Ochenta años después – Luis Suarez

Las tropas nacionales son aclamadas en Santander.

Luis Suárez.- Son los que nos separaran de aquel terrible 18 de julio de 1936. Unas elecciones, en que en principio conducía a una especie de empate, habían sido cambiadas sobre la marcha al hacerse dueño prematuramente del poder aquellos que a sí mismos se llamaban Frente Popular y que habían intentado sin éxito la revolución de 1934. El Presidente de la República Alcalá Zamora había sido ilegalmente privado de su puesto y Manuel Azaña le sustituía evitándose de este modo que asumiera la Jefatura del Gobierno como esperaba. Un grupo de militares, en general republicanos, Sanjurjo –que perdería la vida en un accidente aéreo- Mola, Cabanillas, Goded, Queipo de Llano y algunos otros- considerando ilegal una situación que había comenzado a ejercer violencia especialmente contra los católicos – proyectó un golpe militar al viejo estilo. Franco se sumó a ellos después de haber tratado de convencer al ministro Casares Quiroga que entablase negociaciones porque lo que vendría sería una guerra y, como tal, causaría tremendos daños. Sus previsiones se cumplieron: el alzamiento dio lugar a una división en dos bandos enfrentados que tuvieron que recurrir a ayudas exteriores para aprovisionarse.

Los militares proyectaban una especie de retorno a una simple dictadura y establecieron una Junta de Defensa que sería presentada bajo la jefatura del más veterano, sustituto de Sanjurjo, Cabanillas. De modo que al principio tanto Queipo como Franco fueron encomendados de misiones concretas, defensa de Andalucía y mando de las tropas africanas. Al avanzar el verano, se vio que la guerra iba a ser larga y Mola y otros expertos propusieron como se hiciera en Francia en 1914 “nombrar General en Jefe al más experimentado de ellos” que era Franco. Pero éste exigió mucho más que una simple dictadura: la Jefatura del Estado, la presidencia del Gobierno y el mando de todas las fuerzas de tierra, mar y aire. Se comete un serio error al hablar de dictadura. Era mucho más, el cimiento para la Restauración plena del Estado. Desde el primer momento, al restablecer la bandera bicolor demostró que apuntaba a un retorno de la Monarquía. Así lo entendieron Alfonso XIII y sus familiares que prestaron apoyo.

La guerra iba a durar casi tres años y los daños por ella producidos obligaban a ir mucho más lejos: reconstruir la nación española devolviendo a la misma su confesionalidad. La Iglesia perseguida a muerte en la zona republicana vio en Franco la suprema esperanza, aunque desde el primer momento advirtió el peligro que podía significar acercarse a los regímenes totalitarios alemán o italiano que estaban prestando una ayuda militar muy seria en evitación del comunismo. Es muy significativa la conducta judía. Mientras el sionismo se declaraba en favor de la República enviando una brigada internacional, el sefardismo en Marruecos y Rumanía aportaba ayuda económica a los nacionales que mantuvieron abiertas las sinagogas en su territorio. La ayuda prestada a los judíos durante el holocausto, tuvo una significación que ahora pretende olvidarse utilizando la memoria histórica. Retorno a la Monarquía pero sin partidos. Esta fue la idea inicial. Por esa misma razón y ya desde 1938, Franco anunció oficialmente que “no entraría en la guerra europea” que pronto iba a comenzar. Y de hecho mantuvo tenazmente la “no beligerancia” abriendo además las puertas a todos los fugitivos. Hubo momentos de grave peligro ya que Hitler llegó a firmar las órdenes para invadir España, cosa que no llegó a cumplirse por circunstancias providenciales. Hasta 1943 sin embargo, la opinión pública española estaba fuertemente inclinada en favor del nacionalsocialismo que Franco eludió estableciendo un movimiento tridimensional en lugar de un Partido y evitando el establecimiento de Milicias. En sus plantes fijaba una pequeña arqueta en que figuraba el nombre de don Juan como sucesor en el caso de que a él le sucediera una desgracia. Los aliados sin embargo, presionados por Rusia (Moscú y Yalta) hicieron una pública condena del Régimen español de modo que en 1945, Franco temió que hubiera un golpe. Contó con dos apoyos decisivos: la opinión pública española que no quería retornar a la guerra civil y la política británica, en donde Churchill de una manera clara, reconoció que su país debía buenos servicios a la neutralidad española.

Detalle muy curioso. Fue Truman, eminente miembro de la masonería y sucesor de Roosevelt quien salvó a Franco de este derrumbe. El Presidente norteamericano, afirmaba que “no le gustaba un pelo” pero mucho peor sería para los Estados Unidos que los soviets pudieran instalarse en España como habían estado a punto de lograr en 1937. Cuando se hizo pública la condena del Régimen español por la ONU, más de un millón de personas se lanzaron a la calle- entre ellas las grandes figuras de relieve intelectual- para prestar apoyo moral a un sistema que se hallaba en las peores condiciones. Franco se encontró en cambio con el documento de don Juan llamado “Manifiesto de Lausanne”: el titular de la legitimidad negaba cualquier clase de compromiso con un Régimen que sus consejeros le presentaban como condenado a caer.

Al lado de Franco, se hallaba ahora Luis Carrero Blanco que recomendaba como católico practicante el alejamiento de los extremismos. Desde la sombra, insistía en aquella idea que el Generalísimo nunca abandonará: España tenía que retornar a la Monarquía confesional ya que ella era su significación en la Historia. Pero ¿qué Monarquía?. Solo unas pocas sobrevivían en Europa y por otro lado los partidarios del Caudillo no iban a aceptar una especie de retorno a 1931 donde, según informe de expertos juristas, se había cometido un quebranto a la legitimidad. Se prefería decir instauración en lugar de restauración y por ello el primer paso fue celebrar un plebiscito que afirmaba que España era Monarquía. Los observadores extranjeros destacaron que se habían guardado las formas aunque el apoyo había sido afirmativo. Primer paso: la Monarquía sería sucesoria pero no sustituta del Régimen. Algo que los consejeros de don Juan, depositario de la legitimidad de origen, recomendaron rechazar afirmando que la Monarquía no podía comprometerse con un Régimen que las democracias rechazaban. Ignoraban probablemente que Estados Unidos e Inglaterra habían decidido favorecer otra opción: evolución interna. Transición sí, preferimos utilizar esa palabra.

La Transición empezó en el verano de 1947 cuando don Juan decidió subir a bordo del Azor para tratar el tema con Franco. El niño Juan Carlos, destinado a ser rey, debía ser educado en España insertándose en las formas sociales que intentaban superar los efectos de la guerra civil. Es de suponer que don Juan ya entonces sospechase que el proyecto era repetir el modelo de Alfonso XIII, sustituyendo el hijo- descomprometido de la política- al progenitor. Y así se hizo. Con disgusto de los sectores riguroso del Movimiento, Juan Carlos se instaló en España. Desde esta perspectiva Franco, que rechazaba la existencia de partidos políticos, aprovechó la oportunidad para ir creando un sistema constitucional que carecía de texto único y se presentaba como suma de Leyes Fundamentales comenzando por el Fuero de los Españoles que retornaba a Cádiz (1812). Estas leyes podían ser renovadas sin que hubiera que modificar la unidad del sistema.

Segundo paso. Estados Unidos y la Santa Sede, firmaron en 1953 sus compromisos esenciales. Manteniéndose la confesionalidad católica se admitía por primera vez desde 1492 la libertad religiosa: protestantes, ortodoxos, judíos y musulmanes podían tener independencia. La economía española comenzó a levantarse gracias a la ayuda americana y sobre todo a las normas que daban estabilidad en el trabajo y reducían el paro a una insignificancia.

En 1957 cuando el Movimiento se identificaba con Falange –ni tradicionalistas ni derechas querían permanecer en él –una importante figura política José Luis de Arrese, católico y de excelente conducta se hizo cargo del Movimiento y trazó un plan para el futuro régimen político a que debía someterse la futura Monarquía. Franco y don Juan celebraron una nueva entrevista en las Cabezas para dejar bien claro que Juan Carlos sería heredero de la legitimidad completando su formación universitaria y militar en España. De este modo, se reafirmaba que la Monarquía sería la forma de Estado. Según el proyecto de Arrese, el Movimiento dotado incluso de una Asamblea parlamentaria paralela a las Cortes, tendría la custodia ideológica siendo posible crear asociaciones que dentro de ella formulasen programas.

El Vaticano se alarmó. El plan de Arrese parecía un retorno a los esquemas del totalitarismo. Se cursaron órdenes a los tres cardenales españoles: si se escogía esta vía, la Iglesia no tendría más remedio que retirar su apoyo. De modo que cuando el tema llegó al Consejo de ministros, todos sus miembros sin excepción lo rechazaron y Arrese hubo de retirarse de la política. Un nuevo Gobierno se encargaría de desarrollar la Economía abriendo las puertas como Juan Velarde y Enrique Fuentes que nos han revelado al liberalismo económico con un doble plan. Primero estabilización y luego desarrollo. En pocos años, España iba a colocarse en las filas elevadas de la Economía disminuyendo de una manera radical el paro. Desde 1950 de declararon extinguidos los delitos de la guerra civil.

Entre los tecnócratas figuraban personalidades muy relevantes que precedían del falangismo como Torcuato Fernández Miranda o Adolfo Suárez, cuyo papel es claramente reconocido al juzgar los éxitos de la transición que en 1959 iniciaba su segunda y decisiva etapa. Las condenas contra el Régimen desaparecían, España entraba en la ONU y firmaba con la Unión Europea un acuerdo especialmente ventajoso como el que David Cameron hubiera deseado para sí mismo. Cuando ese mismo año 1959 el Presidente Eisenhower decidió viajar a España, el entusiasmo de la población madrileña fue una clara medida del entusiasmo logrado. Insistamos en la fecha: comenzaba la segunda y definitiva etapa de la transición. Aquellos que como Carrero o López Rodó aconsejaban al futuro rey, le iban señalando esa necesidad de una apertura.

Así llegamos a 1969. Franco desveló su decisión: Juan Carlos iba a sucederle. Las tentaciones de Juan III de elevar una protesta fueron frenadas por dos mujeres: su esposa Mercedes y su nuera Sofía que afirmaron: lo que importa es la Institución y no las personas que la encarnan. Por otra parte, el matrimonio de los príncipes en 1961, en el que la intervención del Gobierno español tuvo papel esencial, permitió a la Iglesia dar el primer paso para la reconciliación que el Concilio Vaticano II pondría en marcha. Dos ceremonias, griega y latina, tuvieron lugar y no se reclamaron modificaciones doctrinales sino de simple obediencia. Ahora Las Leyes Fundamentales que iban a sucederse se instalaban en el interior de la propia Monarquía. Las relaciones de los príncipes con Franco y con los altos magistrados del Régimen se hicieron cordiales.

Así llegamos al 10 de julio de 1969. La reinstauración de la Monarquía se ajustaba a las normas españolas: el reino juraba fidelidad al rey y éste obediencia a las leyes que en cada momento se hallaran vigentes. Aquel día yo estaba presente: como rector de la Universidad ocupaba un asiento en la Cámara. Como nos situaban en orden alfabético a mi lado estaban Adolfo Suárez y Fernando Suárez. No hacen falta más explicaciones. Como historiador yo sabía que habíamos alcanzado una meta: decir adiós a la guerra civil y retomar al “ser de España”. Aún faltaban cinco años, pues Franco -no por ambición personal sino por razones institucionales- entendía que la sucesión debía producirse de modo natural y no como una ruptura. España estaba ahora registrando un crecimiento del 9% anual y se situaba en el sexto lugar de la Economía. A sus colaboradores iba a corresponder fijar las normas legales necesarias.

Voy a cerrar mis líneas para evitar juicios. Pero quiero llamar la atención sobre dos puntos. No hubo un tiempo de vacío ni se convocaron nuevas Cortes; fueron las mismas, entonces establecidas, las que pusieron en marcha la Constitución de 1976 que el pueblo aprobó. Y las figuras capitales en aquella hora habían desempeñado papeles importantes en el Régimen luciendo como Torcuato y Adolfo la camisa azul. Nadie piense mal. Yo tuve siempre un gran afecto y confianza en ambos. El principal objetivo de Franco en la transición, la continuidad, se cumplió. En cierta ocasión ya había dicho a don Juan Carlos que tendría que gobernar de distinta manera aunque buscando siempre una paz que impidiera el retorno a las terribles horas de 1936.

*Académico de la Real Academia de la Historia

Origen: Ochenta años después – Alerta Digital

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