir a la Inspección Obrera y Campesina en un instrumento para mejorar nuestro aparato, en una institución realmente ejemplar.

Para que pueda alcanzar el nivel necesario, es preciso no olvidar la máxima: mide siete veces antes de cortar.

Para ello debemos utilizar lo mejor que tenemos en nuestro sistema social, y utilizarlo con el mayor cuidado, reflexión y conocimiento para crear el nuevo comisariato del pueblo.

Para ello debemos utilizar los mejores elementos que tenemos en nuestro sistema social: en primer lugar, los obreros avanzados y en segundo lugar los elementos realmente esclarecidos, por los cuales podemos responder que no darán crédito a las palabras, que no dirán una sola palabra contra su conciencia, que no temerán reconocer cualquier dificultad, que no temerán ninguna lucha para lograr el objetivo que seriamente se han propuesto.

Llevamos cinco años de ajetreo tratando de mejorar nuestro aparato estatal, pero ha sido un simple ajetreo, que en estos cinco años ha demostrado ser inútil, o incluso vano, o incluso nocivo. Este ajetreo creó la impresión de que trabajábamos, pero en realidad sólo entorpecía nuestras instituciones y nuestros cerebros.

Es preciso que por fin las cosas cambien.

Es preciso tomar como norma: mejor poca cantidad, pero mejor calidad. Es preciso tomar como norma: mejor dentro de dos años o aún de tres años, que apresurarse sin ninguna esperanza de formar un buen material humano.

Yo sé que esta norma será difícil de cumplir y aplicar en nuestras condiciones. Sé que la norma opuesta tratará dar algún paso mediante mil subterfugios. Sé que habrá que oponerle resistencia, que será necesaria una perseverancia diabólica, que en este aspecto el trabajo será, al menos durante los primeros años, infernalmente ingrato; y, sin embargo, estoy convencido de que sólo con este tipo de trabajo podemos lograr nuestro objetivo, y que sólo después de alcanzarlo podremos crear una república realmente digna de llamarse soviética, socialista, etc., etc., etc.

Es probable que muchos lectores hayan encontrado insignificantes las cifras que di como ejemplo en mi primer artículo[1]. Estoy seguro de que se pueden hacer muchos cálculos para demostrar que esas cifras son insuficientes, pero considero que por encima de todo cálculo debemos poner otra cosa: nuestro interés por obtener una calidad realmente ejemplar.

Pienso que ha llegado por fin el momento de trabajar con toda seriedad en el mejoramiento de nuestro aparato estatal, el momento en que quizá lo más perjudicial sería apresurarse. Por eso quiero hacer una enérgica advertencia contra el abultamiento de esas cifras. En mi opinión, debemos, por el contrario, ser especialmente parcos con las cifras en este terreno. Hablemos con franqueza. El Comisariato del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina no goza en la actualidad de la menor autoridad.

Todos saben que no hay instituciones peor organizadas que las de nuestra Inspección Obrera y Campesina, y que en las condiciones actuales nada podemos esperar de este comisariato del pueblo. Es preciso tenerlo bien en cuenta, si en verdad querernos crear, dentro de unos años, una institución que, primero, debe ser ejemplar; segundo, debe inspirar a todos absoluta confianza y tercero, demostrar a todos que realmente hemos justificado la labor de una institución que ocupa una posición tan elevada como la Comisión Central de Control. En mi opinión, debemos eliminar inmediata e irrevocablemente todas las normas generales respecto de la cantidad de empleados. En lo que se refiere a los empleados de la Inspección Obrera y Campesina, debemos seleccionarlos de un modo especial, y sólo sobre la base de las pruebas más rigurosas. ¿Qué objeto tendría, en efecto, crear un comisariato del pueblo cuyo trabajo se realizara de cualquier manera, que no inspirara la menor confianza, y cuya palabra no tuviese la menor autoridad? Pienso que nuestro principal objetivo, en el tipo de reorganización que ahora nos proponemos, debe ser evitar todo esto.

Los obreros que incorporemos como miembros a la Comisión Central de Control deben ser comunistas irreprochables; y pienso que será necesario hacer mucho todavía para enseñarles los métodos y objetivos de su trabajo. Además, debe haber un número determinado de secretarios para ayudar en este trabajo, a quienes debemos someter a una triple prueba antes de designarlos para esos cargos. Por último, los funcionarios que, en casos excepcionales, decidamos incorporar en seguida como empleados de la Inspección Obrera y Campesina tendrán que responder a las siguientes condiciones:

primero: deben ser recomendados por varios comunistas;
segundo: deben pasar un examen para comprobar sus conocimientos sobre nuestro aparato estatal;
tercero: deben pasar un examen sobre los fundamentos de la teoría de nuestro aparato estatal, los fundamentos de la dirección, el trabajo de oficina, etc.;
cuarto: trabajar en armonía con los miembros de la Comisión Central de Control y su secretariado, de manera tal que podamos responder por la labor de todo el aparato.

Sé que estas exigencias son extraordinariamente rigurosas, y mucho me temo que la mayoría de los colaboradores “prácticos” de la Inspección Obrera y Campesina las consideren irrealizables o las reciban con una sonrisa despectiva. Pero pregunto a cualquiera de los actuales dirigentes de la Inspección Obrera y Campesina, o a quienes están en contacto con ella, si me pueden decir honestamente cuál es la finalidad práctica de un comisariato del pueblo como la inspección Obrera y Campesina. Pienso que esta pregunta les ayudará a encontrar el sentido de la proporción. O no vale la pena hacer otra reorganización de las tantas que hemos tenido en un asunto tan irremediable como la Inspección Obrera y Campesina, o bien es preciso plantearse de verdad la tarea de crear con métodos lentos, difíciles, no habituales, y comprobando innumerables veces esos métodos, algo realmente ejemplar, capaz de inspirar respeto a todos, no sólo porque sus títulos y categoría así lo exigen.

Si no nos armamos de paciencia, si no dedicamos a esta tarea varios años, más vale que no la emprendamos en absoluto.

En mi opinión, tenemos que seleccionar el mínimo entre los institutos superiores de trabajo, etc. que hemos cocinado, comprobar si están bien organizados y continuar el trabajo sólo de modo que esté realmente a la altura de la ciencia moderna y nos brinde todos sus beneficios. Entonces no será utópico esperar qué al cabo de algunos años tengamos una institución capaz de cumplir sus funciones, es decir, trabajar en forma sistemática y permanente por mejorar nuestro aparato estatal, gozando de la confianza de la clase obrera, del Partido Comunista de Rusia y de toda la masa de la población de nuestra República.

Podrían empezarse desde ahora los preparativos para esta actividad. Si el Comisariato del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina aceptara este plan de reorganización, podría dar en seguida los pasos preliminares, y trabajar sistemáticamente hasta completar la tarea, sin apresurarse, y sin vacilar en modificar lo que ya se ha hecho.

Cualquier solución a medias sería en este caso muy perjudicial. Cualquier norma con respecto a los empleados de la Inspección Obrera y Campesina, basada en cualquier otra consideración, estaría en realidad basada en las viejas consideraciones burocráticas, en los viejos prejuicios, en todo lo que ha sido condenado y ridiculizado por todos, etc.

En esencia, el problema es el siguiente:

O demostramos ahora que realmente hemos aprendido algo sobre la construcción del Estado (no sería un pecado haber aprendido algo en cinco años), o bien que no estamos aún maduros para ello, y entonces no vale la pena acometer la tarea.

Pienso que con el material humano que tenemos no será inmodestia suponer que ya sabemos lo suficiente como para construir de nuevo y sistemáticamente, aunque sólo sea un comisariato del pueblo. Es verdad que este único comisariato deberá servir de modelo para el conjunto de nuestro aparato estatal.

Debemos anunciar inmediatamente un concurso para compilar dos o más manuales sobre organización del trabajo en general, y sobre el trabajo de dirección en particular. Podemos tomar como base el libro de Ermanski, aunque —dicho sea entre paréntesis—el autor se distingue por su notoria simpatía hacia el menchevismo y no sirve para compilar un manual adecuado para el poder soviético. También podemos utilizar el reciente libro de Kérzhentsev; y por último, también pueden utilizarse parcialmente algunos de los manuales que ya tenernos.

Debemos enviar a algunas personas calificadas y honestas a Alemania o Inglaterra para reunir bibliografía y estudiar el problema. Y digo Inglaterra, en caso de que no fuera posible enviarlas a Estados Unidos o a Canadá.

Debemos designar una comisión para redactar un programa previo de exámenes para los aspirantes a empleados de la Inspección Obrera y Campesina; también para los candidatos a miembros de la Comisión Central de Control.

Estos y otros trabajos similares, no deberán, claro está, ocasionar dificultades al comisario del pueblo ni a los miembros de la dirección colectiva de la Inspección Obrera y Campesina, ni al presidium de la Comisión Central de Control.

Al mismo tiempo, habrá que designar una comisión preparatoria, que seleccione candidatos para el cargo de miembros de la Comisión Central de Control. Espero que para este cargo encontraremos ahora candidatos más que suficientes, tanto entre los colaboradores experimentados de todos los departamentos, como entre los estudiantes de nuestras escuelas soviéticas. No sería justo excluir de antemano a tal o cual categoría. Probablemente tengamos que preferir una composición muy variada para esta institución, en la que combinemos muchas cualidades y diferentes méritos, de modo que la tarea de confeccionar la lista de candidatos nos dará mucho trabajo. Lo menos deseable, por ejemplo, sería que el nuevo comisariato del pueblo estuviera constituido por gente de un tipo único, digamos, sólo por funcionarios, con exclusión de gente del tipo de los propagandistas, o de gente cuya principal cualidad sea la sociabilidad o la capacidad de penetrar en círculos no habituales para esta clase de funcionarios, etc.

***

Creo que podré expresar mejor mi idea si comparo mi plan con las instituciones de tipo académico. Los miembros de la Comisión Central de Control deberán trabajar bajo la dirección de su presidium en el examen sistemático de todos los papeles y documentos del Buró Político. Además deberán distribuir acertadamente su tiempo entre las diversas tareas de análisis del trabajo de oficina de nuestras instituciones, desde las oficinas más pequeñas y particulares, hasta las instituciones estatales superiores. Por último, entre sus funciones estará incluido el estudio de la teoría, es decir, de la teoría de la organización del trabajo al que piensan dedicarse, así como la labor práctica, bajo la dirección de viejos camaradas o de profesores de los institutos superiores de organización del trabajo.

Pero creo que de ningún modo deberán limitarse a este tipo de trabajos académicos. Al mismo tiempo deberán capacitarse para otras tareas, que no vacilaría en llamar de preparación para la caza, no diré de granujas, sino de algo por el estilo; y para idear estratagemas especiales destinadas a disimular sus campañas, sus procedimientos, etc.

En las instituciones de Europa occidental semejantes proposiciones darían lugar a un terrible resentimiento, a un sentimiento de indignación moral, etc., pero confío en que nosotros no nos hemos burocratizado hasta ese punto. La NEP aún no ha tenido tiempo de ganar entre nosotros un respeto tal como para que uno pueda ofenderse ante la idea de que se pueda cazar a alguien. La construcción de nuestra República soviética es tan reciente y tenemos una cantidad tan enorme de trastos viejos, que a nadie se le ocurrirá ofenderse ante la idea de que recurramos a algunos ardides para resolver entre esos trastos o de que, mediante investigaciones orientadas a veces por un camino bastante indirecto, lleguemos a fuentes relativamente lejanas. Y si a alguien se le ocurriera ofenderse por eso, podemos estar seguros de que todos se reirían de él.

Confiemos en que nuestra nueva Inspección Obrera y Campesina dejará de lado eso que los franceses llaman pruderie* y que nosotros llamaríamos afectación ridícula o petulancia ridícula, que hace el juego a toda nuestra burocracia, tanto de los soviets como del partido. Dicho sea entre paréntesis, tenemos burócratas, no sólo en las instituciones soviéticas, sino también en las del partido.

Si antes dije que debemos estudiar, y estudiar en los institutos de organización superior del trabajo, etc., esto no significa de ningún modo que entiendo ese “estudio” al estilo escolar, o que mi idea se limite a un estudio al estilo escolar. Confío en que ningún revolucionario auténtico pueda sospechar de mí que, en este caso, rehuso entender como “estudio” alguna picardía, ciertas tretas, algún embrollo o algo por el estilo. Sé que en un Estado de Europa occidental, solemne y serio, esta sola idea provocaría verdadero horror, y ningún funcionario respetable aceptaría siquiera hablar de ella. Pero confío en que no estamos aún burocratizados y que la discusión de esta idea sólo puede divertirnos.

En efecto, ¿por qué no combinar lo útil con lo agradable? ¿Por qué no aprovechar cualquier picardía en broma o medio en broma, para revelar algo ridículo, algo dañino, algo semiridículo semidañino, etc.?

Me parece que nuestra Inspección Obrera y Campesina ganará mucho si se pone a examinar estas ideas, y que la lista de los casos por los que nuestra Comisión Central de Control o sus colegas de la inspección Obrera y Campesina han logrado alguna de sus victorias más brillantes se verá enriquecida por no pocas hazañas de nuestros futuros miembros de la Inspección Obrera y Campesina y de la Comisión Central de Control, en lugares que no es muy oportuno mencionar en manuales solemnes y graves.

***

¿Cómo se puede combinar una institución del partido con una institución soviética? ¿No hay en esto algo inadmisible?

No planteo estos interrogantes en mi nombre, sino en el de aquellos a los que aludí antes, cuando dije que hay burócratas no sólo en nuestras instituciones soviéticas, sino también en las instituciones del partido.

¿Por qué entonces no combinar unas con otras, si es en ínterés de nuestro trabajo? ¿Acaso no advertimos todos que en el caso del Comisariato del Pueblo de Relaciones Exteriores, donde se ha hecho desde el comienzo mismo, tal combinación ha sido extraordinariamente útil? ¿Acaso no se discuten en el Buró Político desde el punto de vista de partido, muchos problemas grandes y pequeños, relativos a las “jugadas” con que respondemos a las “jugadas” de las potencias extranjeras, para evitar, digamos, sus ardides, por no emplear una expresión menos decorosa? ¿No representa esta flexible combinación de lo soviético con lo partidario, una fuente de extraordinaria fuerza para nuestra política.

Creo que lo que ha probado su utilidad, lo que ha sido definitivamente adoptado en nuestra política exterior y ya forma parte de nuestras costumbres, hasta el punto de que no origina ninguna duda en este terreno, será por lo menos igualmente adecuado (y creo que será mucho más adecuado) para todo nuestro aparato estatal. Porque la Inspección Obrera y Campesina abarca todo nuestro aparato estatal, y su actividad concierne a todas las instituciones estatales sin excepción, tanto locales como centrales, comerciales, puramente administrativas, educacionales, de archivo, teatrales, etc.; en una palabra, a todas sin ninguna excepción.

¿Por qué, entonces, para una institución cuya actividad es de tan vastos alcances y que además requiere formas extraordinariamente flexibles, no se puede admitir un tipo peculiar de combinación de las instituciones de control del partido con una institución de control soviética?

No veo ningún obstáculo para esto. Aun más; creo que dicha combinación es la única garantía de éxito en nuestro trabajo. Pienso que todas las dudas al respecto surgen de los rincones más polvorientos de nuestro aparato estatal y que nuestra respuesta sólo puede ser ridiculizarlas.

***

Otra duda: ¿es conveniente combinar la actividad de estudio con la actividad en el desempeño de un cargo? Me parece que no sólo es conveniente, sino también necesario. Hablando en términos generales, hemos llegado a contagiarnos de toda una serie de los más dañinos y ridículos prejuicios de la forma del Estado de Europa occidental, a pesar de nuestra actitud revolucionaria hacia ella; y en parte nos los han contagiado deliberadamente nuestros queridos burócratas, con la intención de especular con que en el río revuelto de semejantes prejuicios lograrían más de una vez atrapar los peces; y pescaron tanto en ese río revuelto, que sólo quienes estaban ciegos no advertían la magnitud de esa pesca.

En las esferas de las relaciones sociales, económicas y políticas somos “terriblemente” revolucionarios. Pero cuando se trata de respetar el rango, de observar las formas y la labor administrativa, nuestro “revolucionarismo” es remplazado a menudo por la más rancia rutina. En más de una ocasión hemos observado el interesante fenómeno de que en la vida social, un gran salto hacia adelante se combina con una desmedida timidez ante los cambios más pequeños.

Y esto se comprende, porque los pasos adelante más audaces se han dado en un terreno que desde tiempo atrás pertenecía al ámbito de la teoría, se han dado en un terreno que en lo fundamental o casi exclusivamente, era cultivado en forma teórica. El hombre ruso, cuando estaba en su hogar, se alejaba espiritualmente de la odiosa realidad burocrática mediante especulaciones teóricas extraordinariamente audaces; y por eso, esas especulaciones teóricas extraordinariamente audaces adquirían en nuestro país un carácter extraordinariamente unilateral. La audacia teórica en las especulaciones generales corría pareja con una sorprendente timidez ante cualquier insignificante reforma administrativa. Se elaboraba con una audacia sin precedentes en ningún otro país una gran revolución agraria universal y, al mismo tiempo, faltaba imaginación para hacer una reforma administrativa de décima categoría; faltaba la imaginación o la paciencia para aplicar a dicha reforma las mismas tesis generales que daban resultados tan “brillantes” aplicadas a problemas generales.

Y por eso en nuestra vida actual se combinan en forma sorprendente rasgos de una increíble audacia y timidez de pensamiento ante los cambios más pequeños.

Pienso que las cosas ocurrieron del mismo modo en todas las revoluciones verdaderamente grandes, porque las revoluciones verdaderamente grandes se originan en las contradicciones entre lo viejo, entre lo que tiende a desarrollar lo viejo, y la más abstracta aspiración a lo nuevo, que debe ser tan nuevo como para no contener ni un ápice de lo viejo.

Y cuanto más radical sea la revolución, tanto más se prolongará el período en que se mantengan muchas de esas contradicciones.

***

El rasgo general de nuestra vida es ahora el siguiente: hemos destruido la industria capitalista, hemos tratado de destruir hasta sus cimientos las instituciones medievales y la propiedad terrateniente, y sobre esta base hemos creado un campesinado pequeño y muy pequeño, que sigue al proletariado porque tiene confianza en los resultados de la labor revolucionaria de éste. Sin embargo no nos será fácil apoyarnos sólo en esta confianza hasta el momento en que triunfe la revolución socialista en los países desarrollados, porque la necesidad económica, sobre lodo bajo la NEP, mantiene la productividad del trabajo del campesinado pequeño y muy pequeño a un nivel extremadamente bajo. Además, también a causa de la situación internacional, Rusia ha sido arrojada hacia atrás y, en general, la productividad del trabajo del pueblo es hoy en nuestro país mucho más baja que antes de la guerra. Las potencias capitalistas de Europa occidental, en parte deliberadamente y en parte espontáneamente, hicieron cuanto estaba a su alcance para arrojarnos hacia atrás, para aprovechar los elementos de la guerra civil de Rusia, y arruinar al país en todo lo posible. Era precisamente esta forma de salir de la guerra imperialista la que parecía tener más ventajas: si no logramos derribar el sistema revolucionario en Rusia, por lo menos dificultaremos su avance hacia el socialismo; más o menos así razonaban esas potencias, y desde su punto de vista no podían hacerlo de otro modo. Como resultado solucionaron a medias su problema. No lograron derrocar el nuevo sistema creado por la revolución, pero tampoco le permitieron dar en seguida un paso adelante que justificara las previsiones de los socialistas, que permitiera a éstos desarrollar con enorme rapidez las fuerzas productivas, desarrollar todas las posibilidades que, en su conjunto, habrían producido el socialismo, demostrar a todos y a cada uno en forma evidente y palpable que el socialismo encierra gigantescas fuerzas, y que la humanidad ha entrado en una nueva etapa de desarrollo, cuyas perspectivas son extraordinariamente brillantes.

El sistema de relaciones internacionales, que se ha formado ahora es tal, que en Europa un Estado, Alemania, ha sido esclavizado por los países vencedores. Además, debido a su victoria varios Estados, los más antiguos de occidente, están en condiciones de hacer algunas concesiones insignificantes a sus clases oprimidas, concesiones que retardan el movimiento revolucionario en esos países y crean una apariencia de “paz social”.

Al mismo tiempo, muchos otros países de Oriente: India, China, etc., también a causa de la última guerra imperialista, se ven apartados por completo de sus cauces normales. Su desarrollo se ha orientado definitivamente por la línea general capitalista europea. En ellos ha comenzado la efervescencia que es general en Europa. Y para todo el mundo es claro ahora que han sido involucrados en un desarrollo que conducirá a una crisis en todo el capitalismo mundial.

En este momento, pues, se nos plantea el siguiente problema: ¿podremos mantenernos con la producción de nuestro campesinado pequeño y muy pequeño, en el actual estado de ruina, hasta que los países capitalistas de Europa occidental completen su desarrollo hacia el socialismo? Pero lo están completando de un modo diferente del que esperábamos antes. No lo están completando mediante la gradual “maduración” del socialismo, sino mediante la explotación de unos países por otros, mediante la explotación del primero de los países vencidos en la guerra imperialista, combinada con la explotación de todo oriente. Por otra parte, a causa de la primera guerra imperialista, oriente se ha incorporado definitivamente al movimiento revolucionario, ha sido arrastrado definitivamente al torbellino general del movimiento revolucionario mundial.

¿Cuál es la táctica que esta situación impone a nuestro país? Sin lugar a dudas, la siguiente: debemos manifestar extrema prudencia para poder conservar nuestro poder obrero, para mantener bajo su autoridad y dirección a nuestros campesinado pequeño y muy pequeño. Tenemos la ventaja de que todo el mundo se incorpora ahora al movimiento que dará origen a la revolución socialista mundial. Pero también tenemos la desventaja de que los imperialistas han logrado dividir al mundo en dos campos, y que esta división se complica por que Alemania, país de desarrollo capitalista realmente avanzado y culto, se ve ante infinitas dificultades para resurgir. Todas las potencias capitalistas del llamado occidente le dan picotazos y le impiden resurgir. Por otra parte, a todo oriente, con sus centenares de millones de trabajadores explotados, reducidos a una vida que apenas puede llamarse humana, le han sido impuestas condiciones tales, cine sus fuerzas físicas y materiales no pueden compararse siquiera con las fuerzas físicas, materiales y militares de cualquiera de los Estados mucho más pequeños de Europa occidental.

¿Podremos librarnos de un próximo conflicto con estos Estados imperialistas? ¿Podemos esperar que las contradicciones internas y los conflictos entre los Estados imperialistas prósperos de occidente y los Estados imperialistas prósperos de oriente nos den una segunda tregua, al igual que la primera vez, cuando la contrarrevolución de Europa occidental se lanzó a una cruzada para apoyar a la contrarrevolución rusa, y fracasó a causa de las contradicciones existentes en el campo de los contrarrevolucionarios de de occidente y oriente, en el campo de los explotadores orientales y occidentales, en el campo de Japón y Estados Unidos?

Creo que la respuesta a esta pregunta debe ser que la solución depende de muchísimos factores, y que sólo se puede prever el desenlace de la lucha en su conjunto, basándose en que, en fin de cuentas, la inmensa mayoría de la población de! mundo es preparada y educada para la lucha por el propio capitalismo.

El desenlace de la lucha depende, en definitiva, de que Rusia, India, China, etc., constituyen la inmensa mayoría de la población del globo. Y esta mayoría es la que se va incorporando en los últimos años, con extraordinaria rapidez, a la lucha por su liberación, de modo que en este sentido no puede haber la menor duda sobre cuál será la solución definitiva de la lucha mundial. En este sentido, la victoria definitiva del socialismo está plena y absolutamente asegurada.

Pero lo que nos interesa no es la inevitabilidad de la victoria definitiva del socialismo. Nos interesa la táctica que nosotros, el Partido Comunista de Rusia, nosotros, el gobierno soviético de Rusia, debemos seguir para impedir que los Estados contrarrevolucionarios de Europa occidental nos aplasten. Para asegurar nuestra existencia hasta el próximo conflicto militar entre el occidente imperialista contrarrevolucionario y el oriente nacionalista y revolucionario, entre los países más civilizados del mundo y los países sumidos en un atraso de tipo oriental, que sin embargo constituyen la mayoría, es preciso que esa mayoría llegue a ser civilizada. Nosotros tampoco tenemos suficiente civilización para pasar directamente al socialismo, aunque tenemos para ello las premisas políticas. Debernos adoptar la siguiente táctica, o seguir la siguiente política para salvarnos.

Debemos tratar de construir un Estado en el cual los obreros sigan dirigiendo a los campesinos, conserven la confianza de los campesinos, y en el que, por medio de la mayor economía, se elimine de sus relaciones sociales toda huella de lo que sea superfluo.

Debemos lograr el máximo de economía en nuestro aparato estatal. Debemos eliminar de él todas las huellas de lo superfluo, que heredamos en gran cantidad de la Rusia zarista, de su aparato burocrático capitalista.

¿No será esto el reinado de las limitaciones campesinas?

No. Si logramos que la clase obrera siga dirigiendo al campesinado, podremos, mediante estrictas economías en la vida de nuestro Estado, utilizar todo ahorro para el desarrollo de nuestra gran industria maquinizada, para el desarrollo de la electrificación, de la extracción hidráulica de la turba, para terminar la construcción de la central hidroeléctrica de Vóljov, etc.

En esto y sólo en esto residen nuestras esperanzas. Sólo entonces podremos, hablando en sentido figurado, apearnos de un caballo para montar otro, pasar del mísero caballo campesino, del mujjik, del caballo de una economía calculada para un país campesino arruinado, al caballo que el proletariado está buscando y debe buscar: el caballo de la gran industria maquinizada, la electrificación, la central hidroeléctrica de Vóljov, etc.

Así es como vinculo en mi pensamiento el plan general de nuestro trabajo, de nuestra política, de nuestra táctica, de nuestra estrategia, con las tareas de la Inspección Obrera y Campesina reorganizada. Esto, en mi opinión, justifica el cuidado excepcional, la atención excepcional que debemos prestar a la Inspección Obrera y Campesina, para llevarla a un nivel excepcionalmente alto, para darle una dirección con derechos de Comité Central, etc., etc.

Todo esto se justifica porque sólo tendremos la seguridad de mantenernos si depuramos a fondo nuestro aparato y reducimos al máximo todo lo que no es absolutamente indispensable en él. Estaremos además en condiciones de mantenernos, no al nivel de un país pequeño campesino, no al nivel de la limitación general, sino a un nivel que se elevará incesantemente hacia la gran industria maquinizada.
Estas son las elevadas tareas que sueño para nuestra Inspección Obrera y Campesina. Es por esto que planeo la fusión del organismo más autorizado del partido con un comisariato del pueblo “corriente”.

2 de marzo de 1923.
Právda, núm. 49, 4 de marzo de 1923.
Firmado: N. Lenin.
Se publica de acuerdo con el ejemplar mecanografiado de las notas del secretario, cotejadas con el texto del periódico.

Origen: CEIP – León Trotsky

Vladímir Ilich Uliánov, Lenin citó muchas frases que fueron memorables, de las cuales podemos destacar las siguientes:
  • “La revolucion empieza por casa.”
  • “El marxismo es todopoderoso porque es cierto.”
  • “La libertad es un bien tan valioso que hay que racionarlo.”
  • “Es una antigua verdad el que con frecuencia en política se aprende del enemigo.”
  • “No hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria y viceversa.”
  • “Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad.”
  • “Comunismo es todo el poder para los soviets más la electrificación de todo el país.”
  • “Si no eres parte de la solución ,entonces eres parte del problema . ¡Actúa!”
  • “No hay Marx que cien años dure.”
  • “A este sitio le voy a llamar Leningrado.”
  • “La democracia es una forma de gobierno en la que cada cuatro años se cambia de tirano.”
  • “No pinteis el nacionalismo de rojo.”
  • “Es una antigua verdad el que con frecuencia en política se aprende del enemigo.”
  • “Pueden darse situaciones en las que los intereses de la humanidad tengan que ceder su prioridad a los intereses de clase del proletariado.”
  • “Libertad ¿para qué?.”
  • “Cuando falla la organización se suele echar la culpa a la ideología.”
  • “La organización está bien, pero el control es mejor.”
  • “Todos quieren la libertad, pocos saben para qué.
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